martes, 29 de noviembre de 2016

BALANCE DE DAÑOS en ELDIARIO.ES



Balance de daños


Te despiertas en el presente y en singular. Te tocas, te reconoces, te levantas de la cama por tu propio pie, te lavas el sueño de tu propia cara, te desperezas con el frío de tu nevera y metes tu desayuno en tu microondas. Mientras esperas, enciendes el móvil, se ilumina la portada del periódico y Donald Trump es el presidente de los Estados Unidos. ¡Qué barbaridad! ¡No puede ser! No te lo crees. Seguro que es una broma del Mundo Today. Suena tan diabólico… Pero estás  todavía en pijama, no sabes a qué atenerte, intentas ordenar tus sentimientos. Una voz interior te dice que Trump es estadísticamente imposible. No te cabe en la cabeza. Entonces salta la alarma del microondas,  te tomas el café con leche de dos tragos rápidos, toses un poco, y cuando dejas la taza en el fregadero ya tienes la cocina llena de gente. “Nosotros NO hemos escogido a Trump, éste NO es nuestro presidente”, dices bien alto, enfatizando el NO, como si fueras el portavoz de una asamblea.  Has pasado del singular al plural, para no quedarte solo. Es normal. Aunque no seas americano ni éste sea tu presidente. Toma nota detallada.

Son las ocho de la mañana. Tu ordenador se enciende solo. Tu trabajo consiste en elaborar un informe preliminar y por ese motivo estás sentado delante de la pantalla a la hora prefijada. Te conectas a internet para seguir el curso de la tragedia. Parece que llegas tarde, la consternación mundial comenzó de madrugada y ha sido tan fuerte que ni Hillary Clinton se ha atrevido a dar la cara para reconocer su derrota. La extrema derecha europea, con Le Pen a la cabeza, ya ha felicitado efusivamente al candidato electo, y el Ku Klux Klan confirma en estos instantes que le dio su apoyo incondicional en las urnas: “Donald Trump es uno de los nuestros, él sabe que los negros no son blancos”, declara a la cámara un encapuchado que lleva sobre la capucha una gorra de Trump. Es tan disparatado, tan grotesco. Los perdedores lloran, se dejan caer al suelo, buscan culpables, todos sin excepción piden la cabeza de las empresas encuestadoras y dudan abiertamente de que la estadística sea una ciencia. La colmena está irritada. La inteligencia chilla al unísono porque no se lo esperaba y siente verdadero pavor. El enemigo ya no está a las puertas, el enemigo ha entrado en casa, nos han metido un Caballo de Troya lleno de paletos y descerebrados que están a punto de tomar el poder. “¿Es la democracia deseable si ganan los Otros?”, titula un rotativo neoyorkino. Se nota en muchos  artículos de prensa que sus redactores escriben como bomberos ante un incendio desproporcionado, con más visceralidad que sentido común. Dicen las barbaridades que se esperan de ellos: Cómo hemos llegado a esto, Trump tirará la bomba, Trump nos va a exterminar, Trump es el apocalipsis, Todos somos Donald Trump.

A las nueve y media, en mitad del jaleo, los que saben exactamente lo que vale el peine informan al público de que las Bolsas caen, pero poco. Apenas unas décimas de incertidumbre. Después de las palabras tranquilizadoras del presidente electro Donald Trump, que no ha soltado su primer discurso con espuma en la boca, un negro encadenado en una mano y una mujer “cogida por el coño” en la otra, sino que ha dicho con cara de circunstancias que será el presidente de todos, como dicen todos los presidentes, pues la cosa se ha calmado bastante. Lo razona así un analista iluminado, teólogo de la economía: “Si el dinero es Dios y la Bolsa su representante en la tierra, que no haya caído la Bolsa significa que Donald Trump es del agrado de Dios”. Y el hombre se calienta y sigue: “Porque es un hecho indudable que todos obedecemos al Dinero, nos plegamos a sus deseos, sentimos su omnipresencia y su cualidad trascendente, ya que es material e inmaterial a  la vez. No somos nada ante el Dinero: ¿acaso podemos dudar de sus designios? Si el Dinero ha puesto en la presidencia a Donald Trump por algo será”.  Sin comentarios. Mientras tanto, en las grandes ciudades norteamericanas, con la misma desesperación primaria que me llevó a mí a decirlo, hay miles de personas gritando que Donald Trump NO es su presidente. Pero se equivocan, hay pruebas, sesenta millones de votos, y se lo explica Robert de Niro, que había expresado su deseo de partirle la cara al magnate y ahora no podrá hacerlo porque estaría golpeando al presidente de la nación. Hay que saber perder, porque no se puede ganar siempre, no por otra cosa.

Cerca del mediodía  me hago cargo de lo que puedo esperar en las próximas horas. Una vez formado el bucle de reacciones airadas a la elección de Trump,  se repetirá hasta la noche. Mientras sus partidarios lo festejan en privado sus detractores expresarán su indignación en público. Trump lo tiene difícil, su biografía le persigue, su abuelo regentaba un burdel, su primer trabajo fue como gorila para cobrar a los morosos en los edificios de su padre, su fortuna procede del mismo lugar pantanoso de donde proceden todas, y no ha pagado impuestos en veinte años porque le sale del flequillo, como un bravo Corleone. Que sea el presidente es una burla, algo infame, ensucia la Casa Blanca y las conciencias. La gran pregunta del día tendrá un tono pragmático: ¿Si Donald Trump, haciendo lo que ha hecho y diciendo lo que dice, ha llegado adonde ha llegado, a partir de ahora todo vale? Mucha gente no va a saber cómo explicárselo a sus hijos. Además internet lo está inflando todo, exagera las repercusiones, está generando miedo a nivel global. Se excede en sus atribuciones virtuales. Dibuja un monstruo informe y aterrador, tipo Lovecraft. Pero la realidad no es así, tiene contornos, formas definidas, principio y fin, puede ser grande pero nunca inconmensurable. Donald Trump no es Goscilla aunque tenga el botón nuclear porque Goscilla es ficticio y Donald Trump, desgraciadamente, no. Era ficticio el payaso de las elecciones, su objetivo consistía únicamente en apelar a los más bajos instintos humanos para lograr votos, que son acciones de la empresa más grande que ha tenido a su alcance. Pero ahora se ha hecho con el mando y le toca crear suculentos dividendos. Donald Trump está atrapado en el laberinto político, rodeado de hienas que le ríen las gracias pero que se lo van a comer crudo si no cumple con su cometido: convertir los Estados Unidos en una corporación empresarial. Trump no es el problema, la red domesticada confunde deliberadamente el objetivo. El problema es que la democracia ya no es rentable, no permite hacer negocios con libertad y habrá que hacer recortes democráticos. Nos espera un futuro antropófago, donde el hombre será una hamburguesa para el hombre. Ésa es la cuestión.

