lunes, 20 de febrero de 2017

EN TÉRMINOS DE BONDAD en ELDIARIO.ES Cantabria




En términos de bondad 


Un paralítico cerebral profundo es un ser humano que nace desconectado, de sí mismo y de nosotros. Cuando llega al mundo sentimos pena por él, no se va a enterar de nada, es lamentable, pero si pensamos en su familia se nos saltan las lágrimas: qué cruz, qué losa, qué palo. Durante veinte o treinta años tendrán que cuidar de él sin otra recompensa que cuidar de él, en un círculo vicioso imposible de romper. Desearían que no hubiera nacido, que el mal se hubiera detectado a tiempo y así poder solicitar a la sociedad una compasiva interrupción del embarazo. Pero eso no sucedió, está vivo, es un ser irrefutable.

Todos conocemos alguno de estos seres ausentes, casi vegetales, a menudo toman el sol en un balcón, inmóviles como geranios. Son recipientes sin apenas contenido, con un algo remoto en la mirada, una sonrisa que deseamos interpretar pero que es solo un acto reflejo. Tienen nombre, normalmente en diminutivo cariñoso, aunque no responden. Antiguamente se los dejaba morir, abandonados a la intemperie, a los lobos, pero formó parte de nuestra evolución aceptar lo inevitable y mantenerlos con vida, no para diferenciarnos de los animales, hay muchos que protegen a los más desvalidos,  sino para mantener la cohesión del grupo dando por supuesto que el simple aspecto humano ya es un valor a defender. El lógico orgullo de una especie que no se rinde con facilidad.

Desde antiguo se observó que la familia que tenía entre sus miembros a un paralítico cerebral se humanizaba, su violencia consustancial quedaba refrenada por el contacto diario con un ser dependiente e indefenso. La necesidad de cuidados constantes por parte del grupo, algo compartido con mayor o menor entusiasmo por hermanos, primos y vecinos más cercanos, los hacía más sensibles al dolor ajeno y por tanto menos propensos a ocasionarlo. De este modo, por el simple hecho de existir, un paralítico cerebral mejoraba la sociedad humana, y en términos de bondad, se podría decir que ni una persona empeñada en ser bondadosa durante toda su vida lograría alcanzar un nivel semejante. No es una paradoja, sino una demostración simple de que la humanidad es más grande que un solo ser humano.

En la vida no existe una demostración de fortaleza mayor que la bondad, nada nos hace sentir más orgullosos, más grandes, sin embargo en tiempos duros muchos la consideran un signo de debilidad y así una virtud se convierte en un defecto. Además la bondad tiene connotaciones religiosas, lo que le resta credibilidad y le da muy mala fama, algo injusto porque la religión siempre ha capitalizado esa actitud humana como posterior a sus enseñanzas, cuando es anterior. La bondad ya existía antes de que nuestro miedo inventara a los dioses. Es obvio que nadie crece al ponerse de rodillas.

Desde el Holocausto se nos ha intentado convencer con retórica bíblica de que albergamos en nuestro interior un mal tan poderoso que ningún bien puede contrarrestarlo. Es normal que se empleara ese discurso porque el daño ocasionado fue tan descomunal que solo repartiendo la culpa entre todos se hacía soportable. Por eso es positivo que en la actualidad se publiquen libros como  ‘La bondad insensata’, de Gabriele Nissim, donde nos recuerda que frente a la banalidad del mal (Hannah Arendt) se encuentran los hombres justos que arriesgan su vida para salvar la de otros (Vasili Grossman). Solo un desalmado afirmaría que nuestra historia es producto de la maldad. Eso no se sostiene.

Sí es cierto que la maldad arraiga con facilidad en el ser humano porque la bondad no se ajusta a la ley del mínimo esfuerzo y siempre será más fácil destruir que construir, matar que salvar, herir que curar. Hicieron falta mil guerras antes de que se creara la Cruz Roja, y se fusilaron a muchos hombres hasta que el primer pacifista se mantuvo en pie a pesar de estar hecho un colador. Pero vamos ganando, el mundo no es tan monstruoso como era, ocurre que caminar paso a paso es más lento que ir dando zancadas. Al héroe actual se le exige que lleve una bandera blanca, ya no hay gloria en la sangre, salvo para los fanáticos. Ser civilizado es una disciplina intelectual, no un regalo.

Hace unas semanas en este mismo periódico Susan George (ATTAC) nos recordaba  que “la izquierda cree que sus ideas son tan estupendas que no hace falta defenderlas” y de ese modo la derecha las tergiversa y las utiliza en su contra. Es la era del cinismo. Dentro de poco los Derechos Humanos se imprimirán en papel higiénico y los promotores de la idea dirán que es para difundirlos. Después de la posverdad inventarán la poshumanidad y ayudar a los demás será considerado sospechoso. La bondad podría desaparecer por falta de uso, cosa de ingenuos, personas a las que habrá que medicar.

