miércoles, 15 de marzo de 2017

EL ALGORITMO EXPIATORIO en ELDIARIO.ES Cantabria


El algoritmo expiatorio


Ahora nos parece una tontería, pero cuando se extendió por el planeta el reloj de pulsera muchos pensaron que era la personificación del mal, lo peor que le podía suceder a un ser humano, el control llevado al extremo del autocontrol. Algunos presumían de ser libres porque no llevaban reloj, no estaban esposados al tiempo, pero los demás se sometieron a sus dictados y ya nadie volvió a tener justificación para llegar tarde a ninguna parte. Desde entonces se pudo despedir al trabajador por irresponsable, al novio por capullo o  a cualquiera por no respetar lo suficiente a los demás. Así la puntualidad se convirtió en un signo de distinción, un rasgo de nobleza, aunque en principio surgió de una esclavitud impuesta e indeseada.

Lo mismo está sucediendo hoy en día con los algoritmos. En teoría son tan mecánicos como un reloj, solo siguen una secuencia de órdenes prefijadas para obtener el resultado previsto, sin embargo aumenta el número de personas que se resisten a su implantación generalizada argumentando que son ellos los que controlan nuestras vidas en vez de servirnos para llevar nosotros el control. Sin ir más lejos, este año son populares los teléfonos arcaicos que solo sirven para llamar y recibir mensajes de voz, sin injerencias personales ni intentos de venderte una lavadora cada vez que conectas con tus amigos. Yo mismo compré en una librería virtual un libro de metafísica hace dos años y desde entonces su algoritmo intenta encasquetarme las reflexiones del Papa Francisco y los desvelos de Santa Teresa.

Pero un algoritmo no es un reloj, es algo más complejo. Nadie duda de que este mundo informatizado dejaría de funcionar si se suprimieran los algoritmos, lo cual no significa que sean inteligentes ni mucho menos inocentes.  Detrás de su diseño hay ideología, pensamiento tendencioso y en muchos casos simple conservadurismo. Aunque Facebook afirme que el suyo no influye en nuestras opiniones, es un hecho que sigue la tendencia infantiloide de ‘ni teta ni pito ni culo’, y suprime tanto estatuas griegas desnudas como la prevención del cáncer de mama, donde una mujer debe dar instrucciones empleando el cuerpo de un hombre porque el suyo está prohibido. Quizá por eso es más que sospechosa la asociación entre el algoritmo y el chivo expiatorio. Se usa en expresiones como ‘no convirtamos el algoritmo en un chivo expiatorio’, que es como decir: ‘no nos toques los algoritmos’.

En ‘Homo deus (Breve historia del mañana)’, Y.N. Harari nos previene contra la tendencia de proporcionarle demasiados datos personales al ordenador porque acabará sabiendo sobre nosotros más que nosotros mismos y llegará un día en que el microondas se niegue a calentarte el café porque eres hipertenso y tendrás que conformarte con la tila con azahar que te prepara tan diligentemente. De este modo tendremos individuos solo informados de lo que quieren saber dentro de su burbuja de opinión, cómodos en su cámara de eco y subyugados por el sesgo de confirmación que los convierte en consumidores pasivos de publicidad descarada. Idiotas, en suma, cuya única capacidad será mover la cabeza como perritos de salpicadero mientras fluyen los anuncios.

Ha llovido mucho desde que Ada Lovelace ideó el primer algoritmo en 1841, y era fácil prever lo que sucedería al pasarlo por el filtro implacable del capitalismo, que todo lo pervierte hasta pudrirlo. Lo que iba a ser una solución para alejar a las masas del trabajo duro en condiciones insoportables ha generado una sociedad en la que las máquinas nos han robado el futuro porque ya no somos necesarios como mano de obra.  Sobran mujeres-coneja que llenen el mundo de niños y sobran hombres soberbios que exijan alimentos: hay que proporcionarles armas para que se maten entre ellos y de paso liquiden a las mujeres. La culpa antigua la tuvo Eva por enrollarse con la serpiente y la moderna la tiene Ada por soñar un futuro más humano.      

Esta mañana me he despertado paranoico perdido porque soñé que a Donald Trump lo había puesto ahí el listo de Mark Zuckerberg como preludio de su próxima campaña electoral a presidente de los USA. Soñé que ricitos de azabache se miraba en el espejo y se decía ‘me gusto’ y ‘me encanto’ y su algoritmo le decía a través del azogue que debía regir el destino de la humanidad por mandato de dios. Estaba tan guapo como un césar romano al trasluz de la historia y nosotros (yo estaba en segunda fila con una toga del Athletic de Bilbao), le vitoreábamos con un sonido electrónico que no logré identificar pero tenía algo de hormiga o de abeja o de carcoma comiéndose las vigas de la casa, no sé, algo chungo.

