sábado, 15 de abril de 2017

PODEMOS, EL RUISEÑOR Y EL SINSONTE en ELDIARIO.ES Cantabria



Podemos, el ruiseñor y el sinsonte

Creer o no creer, esa es la cuestión. O crees en la democracia, o crees que la democracia es un impedimento para lograr tus mezquinos objetivos. O crees que en el Parlamento debe estar representado el pueblo en su conjunto, o crees que el pueblo debe estar trabajando para ti mientras tú ocupas el escaño, te sueltas el botón de la americana y observas con desidia como te cuelga entre las piernas el pico de la corbata. Porque no se puede ser creyente y no creyente a la vez sin resultar sospechoso, al menos de tener dos caras o una del tamaño de la espalda.

En el fondo todo se reduce a esa certeza: no es compatible la soberanía popular con el gobierno de unos pocos. No se puede afirmar tajantemente que Podemos no va a gobernar bajo ningún concepto, por encima de tu cadáver, sin delatar que eres partidario de una dictadura mamarracha donde los de siempre se comen el bacalao para que a los demás les toque solo la raspa. Si encima le añadimos el agravante de nula capacidad para disimular un pensamiento necio, clasista y oligárquico, acabas como Villalobos diciendo que estos tipos huelen mal, no se duchan a diario, son unos guarros. Cómo se nota que su madre no le golpeaba los domingos la puerta del cuarto de baño para que no consumiera ella sola la bombona de butano.

Del mismo modo, si Pablo Iglesias hubiera reaccionado ante la proverbial indiferencia de Rajoy cuando ya veía aprobados sus Presupuestos diciendo, con el verbo florido del añorado Anguita: “Se le ve cómodo y despreocupado al señor Presidente mientras la procelosa miseria se abate cuan tifón sobre el pueblo famélico”, seguro que le hubieran aplaudido sus señorías y el mensaje se perdería precisamente  con esos aplausos. Sin embargo, como dijo que al presidente se la traía floja y le importaba un huevo, todos se echaron las manos a la cabeza y terminó acaparando titulares: ¡Qué escándalo, un doctor en políticas expresándose como un estibador, y para más inri lo llevaba escrito, con premeditación y alevosía!

Estas cosas no sucederían si la política no se hubiera convertido en un apéndice infectado de la economía, dejando a las personas y a sus necesidades al margen de cualquier consideración, como ceros a la izquierda. Se pueden comprar barcos de guerra que nadie necesita a cambio de trigo que todavía no ha sido plantado, pero no se le puede subir el salario mínimo a un trabajador porque eso sería una locura, un lujo impensable. Así el presupuesto para Defensa aumenta en un 32% y se escatiman 22 millones para Valdecilla, que si se mueren los pobres no tendremos que matarlos. Dicen que ha sido un olvido, que lo van a arreglar, pero como mienten más que hablan es imposible creerles.

Nuestros políticos dan lástima. Mientras el PP está a punto de abrir una línea regular de autobuses para trasladarlos desde el Parlamento a pernoctar a la cárcel, el PSOE se monta una presentación de candidata tirititrán cuya consigna oculta es: Venceremos a Podemos, nuestro enemigo natural. La derecha mafiosa y la antigua izquierda haciendo causa común para abaratar la democracia hasta dejarla irreconocible. No es extraño que los que vivimos la Transición embargados de felicidad veamos ahora cómo nos embargan la felicidad y acabemos pensando que aquella fue la operación de maquillaje mejor orquestada de la historia de España. La versión callejera lo resumía gritando: ¡Le llaman democracia y no lo es!

Esto recuerda a la conocida anécdota del best-sellers de Harper Lee, To Kill A Mockingbird  (Matar a un sinsonte). Como se trataba de vender libros y aquí nadie sabía lo que era un sinsonte, con la habitual chapucería nacional se tradujo como Matar a un ruiseñor, tergiversando gravemente el título y de paso el significado de la obra.  Porque un sinsonte es un pajarillo sin canto propio, que imita el de cualquier otro que haya cerca de él, de manera que cuando el abogado Atticus Finch les dice a sus hijos que condenar al negro Tom Robinson sería como matar a un sinsonte, no se refiere a matar a un ruiseñor de hermoso canto sino matar el canto de todos los pájaros, el canto mismo, o sea, la libertad.

En un país acostumbrado a la dictadura, nos vendieron una mala traducción de la democracia y como estábamos desesperados aceptamos la Transición sin rechistar. Pero ha pasado el tiempo y volvemos a verle las orejas al lobo. Mientras las cunetas de España siguen repletas de cadáveres sin identificar y los responsables se han ido muriendo como Franco tranquilos en sus camas, sus herederos tienen el coraje de sentenciar a un año de prisión a Cassandra Vera por hacer chistes sobre Carrero Blanco, que era un facha no un angelito. Acabaremos volviendo al Nihil Obstat Imprimatur.