A las dos en punto de la tarde el ordenador me avisa y se apaga. Tengo que comer y empezar a elaborar el informe. Es importante registrar las primeras impresiones y dejar constancia escrita para analizar más tarde la evolución del pensamiento colectivo y del mío propio. Debo ser frío y a la vez permeable. Este es uno de esos momentos históricos que recuerda toda una generación, algún día me preguntarán ‘dónde estabas tú’ cuando Donald Trump creó de la USA Corporation. Tengo que inventar una coartada, puede que dentro de unos años pensar sea ilegal y declarar que hacía lo que estoy haciendo me perjudique. Diré que tenía una empresa de auto-observación y que ofrecía mis conclusiones al mercado libre, para la regulación del consumo. No diré la verdad pero tampoco estaré mintiendo, la empresa que me paga está al servicio de una causa moral elevada que pretende compensar el desequilibrio social, sin ánimo de lucro pero dentro una rentabilidad razonable que le permite sobrevivir como producto de consumo. No hay madurez sin paradoja. Por mi parte, tengo que cumplir el contrato, que especifica libertad, naturalidad e inmediatez. Visto lo visto, mi primer consejo es matar a Donald Trump. Así de simple. Abro el ordenador con una nueva clave y lo escribo sin dudarlo en la casilla correspondiente: Matar a Trump. El programa marca en rojo la palabra matar y me obliga a dar explicaciones. Escribo: “No me refiero, como es obvio e ilegal, a pegarle un tiro o dañarle físicamente en modo alguno. Quiero decir que Donald Trump, el Donald Trump que conocemos, debe morir en el plazo que hay desde hoy hasta su investidura, y en caso contrario no debe ser investido. No podemos permitirnos que Donald Trump exista, luego su imagen y lo que representa deben ser destruidos sin contemplaciones. La inversión moral empleada para desechar sus ideas obsoletas ha sido demasiado grande, hay que reeducar a Trump hasta que se ajuste al protocolo civilizado”. El programa acepta mi explicación, la borra para proteger mi anonimato y desactiva la casilla para impedirme usarla de nuevo. El ordenador se apaga y me obliga a comer.

En la nevera solo tengo una caja de muslos de pollo y una cerveza. Mientras devoro pongo la tele para ver cómo le va a Donald Trump.  El reality continua, el presidente electo se ha atrincherado en su torre particular, miles de manifestantes en su contra rodean el edificio y los fotógrafos esperan el atardecer para pillar un contraluz sangriento y comparar la torre con Mordor, como esperan sus maduros televidentes. Sin embargo las aguas se están calmando, Hillary Clinton acaba de dar una rueda de prensa y pide una oportunidad para el nuevo presidente, una oportunidad para la paz. Se cierra el espacio aéreo sobre el edificio Trump, que necesita libertad de movimiento, aunque hay tantos guardaespaldas, miembros del servicio secreto y policías que no caben en el helipuerto. Ahora Donald Trump vuela en su helicóptero hacia la Casa Blanca. En la única toma que nos ofrecen, lleva las manos abiertas, impacientes, esperando echar mano al botín. Barak Obama lo recibirá en el Despacho Oval, pero que se olvide de la foto familiar con los dos matrimonios sonriendo porque no quiere ofender la memoria de su padre, y por extensión del género humano. La cadena corta en seco para echar publicidad. De McDonald. En mitad de las noticias. Por lo ‘Donald’ Trump. La tele está llegando a un nivel oligofrénico preocupante. Apago de mala leche y regreso al ordenador.

Me quedan por delante otras cinco horas. Se espera de mí que ahonde en mis argumentos y que los refuerce y confirme, o que cambie de opinión según me vaya enfriando. El asesinato moral de Donald Trump me sigue convenciendo, aunque el empleo de la palabra matar me aproxima al campo de acción retórica de ese impresentable. De momento lo voy a considerar contaminación léxica proveniente del personaje, del mismo modo que el tono apocalíptico responde a la paranoia inducida por los medios de comunicación. No creo que seamos conscientes del daño que nos estamos haciendo, del daño que vamos acumulando en esta realidad exacerbada que nos ofrece más de los que somos capaces de asimilar. Como niños aplastados por una montaña de osos de peluche. Con un pensamiento endeble y asustadizo. Porque Donald Trump dejará de ser Donald Trump o será una marioneta teledirigida. El demonio es otro. Lo peor es que ha evidenciado lo evidente: somos machistas, racistas, xenófobos y mezquinos hasta la raíz. Pero ese tipo de franquezas sólo se le toleran a un borracho, sólo se dicen en las tabernas. Es cierto que somos insignificantes, torpes e idiotas, pero saberlo nos ha hecho humanos. Nuestra historia es la crónica de un despropósito, aprendimos a contar y a escribir para organizar esclavos, calcular sus raciones de comida y elevar pirámides majestuosas que expresaran la dimensión de nuestro miedo a la muerte. ¿Acaso una pirámide no es una cagarruta geométricamente idealizada? No tenemos otro conocimiento que el que emana de los cementerios. No querer morir, nos hizo vivir. Ahora hemos alcanzado la cualidad de las hormigas, estamos interconectados a una red que nos une por la coincidencia de nuestros pensamientos, que globalmente son: sexo, darle golpes a una pelota,  espiar al vecino, hacer el ridículo y buscar a tientas una salida del laberinto. La sabiduría siempre ha sido entre los humanos un bien escaso. Yo solo soy un escriba que elabora un informe, y creo que con frecuencia lo peor que te puede pasar es lo mejor que te podía suceder. Alimento para la rebelión. Quien ha visto el mar inmenso no se sorprende de estas cosas.