Hace unos días falleció el pensador Tzvetan Todorov y en su libro ‘Memoria del mal, tentación del bien’ nos recuerda que “la libertad es el primer valor humanista; la bondad, el segundo”. Por lo tanto, estamos hablando de la esencia, algo que por derecho pertenece a la izquierda,  defensora de lo humano, porque la derecha está muy ocupada contando el dinero. Como dijo Mahpiua Luta (Nube Roja): “Tres veces he repetido estas cosas. Ahora he venido a decirlo una cuarta”.

Enlace: http://www.eldiario.es/norte/cantabria/primerapagina/terminos-bondad_6_611448869.html

lunes, 13 de febrero de 2017

LA ESQUINA DE WRÓBLEWSKI en ESPACIO LUKE



     Quedamos en el Retiro, junto a la entrada de la exposición de Andrzej Wróblewski. Hacía una temperatura insólita para un mes de enero madrileño, casi quince grados, pero él profesor apareció con guantes gruesos y bufanda de dos vueltas, como si acabara de nevar. Dijo que estaba resfriado. Nos dimos la mano y entramos en el Palacio de Velázquez.
La retrospectiva del pintor polaco se titulaba Verso/reverso. Mostraba bastantes cuadros dobles, con escenas de realismo socialista por un lado y abstracciones geométricas por el otro. Estaban colocados sobre paneles que había que rodear, lo cual obligaba a los guardas de seguridad de la exposición a pedir a los visitantes que llevaran sus mochilas y bolsos bien sujetos delante, para evitar dañar las obras. A Santiago Valcárcel lo amonestaron por no controlar su bufanda, que una vez desenrollada le llegaba a las pantorrillas y a punto estuvo de engancharse en un bastidor. Ese control de los guardianes del arte encajaba con la obra expuesta, llena de fusilados, hombres desmembrados, espirales y círculos toscos, todo con una crudeza desalentadora. La brutalidad  de la invasión de Polonia por los alemanes en la Segunda Guerra Mundial y luego el estalinismo feroz narrados por una de sus víctimas. Una pintura plana y cadavérica.
Nos detuvimos al fondo de la sala central, junto a la flecha que nos conducía hacia la segunda época de ese pintor desastroso venido del telón de acero. Daban ganas de marcharse, de no perder allí mucho más tiempo. Me gustaba tan poco que pensé que el profesor me estaba sometiendo a alguna prueba: si ese pintor había llegado hasta allí no podía ser desconocido para él, ni tampoco un cualquiera. Me lo tomé con paciencia.   
—Durante mi infancia —dijo Valcárcel, como si vinera a cuento— yo vivía recluido en los rincones. Sobre todo en un rincón de la cocina. Allí me entretenía con los cuatro objetos casuales que me arrojaban los adultos, ya sabe, pinzas de la ropa, un lapicero, un trozo de tela para domesticar los dientes… Supongo que me gustaban los rincones porque allí me sentía protegido, con las espaldas a cubierto, dominando siempre el panorama. Podía mirar a los demás, ver sus evoluciones, aprender. Además en los rincones se está más calentito, lejos de las corrientes, sin estorbarle el paso a nadie. Fue determinante en mi vida abandonar esa actitud y alejarme del amparo de los rincones infantiles.
Entendí que tampoco le agradaba la exposición, y que se refería al régimen comunista como un arrinconamiento humano de trágicas consecuencias, lo que le llevaría a denostar la obra de Wróblewski por primitiva, superada, anodina y testimonial. O eso pensaba yo. Con las prisas, no habíamos mirado la hoja que nos entregaron en la entrada y lo hicimos ahora. Valcárcel señaló la foto de presentación, cuyo cuadro teníamos justo delante, pero en posición vertical, con el título Chofer azul. Aquello era otra cosa, nada que ver con la obra expuesta en la sala anterior. La soledad férrea de ese cuadro te helaba la sangre. Había un grave despojamiento de las formas que achicaba el ánimo. Wróblewski había pasado de los cuerpos rotos a la anulación espiritual del conjunto, de la comunidad. Por ejemplo, un grupo de peces verdes cortados por la mitad representaba mejor la atrocidad de los muertos de la guerra que cualquier escena con cadáveres grandilocuentes. Un hombre observando sus propias vísceras mostraba la huida hacia adentro como única vía de escape. Un hombre atravesado por el rojo sangre del fondo parecía el retrato definitivo de todo lo humano. Costaba creer que un autor había evolucionado tan rápido y que era capaz de mostrarlo: te acercabas al cuadro y veías lo anterior, te alejabas unos pasos y podías sentir los brochazos del futuro. Una visión perturbadora, como todo lo que se hace a corazón abierto.
—¿Se da cuenta, profesor, que este hombre lo pintó todo en solo diez años? Doscientos cuadros y ochocientos trabajos en papel…  
A Santiago Valcárcel le gustaba hablar de sí mismo cuando había que hablar de otro. A ser posible más grande que él. Y caminar mientras hablaba. Mover las manos. Disertar.