Que a nadie le extrañe por tanto si un día Pablo Iglesias aparece en el Congreso en bicicleta y tocando el timbre para pedir un aumento del ancho del carril bici, porque a la gente ya no llega ni para gasolina, o que se masturbe en el hemiciclo reivindicando el onanismo, la única práctica sexual que le queda a una generación que morirá estéril por falta de presupuesto incluso para condones. ¿Acaso merece algo más este erial de infames charcuteros, ladrones impresentables, vagos de mierda que solo saben poner el cazo? La grieta enorme que nos separa la han abierto ellos, que se atengan a las consecuencias.

Enlace:http://www.eldiario.es/norte/cantabria/primerapagina/Podemos-ruisenor-sinsonte_6_631746862.html

                         

jueves, 13 de abril de 2017

CERCA DEL PANTANO en ESPACIO LUKE



Cerca del pantano


Mira esa vieja cicatriz
que tira de la piel
y tensa el recuerdo.

¿Puedes escuchar
el error cometido
el corte
el grito
el comienzo del dolor?

Piensa ahora
en la advertencia del filo
en el argumento
de la primera
gota de sangre.

*

La caída
que con mano temblorosa
llama a otra mano
de aire, coge
en su vuelo
el único sustento.

Espera
la luz
también duda.

*

Algunas huellas
no dejan huella
y ésas son la peores
porque no hay cicatriz
a la que acudir
ni herida ni daño
ni testimonio
sólo
ese aplastamiento de la memoria
los recuerdos en dos dimensiones
los filamentos de los hechos
la vibración casi metálica
de la columna vertebral
que sabe que la vida
te ha pasado rozando.

*

Echo de menos lo que acaba
de suceder y se me ha ido
casi sin darme cuenta. Echo
de menos la vida que sucede
fuera de estas hojas caducas
de otoño permanente. No
comprendo cómo puede el tiempo
anticiparse en todo a mi conciencia
dejarme atrás, obligarme a pensar
en su trascurso, mientras él
se mueve. Y acelera.
Nunca llegaré al horizonte.

*

Si aquí al menos estuviera yo
aparte de lo indeciso
la idea titubeante
lo callado que reclama

pero no hay cura para mí
aquí

sólo viento simulado
que arrastra
a ráfagas cortas
pequeños relojes blancos.


sábado, 1 de abril de 2017

EL ACUSADO CADÁVER en ELDIARIO.ES Cantabria


El acusado cadáver



Me encuentro de madrugada con J.F. en un bar de Santander y, quizá porque se le está yendo la mano con los gintonics, me confiesa que últimamente se encarga de avejentar a un empresario denunciado por corrupción. Tiene problemas con su cliente porque se niega a caminar arrastrando los pies y a llevar una chaqueta de lana como un líder sindicalista cualquiera al que han pillado con las manos en la caja. Teme que se ponga chulo ante el tribunal, que confiese que el juego sucio es condición sine qua non para ser respetado en los negocios.

Me cuenta J.F. que su cliente es un perfecto caballero, lo que le obliga a reconocer sus errores, en particular no haber sido capaz de crear un equipo de encubridores más competente. Siempre ha tenido dos testaferros, uno de su familia y otro de la de su mujer, pero no comparte la nueva tendencia en el gremio de mentirle hasta al polígrafo, lo que ha motivado un cambio de estrategia. Han seleccionado a dieciocho posibles testigos y están manipulando sus declaraciones para que nadie se aclare de lo que ha sucedido con la contabilidad. Me dice, entre risas, que han preparado hasta balances contables en braille y facturas en servilletas de papel.  

No le veo muy preocupado y le digo que si necesita inspiración revise la película ‘B (Bárcenas)’ de David Ilundáin, con el espléndido Pedro Casablanc en el papel protagonista. Es una comedia desternillante de 2015 basada en las declaraciones del tesorero del PP ante el juez Ruz. “Te partes de risa”, le digo, “porque acusa a Rajoy, a Cospedal y a la plana mayor del partido de haber aceptado más sobres que un buzón de correos y resulta tan convincente que no le cree ni dios”. Le comento que además la peli se financió en parte por el sistema crowdfunding, con 597 mecenas cuyos nombres aparecen al final, y exclama: “¡Que insensatos, a esos la declaración de la renta en vez de a devolver les sale a vomitar!”

Como se pone tan graciosillo, le recuerdo que los jueces están hasta el gorro de abogados como él, capaces de retorcer la verdad, ensalzar la mentira, tergiversar… Me detiene con las dos manos abiertas, llama al camarero y le pide que me retire la cerveza. Pide para mí una botella de Moët, nos vamos a una mesa apartada, me sonríe con ojos de congelador y me exige que ponga el móvil apagado encima de la mesa. Obedezco, tengo familia.

