sábado, 5 de agosto de 2017

TURISTAS Y ZOMBIS en ELDIARIO.ES Cantabria


Turistas y zombis


Existen tres tipos de zombis: el clásico, de contenido mágico y origen haitiano; el moderno, más literario y terrorífico; y el posmoderno, muy cinematográfico, vulgar y exagerado. Del mismo modo, dentro de los turistas encontramos el residente, tipo Marco Polo, el viajero, como Paul Bowles, y el turista víctima, o sea, cualquiera de nosotros en la época actual, este mismo verano sin ir más lejos. La analogía entre zombis y turistas es irresistible.

El zombi original era bastante majo. No tenía cuerpo, no mordía a la gente y se le consideraba un espíritu protector capaz de hacer grandes favores a quien lo tenía de su parte. Está emparentado con el concepto de ‘alma dual’ que existía en las culturas africanas y surgió en Haití como recurso psicológico para superar la esclavitud y sus nefastas consecuencias. Un hechicero lo escondía dentro de una vasija y su poseedor gozaba del amparo de un ángel bueno que atraía hacia él todo lo positivo. Se cuenta el caso de una costurera que poseía un zombi que le buscaba clientes y el de unos padres que pusieron un zombi en la punta de la pluma de su hijo estudiante para que mejorara en los exámenes. Su primer reconocimiento público data de 1697, en la novela ‘El zombi de Grand Pérou’ de Pierre-Corneille de Blessebois, que recogía el mito popular extendido por la isla.

El concepto de zombi comenzó a degradarse precisamente por influencia de la literatura. Tanto el Frankenstein de Mary Sheley, con su criatura resucitada por la ciencia, como la cataléptica y enterrada viva Lady Madeline de ‘La caída de la casa Usher’ de Allan Poe y el soñador sin sueños de la ‘La muerte de Halpin Frayser’ de Ambrose Bierce, mezclan la idea del zombi con leyendas judías como la del Golem, un cuerpo sin alma, condicionando así la imaginería popular y sustituyendo al zombi bueno por su versión más terrorífica. Luego vendría el cine para ahondar en la herida y en poco tiempo se pasó del zombi tonto y lento que va de valium, propio de la serie B del siglo pasado, hasta llegar al anfetamínico de las últimas películas, como ‘Guerra mundial Z’, donde es un ser rabioso que devora a todos los habitantes del planeta a ritmo de heavy apocalíptico.

Algo semejante le ha sucedido al turismo, que ha perdido su esencia hasta resultar irreconocible. ¿Quién se acuerda del mensaje de ‘El libro de las maravillas’ de Marco Polo, el comerciante veneciano que viajo a China y regresó fascinado por aquella cultura milenaria y nos la dio a conocer en occidente? ¿Quién lee ya ‘Los siete pilares de la sabiduría’ de T.E. Lawrence, aquel espía británico abducido por los países árabes que hizo que nos enamorásemos del desierto y sin cuya lectura es imposible comprender aún hoy lo que sucede en Oriente Medio? ¿Quién atiende a las lecciones de Paul Bowles en ‘El cielo protector’, donde nos dice que viajar es sumergirse en una experiencia crucial que te cambia la vida? ¿Cuándo y por qué convertimos ese lujo tan deseable de visitar y conocer a otras gentes en ese gesto vulgar, ordinario de recorrer miles de kilómetros para comernos una hamburguesa idéntica a la del McDonald que hay en la esquina pero en las antípodas?

Uno tiene la tentación de simplificar este fenómeno, de ponerse elitista, como suelen hacer los promotores que hablan del ‘turismo de calidad’, culpabilizando de todo al turista mismo o a las corporaciones locales que convierten en horteras sus propios recursos. Parece que todos ansían el regreso de aquellos turistas ricos que se dejaban un dineral en cada visita o de aquellos parajes desconocidos para la mayoría, ese mundo todavía por descubrir. Sería como darle galletas a un zombi o pedirle que no te muerda. Un zombi es un zombi y un turista es un turista, diría Rajoy, y poco podemos hacer para evitarlo. Ambos se han convertido en un objeto de consumo, una fuente de ingresos, un recurso económico, como la política una empresa que si no es corrupta no funciona porque pierde el incentivo, la gracia.