La pregunta es siempre la misma: ¿Qué podemos hacer?, y la respuesta es evidente: exigir más transparencia. Que se sepa al menos cómo nos joden la vida, aunque sea un consuelo vano. Poder llevarlos ante los tribunales para que ellos y los jueces se nos rían a la cara y de este modo verle el careto al enemigo. Si la policía nos va a moler a palos, tener una consigna rabiosa que gritar, algo un poco más sustancioso que los resultados del fútbol del fin de semana. Y poder quitarle la pegatina a la cámara del ordenador, que necesitamos que Elon Musk nos reconozca y nos seleccione para el próximo viaje a Marte, el único futuro que nos queda.

lunes, 6 de marzo de 2017

¿PODEMOS AMARNOS BAJO ESTAS CONDICIONES LABORALES? en ELDIARIO.ES Cantabria



¿Podemos amarnos bajo estas condiciones laborales?


El amor es un sentimiento necesario y el modo que tenemos de ganarnos la vida es determinante para su existencia. Cuantos más impedimentos le pongamos mayor será la posibilidad de que no surja, se desarrolle mal o se convierta en lo contrario. Detrás del fracaso amoroso de muchas personas están unas malas condiciones laborales, que en los casos leves provocan inestabilidad emocional o separaciones traumáticas y en los graves malos tratos e incluso la muerte. No es por tanto un tema que se deba eludir escudándonos en que no hay un método para objetivarlo y en que es imposible presentar una estadística veraz que confirme que nos amamos poco y mal en correspondencia con el empleo escaso y de mala calidad. 

Para no ponernos muy elevados, digamos que el amor requiere presencia y la ausencia del ser amado ocasiona dolor. Bien sea tu pareja, tus parientes, tus amistades, tu mascota o el mar Cantábrico, si amas a alguien quieres estar a su lado: todo el rato si amas mucho, a ratos si amas regular y pocas veces si tu amor es intermitente y fugaz. Lo que no harás nunca es estar lejos, no de un modo permanente, porque el amor a distancia desaparece ya que se alimenta del contacto, del tiempo compartido. Por eso el amor es tan implacable, es lo más real que tenemos: o amas o no amas, lo demás son argumentos consoladores.

Pensemos por ejemplo en el medio millón de jóvenes que han abandonado a la fuerza el país en los últimos años en busca de trabajo. Están preparados, tienen futuro, pero el amor es un lujo que no se pueden permitir. Han dejado atrás a sus seres queridos, el paisaje donde se han criado, viven en el extranjero, siete en un piso, ahorran lo que pueden, el tiempo pasa. Si entonces surge el amor lo hará en un lugar equivocado, en un momento de tránsito, y muchos lo recibirán como un golpe de mala suerte. Han tenido la desgracia de enamorarse lejos de casa, piensan volver, y las probabilidades de que la otra persona sea compatible con el regreso son escasas. Muy pocos lo tirarán todo por la borda, la mayoría creará una coraza y no superará la fase del enamoramiento pasional: sexo sin promesas ni demasiadas explicaciones. No van a llegar a amarse, se quedarán a mitad de camino, la unión sentimental con su país es demasiado poderosa. Y el amor no se puede dejar para más tarde.

Tampoco los que se quedan lo tienen mejor. Aquí el mercado de trabajo ha empeorado tanto que bordea la esclavitud, se le roba a la gente su vida con horarios infames bajo amenaza de despido procedente y el único valor apreciado en un currículum es la obediencia ciega. Salvo cuatro privilegiados, a la mayoría les llega justo para sobrevivir, alimentarse mal y pagar el alquiler de un chamizo miserable. Eso por no mencionar a la cuarta parte de trabajadores en paro indefinido que no tienen otro futuro que esperar una renta social básica que les impida comer de la basura. ¿Qué amor pueden darles a sus hijos, si no los ven casi nunca, o están tan agotados y deprimidos que no tienen ni para levantarse ellos mismos el ánimo? ¿Y sus hijos, qué amor pueden desplegar en la escuela o con sus amigos que no sea la bronca continuada, si ni tan siquiera sus profesores pueden demostrarles que lo que se hace allí sirva para algo, porque ellos ven a diario que nada sirve para nada, solo ser un gánster famoso, solo gobernar corrompiendo y luego ir de vacaciones a la cárcel? El amor no sobrevive en la desesperanza. Los parias no se aman, es publicidad engañosa, en la realidad todo son reproches, gritos, mala hostia y te voy a partir la cara. 