Debo decir por si acaso que J.F. no se llama así, ni esas son sus iniciales, ni estamos en Santander. Como bien explica mi interlocutor, hoy en día vivimos inmersos en una niebla tan espesa que cualquier afirmación sobre la realidad es pura fantasía. Luego me echa la broca por haberle llamado la atención, por ser tan arrogante, por compartir alma mater en una universidad privada en la que yo al parecer no aprendí nada. “Si te consuela escribir una columna en un periódico zurdo a mí me parece bien”, me dice con sarcasmo, “pero recuerda que esa columna solo sostiene la carpa del circo enorme que a todos nos cobija: si haces de payaso no intentes domar leones”. Debería replicar, pero me callo y bebo.

A continuación J.F. se explaya sobre la actualidad inmediata: la Infanta lista y tonta a la vez, Urdangarín en Suiza a costa del erario público, Rodrigo Rato que no verá la cárcel ni en pintura, el impuesto al sol en el país más soleado de Europa, los 60.000 millones que nos deben los bancos que aun así declaran beneficios, el futuro de los españoles camareros y las españolas jineteras en las playas que nos alimentan… Si no fuera por el estilismo, diría que estoy con Pablo Iglesias contándome la Trama. No sé a dónde quiere ir a parar.

“Hay una sola cosa cierta, lo que tanto le cuesta entender a mi cliente cuando se niega al envejecimiento prematuro: el sistema es perfecto porque el círculo ya se ha cerrado y nada puede salir de su interior. Ni una revolución ni una guerra mundial podrían cambiar lo inexorable de nuestra naturaleza. Ahora la maldad lleva las riendas sin molestarse en disimular, a la cara, ya era hora, joder. ¿Debemos avergonzarnos de ser como somos o es mejor asumirlo con entereza?”

Está muy borracho y yo me he metido tres copas seguidas de Moët, no me lo vayan a quitar. Me viene a la cabeza el ‘Breviario de podredumbre’ de Cioran, que casi acaba conmigo cuando era joven y creía en algo. Mientras pienso qué decir, J.F. le guiña un ojo al camarero, que se acerca y nos saca una foto con el móvil del abogado. Si se me va la mano con esta historia, seguro que encuentra en el código penal algún artículo con el que rebanarme el pescuezo. “¿Sabes?”, le digo, “déjale claro a tu cliente que es mejor ser un testigo viejo que un testigo cadáver”. Lo leí en un libro sobre la Mafia y a J.F. le encanta la idea. Es adecuado a su código odontológico, como dice mostrando los dientes.

Más tarde, en casa, le explico a mi perro que lo importante en la vida son los hechos, que yo puedo pegarle pero lo que vale es que le acaricie. Aunque nunca le he pegado, se aleja, porque no le gusta el olor del alcohol.

Enlace:http://www.eldiario.es/norte/cantabria/primerapagina/acusado-cadaver_6_625797432.html



miércoles, 15 de marzo de 2017

EL ALGORITMO EXPIATORIO en ELDIARIO.ES Cantabria


El algoritmo expiatorio


Ahora nos parece una tontería, pero cuando se extendió por el planeta el reloj de pulsera muchos pensaron que era la personificación del mal, lo peor que le podía suceder a un ser humano, el control llevado al extremo del autocontrol. Algunos presumían de ser libres porque no llevaban reloj, no estaban esposados al tiempo, pero los demás se sometieron a sus dictados y ya nadie volvió a tener justificación para llegar tarde a ninguna parte. Desde entonces se pudo despedir al trabajador por irresponsable, al novio por capullo o  a cualquiera por no respetar lo suficiente a los demás. Así la puntualidad se convirtió en un signo de distinción, un rasgo de nobleza, aunque en principio surgió de una esclavitud impuesta e indeseada.

Lo mismo está sucediendo hoy en día con los algoritmos. En teoría son tan mecánicos como un reloj, solo siguen una secuencia de órdenes prefijadas para obtener el resultado previsto, sin embargo aumenta el número de personas que se resisten a su implantación generalizada argumentando que son ellos los que controlan nuestras vidas en vez de servirnos para llevar nosotros el control. Sin ir más lejos, este año son populares los teléfonos arcaicos que solo sirven para llamar y recibir mensajes de voz, sin injerencias personales ni intentos de venderte una lavadora cada vez que conectas con tus amigos. Yo mismo compré en una librería virtual un libro de metafísica hace dos años y desde entonces su algoritmo intenta encasquetarme las reflexiones del Papa Francisco y los desvelos de Santa Teresa.