Hay que cambiar de filosofía, aunque la estén marginando en la enseñanza, o precisamente por eso. Este verano, a principios de julio, huyendo de la gente nos fuimos a Pateira de Fermentelos (Portugal), a un lago mágico sugerido por una página web, nada exclusivo. Había poca gente, el personal del hotel era exquisito, con una piscina en el exterior y otra climatizada para la tarde,  con un desayuno opíparo, una tranquilidad envidiable y un precio más que razonable. Nos dimos unos paseos casi solitarios, vimos amanecer a los patos, a las garzas y todo el personal aéreo que puedas imaginar, y dormimos como troncos, felices. Está a un cuarto de hora  en coche de Aveiro, donde los turistas hacen cola para subirse a unas embarcaciones tristes que los llevan a velocidad fueraborda por los canales; a media hora de Coimbra, en cuya universidad han dejado un aula abierta para que los chinos, los alemanes y nosotros nos hagamos una foto sentados en la silla del catedrático; a una hora de Oporto, donde tuve miedo a que la horda de turista con llaves inglesas  se llevara como recuerdo una tuerca del puente de Eiffel y lo tiraran abajo. De la pesadilla zombi a la paz espiritual solo distaban unos minutos de autopista.

Quizá esa sea la clave, viajar para conocer, para comprender, para crecer como persona. Intentar hablar su lengua, perderse en sus calles y pueblos, comer su comida, adquirir sus hábitos durante unos días. Resistirte a que te conviertan en un objeto, a que te recolecten como si fueras una fruta de temporada,  a que te paseen por la ‘ruta del tourist’ igual que a un zombi sin alma. Ser tú, y entonces ellos serán ellos, y ninguno una estadística.

Enlace:http://www.eldiario.es/norte/cantabria/primerapagina/Turistas-zombis_6_670592952.html

                                                         

lunes, 24 de julio de 2017

MUJER CON PATATAS FRITAS en ELDIARIO.ES Cantabria


Mujer con patatas fritas



En su momento leí ‘El cuento de la criada’ de Margaret Atwood y no me impresionó tanto como lo está haciendo la serie de televisión, supervisada por la propia autora, lo cual es una garantía, quizá porque en 1985 me faltaba perspectiva para valorar las consecuencias catastróficas de una involución en materia de derechos de la mujer. Lo que entonces era una lucha solitaria, ‘la causa’ de una parte de la sociedad, en tres décadas se ha convertido en una reivindicación colectiva e irrenunciable, algo en lo que todos como grupo nos jugamos el futuro. Ahora ya sabemos que nada será posible, no habrá porvenir si las mujeres y los hombres no vamos a la par, juntos, como iguales. Y ojalá esto sea una obviedad.

En 1989 se hizo una versión cinematográfica de la misma novela, dirigida por Volker Schlöndorff, con Natasha Richardson, y vista ahora resulta incomprensiblemente machista. No solo por la elección de una protagonista tan atractiva que utilizaba sus encantos para dominar la situación desde el principio, sino por una secundaria tan poderosa como Faye Dunaway, que en modo alguno podía hacer de mujer sumisa y consentida. El gran acierto de la serie de televisión ha sido Elisabeth Moss, cuyo aspecto de mujer normal que destaca por su inteligencia permite una correcta identificación del espectador, sin despistes maniqueos. Juega en su favor la duración, casi diez horas solo la primera temporada, pero sobre todo el aire de perplejidad mezclado con horror que no conseguía tener la película.

Perplejidad y horror son precisamente los sentimientos que manifestamos hoy en día ante el machismo, el tipo de terrorismo más extendido en el planeta, reservando el primero para occidente y el segundo para el resto del mundo. Tanto el discurso de Emma Watson en la ONU en 2014, como las recientes declaraciones de Emilia Clarke a raíz de la discriminación sexista en Hollywood, ponen de manifiesto su profunda extrañeza ante un problema que ellas pensaban superado. Ninguna de las dos ‘se puede creer’ que la situación continúe en un estado tan lamentable, tan patético. El lugar de privilegio que ambas ocupan nubla su percepción de la realidad, que ha evolucionado mucho menos de lo deseable. El creciente obituario femenino por causa de los malos tratos en un claro exponente. Y eso que hablamos del occidente presuntamente civilizado.