Habría que plantearse por tanto si se le puede llamar amor al ejercido por seres condenados al egoísmo por pura supervivencia. Cuando hay poco le acabas robando al otro hasta el amor, y lo destruyes, lo conviertes en odio. Entonces surgen las malas interpretaciones y se mezcla amar con ser amado, algo muy peligroso. La gente no mata por amor, sino por error, porque confunde ambas cosas y su incapacidad para amar la proyecta en la otra persona, consiguiendo un cadáver que ya no le va a corresponder. Nadie que ame haría eso, es absurdo, salvo que haya sido educado tendenciosamente para alimentar esa confusión y no sea capaz de distinguir el amor del odio. Amar es dar, desprenderte de ti mismo en favor de lo amado, luego no buscas su destrucción sino que velas por su bienestar. Lo importante es amar, que te amen será en todo caso la consecuencia. El amor no es una propiedad privada y menos pública.

Todo el que ha gobernado el mundo ha tenido el amor bajo control, por medio de la religión o de las leyes, y el amor, con el tiempo, se ha deteriorado. No es que antes hubiera más amor o de mejor calidad, sino que han disminuido las posibilidades de que exista. No podemos amarnos bajo estas condiciones laborales porque han sido diseñadas para lograr el efecto contrario: un mundo inestable, cargado de miedo, con el futuro incierto, donde los individuos solo aspiran a beneficiarse y no a beneficiar, lo cual nos degrada no ya como humanos sino como seres vivientes.

lunes, 20 de febrero de 2017

EN TÉRMINOS DE BONDAD en ELDIARIO.ES Cantabria




En términos de bondad 


Un paralítico cerebral profundo es un ser humano que nace desconectado, de sí mismo y de nosotros. Cuando llega al mundo sentimos pena por él, no se va a enterar de nada, es lamentable, pero si pensamos en su familia se nos saltan las lágrimas: qué cruz, qué losa, qué palo. Durante veinte o treinta años tendrán que cuidar de él sin otra recompensa que cuidar de él, en un círculo vicioso imposible de romper. Desearían que no hubiera nacido, que el mal se hubiera detectado a tiempo y así poder solicitar a la sociedad una compasiva interrupción del embarazo. Pero eso no sucedió, está vivo, es un ser irrefutable.

Todos conocemos alguno de estos seres ausentes, casi vegetales, a menudo toman el sol en un balcón, inmóviles como geranios. Son recipientes sin apenas contenido, con un algo remoto en la mirada, una sonrisa que deseamos interpretar pero que es solo un acto reflejo. Tienen nombre, normalmente en diminutivo cariñoso, aunque no responden. Antiguamente se los dejaba morir, abandonados a la intemperie, a los lobos, pero formó parte de nuestra evolución aceptar lo inevitable y mantenerlos con vida, no para diferenciarnos de los animales, hay muchos que protegen a los más desvalidos,  sino para mantener la cohesión del grupo dando por supuesto que el simple aspecto humano ya es un valor a defender. El lógico orgullo de una especie que no se rinde con facilidad.

Desde antiguo se observó que la familia que tenía entre sus miembros a un paralítico cerebral se humanizaba, su violencia consustancial quedaba refrenada por el contacto diario con un ser dependiente e indefenso. La necesidad de cuidados constantes por parte del grupo, algo compartido con mayor o menor entusiasmo por hermanos, primos y vecinos más cercanos, los hacía más sensibles al dolor ajeno y por tanto menos propensos a ocasionarlo. De este modo, por el simple hecho de existir, un paralítico cerebral mejoraba la sociedad humana, y en términos de bondad, se podría decir que ni una persona empeñada en ser bondadosa durante toda su vida lograría alcanzar un nivel semejante. No es una paradoja, sino una demostración simple de que la humanidad es más grande que un solo ser humano.

En la vida no existe una demostración de fortaleza mayor que la bondad, nada nos hace sentir más orgullosos, más grandes, sin embargo en tiempos duros muchos la consideran un signo de debilidad y así una virtud se convierte en un defecto. Además la bondad tiene connotaciones religiosas, lo que le resta credibilidad y le da muy mala fama, algo injusto porque la religión siempre ha capitalizado esa actitud humana como posterior a sus enseñanzas, cuando es anterior. La bondad ya existía antes de que nuestro miedo inventara a los dioses. Es obvio que nadie crece al ponerse de rodillas.

Desde el Holocausto se nos ha intentado convencer con retórica bíblica de que albergamos en nuestro interior un mal tan poderoso que ningún bien puede contrarrestarlo. Es normal que se empleara ese discurso porque el daño ocasionado fue tan descomunal que solo repartiendo la culpa entre todos se hacía soportable. Por eso es positivo que en la actualidad se publiquen libros como  ‘La bondad insensata’, de Gabriele Nissim, donde nos recuerda que frente a la banalidad del mal (Hannah Arendt) se encuentran los hombres justos que arriesgan su vida para salvar la de otros (Vasili Grossman). Solo un desalmado afirmaría que nuestra historia es producto de la maldad. Eso no se sostiene.