Pero un algoritmo no es un reloj, es algo más complejo. Nadie duda de que este mundo informatizado dejaría de funcionar si se suprimieran los algoritmos, lo cual no significa que sean inteligentes ni mucho menos inocentes.  Detrás de su diseño hay ideología, pensamiento tendencioso y en muchos casos simple conservadurismo. Aunque Facebook afirme que el suyo no influye en nuestras opiniones, es un hecho que sigue la tendencia infantiloide de ‘ni teta ni pito ni culo’, y suprime tanto estatuas griegas desnudas como la prevención del cáncer de mama, donde una mujer debe dar instrucciones empleando el cuerpo de un hombre porque el suyo está prohibido. Quizá por eso es más que sospechosa la asociación entre el algoritmo y el chivo expiatorio. Se usa en expresiones como ‘no convirtamos el algoritmo en un chivo expiatorio’, que es como decir: ‘no nos toques los algoritmos’.

En ‘Homo deus (Breve historia del mañana)’, Y.N. Harari nos previene contra la tendencia de proporcionarle demasiados datos personales al ordenador porque acabará sabiendo sobre nosotros más que nosotros mismos y llegará un día en que el microondas se niegue a calentarte el café porque eres hipertenso y tendrás que conformarte con la tila con azahar que te prepara tan diligentemente. De este modo tendremos individuos solo informados de lo que quieren saber dentro de su burbuja de opinión, cómodos en su cámara de eco y subyugados por el sesgo de confirmación que los convierte en consumidores pasivos de publicidad descarada. Idiotas, en suma, cuya única capacidad será mover la cabeza como perritos de salpicadero mientras fluyen los anuncios.

Ha llovido mucho desde que Ada Lovelace ideó el primer algoritmo en 1841, y era fácil prever lo que sucedería al pasarlo por el filtro implacable del capitalismo, que todo lo pervierte hasta pudrirlo. Lo que iba a ser una solución para alejar a las masas del trabajo duro en condiciones insoportables ha generado una sociedad en la que las máquinas nos han robado el futuro porque ya no somos necesarios como mano de obra.  Sobran mujeres-coneja que llenen el mundo de niños y sobran hombres soberbios que exijan alimentos: hay que proporcionarles armas para que se maten entre ellos y de paso liquiden a las mujeres. La culpa antigua la tuvo Eva por enrollarse con la serpiente y la moderna la tiene Ada por soñar un futuro más humano.      

Esta mañana me he despertado paranoico perdido porque soñé que a Donald Trump lo había puesto ahí el listo de Mark Zuckerberg como preludio de su próxima campaña electoral a presidente de los USA. Soñé que ricitos de azabache se miraba en el espejo y se decía ‘me gusto’ y ‘me encanto’ y su algoritmo le decía a través del azogue que debía regir el destino de la humanidad por mandato de dios. Estaba tan guapo como un césar romano al trasluz de la historia y nosotros (yo estaba en segunda fila con una toga del Athletic de Bilbao), le vitoreábamos con un sonido electrónico que no logré identificar pero tenía algo de hormiga o de abeja o de carcoma comiéndose las vigas de la casa, no sé, algo chungo.

La pregunta es siempre la misma: ¿Qué podemos hacer?, y la respuesta es evidente: exigir más transparencia. Que se sepa al menos cómo nos joden la vida, aunque sea un consuelo vano. Poder llevarlos ante los tribunales para que ellos y los jueces se nos rían a la cara y de este modo verle el careto al enemigo. Si la policía nos va a moler a palos, tener una consigna rabiosa que gritar, algo un poco más sustancioso que los resultados del fútbol del fin de semana. Y poder quitarle la pegatina a la cámara del ordenador, que necesitamos que Elon Musk nos reconozca y nos seleccione para el próximo viaje a Marte, el único futuro que nos queda.

lunes, 6 de marzo de 2017

¿PODEMOS AMARNOS BAJO ESTAS CONDICIONES LABORALES? en ELDIARIO.ES Cantabria



¿Podemos amarnos bajo estas condiciones laborales?


El amor es un sentimiento necesario y el modo que tenemos de ganarnos la vida es determinante para su existencia. Cuantos más impedimentos le pongamos mayor será la posibilidad de que no surja, se desarrolle mal o se convierta en lo contrario. Detrás del fracaso amoroso de muchas personas están unas malas condiciones laborales, que en los casos leves provocan inestabilidad emocional o separaciones traumáticas y en los graves malos tratos e incluso la muerte. No es por tanto un tema que se deba eludir escudándonos en que no hay un método para objetivarlo y en que es imposible presentar una estadística veraz que confirme que nos amamos poco y mal en correspondencia con el empleo escaso y de mala calidad. 

Para no ponernos muy elevados, digamos que el amor requiere presencia y la ausencia del ser amado ocasiona dolor. Bien sea tu pareja, tus parientes, tus amistades, tu mascota o el mar Cantábrico, si amas a alguien quieres estar a su lado: todo el rato si amas mucho, a ratos si amas regular y pocas veces si tu amor es intermitente y fugaz. Lo que no harás nunca es estar lejos, no de un modo permanente, porque el amor a distancia desaparece ya que se alimenta del contacto, del tiempo compartido. Por eso el amor es tan implacable, es lo más real que tenemos: o amas o no amas, lo demás son argumentos consoladores.