—Un caso singular, qué duda cabe. Pero no todos los que salen del rincón acaban en la esquina. A mí me sucedió… hace ya mucho tiempo… Porque hay un tránsito obligado que te hace cruzar por la escena pública, cuando eres reconocido y dejas de ser invisible. Es fácil entonces perderse y que la imagen que los otros tienen de ti se imponga a la tuya propia. Entonces tu rincón y su rincón se unen y forman una caja que te aprisiona dentro. Error. Grave error para un artista. Por eso cuando sales de tu rincón y te muestras a los demás lo mejor es convertirte en una punta de flecha. No comunicarte, sino atravesarlos con tu determinación. De ese modo tu rincón trasciende, supera el espacio personal y colectivo para llevarte un poco más allá, donde eres como una sombra inquieta que espera en una esquina a la intemperie. Hay que llegar a ese lugar como sea. Rincón, flecha y esquina. Ése es el camino del genio.
Otros profesores nos hablaban de la luz, pero Santiago Valcárcel todo lo remitía a la geometría, al control formal y espiritual del espacio. Para seguir sus disertaciones era mejor cerrar los ojos, plegarse a esa concepción de líneas sentimentales y conceptuales que se cruzar y tensan el espíritu hasta crear un obra única. Afirmaba, y en sus clases no dejaba de insistir en ello, que se había exagerado el papel del espectador y muchas obras no iban más allá de un juego de ping-pong entre dos conciencias que se mueven en ámbitos diferentes. “El amanecer es implacable” solía decir, “nunca nos ha pedido permiso”. Él mismo había tenido una carrera notable como pintor en su juventud, con mucho éxito de crítica y público, pero lo había abandonado todo sin dar explicaciones. Llevaba veinte años sin tocar un pincel, dedicado solo a la enseñanza.
—Y ahora viene lo mejor  —dijo Valcárcel el entrar en la tercera sala, la más amplia—. La mayoría de estos cuadros sólo los he visto en foto. Para mí es todo un acontecimiento.
Yo me paré en seco. Se me escapó un silbido de asombro. Lo que había allí, incluso de lejos, era incomprensible. El impacto visual te dejaba anonadado. Como encontrar en una sola muestra un Bacon, un Picasso, un Mondrian, un Chagall o un Klee, sus mejores cuadros, compartiendo un mismo espacio. Era excesivo, sublime, de una belleza casi brutal. Yo tenía entonces veinte años escasos y no estaba preparado para aquello. El profesor me empujó suavemente con los brazos, me alejó de él, quería que lo viera solo, ya hablaríamos más tarde.
No sé cómo hablar de ello sin emocionarme. Cualquiera que dude sobre las posibilidades del género humano o los límites del arte debería ver una exposición de Wróblewski. Si el salto de la primera a la segunda época había sido enorme, la tercera resultaba sobrenatural. En solo dos o tres años, se había merendado el siglo XX, lo anterior y lo que vendría después. Una esponja de lo esencial, de la substancia, del eje sobre el que giraba y seguirá girando la vida.  “Madre con niño muerto” podía ser un icono de la pintura del siglo. Igual que “Sala de espera I. La cola continúa”. Cada uno de aquellos cuadros era único, excepcional, de gran relevancia para la historia del arte. Estar presenciando aquello hacía que te sintieras importante, privilegiado, humano, como un espectador de auroras polares, si en tu alma hubiera tal cosa.
El profesor Valcárcel me tocó el hombro, sacándome de la ensoñación. Me enseñó el reloj, como si se hubiera terminado la clase. Llevábamos en aquella sala casi una hora. Al verme tan emocionado, sonrió y me dio un abrazo.
—Este hombre murió a los 29 años. En un accidente, en las montañas Tatra. Recuerde siempre que hay gigantes que pasan a nuestro lado y apenas percibimos de ellos la sombra.
—¿Cómo es tan desconocido?
—Para usted ya no lo es, joven amigo. Tiene suerte, yo lo descubrí cuando ya era demasiado tarde para mí. Cuando el exceso de interpretación me dejó inválido.
—Yo nunca tendré una obra tan importante, profesor. Mis cuadros…
—¿Y usted qué sabe? ¿Cómo puede decir eso, si al entrar ya quería marcharse de esta exposición? ¿Qué siente ahora?
—Ganas de correr a mi estudio y…
—Y pintar un cuadro para el Museo del Prado…
—Como mínimo.
—¿Y a qué espera? No se preocupe, le subiré la nota para que no pierda la beca. Es más, le compro la mitad del cuadro que va a pintar antes que acabe esta semana. Le quedan cinco días.
Acepté y nos dimos la mano. El profesor Valcárcel me pagó el taxi y utilizamos la trasera del folleto de presentación de la exposición de Wróblewski para formalizar el acuerdo. Él quería poner mil euros, pero yo le dije que no exagerara y acordamos quinientos. De ese modo tan increíble se hizo con la mitad de los derechos de “Hombre seco en el páramo”. Cada vez que lo pienso…


Foto: Paula Arranz
Detalle de Sala de espera I. La cola continúa, de Andrzej Wróblewski.