Sí es cierto que la maldad arraiga con facilidad en el ser humano porque la bondad no se ajusta a la ley del mínimo esfuerzo y siempre será más fácil destruir que construir, matar que salvar, herir que curar. Hicieron falta mil guerras antes de que se creara la Cruz Roja, y se fusilaron a muchos hombres hasta que el primer pacifista se mantuvo en pie a pesar de estar hecho un colador. Pero vamos ganando, el mundo no es tan monstruoso como era, ocurre que caminar paso a paso es más lento que ir dando zancadas. Al héroe actual se le exige que lleve una bandera blanca, ya no hay gloria en la sangre, salvo para los fanáticos. Ser civilizado es una disciplina intelectual, no un regalo.

Hace unas semanas en este mismo periódico Susan George (ATTAC) nos recordaba  que “la izquierda cree que sus ideas son tan estupendas que no hace falta defenderlas” y de ese modo la derecha las tergiversa y las utiliza en su contra. Es la era del cinismo. Dentro de poco los Derechos Humanos se imprimirán en papel higiénico y los promotores de la idea dirán que es para difundirlos. Después de la posverdad inventarán la poshumanidad y ayudar a los demás será considerado sospechoso. La bondad podría desaparecer por falta de uso, cosa de ingenuos, personas a las que habrá que medicar.

Hace unos días falleció el pensador Tzvetan Todorov y en su libro ‘Memoria del mal, tentación del bien’ nos recuerda que “la libertad es el primer valor humanista; la bondad, el segundo”. Por lo tanto, estamos hablando de la esencia, algo que por derecho pertenece a la izquierda,  defensora de lo humano, porque la derecha está muy ocupada contando el dinero. Como dijo Mahpiua Luta (Nube Roja): “Tres veces he repetido estas cosas. Ahora he venido a decirlo una cuarta”.

Enlace: http://www.eldiario.es/norte/cantabria/primerapagina/terminos-bondad_6_611448869.html