Pensemos por ejemplo en el medio millón de jóvenes que han abandonado a la fuerza el país en los últimos años en busca de trabajo. Están preparados, tienen futuro, pero el amor es un lujo que no se pueden permitir. Han dejado atrás a sus seres queridos, el paisaje donde se han criado, viven en el extranjero, siete en un piso, ahorran lo que pueden, el tiempo pasa. Si entonces surge el amor lo hará en un lugar equivocado, en un momento de tránsito, y muchos lo recibirán como un golpe de mala suerte. Han tenido la desgracia de enamorarse lejos de casa, piensan volver, y las probabilidades de que la otra persona sea compatible con el regreso son escasas. Muy pocos lo tirarán todo por la borda, la mayoría creará una coraza y no superará la fase del enamoramiento pasional: sexo sin promesas ni demasiadas explicaciones. No van a llegar a amarse, se quedarán a mitad de camino, la unión sentimental con su país es demasiado poderosa. Y el amor no se puede dejar para más tarde.

Tampoco los que se quedan lo tienen mejor. Aquí el mercado de trabajo ha empeorado tanto que bordea la esclavitud, se le roba a la gente su vida con horarios infames bajo amenaza de despido procedente y el único valor apreciado en un currículum es la obediencia ciega. Salvo cuatro privilegiados, a la mayoría les llega justo para sobrevivir, alimentarse mal y pagar el alquiler de un chamizo miserable. Eso por no mencionar a la cuarta parte de trabajadores en paro indefinido que no tienen otro futuro que esperar una renta social básica que les impida comer de la basura. ¿Qué amor pueden darles a sus hijos, si no los ven casi nunca, o están tan agotados y deprimidos que no tienen ni para levantarse ellos mismos el ánimo? ¿Y sus hijos, qué amor pueden desplegar en la escuela o con sus amigos que no sea la bronca continuada, si ni tan siquiera sus profesores pueden demostrarles que lo que se hace allí sirva para algo, porque ellos ven a diario que nada sirve para nada, solo ser un gánster famoso, solo gobernar corrompiendo y luego ir de vacaciones a la cárcel? El amor no sobrevive en la desesperanza. Los parias no se aman, es publicidad engañosa, en la realidad todo son reproches, gritos, mala hostia y te voy a partir la cara. 

Habría que plantearse por tanto si se le puede llamar amor al ejercido por seres condenados al egoísmo por pura supervivencia. Cuando hay poco le acabas robando al otro hasta el amor, y lo destruyes, lo conviertes en odio. Entonces surgen las malas interpretaciones y se mezcla amar con ser amado, algo muy peligroso. La gente no mata por amor, sino por error, porque confunde ambas cosas y su incapacidad para amar la proyecta en la otra persona, consiguiendo un cadáver que ya no le va a corresponder. Nadie que ame haría eso, es absurdo, salvo que haya sido educado tendenciosamente para alimentar esa confusión y no sea capaz de distinguir el amor del odio. Amar es dar, desprenderte de ti mismo en favor de lo amado, luego no buscas su destrucción sino que velas por su bienestar. Lo importante es amar, que te amen será en todo caso la consecuencia. El amor no es una propiedad privada y menos pública.

Todo el que ha gobernado el mundo ha tenido el amor bajo control, por medio de la religión o de las leyes, y el amor, con el tiempo, se ha deteriorado. No es que antes hubiera más amor o de mejor calidad, sino que han disminuido las posibilidades de que exista. No podemos amarnos bajo estas condiciones laborales porque han sido diseñadas para lograr el efecto contrario: un mundo inestable, cargado de miedo, con el futuro incierto, donde los individuos solo aspiran a beneficiarse y no a beneficiar, lo cual nos degrada no ya como humanos sino como seres vivientes.

lunes, 20 de febrero de 2017

EN TÉRMINOS DE BONDAD en ELDIARIO.ES Cantabria




En términos de bondad 


Un paralítico cerebral profundo es un ser humano que nace desconectado, de sí mismo y de nosotros. Cuando llega al mundo sentimos pena por él, no se va a enterar de nada, es lamentable, pero si pensamos en su familia se nos saltan las lágrimas: qué cruz, qué losa, qué palo. Durante veinte o treinta años tendrán que cuidar de él sin otra recompensa que cuidar de él, en un círculo vicioso imposible de romper. Desearían que no hubiera nacido, que el mal se hubiera detectado a tiempo y así poder solicitar a la sociedad una compasiva interrupción del embarazo. Pero eso no sucedió, está vivo, es un ser irrefutable.