En el lado del horror sobran ejemplos y basta con ver ‘La mujer del animal’ de Víctor Gaviria (2016) para estremecerse como en la más espantosa película de miedo. Aunque los hechos que recoge son de 1985 en un barrio de chabolas de Medellín, en buena parte del mundo ésa sigue siendo la realidad diaria de muchas mujeres, tratada como carne para los lobos. Las constantes violaciones en la India, los apedreamientos en países árabes, la ablación que se sigue practicando en África (y puede en que en la ciudad más próxima, Santander, Bilbao, unos inmigrantes se lo estén  haciendo a una niña en estos momentos, con el consentimiento y el amparo de su comunidad), son una muestra de que en ciertas cuestiones no andamos lejos de la Edad Media. La religión, todas las religiones, son responsables de ello. Y el poder rancio, que vive más tranquilo si la mitad de la población sigue enfrentada a la otra mitad.

En cualquier caso es una responsabilidad de los países más desarrollados instaurar las pautas que permitan solucionar el problema para aplicarlo a los demás, y estamos todavía muy lejos de tener encarrilado el tema. Basta fijarse en cómo se revuelven muchos hombrecitos cada vez que se cuestionan sus injustos privilegios, cómo ladran los articulistas cipotudos o las barbaridades que sigue diciendo Trump sin que nadie lo lleve a los tribunales. Además el ámbito público y privado no coinciden, hay demasiados hombres que aparentan ser civilizados cara a la galería pero en su casa son unas malas bestias, y mujeres que afirman que nunca se dejarían pisar hasta que se encuentran sangrando en un rincón de la cocina.  La teoría, como es habitual, va muy por delante de la práctica. Admitir que seguimos siendo una sociedad machista es más positivo que negarlo, con vistas a implementar soluciones reales, porque bajar la guardia es muy peligroso. Los tiempos del mono empalmado y violento deben pasar a la historia.

En este sentido conviene ver la película israelí ‘Bar Bahar’ de Maysaloun Hamoud, donde tres mujeres palestinas que viven juntas en un apartamento de Tel Aviv tienen que enfrentarse a las contradicciones entre la vida moderna y la tradición. Es una película sencilla, llena de sutilezas, que desenmascara con eficacia el cinismo de una sociedad incapaz de cambiar y evolucionar hacia un futuro más justo para todos. Porque de eso se trata, de comprender que nuestras tradiciones se asientan sobre la injusticia, la desigualdad y el inmovilismo, como ciénagas donde el agua se corrompe por falta de movimiento.

Un futuro que imita al presente no es futuro, no contiene esperanza. Aunque nos crispe los nervios, no podemos dejar pasar ni una, como han hecho en Pamplona durante los Sanfermines. La alerta debe ser permanente, nos jugamos demasiado. Hay que actuar con la contundencia de aquel intelectual que respondió indignado a la pregunta, cuando todavía se preguntaban esas majaderías: “¿Cómo le gustan a usted las mujeres?”, con una respuesta de ironía brutal: “Con patatas fritas, por supuesto”.


                                                                       

martes, 18 de julio de 2017

SEBASTIÃO Y LA SAL en ELDIARIO.ES Cantabria



Sebastião y la sal



Sebastião Salgado tuvo siete hijas y un hijo al que puso su nombre. Tenía una hacienda en Aimorés, Minas Gerais, Brasil. Para proporcionar una buena educación a su prole cortó los árboles de su propiedad y se centró en el ganado vacuno. A los 15 años el joven Sebastião se marchó a Vitória, capital provincial, a cursar el bachillerato. Por consejo paterno, comenzó a orientar sus estudios hacia la economía. El país vivía en una brutal dictadura, participó en las protestas estudiantiles y en 1969 se fue con su joven esposa Lélia Wanick a París.

Lélia estudiaba arquitectura y un día compró una cámara de fotos. Sebastião se apropió de ella, comenzó a registrarlo todo. Poco después se trasladaron a Londres, él trabajó para la Organización Internacional del Café y lo enviaron a África, donde sufrió un gran impacto humanitario. Sus primeras fotos proceden de Tahova, Níger, que estaba sufriendo la hambruna de la sequía de 1973. Al regresar, el matrimonio decidió que Sebastião se dedicaría por entero a la fotografía, despreciando una prometedora carrera como economista.  En 1974 nació su hijo Juliano.