jueves, 10 de noviembre de 2016

CURVA CERRADA en ELDIARIO.ES



Curva cerrada 


            Camino de mi casa hay una curva cerrada muy sospechosa. Es el único lugar en el que poder detenerse después de kilómetros de encajonamiento, y desde ella se accede a una casona y a un camino rural sin asfaltar. En verano suele apostarse allí la Guardia Civil, para aminorar la marcha de la circulación con su sola presencia o en caso contrario aplicar la multa correspondiente. A mí me costó 300 euros y dos puntos del carnet, porque 60 por hora no es 87, hará cosa de un año, y desde entonces la miro con resentimiento. Supongo que por eso me fijo mucho cuando paso a su altura y si hay algún coche parado pienso invariablemente en algo turbio, en un delito: un hombre que espera a otro para pasarle un sobre, una mujer que se juega la custodia de sus hijos con su cuñado, un concejal de urbanismo que debe informar de su tarifa a la parte contratante, o dos camellos que se lanzan la mercancía y la pasta de ventanilla a ventanilla. Eso que Jim Thompson llamaba en ‘1280 almas’ un callejón oscuro a pleno sol y a la vista de todos.
En el campo es importante prestar atención a este tipo de detalles, son como semáforos invisibles que conviene respetar, y una vez detectados hay que convertir esa información en instinto. Yo nunca me he detenido en esa curva, ni pienso hacerlo, después de la multa solo quiero saber de ella durante los escasos segundos que hay desde que la veo llegar hasta que queda en el espejo retrovisor. Perderla de vista es un alivio, y siempre que puedo la evito: en días malos he llegado a coger otra carretera alternativa, más larga y en peor estado, con tal de no encontrarme con ella. Aun así, he calculado que estamos en contacto la curva y yo como poco un minuto al mes. No parece demasiado tiempo, pero ya dice el refrán que el amor fragua en un momento y la desgracia solo necesita la mitad, así que esos doce minutos que hemos compartido  durante un año me han puesto a la defensiva. Me preocupa mucho esa curva cerrada, hace que sea supersticioso sin serlo, la asocio con la mala suerte. Además, he preguntado por ahí y parece que los delitos que imagino no son el producto de una mente calenturienta que ha visto demasiadas películas, sino ejemplos representativos de lo que sucede en esa curva casi a diario. Eso y cosas peores, me han dicho.
Tampoco puedo fiarme de lo que me dicen, sé que me mienten, soy de lejos y tengo antecedentes políticos. Aquí todo el mundo es de derechas, menos los de izquierdas, que no somos de aquí. También están los renegados, que marcharon a estudiar fuera y al volver no querían ser de aquí, ni que los de aquí fueran como son, y se unieron a la izquierda para intentar cambiarlos, solo por fastidiar porque eso no tiene sentido. El mundo no cambia, solo se disfraza, es su manera de ser, y si expresas una idea digamos progresista es natural que tu interlocutor te diga: “Tú en realidad no piensas eso”. Sembrar una idea en sus cabezas es inútil porque no la riegan, creen que un pensamiento correcto es el que repite letra por letra un pensamiento anterior. Son reproductores natos, mental y físicamente, pero la ciudad ya no necesita tanta mano de obra en los suburbios y les ha llegado la hora de la extinción. En poco tiempo en estos pueblos ya no quedará gente de pueblo. Ni ellos mismos se van a echar de menos. Pero no hay que engañarse, no son latifundistas andaluces sino minifundistas del norte, dueños de sus tierras. Tienen pasta, diez veces más de la que aparentan, muchos se hicieron ricos durante el boom inmobiliario vendiendo barrancos, cabañas y cobertizos a precios de escándalo. Con todos los permisos de construcción firmados de antemano. Se han levantado edificios donde antes estaba la caseta del perro. Entonces empezaron a funcionar a pleno rendimiento las curvas cerradas como ésta.  Cuando el lema era ‘robar solo es malo si tú eres la víctima’. Todo líder de la derecha que se precie, se ha entrenado en un sitio parecido: ‘Aquí hizo de las suyas, cuando era joven, el Excelentísimo Señor Ministro…’
Pero hasta los que no trabajan se cansan de estar sentados. Durante varios meses pensé que la curva cerrada se perdería en el paisaje. Se la veía descuidada, desatendida y solitaria. Nadie le cortaba la hierba, no había huellas de neumáticos salvo en dirección a la casona, alguien comenzó a tirar basura cuando pasaba por allí, yo mismo lo hice, y parecía una curva cualquiera de este país tan higiénico. Fue antes de la repetición de las Elecciones, como si la zona de negocios municipal hubiera cerrado por traslado. Eran órdenes de arriba, decían, los juzgados del país amenazaban con derrumbarse de tanto expediente por corrupción. Había que declarar una tregua mientras se informatizaba todo para que las pruebas no pesaran tanto y pudieran borrarse con un solo clic.  Algo iba a suceder, tal vez huir con lo puesto, sonaban trompetas de cambio, pero en pocas semanas se comprobó que eran turutas. Pitorreo, teatro barato. Los políticos estaban pasando de la incompetencia a la vergüenza ajena, despejando así la duda de que ninguna solución viable lo seguiría siendo si caía en sus manos. Los resultados de la Elecciones repetidas fueron desoladores. Aquí la gente volvía a encender fuego frotándose las manos. Con un poco de suerte, se extendería el pillaje otros cuatro años más. Muchos de nosotros perdimos de golpe la poca ingenuidad que nos quedaba. Se quemaron muchos carnets, de la izquierda activa, yo lo vi con estos ojos.
En la madrugada del pasado domingo, hubo cohetes en el cielo del pueblo. No muchos, con discreción, pero contundentes. Mariano Rajoy volvía a tomar las riendas del gobierno después de llevarse por delante al líder de la oposición y al partido socialista. Una jugada del más inspirado taoísmo, no tuvo que hacer nada, solo dejar que se devoraran entre ellos. Pasará a la historia un Debate de Investidura con la izquierda de verdad ladrándole a la presunta izquierda mientras Rajoy calibraba la distancia que hay desde su ojos al cristal de la gafas. Un Óscar, o al menos un Goya. Cuando lo vi en la tele, como me aburría tanto como él, lo imaginé “con un sombrero Stetson nuevo de sesenta dólares, las botas Justin de setenta y cinco dólares y los Levis de cuatro dólares” igual que el jefe de policía de ‘1280 almas’, Nick Corey, cuya mayor cualidad es no hacer nunca nada, nada de nada, salvo cuidar de su pellejo. Su expresión favorita es: “No digo que te equivoques, sino que no afirmo que hayas dicho la verdad”. Clavadito a Mariano.
Respecto a la curva cerrada, la respuesta municipal ha sido inmediata. El lunes a las ocho de la mañana ya la estaban adecentando para el nuevo ejercicio. Pasé por allí camino del trabajo y al regresar a mediodía lucía radiante al sol del otoño. Puede que la alquilen por horas, son unos emprendedores. Han tenido los huevos de plantarle en una esquina tres abedules plateados, como un indicativo, como una señal para que los foráneos no se equivoquen de curva, se ve que están pensando en expandir el negocio. Si la vez anterior nos lo quitaron todo y nos dejaron en cueros, ahora nos van a despellejar vivos. No se puede consentir, no hay hacia donde rendirse. He intentado reunir a la izquierda activa del pueblo, pero hay mucho desánimo, mucho que te den. Les he dicho que el Mesías trabaja pensando en las próximas elecciones, que su advenimiento está cerca, que no pierdan la fe. Pero aquí ya ni dios cree en dios, se están pasando al nihilismo.