Todos conocemos alguno de estos seres ausentes, casi vegetales, a menudo toman el sol en un balcón, inmóviles como geranios. Son recipientes sin apenas contenido, con un algo remoto en la mirada, una sonrisa que deseamos interpretar pero que es solo un acto reflejo. Tienen nombre, normalmente en diminutivo cariñoso, aunque no responden. Antiguamente se los dejaba morir, abandonados a la intemperie, a los lobos, pero formó parte de nuestra evolución aceptar lo inevitable y mantenerlos con vida, no para diferenciarnos de los animales, hay muchos que protegen a los más desvalidos,  sino para mantener la cohesión del grupo dando por supuesto que el simple aspecto humano ya es un valor a defender. El lógico orgullo de una especie que no se rinde con facilidad.

Desde antiguo se observó que la familia que tenía entre sus miembros a un paralítico cerebral se humanizaba, su violencia consustancial quedaba refrenada por el contacto diario con un ser dependiente e indefenso. La necesidad de cuidados constantes por parte del grupo, algo compartido con mayor o menor entusiasmo por hermanos, primos y vecinos más cercanos, los hacía más sensibles al dolor ajeno y por tanto menos propensos a ocasionarlo. De este modo, por el simple hecho de existir, un paralítico cerebral mejoraba la sociedad humana, y en términos de bondad, se podría decir que ni una persona empeñada en ser bondadosa durante toda su vida lograría alcanzar un nivel semejante. No es una paradoja, sino una demostración simple de que la humanidad es más grande que un solo ser humano.

En la vida no existe una demostración de fortaleza mayor que la bondad, nada nos hace sentir más orgullosos, más grandes, sin embargo en tiempos duros muchos la consideran un signo de debilidad y así una virtud se convierte en un defecto. Además la bondad tiene connotaciones religiosas, lo que le resta credibilidad y le da muy mala fama, algo injusto porque la religión siempre ha capitalizado esa actitud humana como posterior a sus enseñanzas, cuando es anterior. La bondad ya existía antes de que nuestro miedo inventara a los dioses. Es obvio que nadie crece al ponerse de rodillas.

Desde el Holocausto se nos ha intentado convencer con retórica bíblica de que albergamos en nuestro interior un mal tan poderoso que ningún bien puede contrarrestarlo. Es normal que se empleara ese discurso porque el daño ocasionado fue tan descomunal que solo repartiendo la culpa entre todos se hacía soportable. Por eso es positivo que en la actualidad se publiquen libros como  ‘La bondad insensata’, de Gabriele Nissim, donde nos recuerda que frente a la banalidad del mal (Hannah Arendt) se encuentran los hombres justos que arriesgan su vida para salvar la de otros (Vasili Grossman). Solo un desalmado afirmaría que nuestra historia es producto de la maldad. Eso no se sostiene.

Sí es cierto que la maldad arraiga con facilidad en el ser humano porque la bondad no se ajusta a la ley del mínimo esfuerzo y siempre será más fácil destruir que construir, matar que salvar, herir que curar. Hicieron falta mil guerras antes de que se creara la Cruz Roja, y se fusilaron a muchos hombres hasta que el primer pacifista se mantuvo en pie a pesar de estar hecho un colador. Pero vamos ganando, el mundo no es tan monstruoso como era, ocurre que caminar paso a paso es más lento que ir dando zancadas. Al héroe actual se le exige que lleve una bandera blanca, ya no hay gloria en la sangre, salvo para los fanáticos. Ser civilizado es una disciplina intelectual, no un regalo.

Hace unas semanas en este mismo periódico Susan George (ATTAC) nos recordaba  que “la izquierda cree que sus ideas son tan estupendas que no hace falta defenderlas” y de ese modo la derecha las tergiversa y las utiliza en su contra. Es la era del cinismo. Dentro de poco los Derechos Humanos se imprimirán en papel higiénico y los promotores de la idea dirán que es para difundirlos. Después de la posverdad inventarán la poshumanidad y ayudar a los demás será considerado sospechoso. La bondad podría desaparecer por falta de uso, cosa de ingenuos, personas a las que habrá que medicar.

Hace unos días falleció el pensador Tzvetan Todorov y en su libro ‘Memoria del mal, tentación del bien’ nos recuerda que “la libertad es el primer valor humanista; la bondad, el segundo”. Por lo tanto, estamos hablando de la esencia, algo que por derecho pertenece a la izquierda,  defensora de lo humano, porque la derecha está muy ocupada contando el dinero. Como dijo Mahpiua Luta (Nube Roja): “Tres veces he repetido estas cosas. Ahora he venido a decirlo una cuarta”.