lunes, 13 de febrero de 2017

LA ESQUINA DE WRÓBLEWSKI en ESPACIO LUKE



     Quedamos en el Retiro, junto a la entrada de la exposición de Andrzej Wróblewski. Hacía una temperatura insólita para un mes de enero madrileño, casi quince grados, pero él profesor apareció con guantes gruesos y bufanda de dos vueltas, como si acabara de nevar. Dijo que estaba resfriado. Nos dimos la mano y entramos en el Palacio de Velázquez.
La retrospectiva del pintor polaco se titulaba Verso/reverso. Mostraba bastantes cuadros dobles, con escenas de realismo socialista por un lado y abstracciones geométricas por el otro. Estaban colocados sobre paneles que había que rodear, lo cual obligaba a los guardas de seguridad de la exposición a pedir a los visitantes que llevaran sus mochilas y bolsos bien sujetos delante, para evitar dañar las obras. A Santiago Valcárcel lo amonestaron por no controlar su bufanda, que una vez desenrollada le llegaba a las pantorrillas y a punto estuvo de engancharse en un bastidor. Ese control de los guardianes del arte encajaba con la obra expuesta, llena de fusilados, hombres desmembrados, espirales y círculos toscos, todo con una crudeza desalentadora. La brutalidad  de la invasión de Polonia por los alemanes en la Segunda Guerra Mundial y luego el estalinismo feroz narrados por una de sus víctimas. Una pintura plana y cadavérica.
Nos detuvimos al fondo de la sala central, junto a la flecha que nos conducía hacia la segunda época de ese pintor desastroso venido del telón de acero. Daban ganas de marcharse, de no perder allí mucho más tiempo. Me gustaba tan poco que pensé que el profesor me estaba sometiendo a alguna prueba: si ese pintor había llegado hasta allí no podía ser desconocido para él, ni tampoco un cualquiera. Me lo tomé con paciencia.   
—Durante mi infancia —dijo Valcárcel, como si vinera a cuento— yo vivía recluido en los rincones. Sobre todo en un rincón de la cocina. Allí me entretenía con los cuatro objetos casuales que me arrojaban los adultos, ya sabe, pinzas de la ropa, un lapicero, un trozo de tela para domesticar los dientes… Supongo que me gustaban los rincones porque allí me sentía protegido, con las espaldas a cubierto, dominando siempre el panorama. Podía mirar a los demás, ver sus evoluciones, aprender. Además en los rincones se está más calentito, lejos de las corrientes, sin estorbarle el paso a nadie. Fue determinante en mi vida abandonar esa actitud y alejarme del amparo de los rincones infantiles.
Entendí que tampoco le agradaba la exposición, y que se refería al régimen comunista como un arrinconamiento humano de trágicas consecuencias, lo que le llevaría a denostar la obra de Wróblewski por primitiva, superada, anodina y testimonial. O eso pensaba yo. Con las prisas, no habíamos mirado la hoja que nos entregaron en la entrada y lo hicimos ahora. Valcárcel señaló la foto de presentación, cuyo cuadro teníamos justo delante, pero en posición vertical, con el título Chofer azul. Aquello era otra cosa, nada que ver con la obra expuesta en la sala anterior. La soledad férrea de ese cuadro te helaba la sangre. Había un grave despojamiento de las formas que achicaba el ánimo. Wróblewski había pasado de los cuerpos rotos a la anulación espiritual del conjunto, de la comunidad. Por ejemplo, un grupo de peces verdes cortados por la mitad representaba mejor la atrocidad de los muertos de la guerra que cualquier escena con cadáveres grandilocuentes. Un hombre observando sus propias vísceras mostraba la huida hacia adentro como única vía de escape. Un hombre atravesado por el rojo sangre del fondo parecía el retrato definitivo de todo lo humano. Costaba creer que un autor había evolucionado tan rápido y que era capaz de mostrarlo: te acercabas al cuadro y veías lo anterior, te alejabas unos pasos y podías sentir los brochazos del futuro. Una visión perturbadora, como todo lo que se hace a corazón abierto.
—¿Se da cuenta, profesor, que este hombre lo pintó todo en solo diez años? Doscientos cuadros y ochocientos trabajos en papel…  
A Santiago Valcárcel le gustaba hablar de sí mismo cuando había que hablar de otro. A ser posible más grande que él. Y caminar mientras hablaba. Mover las manos. Disertar.
—Un caso singular, qué duda cabe. Pero no todos los que salen del rincón acaban en la esquina. A mí me sucedió… hace ya mucho tiempo… Porque hay un tránsito obligado que te hace cruzar por la escena pública, cuando eres reconocido y dejas de ser invisible. Es fácil entonces perderse y que la imagen que los otros tienen de ti se imponga a la tuya propia. Entonces tu rincón y su rincón se unen y forman una caja que te aprisiona dentro. Error. Grave error para un artista. Por eso cuando sales de tu rincón y te muestras a los demás lo mejor es convertirte en una punta de flecha. No comunicarte, sino atravesarlos con tu determinación. De ese modo tu rincón trasciende, supera el espacio personal y colectivo para llevarte un poco más allá, donde eres como una sombra inquieta que espera en una esquina a la intemperie. Hay que llegar a ese lugar como sea. Rincón, flecha y esquina. Ése es el camino del genio.
Otros profesores nos hablaban de la luz, pero Santiago Valcárcel todo lo remitía a la geometría, al control formal y espiritual del espacio. Para seguir sus disertaciones era mejor cerrar los ojos, plegarse a esa concepción de líneas sentimentales y conceptuales que se cruzar y tensan el espíritu hasta crear un obra única. Afirmaba, y en sus clases no dejaba de insistir en ello, que se había exagerado el papel del espectador y muchas obras no iban más allá de un juego de ping-pong entre dos conciencias que se mueven en ámbitos diferentes. “El amanecer es implacable” solía decir, “nunca nos ha pedido permiso”. Él mismo había tenido una carrera notable como pintor en su juventud, con mucho éxito de crítica y público, pero lo había abandonado todo sin dar explicaciones. Llevaba veinte años sin tocar un pincel, dedicado solo a la enseñanza.
—Y ahora viene lo mejor  —dijo Valcárcel el entrar en la tercera sala, la más amplia—. La mayoría de estos cuadros sólo los he visto en foto. Para mí es todo un acontecimiento.
Yo me paré en seco. Se me escapó un silbido de asombro. Lo que había allí, incluso de lejos, era incomprensible. El impacto visual te dejaba anonadado. Como encontrar en una sola muestra un Bacon, un Picasso, un Mondrian, un Chagall o un Klee, sus mejores cuadros, compartiendo un mismo espacio. Era excesivo, sublime, de una belleza casi brutal. Yo tenía entonces veinte años escasos y no estaba preparado para aquello. El profesor me empujó suavemente con los brazos, me alejó de él, quería que lo viera solo, ya hablaríamos más tarde.
No sé cómo hablar de ello sin emocionarme. Cualquiera que dude sobre las posibilidades del género humano o los límites del arte debería ver una exposición de Wróblewski. Si el salto de la primera a la segunda época había sido enorme, la tercera resultaba sobrenatural. En solo dos o tres años, se había merendado el siglo XX, lo anterior y lo que vendría después. Una esponja de lo esencial, de la substancia, del eje sobre el que giraba y seguirá girando la vida.  “Madre con niño muerto” podía ser un icono de la pintura del siglo. Igual que “Sala de espera I. La cola continúa”. Cada uno de aquellos cuadros era único, excepcional, de gran relevancia para la historia del arte. Estar presenciando aquello hacía que te sintieras importante, privilegiado, humano, como un espectador de auroras polares, si en tu alma hubiera tal cosa.
El profesor Valcárcel me tocó el hombro, sacándome de la ensoñación. Me enseñó el reloj, como si se hubiera terminado la clase. Llevábamos en aquella sala casi una hora. Al verme tan emocionado, sonrió y me dio un abrazo.
—Este hombre murió a los 29 años. En un accidente, en las montañas Tatra. Recuerde siempre que hay gigantes que pasan a nuestro lado y apenas percibimos de ellos la sombra.
—¿Cómo es tan desconocido?
—Para usted ya no lo es, joven amigo. Tiene suerte, yo lo descubrí cuando ya era demasiado tarde para mí. Cuando el exceso de interpretación me dejó inválido.
—Yo nunca tendré una obra tan importante, profesor. Mis cuadros…
—¿Y usted qué sabe? ¿Cómo puede decir eso, si al entrar ya quería marcharse de esta exposición? ¿Qué siente ahora?
—Ganas de correr a mi estudio y…
—Y pintar un cuadro para el Museo del Prado…
—Como mínimo.
—¿Y a qué espera? No se preocupe, le subiré la nota para que no pierda la beca. Es más, le compro la mitad del cuadro que va a pintar antes que acabe esta semana. Le quedan cinco días.
Acepté y nos dimos la mano. El profesor Valcárcel me pagó el taxi y utilizamos la trasera del folleto de presentación de la exposición de Wróblewski para formalizar el acuerdo. Él quería poner mil euros, pero yo le dije que no exagerara y acordamos quinientos. De ese modo tan increíble se hizo con la mitad de los derechos de “Hombre seco en el páramo”. Cada vez que lo pienso…