miércoles, 26 de octubre de 2016

DE SIGOURNEY WEAVER A EMILIA CLARKE en ELDIARIO.ES





De Sigourney Weaver a Emilia Clarke

           
Hace unos veinte años empecé a recalar en las salas de espera del Hospital de Valdecilla. Siempre estaban abarrotadas de gente, parecía un mercado, ibas a una simple consulta y echabas allí la mañana. No había entonces móviles para distraerse, ni posibilidades de conversación en un lugar donde se ruega silencio, y leer un libro tenía el inconveniente de sumergirte en él, que te llamaran por aquella  tosca megafonía  y se te pasara la vez. Incluso siendo previsor y llevando un libro de relatos cortos, o directamente de micro relatos, la lectura era tensa, incómoda, deslavazada. Al final había que dejarlo y soportar la espera al modo clásico, sin hacer nada, la mirada perdida en la luz fluorescente, cada cual con su dolor y su pensamiento. Lo único positivo era que varias horas de aburrimiento mortal fertilizaban mi imaginación y pocas veces he regresado del hospital sin una historia que contar: el germen de un relato, un artículo, una escena de teatro. Se le llama creación a la desesperada.
Hace unos días me tocó de nuevo la revisión. Tuve suerte, me citaron a última hora, la sala de espera de nefrología estaba casi desierta. Tampoco había mucho personal sanitario, como si el ajetreo de la mañana ya hubiera pasado y comenzaran las horas tranquilas del turno de tarde. Era una buena señal, así que me senté, ajusté el culo al banco, crucé las piernas, valoré el estado lamentable de mis zapatos, y lo primero que me vino a la cabeza fue el experimento de Arguiñano para determinar si un pollo que duerme apoyado en la pata derecha la desarrolla más que la izquierda, pero no recordaba el resultado de esa excentricidad. Busqué entretenimiento, me negaba a encender el móvil, y vi junto a la columna próxima un envoltorio de Crunch. La papelera estaba cerca, si me estiraba un poco podía cogerlo y lanzarlo dentro. Me deslicé por el banco, alargué la mano, pero antes de llegar a tocarlo apareció una escoba y se lo llevó. Miré hacia arriba, un hombre grande, calvo, tatuado, con el uniforme de la limpieza, me guiñó un ojo y ladeó la cabeza, como si me hubiera ganado por la mano. Pensé: algunos tipos no tienen remedio, convierten en una competición hasta recoger papeles. “No lo he tirado yo”, le aclaré. “Entonces, gracias por intentarlo”, me dijo, y parecía sincero, aunque quedó en el aire un reproche velado por invadir sus competencias y de paso poner en peligro su empleo. Hoy en día no sabes cómo acertar, lo mismo en ese momento había un vigilante detrás de una pantalla apuntando en su libreta de chivato que era la vez número 182 que una persona estaba a punto de recoger un desperdicio del suelo encontrándose el limpiador número 45 a unos metros de distancia; y lo despedían sin más, con la frialdad de un algoritmo.
Después de recoger el envoltorio de Crunch, el limpiador tatuado vació la papelera en su carrito, recogió la escoba y se fue caminando hacia el ascensor. Llevaba la cabeza bien alta, orgulloso de sí mismo, de su labor. Seguro que veinte años atrás no les hubiera confesado a sus amigos que se dedica a fregar suelos y limpiar váteres. Entonces, las labores de limpieza las llevaban todavía las mujeres, en exclusiva, y por estos pasillos circulaban muchos más médicos que doctoras. Ahora la cosa se ha equilibrado, la gente se diferencia más por los colores de las batas y los uniformes que por el sexo. Incluso se diría que el hospital tiene un aire femenino, aunque fijo que la desigualdad se mantiene en los puestos directivos y en ese increíble 20% de sueldo inferior por el mismo trabajo, algo impropio de un país civilizado. Muchas contratas son peores que la mafia, se oyen cosas espantosas, alguien debería hacer algo al respecto. Por un momento imaginé  que el limpiador tatuado iba a recoger su sueldo y le quitaban el 20% por tener testículos llenos de espermatozoides. Imaginé que se los tapaba con las manos y decía: “Jo, qué mal, no es justo”.  Imaginé una multitud de mujeres del Femen tomando las calles, con las tetas al aire y un kalashnikov en bandolera. Y no imaginé más porque regresó el ascensor y salieron de él dos cirujanas que me recordaron muchísimo a Sigourney Weaver y Emilia Clarke.
 En realidad no pude verlas muy bien, fue un simple destello, salieron del ascensor y se perdieron en un pasillo del ala de enfrente del edificio, pero eso acentuó todavía más su parecido con las dos actrices. Una era alta, delgada pero poderosa, flexible, como Sigourney Weaver; la otra era muy pequeña, redonda, firme, y con coleta, como la última imagen que yo tenía de Emilia Clarke. Dos iconos de la ciencia ficción: La eterna Teniente Ripley de Alien y la reciente Sarah Connor de Terminator Génesis, también Daenerys de la Tormenta, Madre de dragones en Juego de tronos. Dos exponentes de la evolución de la imagen de la mujer en las últimas décadas. Las dos armadas y peligrosas, paradigmáticas, ejemplo rotundo de la adaptación del cine comercial al vaivén moral de los tiempos. Si las juntaba a las dos con los pollos de Arguiñano tenía la tormenta perfecta. A fin de cuentas, todo empezaba y terminaba con un huevo. Y en este caso la gallina ponedora era feminista. Aparentemente.
El feminismo mal entendido es un subproducto de la retórica capitalista. Surgió para frenar el avance del Movimiento Feminista, exagerando sus excesos hasta lograr el enfrentamiento dialéctico con el machismo, manteniendo así el discurso en el territorio de lo negativo. El pensamiento barato de darle la vuelta a la tortilla, para obtener rentabilidad a toda costa. La Teniente Ripley era en principio un hombre, pero tardaron demasiado en poner en marcha el rodaje de Alien, eso cuesta dinero, hay préstamos, intereses bancarios, cada vez necesitaban más público, y alguien pensó que las espectadoras agradecerían una heroína que no se pusiera a dar grititos histéricos cuando aparece una rata. Solo pretendían vender más entradas. Igual que el guionista, O'Bannon, que buscaba un nuevo tipo de terror no explotado hasta entonces y decidió agredir el sexo masculino donde más podía dolerle, poniéndolo en el lugar de una mujer. El extraterrestre que sale del huevo y se adhiere a la cara de astronauta es en realidad una felación y una violación, con inseminación incluida. El bicho con aspecto fálico y vaginal que sale del estómago matando a su huésped representa un parto sangriento y definitivo. Sexo duro y reproducción extrema. Todo estaba pensado para hacer vivir a los hombres, como horror, las vivencias naturales de las mujeres, incluyendo la violación como hecho o como miedo consustancial asumido. Y funcionó. En las primeras proyecciones la gente se marchaba aterrorizada. Ya van por la quinta parte, con dos precuelas y una serie televisiva… es toda una franquicia. Hay una copia de Alien, el octavo pasajero en la Biblioteca del Congreso de Estados Unidos, como un documento histórico relevante. Su rentabilidad, su alcance, crearon un modelo de mujer aguerrida que ha sembrado bastante confusión. Sin ir más lejos, en la segunda entrega, Alien, el regreso, aparecía una mujer marine que daba verdadero miedo.
También Terminator, aun teniendo un punto de partida más intelectual y borgiano, con su bucle de tiempo tan cargado de posibilidades, incide en los mismos defectos que Alien a la hora de tratar a la mujer. Aquí la clave es regresar al pasado para impedir el nacimiento del líder de la resistencia futura: matar a la gallina antes de que ponga el huevo. ¿Y qué hace la protagonista cuando se ve amenazada? Pasa de ser una frágil y apocada dependienta a llevar una ametralladora en cada mano. Sarah Connor, nada menos, la madre agresiva y dinamitera del líder, ése que dice por la radio: “Si me estáis escuchando, vosotros sois la Resistencia”. En la última entrega, la reciente Terminator Génesis,  intentan desesperadamente borrar la imagen de esa Sarah Connor dependienta y se inventan una línea de tiempo paralela, donde ella es guerrera ya desde niña: dando caña desde que le viene la regla porque entonces la detecta el Terminator-malo. Y, para tergiversar más el feminismo, cuando en la primera entrega se enamoraba de su salvador, en ésta lo trata como si fuera gilipollas, tonto del culo e incapaz de protegerse a sí mismo. Tortilla vuelta y quemada. El hombre es ahora instrumental, a ella le daría lo mismo si hubieran enviado desde el futuro un poco de semen en un frasco. En toda la película solo hay un beso, al final, y porque ella quiere, con una condescendencia que da grima, y si el tipo se pasa un pelo allí estará el Terminator-bueno para descuartizarlo. Es patético. Nadie como Emilia Clarke para interpretar ese papel. Después de su presencia arrolladora en Juego de tronos, con apenas 1,57 de estatura, representa a esa nueva mujer capaz de degollar a cualquier tío que no se rinda a sus pies. No necesita el 1,85 de Sigourney Weaver para imponerse. Es la mujer actual, como Hillary Clinton ordenando un bombardeo mano a mano con Obama. Tan cruel y capulla como el hombre. Adiós esperanza en un siglo que iba a ser reivindicativamente femenino.
Mientras pensaba en todo esto, la enfermera dijo mi nombre en voz alta. Han dejado de usar la megafonía, no sé si por falta de presupuesto o porque nadie la entiende. Así que levanté la mano, atendí a sus indicaciones y me dirigí al despacho correspondiente. Allí estaba mi amable doctora, que sabe de mi interior más que mi poesía, algo que siempre me inquieta. Me sonrío con amplitud, mis resultados eran satisfactorios. “Bien, bien, bien”, dijo, leyendo en la pantalla. Como eran muy buenas noticias, bromeé un poco:

Paciente.-  No he visto apenas hombres por aquí. ¿Están en huelga?
Doctora.- Los hemos mandado abajo, a las calderas, por inútiles.
Paciente.- ¿Y no han protestado?
Doctora.- ¡Con el sueldo que tienen! Qué va, les faltan fuerzas.