Enlace: http://www.eldiario.es/norte/cantabria/primerapagina/terminos-bondad_6_611448869.html

lunes, 13 de febrero de 2017

LA ESQUINA DE WRÓBLEWSKI en ESPACIO LUKE



     Quedamos en el Retiro, junto a la entrada de la exposición de Andrzej Wróblewski. Hacía una temperatura insólita para un mes de enero madrileño, casi quince grados, pero él profesor apareció con guantes gruesos y bufanda de dos vueltas, como si acabara de nevar. Dijo que estaba resfriado. Nos dimos la mano y entramos en el Palacio de Velázquez.
La retrospectiva del pintor polaco se titulaba Verso/reverso. Mostraba bastantes cuadros dobles, con escenas de realismo socialista por un lado y abstracciones geométricas por el otro. Estaban colocados sobre paneles que había que rodear, lo cual obligaba a los guardas de seguridad de la exposición a pedir a los visitantes que llevaran sus mochilas y bolsos bien sujetos delante, para evitar dañar las obras. A Santiago Valcárcel lo amonestaron por no controlar su bufanda, que una vez desenrollada le llegaba a las pantorrillas y a punto estuvo de engancharse en un bastidor. Ese control de los guardianes del arte encajaba con la obra expuesta, llena de fusilados, hombres desmembrados, espirales y círculos toscos, todo con una crudeza desalentadora. La brutalidad  de la invasión de Polonia por los alemanes en la Segunda Guerra Mundial y luego el estalinismo feroz narrados por una de sus víctimas. Una pintura plana y cadavérica.
Nos detuvimos al fondo de la sala central, junto a la flecha que nos conducía hacia la segunda época de ese pintor desastroso venido del telón de acero. Daban ganas de marcharse, de no perder allí mucho más tiempo. Me gustaba tan poco que pensé que el profesor me estaba sometiendo a alguna prueba: si ese pintor había llegado hasta allí no podía ser desconocido para él, ni tampoco un cualquiera. Me lo tomé con paciencia.   
—Durante mi infancia —dijo Valcárcel, como si vinera a cuento— yo vivía recluido en los rincones. Sobre todo en un rincón de la cocina. Allí me entretenía con los cuatro objetos casuales que me arrojaban los adultos, ya sabe, pinzas de la ropa, un lapicero, un trozo de tela para domesticar los dientes… Supongo que me gustaban los rincones porque allí me sentía protegido, con las espaldas a cubierto, dominando siempre el panorama. Podía mirar a los demás, ver sus evoluciones, aprender. Además en los rincones se está más calentito, lejos de las corrientes, sin estorbarle el paso a nadie. Fue determinante en mi vida abandonar esa actitud y alejarme del amparo de los rincones infantiles.
Entendí que tampoco le agradaba la exposición, y que se refería al régimen comunista como un arrinconamiento humano de trágicas consecuencias, lo que le llevaría a denostar la obra de Wróblewski por primitiva, superada, anodina y testimonial. O eso pensaba yo. Con las prisas, no habíamos mirado la hoja que nos entregaron en la entrada y lo hicimos ahora. Valcárcel señaló la foto de presentación, cuyo cuadro teníamos justo delante, pero en posición vertical, con el título Chofer azul. Aquello era otra cosa, nada que ver con la obra expuesta en la sala anterior. La soledad férrea de ese cuadro te helaba la sangre. Había un grave despojamiento de las formas que achicaba el ánimo. Wróblewski había pasado de los cuerpos rotos a la anulación espiritual del conjunto, de la comunidad. Por ejemplo, un grupo de peces verdes cortados por la mitad representaba mejor la atrocidad de los muertos de la guerra que cualquier escena con cadáveres grandilocuentes. Un hombre observando sus propias vísceras mostraba la huida hacia adentro como única vía de escape. Un hombre atravesado por el rojo sangre del fondo parecía el retrato definitivo de todo lo humano. Costaba creer que un autor había evolucionado tan rápido y que era capaz de mostrarlo: te acercabas al cuadro y veías lo anterior, te alejabas unos pasos y podías sentir los brochazos del futuro. Una visión perturbadora, como todo lo que se hace a corazón abierto.
—¿Se da cuenta, profesor, que este hombre lo pintó todo en solo diez años? Doscientos cuadros y ochocientos trabajos en papel…  
A Santiago Valcárcel le gustaba hablar de sí mismo cuando había que hablar de otro. A ser posible más grande que él. Y caminar mientras hablaba. Mover las manos. Disertar.