Andrzej Wróblewski: Vilna (Lituania, antigua Polonia) (1927-1957). Exposición Verso/reverso. Parque del Retiro. Palacio de Velázquez. 17 noviembre 2015-28 febrero 2016.

Enlace: http://www.espacioluke.com/2017/Enero2017/taboada.html


martes, 31 de enero de 2017

LEYENDO 'LA TIZA ENVENENADA' en ELDIARIO.ES Cantabria



Leyendo La tiza envenenada


Leyendo “La tiza envenenada”, de Vicente Gutiérrez Escudero, he recordado con amargura los veinte años largos que permanecí encadenado a un pupitre, desde el primer día en el parvulario, cuando no entendí por qué había que estarse quieto, hasta que me licenciaron con un título inútil que mide 45x34 centímetros. Desde luego yo no fui un preso modelo, me domesticaron pero no consiguieron amaestrarme. Quizá de eso va el libro, de la diferencia entre educar a un humano y adiestrar a una oveja.

Leo en la página 32 que para sobrevivir a la educación hay que reivindicarse como avería, imperfección y trastorno, “uno debe afirmar hasta el más mínimo recodo de anomalía que tenga en su interior”, y pienso en todos los que somos como somos por simple oposición a lo que pretendían que fuéramos. Los que chupábamos pasillo por llevar la contraria o hacer preguntas impertinentes. Aprendimos mucho, pero no lo que ellos esperaban. Entre otras cosas que si fabricas un enemigo conoces sus mecanismos igual que él conoce los tuyos, y cabe la posibilidad de que sus métodos no sean beligerantes justo porque los tuyos lo son. Yo empecé a leer porque leer era subversivo, lo más delincuente que había a mi alcance: nadie podía controlarme cuando estaba leyendo.

También es verdad que nací en una dictadura católico-fascista y que mis primeros educadores estaban completamente chiflados. Algunos eran curas, otros militares, habían ganado una guerra y consolidar el miedo era su única obsesión. Estábamos a principios de los 60, había pan pero ninguna escapatoria. En la Escuela Nacional a las nueve en punto cantábamos el “Cara al sol” con el brazo levantado mientras el director, vestido de la Falange, recorría como si fueran barrotes nuestras piernas desnudas con su vara de mando. Era un sádico de siquiátrico. Una mañana decidió que hacíamos demasiado ruido en el recreo, lo interrumpió, cerró la puerta de entrada, nos hizo pasar en fila y nos arreo un buen sopapo a cada uno. Lo menos éramos 300. Cuando me tocó el turno, y me odió para siempre por agacharme y esquivarle, observé que tenía la mano incendiada y del tamaño de un guante de béisbol. Debía de dolerle, pero el muy cabrón sonreía, era un educador expeditivo y feliz.

Dice Vicente Gutiérrez Escudero que “puede existir Escuela sin Capitalismo pero el Capitalismo sin Escuela es insostenible”, y me viene a la cabeza aquel momento ingrato en que un compañero de facultad se negó a pasarme sus apuntes porque yo ya no era un condiscípulo suyo sino un competidor que podría arrebatarle en el futuro su puesto de trabajo. Le faltó decir “al enemigo ni agua”. A partir de ese día dejé de hacer preguntas y de animar el debate en clase. Seguí la voz del profeta Marley: “Menuda carrera de ratas. Yo digo que los rastafaris no trabajan para la C.I.A.”.

No voy a negar que en veinte años de pupitre hubo profesores humanos y competentes, pero tampoco olvido que muchos de ellos fueron expulsados, amenazados  o maniatados por la institución, pública o privada. Gente a la que le pudrieron la iniciativa a base de leyes, como esa Escuela Viva de Santibáñez que menciona Gutiérrez Escudero al final de su libro, “que sufrió presiones políticas para que acatase las normas de la Consejería y el proyecto fue abandonado”. Está claro que en Cantabria no se podía permitir semejante grado de incertidumbre educativa. La escuela es un aparcamiento de niños, no una pradera de conocimiento donde se puede trotar en libertad. Por eso el gremio, consciente de su labor, siempre ha tenido entre bastidores un único patrón: Herodes, el liquidador de niños.