La doctora se cruzó de brazos. No tenía nada más que decirme. Ella no es mi madre, si bebo, si fumo, si hago el vaina es asunto mío. En cinco minutos estaba fuera de Valdecilla. Había sido una visita corta, pero rentable. No daba para imaginar el Quijote, pero me llevé una idea para un relato, el principio de un artículo y una minúscula obra de teatro. Algo es algo.


jueves, 20 de octubre de 2016

PENSAMIENTO PETRÓLEO en ELDIARIO.ES

                  Detalle de "Casi feliz", escultura de Pedro Mora./Paula Arranz


Pensamiento petróleo 

           
Ellos hablan de filosofía mientras nosotros intentamos nombrar los tipos de lechuga que lleva la ensalada. Ellos son diez, nosotros una pareja. Me temo que no esperaban tener presencia ajena en un restaurante de carretera un miércoles lluvioso. Hemos llegado al borde de las once de la noche, el dueño nos ha admitido a regañadientes, ha señalado al grupo para que nos hagamos cargo de la situación. El cocinero nos ha tomado nota, se ocupa de servirnos y luego desaparece en la cocina. El dueño del local forma parte de la tertulia, y cuando yo identifico la lechuga rizada de hoja de roble, dice: El pensamiento es el nuevo petróleo. Suena muy meditado, pero no lo es. Mi compañera sonríe y se ajusta las gafas. No hace ni dos días que hemos hablado de eso mismo, era el titular de una noticia del periódico, aunque nosotros nos lo tomamos con ironía y aquí se ha dicho con seriedad, incluso algo de empaque. Tienes toda la razón, es verdad, es cierto,  le secundan al dueño dos mujeres y un hombre.
No es una tertulia, se trata más bien de una reunión. Una hora más tarde ataremos cabos hasta concluir que son la junta directiva de un colegio y que están decidiendo cuál será su postura sobre la asignatura de filosofía.  Es algo informal, lejos de las aulas, parece un simple intercambio de opiniones, pero no saldrán de allí sin un consenso. Hay que tomar una decisión ya, las cosas van a empeorar, no van a mejorar, dice un hombre. El volumen, el tono de voz, y cómo se dirigen unos a otros con respeto, nos da a entender que son de algún centro privado y exclusivo de la zona. De entrada, sólo sabemos que para ellos el pensamiento es un tema importante: se les nota preocupados, los silencios son frecuentes y espesos. Alguien menciona con timidez el ideario del colegio, aquello en lo que creían, la esencia, lo que les impulsó a hipotecar su futuro para garantizar una educación de calidad para sus hijos. Otro le rebate con la realidad, con el cambio implacable de los tiempos, la involución de la sociedad, el aumento de la idiotez, el peligro que conlleva para sus hijos ser tan humanistas en un mundo tan deshumanizado. Están desprotegidos ante la Horda, dice, aunque luego dice que no lo ha querido decir.
La salida de tono provoca una protesta generalizada en el grupo. Hay cuchicheos, negativas, pero el cocinero aparece con el postre y sólo queda en el aire que el elitismo es para los elitistas. Está claro que van a despedir a alguien. Yo me estoy mosqueando mucho porque soy de Filosofía y Letras, rama Pedagogía, y los compañeros de Filosofía Pura siempre me han merecido muchísimo respeto. Pensar es duro, hacerlo con rigor científico más, pero intentar inculcarles esa costumbre a unos chavales que no distinguen entre reflexionar y tener dolor de cabeza es heroico. Por eso los filósofos están un poco pirados, por predicar en el desierto, pero son los únicos en una especie pensante que parecen darle importancia al pensamiento. Aunque solo sea por vergüenza, deberíamos prestarles más atención. Reducir su presencia en la educación es contradictorio, absurdo, además de peligroso. Sólo un fabricante de criados obedientes promueve una idea tan necia. Cerrarle la puerta a la filosofía es amordazar el pensamiento crítico. Con la LOMCE hemos topado, dice mi compañera.
A continuación, distraídos con el enorme postre de la casa, los miembros de la reunión cometen la torpeza de crear dos bandos, impidiendo así un diálogo constructivo. Los que defienden para sus hijos un escudo eficaz frente a la chusma, se ponen en contra de los filósofos, para denigrarlos como se hacía con los negros y reforzar su negativa con claro desprecio. Eso sí, desprecio ilustrado, con estereotipos presentados a modo de pruebas concluyentes testadas en laboratorio. Algunos se muestran resentidos por haber apostado antes por ellos. Relegamos la ciencia en favor del pensamiento, dice una mujer, y nueve años después de inaugurar el colegio no he oído decir una palabra favorable sobre la filosofía. Solo hay quejas: los filósofos son herméticos, oscuros, enrevesados, se lo tienen muy creído, y su complejidad deprime a los estudiantes, no es un acicate para pensar, más bien lo contrario.  Le falta decir que no se ocupan de los problemas reales de la gente, o que son extraterrestres. Lo peor es su falta de pragmatismo, dice el dueño del restaurante, pero de coña, él pertenece al otro bando. Y de paso les recuerda que la decisión que tomen ahora no se pondría en práctica hasta el curso siguiente, aún hay tiempo, las cosas pueden cambiar, en Cantabria no se aplica la ley con tanta severidad como en otros territorios… Eso no importa, Juan, le corta una señora que ha permanecido callada hasta el momento. Tiene autoridad, nadie replica. Se crea de golpe un silencio agnóstico muy prometedor.
Mi compañera y yo llegamos al postre cuando algunos miembros del grupo no han terminado aún el suyo.  La señora tan callada los ha dejado secos. Durante varios minutos sólo hablan de lo deliciosa que está la comida. Quizá su libertad de acción no era tan amplia como pensaban. Puede que la señora sea la máxima accionista del colegio, la que promovió su construcción, la que inclina la balanza. Ahora mismo un hombre está diciendo, en tono conciliador, que él no ve tanta distancia entre ética, religión y filosofía, de hecho esta última fue en tiempos una rama de la teología. ¿Sería insensato pedirles a los tres filósofos del colegio que contemplen su asignatura como una mezcla de todas esas materias, que no desdeñen lo espiritual, y que no olviden que la Religión Comparada es una materia imprescindible en estos tiempos? La señora es terminante: Nada de religión, hasta ahí podíamos llegar. No se puede jugar a dos barajas, eso es mezquino. Si nosotros claudicamos otros muchos colegios lo harán. Somos líderes en el sector, y provocaríamos que aquí se aplique la LOMCE en vez de ser de los que evitan que se haga. Si las universidades importantes de todo el mundo están regresando al pensamiento, tenemos la obligación de resistir.
La autoridad de la señora se mantiene lo que tardan en reconectar sus neuronas los opositores. Huele a golpe de estado, golpe de timón, a bofetada sonora. Un hombre tiene la desfachatez de mencionar a la primer ministro británica, Theresa May, que aboga por recuperar las escuelas públicas de élite, esquilmando así los escasos fondos en favor de los ya privilegiados por su inteligencia y dejando atrás a los que realmente lo necesitan. ¿Desde cuándo somos conservadores?, pregunta con perplejidad un hombre.  Y sigue: Entonces, ¿nos declaramos colegio de élite, admitimos algunos chavales de la pública, los números uno, y que nos pague el polideportivo la Administración? En el aire suena un Ajá, como si a alguien le pareciera una gran idea. Desde luego, dice la señora, deberíamos eliminar por completo la filosofía. Es lo que merecemos.
Justo en ese momento, cometo el error de girar la cabeza y mirar al grupo. Busco los ojos de la señora, sonrío, pero ella frunce el ceño. Todos nos miran, al unísono, con malas caras. Mi compañera se pone colorada y pide la cuenta. Cinco minutos después, estamos en el aparcamiento y comenzamos a discutir. Debo de ser un poco tonto, porque le digo que es alentador saber que todavía quedan progresistas irreductibles y ella me dice que no me entero de nada. Que entre todos esos no hay ningún progresista. Que son los de siempre adaptándose como cucarachas a una explosión nuclear. Que de la expresión: el pensamiento es el nuevo petróleo, lo único que les interesa es el petróleo. Que no son de fiar, sus alumnos terminan siendo gente muy eficaz, educadamente implacables, fascistillas despeinados y sin corbata. Ella sabe de lo que habla, la adiestraron en uno de esos colegios tan exclusivos y aparentes, donde los cimientos son la tradición más rancia y lo demás es decoración, disimulo para capear el temporal. Lo único que perfeccionas en un lugar así es el cinismo, dice cabreada, como esta gente miserable encuentre petróleo en nuestras cabezas llevaremos torretas de sombrero…
  Le pido disculpas. Siento no haber mirado la realidad con los ojos adecuados. La señora me caía bien, pero supongo que se adaptará al grupo, hará lo que diga la mayoría. Reconozco que últimamente, ante el desastre en el que vivimos, tiendo al optimismo y confundo las cosas por mi deseo de que todo mejore. Mi compañera acepta mis disculpas. Para reconciliarnos, le digo que he comprado un hacha nueva esta mañana, que la llevo en el maletero, como en Nadie conoce a nadie, de Juan Bonilla. Le propongo terminar la velada cortando un árbol de los alrededores, por hacer daño, nada más. Ella suelta una carcajada. Afortunadamente, entiende mi sentido del humor. Mi filosofía.
                                                                                                                 