—Un caso singular, qué duda cabe. Pero no todos los que salen del rincón acaban en la esquina. A mí me sucedió… hace ya mucho tiempo… Porque hay un tránsito obligado que te hace cruzar por la escena pública, cuando eres reconocido y dejas de ser invisible. Es fácil entonces perderse y que la imagen que los otros tienen de ti se imponga a la tuya propia. Entonces tu rincón y su rincón se unen y forman una caja que te aprisiona dentro. Error. Grave error para un artista. Por eso cuando sales de tu rincón y te muestras a los demás lo mejor es convertirte en una punta de flecha. No comunicarte, sino atravesarlos con tu determinación. De ese modo tu rincón trasciende, supera el espacio personal y colectivo para llevarte un poco más allá, donde eres como una sombra inquieta que espera en una esquina a la intemperie. Hay que llegar a ese lugar como sea. Rincón, flecha y esquina. Ése es el camino del genio.
Otros profesores nos hablaban de la luz, pero Santiago Valcárcel todo lo remitía a la geometría, al control formal y espiritual del espacio. Para seguir sus disertaciones era mejor cerrar los ojos, plegarse a esa concepción de líneas sentimentales y conceptuales que se cruzar y tensan el espíritu hasta crear un obra única. Afirmaba, y en sus clases no dejaba de insistir en ello, que se había exagerado el papel del espectador y muchas obras no iban más allá de un juego de ping-pong entre dos conciencias que se mueven en ámbitos diferentes. “El amanecer es implacable” solía decir, “nunca nos ha pedido permiso”. Él mismo había tenido una carrera notable como pintor en su juventud, con mucho éxito de crítica y público, pero lo había abandonado todo sin dar explicaciones. Llevaba veinte años sin tocar un pincel, dedicado solo a la enseñanza.
—Y ahora viene lo mejor  —dijo Valcárcel el entrar en la tercera sala, la más amplia—. La mayoría de estos cuadros sólo los he visto en foto. Para mí es todo un acontecimiento.
Yo me paré en seco. Se me escapó un silbido de asombro. Lo que había allí, incluso de lejos, era incomprensible. El impacto visual te dejaba anonadado. Como encontrar en una sola muestra un Bacon, un Picasso, un Mondrian, un Chagall o un Klee, sus mejores cuadros, compartiendo un mismo espacio. Era excesivo, sublime, de una belleza casi brutal. Yo tenía entonces veinte años escasos y no estaba preparado para aquello. El profesor me empujó suavemente con los brazos, me alejó de él, quería que lo viera solo, ya hablaríamos más tarde.
No sé cómo hablar de ello sin emocionarme. Cualquiera que dude sobre las posibilidades del género humano o los límites del arte debería ver una exposición de Wróblewski. Si el salto de la primera a la segunda época había sido enorme, la tercera resultaba sobrenatural. En solo dos o tres años, se había merendado el siglo XX, lo anterior y lo que vendría después. Una esponja de lo esencial, de la substancia, del eje sobre el que giraba y seguirá girando la vida.  “Madre con niño muerto” podía ser un icono de la pintura del siglo. Igual que “Sala de espera I. La cola continúa”. Cada uno de aquellos cuadros era único, excepcional, de gran relevancia para la historia del arte. Estar presenciando aquello hacía que te sintieras importante, privilegiado, humano, como un espectador de auroras polares, si en tu alma hubiera tal cosa.
El profesor Valcárcel me tocó el hombro, sacándome de la ensoñación. Me enseñó el reloj, como si se hubiera terminado la clase. Llevábamos en aquella sala casi una hora. Al verme tan emocionado, sonrió y me dio un abrazo.
—Este hombre murió a los 29 años. En un accidente, en las montañas Tatra. Recuerde siempre que hay gigantes que pasan a nuestro lado y apenas percibimos de ellos la sombra.
—¿Cómo es tan desconocido?
—Para usted ya no lo es, joven amigo. Tiene suerte, yo lo descubrí cuando ya era demasiado tarde para mí. Cuando el exceso de interpretación me dejó inválido.
—Yo nunca tendré una obra tan importante, profesor. Mis cuadros…
—¿Y usted qué sabe? ¿Cómo puede decir eso, si al entrar ya quería marcharse de esta exposición? ¿Qué siente ahora?
—Ganas de correr a mi estudio y…
—Y pintar un cuadro para el Museo del Prado…
—Como mínimo.
—¿Y a qué espera? No se preocupe, le subiré la nota para que no pierda la beca. Es más, le compro la mitad del cuadro que va a pintar antes que acabe esta semana. Le quedan cinco días.
Acepté y nos dimos la mano. El profesor Valcárcel me pagó el taxi y utilizamos la trasera del folleto de presentación de la exposición de Wróblewski para formalizar el acuerdo. Él quería poner mil euros, pero yo le dije que no exagerara y acordamos quinientos. De ese modo tan increíble se hizo con la mitad de los derechos de “Hombre seco en el páramo”. Cada vez que lo pienso…


Foto: Paula Arranz
Detalle de Sala de espera I. La cola continúa, de Andrzej Wróblewski.

Andrzej Wróblewski: Vilna (Lituania, antigua Polonia) (1927-1957). Exposición Verso/reverso. Parque del Retiro. Palacio de Velázquez. 17 noviembre 2015-28 febrero 2016.

Enlace: http://www.espacioluke.com/2017/Enero2017/taboada.html