Foto: Paula Arranz
Detalle de Sala de espera I. La cola continúa, de Andrzej Wróblewski.

Andrzej Wróblewski: Vilna (Lituania, antigua Polonia) (1927-1957). Exposición Verso/reverso. Parque del Retiro. Palacio de Velázquez. 17 noviembre 2015-28 febrero 2016.

Enlace: http://www.espacioluke.com/2017/Enero2017/taboada.html


martes, 31 de enero de 2017

LEYENDO 'LA TIZA ENVENENADA' en ELDIARIO.ES Cantabria



Leyendo La tiza envenenada


Leyendo “La tiza envenenada”, de Vicente Gutiérrez Escudero, he recordado con amargura los veinte años largos que permanecí encadenado a un pupitre, desde el primer día en el parvulario, cuando no entendí por qué había que estarse quieto, hasta que me licenciaron con un título inútil que mide 45x34 centímetros. Desde luego yo no fui un preso modelo, me domesticaron pero no consiguieron amaestrarme. Quizá de eso va el libro, de la diferencia entre educar a un humano y adiestrar a una oveja.

Leo en la página 32 que para sobrevivir a la educación hay que reivindicarse como avería, imperfección y trastorno, “uno debe afirmar hasta el más mínimo recodo de anomalía que tenga en su interior”, y pienso en todos los que somos como somos por simple oposición a lo que pretendían que fuéramos. Los que chupábamos pasillo por llevar la contraria o hacer preguntas impertinentes. Aprendimos mucho, pero no lo que ellos esperaban. Entre otras cosas que si fabricas un enemigo conoces sus mecanismos igual que él conoce los tuyos, y cabe la posibilidad de que sus métodos no sean beligerantes justo porque los tuyos lo son. Yo empecé a leer porque leer era subversivo, lo más delincuente que había a mi alcance: nadie podía controlarme cuando estaba leyendo.

También es verdad que nací en una dictadura católico-fascista y que mis primeros educadores estaban completamente chiflados. Algunos eran curas, otros militares, habían ganado una guerra y consolidar el miedo era su única obsesión. Estábamos a principios de los 60, había pan pero ninguna escapatoria. En la Escuela Nacional a las nueve en punto cantábamos el “Cara al sol” con el brazo levantado mientras el director, vestido de la Falange, recorría como si fueran barrotes nuestras piernas desnudas con su vara de mando. Era un sádico de siquiátrico. Una mañana decidió que hacíamos demasiado ruido en el recreo, lo interrumpió, cerró la puerta de entrada, nos hizo pasar en fila y nos arreo un buen sopapo a cada uno. Lo menos éramos 300. Cuando me tocó el turno, y me odió para siempre por agacharme y esquivarle, observé que tenía la mano incendiada y del tamaño de un guante de béisbol. Debía de dolerle, pero el muy cabrón sonreía, era un educador expeditivo y feliz.