miércoles, 12 de octubre de 2016

LA REBELIÓN DE LOS CRIADOS en PHOTOWRITING de Paula Arbide




Entre las magníficas películas presentadas este año en el FCSIR (Festival de Cine Simbólico Isla de Redonda) cabe destacar La rebelión de los criados, de Marissa Ho Müller. Es la tercera obra de la realizadora chino-germana, de la que ya conocíamos su controvertida Plátanos y cacahuetes, sobre el mundo rural, y Putas y cocaína, que se centra en el ocio empresarial. Fiel a su estilo, nos ofrece ahora un falso documental sobre un documental falso, presuntamente encargado a la cineasta por la Oficina de Relaciones Públicas de la Policía para lavar su imagen después de unos graves enfrentamientos callejeros que finalizaron con once civiles muertos y un agente herido leve. No se mencionan ni el país ni la época, como en sus obras anteriores, se supone que es Europa Central en un futuro próximo.
La rebelión de los criados consta de cuatro partes bien diferenciadas, que siguen los preceptos de Nueva Sinceridad, el colectivo de cineastas independientes liderado por Ho Müller. En la primera parte, la realizadora se entrevista con miembros de la policía mientras su equipo analiza los miles de horas registradas de los incidentes. Llama la atención el ambiente de mezquindad de todo el conjunto, tanto de la policía intentando ocultar lo evidente como de la cineasta y su quipo manipulando la información para mostrar una crueldad desaforada. Oficialmente no llegan a un acuerdo pero queda en el aire la sospecha de lo contrario. La escena de la negociación económica en la que se valoran los muertos en función de lo estético de su fallecimiento es sobrecogedora. En la segunda parte, conocemos al protagonista, Dasein, un centrifugado social que participó activamente en los enfrentamientos.  Desde su presentación, una larga secuencia de dos minutos en la que le espachurran la cara contra el parabrisas del coche de filmación, aparecerá en todos y cada uno de los planos de la película, hasta el agotamiento del espectador, siempre con la misma ropa y sin lavar ni afeitarse ni curarse las heridas de las sucesivas palizas. Sabemos de él que es un anarquista evolucionado, nihilista, individualista y misántropo. En la tercera parte, Dasein nos muestra su existencia marginal, su desarraigo de la especie humana, su involución hacia lo salvaje. En el mundo sobran millones de personas como él, nadie sabe dónde arrojarlos, el panorama es desalentador. La sociedad le ha privado de un presente luego no tiene futuro y desdeña su pasado como un error elemental, un precedente nefasto. Está condenado a lo inmediato. No tiene alma, no se lo puede permitir. Es hiriente la secuencia en que Dasein encuentra una manzana reineta encima del expendedor de poemas de un semáforo y sólo le da un mordisco por su incapacidad para repetir la dicha de ese instante: no lo merezco, no lo merezco, dice. La cuarta parte contiene el desenlace y no se debe desvelar. Únicamente decir que el nombre del indigente que hace de Dasein no figura en los créditos finales pero se informa de que fue debidamente retribuido por su trabajo.
No cabe duda de que La rebelión de los criados es una obra singular a la que auguramos un largo recorrido por el circuito de cine independiente. Marissa Ho Müller sabe escoger sus temas, sensibiliza al espectador hacia una mejor comprensión de los sectores menos favorecidos de la sociedad y, con esta película excelente, logra hacernos vivir durante dos horas y media ese sufrimiento tan existencial del pobre, del marginado, del refugiado, del deshecho que vive a la intemperie. Merece un sobresaliente alto.