El primer gran proyecto de Sebastião Salgado fue ‘Otras américas’ (1977-1984). Eran los tiempos de la Teología de la Liberación. Visitó Ecuador, Bolivia, México… y también Brasil, que había abandonado diez años antes y donde acababa de caer la dictadura. Conoció así el nordeste de su país, lugar paupérrimo donde la mortalidad infantil y el movimiento de los Campesinos sin Tierra le sensibilizaron para ofrecernos fotos tan impactantes como la ‘tienda de alquiler de ataúdes’. La tierra devastada y la pobreza comenzaron a ser su tema central. El reportaje de las minas de oro de Sierra Pelada, donde 50.000 hombres trabajan como hormigas, le hizo famoso como fotógrafo de la conciencia social.

Abandonó de nuevo Brasil y se trasladó al Sáhel, para llamar la atención del mundo sobre el reparto global de la riqueza. Etiopía estaba padeciendo una sequía feroz, pero había alimentos para solucionarlo y el gobierno, en vez de distribuirlos, ametrallaba desde los helicópteros a la población que huía hacia Sudán. Cólera, deshidratación, diarrea y muerte. Lo tituló ‘El final del camino’, 1984-86, y en Mali registró las espantosas fotos de ‘las personas con la piel de corteza de árbol’. Sebastião Salgado no era consciente de que todo ese dolor transmitido estaba afectándole.

Entre 1986 y 1991, quiso cambiar de registro y visitó treinta países para hacer un homenaje a los constructores del mundo, la arqueología de la era industrial. ‘Workers’ le llevó entre otros a la URSS, Bangladesh, Sicilia, y terminó en Kuwait, después de la primera guerra del Golfo, cuando Saddam Hussein incendió en su huida los pozos de petróleo. Allí se unió a bomberos de todo el planeta en una noche permanente, rodeado de fuego y explosiones que lo dejaron medio sordo. El Salgado economista y el artista se fusionaron para comprender que el oro negro era el germen del mal. Sus fotos de ‘caballos desnutridos en el paraíso’, encontrados en un vergel árabe cuando ya abandonaba la zona, le “partieron el corazón”.

Su agonía comenzó dos años más tarde y duraría hasta 1999. Fue ‘Exodus’, que registraba los desplazamientos masivos de poblaciones africanas. Europa ya estaba cerrando sus fronteras y en 1994 el avión del presidente de Ruanda fue abatido en Tanzania. Salgado fue uno de los primeros en llegar. La represión contra los tutsis era de un salvajismo nunca visto. Un genocidio atroz. Hizo el camino inverso al de la población que huía y durante 150 kilómetros solo encontró en las cunetas cadáveres destrozados, despedazados a machetazos. Regresó al campamento de refugiados: “El infierno se instaló en la sabana. En pocos días había allí  un millón de personas. El odio es contagioso. Somos un animal terrible, nosotros, los humanos.”

Sin embargo, el ejército asesino de los hutus fue derrotado y entonces fueron ellos los que tuvieron que huir de la venganza de los tutsis. Se retiraron a la región de Goma, en el Congo. Dos millones de personas se hacinaron en un campamento gigantesco y enfermizo. Cada día morían entre 12.000 y 15.000 personas víctimas del cólera. Se las enterraba de mala manera a golpe de excavadora. “Cuando salí de allí mi cuerpo estaba enfermo. Mi alma estaba enferma.” Pero lo peor aún estaba por llegar. Un año más tarde las Naciones Unidas obligaron a los hutus a regresar a Ruanda. Algunos se negaron y 250.000 desaparecieron en la selva. Cuando Salgado fue a fotografiarlos, ya solo quedaban 40.000, famélicos y completamente locos. La guerrilla congoleña se hizo cargo de ellos, los asesinó.

“Ya no creía en nada. No creía en la salvación de la especie humana. No podíamos sobrevivir a tal cosa. No merecíamos vivir más. Nadie merecía vivir.”