Dice Vicente Gutiérrez Escudero que “puede existir Escuela sin Capitalismo pero el Capitalismo sin Escuela es insostenible”, y me viene a la cabeza aquel momento ingrato en que un compañero de facultad se negó a pasarme sus apuntes porque yo ya no era un condiscípulo suyo sino un competidor que podría arrebatarle en el futuro su puesto de trabajo. Le faltó decir “al enemigo ni agua”. A partir de ese día dejé de hacer preguntas y de animar el debate en clase. Seguí la voz del profeta Marley: “Menuda carrera de ratas. Yo digo que los rastafaris no trabajan para la C.I.A.”.

No voy a negar que en veinte años de pupitre hubo profesores humanos y competentes, pero tampoco olvido que muchos de ellos fueron expulsados, amenazados  o maniatados por la institución, pública o privada. Gente a la que le pudrieron la iniciativa a base de leyes, como esa Escuela Viva de Santibáñez que menciona Gutiérrez Escudero al final de su libro, “que sufrió presiones políticas para que acatase las normas de la Consejería y el proyecto fue abandonado”. Está claro que en Cantabria no se podía permitir semejante grado de incertidumbre educativa. La escuela es un aparcamiento de niños, no una pradera de conocimiento donde se puede trotar en libertad. Por eso el gremio, consciente de su labor, siempre ha tenido entre bastidores un único patrón: Herodes, el liquidador de niños.

En teoría no debería gustarme “La tiza envenenada. Co-educar en tiempos de colapso. Primer manifiesto anti-andragógico” porque soy pedagogo y vivo rodeado de personas que se dedican a la enseñanza. No es agradable saber que eres el peor lacayo del sistema, el domesticador de fieras que mata en los niños sus posibilidades, el ogro que los encadena a unos programas y los machaca a base de exámenes. Pero el autor también se dedica a la educación, luego en el fondo está hablando de algo más profundo que la simple parafernalia escolar. Él sabe que hay una corriente subterránea de pensamiento que no se rinde, que hace una labor de zapa, que socava los cimientos, o al menos los araña, que consigue por momentos que la escuela no parezca un circo. Los que convierten el aro por el que hay que pasar en un hula-hoop.

En Cantabria son muchos los compañeros que en los últimos años han abandonado la barricada ideológica y se han atrincherado en las bibliotecas. Desde allí procuran no indicar el camino sino enseñar a caminar, con el método mejor que existe, que cada cual se fabrique su propio cerebro y cargue con las consecuencias. A fin de cuentas se van a convertir en precariado, sus oficios están todavía por inventar, deben tener mentes resistentes que aguanten firmes en una realidad cada vez más infantil, gregaria y moralmente desequilibrada. Ellos serán la resistencia entre los cascotes.

Hay que agradecer a “La Vorágine-Cultura crítica” su colección de “Textos (in)surgentes” y a Vicente Gutiérrez Escudero su valiosa aportación con “La tiza envenenada”. Me he gastado medio bolígrafo subrayando sus páginas de gasolina. No se me ocurre mejor elogio para un libro. Gracias.

viernes, 20 de enero de 2017

INSTRUCCIONES PARA NÁUFRAGOS en ELDIARIO.ES Cantabria


Instrucciones para náufragos


Pocas experiencias hay tan duras como un naufragio. El mar es enorme, inabarcable y hostil para el ser humano, las posibilidades de sobrevivir son escasas, el tiempo se dilata, se hace insufrible, es normal volverse loco y, aun siendo rescatado, las secuelas durarán toda la vida. Los que lo han vivido lo comparan con navegar hacia la muerte en tu propio ataúd.

Recuerdo que un amigo tenía en su casa un cuadro pintado por un náufrago solitario. De lejos era una mancha azul grisácea con multitud de rayitas que representaban las olas, pero si te acercabas mucho veías en el centro un bote minúsculo con un hombre tirado dentro. Era desolador, lo tituló “Insignificancia”. El autor había pasado varios días a la deriva, no perdido, llevaba radiobaliza, pero fue tiempo suficiente para que su fortaleza se rompiera en pedazos. Nunca volvió a ser el mismo, era un hombre demolido.

Teniendo en cuenta que navegamos desde el principio de los tiempos, sorprende saber que nunca nos ocupamos de los náufragos, como dándolos de antemano por perdidos. Si tu barco se iba a pique quedabas a merced de los elementos y en manos de Dios. Tuvo que hundirse el Titanic en 1912 para que alguien se planteara la necesidad de prevenir riesgos. Allí murieron 1317 personas porque no había suficientes botes salvavidas ni una legislación que les impidiera salir de puerto en aquellas condiciones. Hoy no podrían hacerlo porque existe SOLAS (Safety of Life at Sea), el reglamento internacional de seguridad marítima que comenzó a redactarse precisamente a raíz de aquella desgracia.