http://www.paulaarbide.com/photowriting/

miércoles, 5 de octubre de 2016

GRÚAS COMO JIRAFAS en ELDIARIO.ES



Mi colaboración del 27 de septiembre 2016




Grúas como jirafas



Estaba haciendo el seguimiento de una noticia y sentí un agujero en el estómago. Trataba de los muertos de la Guerra Civil, los republicanos vilmente fusilados, pero lo hacía en un tono tan panfletario que me había puesto nervioso. Llevaba un rato largo buscando enlaces, había encontrado un artículo casi réplica del original y otro en inglés que a su vez copiaba  a los anteriores. Lo raro es que la noticia matriz no ocultaba que los hechos habían sucedido hace seis años, en 2010, en La Pedraja (Burgos), aunque presentaba como actual algo que sonaba a refrito de hemeroteca. Sospechaba que el autor no jugaba limpio, las piezas encajaban tan bien que encajaban mal. No podía ser tan sencillo como sacarlo a colación solo para denunciar que Rajoy les había quitado a los familiares de las víctimas las subvenciones, las mismas que antes les había entregado generosamente Zapatero, obligándoles a pagar de su bolsillo la exhumación de los restos cadavéricos. Lo de siempre: el expresidente luminoso contra el oscuro presidente en funciones, la memoria debida frente a la desmemoria arrogante, los buenos y los malos sin matices, como en los tebeos. Era un artículo que diciendo la verdad parecía estar mintiendo. O metiéndola doblada.
No me gusta que jueguen conmigo, me provoca ansiedad, el médico me la tiene prohibida,  así que detuve las pesquisas antes de cabrearme demasiado. No razono bien cuando las tripas me recuerdan mi vacío interior, esa falsa metafísica que ya en el Quijote se asociaba con el hambre, así que fui a la cocina para comer cualquier cosa. En la nevera tenía varias opciones: chorizo, salchichón, paté… pero el titular de la noticia hablaba del hallazgo de un corazón preservado del olvido en una fosa común, y en el interior del artículo había 45 cerebros convertidos en jabón por un proceso llamado saponificación. Por asociación simple deseché las rodajas coloradas y el paté marrón, nada de fiambre, nada de carne. Busqué en el armario, pero sólo me quedaba una lata de sardinas, en tomate, que es como la sangre. Mis pensamientos me estaban acorralando. Necesitaba salir de casa para buscar comida, y airear la cabeza.
Pero ciertos temas son tan difíciles de olvidar como el hambre, que interfiere cualquier pensamiento con tal de conducirte a un plato de comida. Te enredas con la Guerra Civil y te ahorcas con tus propios argumentos. Es algo dañino, una herida purulenta, una fuente inagotable de odio, un virus contagioso que hace lo imposible por reproducirse, pasa de generación en generación, todavía sigue habiendo dos bandos que antes se lanzaban bombas y ahora se arrojan los cráneos de los muertos. La Guerra Civil es el buitre de nuestra bandera. Una lacra nacional que jamás será esclarecida por el mismo motivo que el himno no tiene letra, porque aquí es mejor callar. Hay leyes pactadas para mantener la boca cerrada. Una espada de Damocles que la Transición puso sobre la cabeza de la democracia, amenazando a ésta y por extensión a cualquiera que intente averiguar la verdad. Una barrera psicológica muy eficaz que dilata el tiempo hasta que sea imposible ponerse en el lugar de sus protagonistas y por tanto juzgarlos. Es una maniobra perfecta: convertirlo en mito antes de que sea historia. Que no haya hechos, sólo leyendas. Y cabezas calientes montando falacias beligerantes en la guerra fría de las columnas de opinión. Hasta el fin  de los tiempos. Ochenta años con el dichoso tema, cuánta tinta derramada.
Lo mismo me estaba sucediendo a mí, que no me lo quitaba de la cabeza mientras conducía hacia el híper con el estómago haciéndome reproches. Y probablemente hubiera pasado del tema, distraído por las compras, pero el aparcamiento estaba colapsado y tuve que marcharme, no sin ciertas dificultades. Hubo gritos en la salida: subí la ventanilla para no asustar a nadie con mis ladridos. Me resigné a comprar en otro momento, lo urgente era buscar cuanto antes algo que llevarme a la boca. Lo mejor era un bar, pero no allí, un cruce de carreteras contaminado al borde de la autovía. Por instinto, me dirigí hacia la costa, preocupado solo por trazar cada curva con soltura y perfección, sin fijarme en los carteles. Guiado únicamente por la luz y el salitre. Cantando Tú serás mi baby para olvidarme de la puñetera Guerra Civil. Feliz, porque no me perseguía ningún caza con la intención de ametrallarme. Y sin saber cómo, acabé en Pontejos. En una tasca remota, delante de una cerveza y un pincho de tortilla de patatas tan esponjoso que tuve que repetir. En unos minutos, mis pensamientos se recuperaron de la lógica difusa provocada por el hambre.
 Libre ya de preocupaciones serías, debo comer siete veces al día por prescripción facultativa, decidí bajar hasta el agua para pensar con un poco de sosiego. Soy de mar, es mi elemento, siempre desemboco en él. Entre nosotros hay familiaridad, le consulto las decisiones importantes, le comento mis asuntos más íntimos; sin esperar respuesta, claro, si la hubiera el mar no sería tan sabio. Ahora se estaba retirando, era el final de la marea baja. La ría de Solía se llevaba los últimos restos de la tormenta de la tarde anterior. Busqué un sitio tranquilo, entre los juncos, con la marisma llena de vida extendida ante mí. Al fondo, las grúas de Astillero estaban inmóviles, como jirafas averiadas esperando al desguace. Había un poco de neblina. Era un buen momento para retomar el tema. No hay guerra que soporte una digestión.
Con la máquina de pensar de nuevo operativa, intenté buscar el motivo que me había obligado a defenderme de la noticia, a cuestionarla quizá más allá de lo razonable.  Un hambre histérica es también una forma de huir, un mecanismo de defensa, así que debía haber una causa oculta en mi interior. Incluso puede que mi modo de leer fuera un poco paranoico, algo normal en estos tiempos dementes que te abocan a la resistencia. Desde luego, el motivo primero de mi indignación estaba claro: la propaganda política no es una herramienta adecuada para desenterrar la Memoria Histórica, y mucho menos para derogar leyes que se utilizan precisamente como escudo político. Así no se termina nunca la contienda. Transmitir la idea de que la memoria es conjunta, nuestro pasado común, y no solo de una de las partes, sería una estrategia más adecuada para recuperar los cuerpos de nuestros antepasados. No es justo, debería haber sido de otra forma, más sana quizás, pero a día de hoy el peligro es que las nuevas generaciones crean que todo aquello sucedió en la Edad Media, o que no sucedió, que la gente se lo ha ido inventando sobre la marcha. Un olvido semejante, miles de tumbas todavía por abrir o localizar, es una herencia envenenada que nadie merece. Pero tampoco que se utilice esa memoria como arma arrojadiza contra el presente.
El segundo motivo que me había atacado los nervios fue la decepción por una oportunidad poética malograda. Como si alguien hubiera desvirtuado unos versos gloriosos añadiéndoles una burda proclama. Una infamia, porque si la poesía es anterior a la verdad, los cerebros hallados en La Pedraja pueden calificarse como un acto poético de carácter sublime, combinación de pura naturaleza con expresión de inequívoca humanidad. Algo que no hubiera sucedido sin la confluencia de ambos, sin su enfrentamiento en el territorio de lo artificial. Porque aquí el nexo que los une es una bala, el tiro de gracia, el que se le pega en la nuca a una persona que acaba de ser fusilada, para rematarla y como certificado de la propia ejecución. Sin esa bala que hizo un agujero, el agua ácida del terreno arcilloso donde los enterraron no hubiera entrado en el cráneo y preservado esos cerebros de un modo que la misma ciencia considera milagroso. No se conoce otro caso igual. Es una prueba fehaciente de que la justicia poética existe.
Quizá por todo ello, mientras observaba la marisma y a los cangrejos atareados, pensé que mis reacciones se estaban volviendo cada vez más viscerales, a un paso del animal que no pierde de vista lo que le rodea porque espera un ataque inminente. Como el resto de la población, estaba harto de manipulaciones, de mentiras, de fraudes, de estafas, de la proliferación alarmante de hijos de la chingada que de humanos solo tienen la ropa. No debía culparme a mí mismo, yo no albergaba motivos ocultos para reaccionar como lo había hecho, el origen era un titular dudoso, amarillo, algo impropio de un periódico en el que antes confiaba. Puede que con mala fe, o tal vez no, pero habían conseguido que me cuestionara mi capacidad para analizar una simple noticia. Ese es el sistema contemporáneo de control, que tú mismo demuelas tu pensamiento porque te convencen de que eres estúpido, escaso e irrazonable. Acabar con nosotros de uno en uno, con el Caballo de Troya de sus ideas tóxicas apacentando tranquilo en nuestras cabezas. Qué asco.
Como estaba enfrente de Astillero, recordé la novela de David Leavitt, El lenguaje perdido de las grúas, donde cuenta el caso de un niño, desatendido por su madre, que desarrolla un lenguaje propio reproduciendo los movimientos y los ruidos de las grúas que ve por la ventana. Acaba loco, por falta de interlocutores. Pensé que tal vez yo mismo, como otros muchos detrás de las pantallas o pegados a los móviles, cada cual capeando el temporal con sus propios medios, estábamos desarrollando un lenguaje personal tan solitario y desesperado que pronto sería intransferible. Lo peor es que no supe decir si eso era positivo, o negativo, o neutro, o qué. Y me entró hambre de nuevo.


martes, 27 de septiembre de 2016

LOS SENTIMIENTOS ENCONTRADOS en ESPACIO LUKE



¿Quién ve lo que desaparece detrás de una montaña?
sobre Los sentimientos encontrados, de Kepa Murua.