En teoría no debería gustarme “La tiza envenenada. Co-educar en tiempos de colapso. Primer manifiesto anti-andragógico” porque soy pedagogo y vivo rodeado de personas que se dedican a la enseñanza. No es agradable saber que eres el peor lacayo del sistema, el domesticador de fieras que mata en los niños sus posibilidades, el ogro que los encadena a unos programas y los machaca a base de exámenes. Pero el autor también se dedica a la educación, luego en el fondo está hablando de algo más profundo que la simple parafernalia escolar. Él sabe que hay una corriente subterránea de pensamiento que no se rinde, que hace una labor de zapa, que socava los cimientos, o al menos los araña, que consigue por momentos que la escuela no parezca un circo. Los que convierten el aro por el que hay que pasar en un hula-hoop.

En Cantabria son muchos los compañeros que en los últimos años han abandonado la barricada ideológica y se han atrincherado en las bibliotecas. Desde allí procuran no indicar el camino sino enseñar a caminar, con el método mejor que existe, que cada cual se fabrique su propio cerebro y cargue con las consecuencias. A fin de cuentas se van a convertir en precariado, sus oficios están todavía por inventar, deben tener mentes resistentes que aguanten firmes en una realidad cada vez más infantil, gregaria y moralmente desequilibrada. Ellos serán la resistencia entre los cascotes.

Hay que agradecer a “La Vorágine-Cultura crítica” su colección de “Textos (in)surgentes” y a Vicente Gutiérrez Escudero su valiosa aportación con “La tiza envenenada”. Me he gastado medio bolígrafo subrayando sus páginas de gasolina. No se me ocurre mejor elogio para un libro. Gracias.

viernes, 20 de enero de 2017

INSTRUCCIONES PARA NÁUFRAGOS en ELDIARIO.ES Cantabria


Instrucciones para náufragos


Pocas experiencias hay tan duras como un naufragio. El mar es enorme, inabarcable y hostil para el ser humano, las posibilidades de sobrevivir son escasas, el tiempo se dilata, se hace insufrible, es normal volverse loco y, aun siendo rescatado, las secuelas durarán toda la vida. Los que lo han vivido lo comparan con navegar hacia la muerte en tu propio ataúd.

Recuerdo que un amigo tenía en su casa un cuadro pintado por un náufrago solitario. De lejos era una mancha azul grisácea con multitud de rayitas que representaban las olas, pero si te acercabas mucho veías en el centro un bote minúsculo con un hombre tirado dentro. Era desolador, lo tituló “Insignificancia”. El autor había pasado varios días a la deriva, no perdido, llevaba radiobaliza, pero fue tiempo suficiente para que su fortaleza se rompiera en pedazos. Nunca volvió a ser el mismo, era un hombre demolido.

Teniendo en cuenta que navegamos desde el principio de los tiempos, sorprende saber que nunca nos ocupamos de los náufragos, como dándolos de antemano por perdidos. Si tu barco se iba a pique quedabas a merced de los elementos y en manos de Dios. Tuvo que hundirse el Titanic en 1912 para que alguien se planteara la necesidad de prevenir riesgos. Allí murieron 1317 personas porque no había suficientes botes salvavidas ni una legislación que les impidiera salir de puerto en aquellas condiciones. Hoy no podrían hacerlo porque existe SOLAS (Safety of Life at Sea), el reglamento internacional de seguridad marítima que comenzó a redactarse precisamente a raíz de aquella desgracia.

Desde entonces se estipuló que cada barco o buque debe llevar botes o lanchas salvavidas suficientes para acomodar a todas las personas que hay a bordo. Se reconoce así que la vida es vida, no hay humanos sacrificables, de segunda clase como en el Titanic. También se indica que cada bote estará equipado con víveres, agua potable, bengalas, botiquín… y un folleto orientativo, impreso en papel resistente y con tinta especial que impida el emborronamiento por la humedad. El ejemplar que yo tengo es de 1944, se titula “Instrucciones para náufragos” y corrió a cargo del Capitán de Fragata Juan Navarro Dagnino.

Aunque hoy en día el equipamiento de los botes salvavidas se centra en la electrónica, tan eficaz sin duda, en esa época incluía un elemento que siempre me ha intrigado: un galón inglés (cuatro litros y medio) de aceite vegetal o animal. Como dice Navarro Dagnino: “Todos los marinos conocen los beneficiosos efectos del aceite para amortiguar las olas encrespadas, y, sin embargo, no es usado este método con la frecuencia debida.” La explicación técnica es sencilla: el aceite es menos denso que el agua, forma una capa fina sobre ella y mitiga la fuerza de las olas. Un solo litro puede cubrir un espacio de 20 metros cuadrados durante dos horas. En caso de fuerte temporal o justo antes de ser rescatado, un galón de aceite puede salvarte la vida.