Desde entonces se estipuló que cada barco o buque debe llevar botes o lanchas salvavidas suficientes para acomodar a todas las personas que hay a bordo. Se reconoce así que la vida es vida, no hay humanos sacrificables, de segunda clase como en el Titanic. También se indica que cada bote estará equipado con víveres, agua potable, bengalas, botiquín… y un folleto orientativo, impreso en papel resistente y con tinta especial que impida el emborronamiento por la humedad. El ejemplar que yo tengo es de 1944, se titula “Instrucciones para náufragos” y corrió a cargo del Capitán de Fragata Juan Navarro Dagnino.

Aunque hoy en día el equipamiento de los botes salvavidas se centra en la electrónica, tan eficaz sin duda, en esa época incluía un elemento que siempre me ha intrigado: un galón inglés (cuatro litros y medio) de aceite vegetal o animal. Como dice Navarro Dagnino: “Todos los marinos conocen los beneficiosos efectos del aceite para amortiguar las olas encrespadas, y, sin embargo, no es usado este método con la frecuencia debida.” La explicación técnica es sencilla: el aceite es menos denso que el agua, forma una capa fina sobre ella y mitiga la fuerza de las olas. Un solo litro puede cubrir un espacio de 20 metros cuadrados durante dos horas. En caso de fuerte temporal o justo antes de ser rescatado, un galón de aceite puede salvarte la vida.

Compré “Instrucciones para náufragos” en un rastrillo cuando era joven y desde que recuerdo me ha servido de pisapapeles para que el viento no me lleve los folios. Está hecho un desastre, con el lomo sujeto por varias capas de cinta, los bordes que parecen de un incunable, un redondel de vino en la portada… Es un objeto entrañable que he conservado porque me recuerda mi condición, me pone en mi lugar. Siempre he pensado que como escritor soy un náufrago y que ese galón de aceite es el sentido del humor. No sé otros colegas, pero yo sin humor abandono a la primera, me rindo, dejo de remar y me hundo con mis textos. Mi pensamiento no se desarrolla ni sobrevive sin sentido del humor.

¿Pero qué sucede cuando la realidad no tiene ninguna gracia? Cuando sabes que en 2016 han muerto o desaparecido en el Mediterráneo 5000 personas, casi cuatro veces las del Titanic, pero sin su glamour ni su orquesta heroica ni James Cameron con Hollywood a su espalda haciendo una película memorable. Cuando se han muerto sin más, anónimamente, como bichos de una plaga, recordado a las hormigas de “Cuando ruge la marabunta”, que sin saber nadar se subían a las hojas y atravesaban los ríos. Charlton Heston no podía con ellas, como nosotros no podremos con las consecuencias de esta crisis migratoria.

En Europa estamos haciendo historia. Somos una comunidad económica que defiende el paraíso de la invasión de las hordas hambrientas. Nuestros líderes de la derecha más rancia han sido elegidos democráticamente para protegernos del sentimentalismo. A toda esa gente hay que abandonarla a su suerte porque quieren comerse nuestros víveres y corromper nuestras costumbres civilizadas, como el derecho de asilo. Son terroristas porque su pobreza nos aterroriza. Si un chiflado promete a sus electores enviar grupos de parados para que se coman a los migrantes y luego fusilarlos a ellos por antropófagos y así matar dos pájaros de un tiro, lo hacemos presidente europeo, por abrumadora mayoría. Ya pedirán perdón nuestros descendientes. Qué irónico, qué amargo.

En el primer capítulo de “Instrucciones para náufragos”, relativo a la conducta en los botes salvavidas, se recomienda ante todo no perder la esperanza. Puede que como sociedad estemos éticamente hundidos, pero somos más y mejores que nuestros gobernantes, no tenemos porqué aceptar su reparto injusto de las provisiones. Esto es una emergencia, una amenaza de motín, si dejamos de ser quienes somos los arrojaremos por la borda.

Enlace:
http://www.eldiario.es/norte/cantabria/primerapagina/Instrucciones-naufragos_6_602349766.html

lunes, 9 de enero de 2017

EXTREMIDADES en PHOTOWRITING de Paula Arbide


Extremidades

No puedo abarcar todo este sentimiento
me faltan extremidades
no tengo brazos ni manos suficientes
ni cuerpo aproximado
apenas músculos tensos que intentan un asidero
para cogerme a ti
desde la piel reducida hasta los límites del tacto
la carne escondida en la forma
los huesos encerrados
la voluntad de conjunto
pero
si me adelanto un instante
me precipito
olvido el temor y entrego mi aliento
si asalto el vértigo porque estás conmigo
si nos adueñamos juntos de un solo minuto
si hacemos eclosionar una palabra sin retroceso
entonces
cuánto caos de carne
cuánta prisa y sosiego
cuántos lamentos sofocados
cuánta intermitencia sonora
un solo compás me basta
un acierto
esa coincidencia
no ser espectador en el fuego.


Enlace: http://www.paulaarbide.com/photowriting/