Los sentimientos encontrados es una buena novela. Nadie lo diría tratándose de un diario, ya que la vida normal aburre a cualquiera. Sin embargo hay personas dotadas del don de la singularidad y si se toman la molestia de narrar su existencia con pelos y señales les sale un drama memorable, clásico. Algo digno de ser narrado porque contiene un héroe intrépido, unas circunstancias adversas, un camino esforzado y tortuoso, y un desenlace no por esperado menos sorprendente. Este diario se lee con interés, curiosidad, aprovechamiento óptimo de la lectura y la sensación final de haber adquirido una mejor comprensión del ámbito literario visto por uno de sus protagonistas. Un libro atractivo para todos los lectores, aunque no les atraiga en particular el mundo de la edición. Y mejora si conocemos el libro anterior.  
Recordemos que en la primera parte, Los pasos inciertos (Memorias de un poeta metido a editor 1996/2004), el protagonista fabricaba una trampa y se encerraba en ella. Pretendía la quimera de ganarse la vida en el proceloso mundo de las editoriales independientes, se lanzaba a ello con más corazón que cabeza y al encontrarse con la cruda realidad surgía la trama. Nos contaba entonces sus desvelos ante un hatajo de escritores borrachos y pagados de sí mismo, unos editores avezados en la rapiña y el juego sucio, un sistema de distribución mezquino, una intelectualidad indigna de tal nombre por su escasa altura de miras.  Los ponía a todos a caldo, con nombres y apellidos, para así demostrar su propia valía, la claridad ética de su propósito frente a la turbiedad de los suyos, el inconmensurable poder de un poeta para iluminar aquella oscuridad siniestra. Como San Jorge contra el dragón o Jesucristo echando a los mercaderes del templo. Pero su exceso de pasión le cegaba, impidiéndole ver lo evidente: ser poeta y editor en este país es una paradoja, algo que hace de reír, porque según una encuesta reciente uno de cada cinco españoles piensa que el sol gira alrededor de la tierra (me dicen que es al revés).  Margaritas a los cerdos, era la conclusión de Los pasos inciertos.
 Todo hacía presumir que en la segunda parte el héroe se quedaría solo, enfrentado al espejo de sus limitaciones. Que la editorial Bassarai fracasaría y le arrastraría en la caída. Que sería capaz de sacrificarlo todo con tal de sacar adelante una cabezonería. Que se iba a arruinar sin ser una persona arruinable. Kepa Murua no es rico, ni lo ha sido nunca. No tiene una abuelita maja que le dejó unos bonos canjeables, ni una mujer que puede llamar a papuchi y pedirle lo que sea, ni mucho menos amigos que naden en la abundancia. Perderlo todo significaba para él perderlo todo. Hablo de comer el día siguiente. Y encima su socia en la editorial era su propia mujer. Con un niño pequeño. Sólo un milagro podía haberlo salvado del desastre inminente. Y lo sabía. Y lo dice. Y todo se derrumba a su alrededor sin que pueda hacer nada para evitarlo. Los sentimientos encontrados es la crónica de esa  demolición. Tres años muy largos, duros, tristes; acorralado por las facturas, al borde de un fracaso sentimental y con menos futuro que el presente actual. De hecho, sus páginas anticipan o retratan al sujeto contemporáneo, que huye hacia sí mismo porque ya no queda hacia dónde correr. Eso en los que nos hemos convertido en la última década: estéril y desesperada. Es destacable el episodio de su viaje a Canadá y New York, cuando el autor intenta recuperar su libertad de acción, la juventud despreocupada, pero se escucha entre frase y frase, con nitidez, el sonido de las cadenas. Entonces empieza el dolor.
Hay un punto en este diario en el que Kepa Murua debería haberse detenido. Hacer un paréntesis, dejar un largo espacio en blanco, varios meses. Quizá por pudor, para no ocasionar daños colaterales, proteger su intimidad o no mostrar su lado más implacable. Cuando el barco hace agua, toca el sálvese quien pueda, no hay chalecos para todos y apenas tiene fuerzas para salvarse a sí mismo. Pero no calla, no lo hace, da testimonio de lo alto y de lo bajo. Justo en ese momento  recordamos que lo que estamos leyendo le ha sucedido a alguien, que se basa en hechos reales, es una true story. Seguir escribiendo en esas condiciones es meritorio, nuestra faceta de lectores sádicos se lo agradece, consigue que sintamos una oscura empatía. Nos lo pone fácil porque él mismo se llama ingenuo, tonto, ególatra, soberbio y pasado de rosca. La furia y la ira dirigida en la primera parte hacia los demás, la dirige ahora hacia sí mismo. Reconoce con pesar que sobrevaloró sus fuerzas, que se equivocó en el análisis de mercado, que ser editor independiente es un lujo que no se puede permitir. El miedo a fracasar es superior al fracaso mismo. Y duele tanto que su expresión alcanza en este punto un alto nivel poético. Kepa Murua acepta su destino, el desierto que le corresponde.  Bassarai dejará de ser real, pero no morirá, tendrá una segunda vida, pasará a ser un mito en parte gracias a sus diarios. Aquí precisamente el Diario alcanza la mayúscula, es autoconsciente, sabe o decide que va a ser publicado. Adquiere presencia, entidad, e influye en lo narrado.
            Es una disciplina extraña terminar los días con un balance escrito de lo vivido. Lo mismo que hacemos todos antes de irnos a la cama, pero registrado, anotado, fijado en palabras para siempre. Someterse a la esclavitud de lo dicho, de la huella pronunciada, y que sea ella con sus limitaciones la que marque todo el trayecto. Un riesgo enorme. Sobre todo cuando el autor se aferra a su memoria, se disocia y se convierte ya en el narrador de pleno derecho de su propia historia. Entonces se gana el rango de novela, una novela con forma de diario, algo más que el mero registro de los hechos. Kepa Murua enfrentado al abismo de no distinguir al creador de lo creado. El punto crítico de su drama personal. Ser la representación fiable de sí mismo. Como volverse esquizofrénico y amar al Otro. Reivindicarse al completo. Saber que con esas ruinas está construyendo una obra, adquiriendo entidad de ficción mientras se aleja de lo humano. Gana el poeta, pierde el editor. Y aceptarlo los une a ambos. Porque si los poetas están locos, los editores independientes están completamente chiflados. Aunque uno no haya escrito jamás un verso, hay que ser un pedazo de poeta para mirar las cifras de ventas de tus libros y que no se te caiga el alma al suelo. Cuando veo a un editor, siempre le doy el pésame, y siempre viene a cuento.
            También hay amor en estos diarios. Amor en retroceso. Amor que se pierde. El precio a pagar por la obcecación de ser poeta y editor sin saber que la rutina de un editor no es nada lírica. Un amor desdichado que recuerda a Suave es la noche, de Fitzgerald, con sus personajes femeninos descontrolados, mentalmente frágiles, al borde de la cornisa. Ser imán de mujeres desequilibradas también lo desequilibra a él, algo que debe cambiar si quiere sobrevivir. Le espera una soledad desoladora. El tiempo de crear un escudo impenetrable que le permita madurar sin pudrirse. La mutación.
Queda por preguntar después de la lectura, si un hombre inteligente escoge un sueño imposible para así fracasar y tener algo de qué quejarse. ¿No es esta actitud victimista un reflejo de los tiempos vividos por el personaje? ¿No es el mal de occidente la queja continuada, nuestra válvula de escape? Un oriental lo llevaría mucho mejor, con un sano estoicismo. Por eso es predecible que en la próxima entrega el personaje redima su fracaso con un intento de alcanzar el vacío, en plan zen. Orientalismo y redención. Abandonar la edición y regresar a la arcadia del verso como única patria posible. Salvarse. Memorias, al fin y al cabo, de un hombre vivo que puede demostrarlo. Muy de agradecer. 

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http://www.espacioluke.com/2016/Septiembre2016/taboada.html