Compré “Instrucciones para náufragos” en un rastrillo cuando era joven y desde que recuerdo me ha servido de pisapapeles para que el viento no me lleve los folios. Está hecho un desastre, con el lomo sujeto por varias capas de cinta, los bordes que parecen de un incunable, un redondel de vino en la portada… Es un objeto entrañable que he conservado porque me recuerda mi condición, me pone en mi lugar. Siempre he pensado que como escritor soy un náufrago y que ese galón de aceite es el sentido del humor. No sé otros colegas, pero yo sin humor abandono a la primera, me rindo, dejo de remar y me hundo con mis textos. Mi pensamiento no se desarrolla ni sobrevive sin sentido del humor.

¿Pero qué sucede cuando la realidad no tiene ninguna gracia? Cuando sabes que en 2016 han muerto o desaparecido en el Mediterráneo 5000 personas, casi cuatro veces las del Titanic, pero sin su glamour ni su orquesta heroica ni James Cameron con Hollywood a su espalda haciendo una película memorable. Cuando se han muerto sin más, anónimamente, como bichos de una plaga, recordado a las hormigas de “Cuando ruge la marabunta”, que sin saber nadar se subían a las hojas y atravesaban los ríos. Charlton Heston no podía con ellas, como nosotros no podremos con las consecuencias de esta crisis migratoria.

En Europa estamos haciendo historia. Somos una comunidad económica que defiende el paraíso de la invasión de las hordas hambrientas. Nuestros líderes de la derecha más rancia han sido elegidos democráticamente para protegernos del sentimentalismo. A toda esa gente hay que abandonarla a su suerte porque quieren comerse nuestros víveres y corromper nuestras costumbres civilizadas, como el derecho de asilo. Son terroristas porque su pobreza nos aterroriza. Si un chiflado promete a sus electores enviar grupos de parados para que se coman a los migrantes y luego fusilarlos a ellos por antropófagos y así matar dos pájaros de un tiro, lo hacemos presidente europeo, por abrumadora mayoría. Ya pedirán perdón nuestros descendientes. Qué irónico, qué amargo.

En el primer capítulo de “Instrucciones para náufragos”, relativo a la conducta en los botes salvavidas, se recomienda ante todo no perder la esperanza. Puede que como sociedad estemos éticamente hundidos, pero somos más y mejores que nuestros gobernantes, no tenemos porqué aceptar su reparto injusto de las provisiones. Esto es una emergencia, una amenaza de motín, si dejamos de ser quienes somos los arrojaremos por la borda.

Enlace:
http://www.eldiario.es/norte/cantabria/primerapagina/Instrucciones-naufragos_6_602349766.html

lunes, 9 de enero de 2017

EXTREMIDADES en PHOTOWRITING de Paula Arbide


Extremidades

No puedo abarcar todo este sentimiento
me faltan extremidades
no tengo brazos ni manos suficientes
ni cuerpo aproximado
apenas músculos tensos que intentan un asidero
para cogerme a ti
desde la piel reducida hasta los límites del tacto
la carne escondida en la forma
los huesos encerrados
la voluntad de conjunto
pero
si me adelanto un instante
me precipito
olvido el temor y entrego mi aliento
si asalto el vértigo porque estás conmigo
si nos adueñamos juntos de un solo minuto
si hacemos eclosionar una palabra sin retroceso
entonces
cuánto caos de carne
cuánta prisa y sosiego
cuántos lamentos sofocados
cuánta intermitencia sonora
un solo compás me basta
un acierto
esa coincidencia
no ser espectador en el fuego.


Enlace: http://www.paulaarbide.com/photowriting/


sábado, 7 de enero de 2017

HUIR HACIA DENTRO en ELDIARIO.ES Cantabria

http://www.eldiario.es/norte/cantabria/primerapagina/Huir-dentro_6_596400356.html


Huir hacia dentro



El siglo XX comenzó con una psicosis colectiva que provocó dos guerras mundiales, continuó con la Guerra Fría y sus paranoicas bombas nucleares, y concluyó con la apertura de la caja de Pandora, internet, que escindió la realidad en virtual y tangible hasta llevarnos a todos a la esquizofrenia. Ahora estamos locos y encima no sabemos dónde.

La enfermedad mental que hemos desarrollado en los últimos años ha sido ocasionada por no ser capaces de evolucionar al ritmo que nos exige la ciencia, esa dictadura gélida que con el pretexto de que el progreso es incuestionable no nos dirige sino que nos arrastra de mala manera. Como otras veces en la historia en que se ha producido un cambio trascendental, estamos tan desbordados que avanzamos dando trompicones y el periodo de adaptación se convierte en algo cruel y deshumanizante. Su gravedad no la percibimos por el deslumbramiento.

Internet es algo espectacular, contundente, definitivo. Lo ha cambiado todo para demostrar su vigencia y su poder. Pero muchas revolucionen involucionan nada más comenzar porque prometen lo que no deben, como la libertad, algo que solo se les vende a los niños para que no se arrojen por la ventana. Un adulto oye “libertad” y busca al demagogo. Si se ha permitido que Internet exista no es porque mejore nuestras vidas sino porque las remodela para adaptarlas a las nuevas necesidades económicas. Se olvida con frecuencia que todo esto sucede en una época capitalista universalmente aceptada,  hasta el comunismo es capitalista, luego nada existe fuera del mercado.

Internet no nos hace libres, sino esclavos que contabilizan los eslabones de la cadena en tiempo real, clientes desnudos en un mercado sin tregua. Somos la mercancía perfecta: nosotros generamos el contenido, nosotros lo desarrollamos, nosotros lo consumimos, y también lo criticamos y modificamos. Como elemento de control es impecable, igual que una cárcel sin horizonte con presos voluntarios.

Hay que acudir a “Capitalismo y esquizofrenia” de Deleuze y Guattari para comprender que esta trampa se estaba cerrando desde hace mucho tiempo: “Cuando decimos que la esquizofrenia es nuestra enfermedad, la enfermedad de nuestra época, no queremos decir solamente que la vida moderna nos vuelve locos. No se trata de modo de vida, sino de proceso de producción.” Es evidente que nada ha cambiado, solo hemos pasado de ser piezas de un engranaje industrial a simples datos en manos de un algoritmo. La cosificación humana avanza satisfactoriamente.

Por si no teníamos ya suficientes problemas, ahora hay dos realidades conviviendo en el mismo espacio, compartiéndolo, compitiendo entre ellas como solo la esquizofrenia sabe hacerlo. Internet no es solo un medio de comunicación sino una realidad paralela que dota de presencia a cualquiera que le proporcione datos para fijar un perfil, una identidad. Y se puede vivir en su interior. Y ganar unas elecciones en su interior. Y destruir a tus enemigos. Y salir solo para cazar pokemon, constatando la existencia de una frontera real aunque indefinida.

Lo cierto es que gracias a internet los problemas se han multiplicado, y por ejemplo un machista que sería frenado en la realidad puede ser apoyado en la red por otros de su especie y obtendrá respaldo y compañía hasta crear una corriente descerebrada que reivindique su condición como legítima, y oponerse a ella como antidemocrático. Así la estupidez se extiende igual que un virus en el mundo virtual y luego tiene fuerza suficiente para imponerse a la realidad, como si la vida sensible fuera un lugar del que estamos desertando, un lugar escaso y de segunda categoría.

Este despojamiento de la realidad como referente es el que da origen al conflicto. Cuando comprendes que si eres un ignorante y un capullo en la red se te va a notar más y lo va a saber más gente. Cuando tus fotos tan personales y exclusivas las mejora con creces un chaval de diez años de un país remoto cuyo nombre no te suena.  Cuando la ficción que te iba a mejorar la vida se vuelve contras ti y te delata, te pone en evidencia y te envía al silencio, el sitio del que procedías como simple espectador. Nadie.

El trauma que se crea al ser anulado por la multitud de la red es semejante al que sufre un niño que aspira a ser adulto y al comprender en qué consiste le faltan lágrimas para retroceder. La RAE nos recuerda que la esquizofrenia se llamó antiguamente demencia precoz y se asociaba a la pubertad. Nos encontramos por tanto en ese extraño y peligroso lugar donde se decide el futuro. Podemos optar como adolescentes desengañados y hasta resentidos por negar los hechos y entregarnos al kalimotxo o aceptar que ahora tenemos dos campos de derrota pero también el doble de posibilidades de obtener una victoria.

En cualquier caso, huir hacia dentro no es la solución. A nivel colectivo debemos adoptan estrategias de consumo defensivas y a nivel personal salvaguardar la intimidad como algo propio no comercializable. De lo contrario, a la escisión de la realidad le seguirá el autismo y a éste la pérdida de ubicación en el mundo, la ausencia definitiva. Una sociedad catatónica, dócil y obediente, enchufada a la máquina. Y la máquina no es dónde. No puede serlo.

viernes, 30 de diciembre de 2016

NO ARROJAR BASURA A LA MAR en ELDIARIO.ES Cantabria



No arrojar basura a la mar


En Navidad se pone uno más blandito de lo normal y busca algo amable que contar, sobre todo en un año tan retorcido como este, quizá para simular que no ha pasado nada o que no es tan grave como parece: los refugiados sin refugio, el Brexit, Rajoy incorrupto, el pato Donald y su plutocracia…

Esto sucedió a principios de otoño, en el embarcadero del Paseo Marítimo, al atardecer, cuando medio centenar de personas esperábamos la última lancha para cruzar la bahía. Era sábado, había hecho un día preciso pero ahora hacía fresquito, rascaba un poco, y la mayoría enredábamos con los jerséis para no resfriarnos durante el trayecto. Una niña pequeña, que intentaba meterse la manga de una chaquetilla, le dejó un momento la pelota a su hermano, menor que ella, le costaba mantenerse en pie, y en vez de sujetarla el niño la cogió con las dos manos y de la misma la soltó. La pelota pegó un par de botes y se fue rodando por el muelle hasta caer al mar.

Automáticamente la niña echó a correr, tendría unos cuatro años. Allí no hay barandilla, así que varios adultos nos lanzamos tras ella, mientras la madre agarraba al niño, que intentaba seguir a su hermana. La cogimos por los pelos, literalmente: una señora la enganchó por la coleta y yo por el cuello de la chaquetilla. No se resistió. Una vez controlada, nos asomamos todos al borde. La pelota de tenis verde estaba allí abajo, tan tranquila, meciéndose en las olas, la mar un poco revuelta.

Fueron tres segundos, no más. En el primero ella se lamentó por la pelota, en el segundo miró nuestras caras y supo que no íbamos a hacer nada, y en el tercero soltó un chillido tan agudo que retrocedimos, sorprendidos. ¡Qué chorro de voz, qué barbaridad, qué poderío! Se pasó tanto de decibelios que nos echamos a reír. Ella se enfadó mucho, claro, y golpeó el suelo con el zapato y puso cara de sois todos unos idiotas y declaró: “Es mi pelota. Mía”.

A continuación se puso a llorar con mucho sentimiento. No con lágrimas de niño caprichoso actual sino más hondo, como si su relación con la pelota fuera estrecha y significativa. Esa conexión peculiar que solo los críos y los perros tienen con su pelota. Su madre vino a consolarla: “No te preocupes, tienes muchas más, cuando lleguemos a casa…”. Ella la interrumpió: “Sí, pero… es mi pelota preferida. La mejor”. A la madre no le convenció ese argumento, quizá muy trillado: “Pues entonces haberla cuidado mejor…” La niña miró a su hermano, estuvo a punto de decir que la culpa había sido de él, pero no quiso delatarlo y rompió a llorar de nuevo, ahora a voz en grito, como si estrenara pulmones.

El gesto noble de la niña nos llamó la atención a todos. La vida está demasiado mal para pasar por alto algo así, de modo que una chica mencionó un palo, otro dijo un gancho y yo mismo dije ‘un bichero’. El hombre que estaba a mi lado sabía dónde había uno, allí mismo, al otro lado del Palacete. Él y yo fuimos juntos hasta donde estaba amarrada la zódiac de Salvamento Marítimo y les pedimos prestado su bichero. Desde allí se oía llorar a la niña, menudo futuro como soprano, pero les dijimos que era muy maja y que se lo merecía y se pusieron en marcha sin pensárselo dos veces.

Nosotros volvimos al embarcadero. Para entonces la niña ya había congregado a su alrededor a una pequeña multitud. Todos le decían cosas agradables a ver si dejaba de llorar, pero ella señalaba hacia el agua, inconsolable. Llegamos a su lado y le explicamos que todo estaba solucionado: “Hemos traído ayuda. Mira. Ahí llegan.” Le señalamos la zódiac, que entraba en esos momentos en la dársena, y ella paró inmediatamente de llorar. Aquello era más grande que su pelota, había que verlo todo, y se limpió los ojos con las mangas de la chaquetilla, a dos manos.

Los de Salvamento Marítimo estuvieron muy profesionales y simpáticos. No usaron el bichero sino una pértiga con red, y podían haber cogido la pelota a la primera, pero hicieron un poco de teatro para la niña y la dejaron escapar varias veces antes de atraparla. Nosotros, por supuesto, de público entregado, jaleándoles: “¡Uuuuiiii”, y cuando la cogieron les dimos un fuerte aplauso.

La pelota se la entregaron a un hombre en la parte baja de la rampa y luego pasó de mano en mano hasta llegar a las de la niña, como una ofrenda. Ella se la llevó al pecho y dijo gracias, muy bajito. Su madre le indicó que también a los hombres de la zódiac y entonces lo dijo más alto y más largo, sonriéndoles: “Muchas gracias”. Estaba un poco avergonzada por la que acababa de montar.

La escena finalizó con la llegada de la lancha. Uno a uno fuimos embarcando, entre sonrisas y comentarios agradables. Todos coincidíamos en que eso, eso precisamente, es un servicio público. Había sido tan bonito que daban ganas de sacar conclusiones. No lo hicimos, al menos yo no lo hice, porque en la cabina de la lancha pone: “Prohibido arrojar basura a la mar”.