Sebastião Salgado estaba destrozado. Decidió no sacar ni una foto más y dejar de ser testigo de la horrible condición humana. Regresó a Brasil para hacerse cargo de la hacienda de su padre. Como si fuera el reflejo de su alma, tenía ante sus ojos 600 hectáreas de tierra yerma, esquilmada. No sabía qué hacer. No quería hacer nada. Tuvo que ser su mujer, Lélia Wanick, que siempre se encargó de sus exposiciones y de mantener unida a la familia, la que propuso una solución insólita, insensata, irrealizable. Regresarían a la infancia de Sebastião, cuando en aquel lugar había un paraíso de plantas y arroyos. Volverían a empezar para recuperar la esperanza.

Así nació el Instituto Terra, un proyecto revolucionario que apostaba por la recuperación de la naturaleza y de la Mata Atlántica. Plantaron 150 especies autóctonas. Al principio se perdía el 60%, luego el 40, hasta que se produjo el milagro. En diez años, ayudados por voluntarios, en ese lugar estéril aplastado por las pezuñas de las vacas trasplantaron 2,5 millones de árboles. Un prodigio. Hoy en día ese sitio tan hermoso ya no es propiedad de la familia Salgado, es un parque nacional que pertenece a todo el mundo. Un ejemplo a seguir.

De este modo, Sebastião Salgado recuperó la fe y volvió sacar fotos. Ya no quería denunciar la barbarie humana sino hacer un homenaje al planeta. El proyecto ‘Génesis’ (2004-2013) pretendía retratar paisajes, animales y gentes que vivían como al principio de los tiempos. Comenzó en las Galápagos, siguiendo los pasos de Darwin, luego se unió a los Nenets que viven con sus renos en Siberia, más tarde a la tribu Zo’e de la Amazonía. Durante buena parte de este viaje le acompañaban su hijo Juliano y el cineasta Wim Wenders, que juntos realizaron ‘La sal de la Tierra’ (2014), el documental sobre la vida y resurrección de Sebastião Salgado que he resumido en este artículo. 

“Si la sal de la tierra se desala, ¿quién la salará?” (Mateo 5:13) Salgado en castellano significa ‘salado’. ‘Génesis’ permanecerá en la Plaza Porticada de Santander hasta el 15 de julio.

viernes, 30 de junio de 2017

LA OPACA TRANSPARENCIA en ELDIARIO.ES Cantabria


La opaca transparencia



Dominas como nadie los videojuegos, navegas por internet, conoces a la perfección el menú de tu móvil, incluso, te vistes tú solito… ¿Y no sabes para qué sirve ese palo con pelos en una punta? Ese palo es una escobilla para limpiar el WC, cuando una parte de ti se engancha. Y es por eso, que es parte de ti, que te corresponde solo a ti limpiarlo.
En caso de chapapote, agarra la escobilla por el mango (la parte delgada que sobresale hacia arriba) y frota el otro extremo (el de los pelos) contra la pared manchada, sin dejar de tirar del agua al mismo tiempo.
Por favor no seas marrano, los demás no tenemos la culpa.
Gracias.
PD: Si no sabes, o no quieres saber cómo se utiliza ese palo, caga en casa antes de salir.

El simpático cartel está en el Chiringuito del Puntal. Me avisó mi compañera Paula Arranz, encargada de la fotografía y las correcciones de esta columna, después de volver del váter con una media sonrisa. Pero estábamos en traje de baño, habíamos dejado los móviles y las carteras en el aparcamiento de Somo, apenas llevábamos las llaves del coche y un billete pequeño para la consumición, así que tuve que pedirle al camarero un bolígrafo. Él lo llamó ‘máquina de escribir’, y como puse cara de bobo me lo repitió, luego supuse que era el autor del mensaje pedagógico.

Tardé un buen rato en copiarlo a mano, el camarero se ofreció a sacarle una foto y enviármelo por e-mail, pero le dije que el esfuerzo merecía la pena. En el váter de chicos había cola, de modo que copiaba una frase, dejaba pasar a alguien y esperaba para reanudar la tarea. Al final también entré en el de chicas y comprobé que el mensaje era el mismo, no lo habían pasado a femenino. Estaba colocado encima de la cisterna, Paula me hizo notar que las mujeres se sientan siempre en la taza  y los hombres orinan de pie, lo cual significa que el original era sin duda para nosotros y luego se había fotocopiado. Pretendía informar y a la vez entretener, una buena fórmula para evitar que los tíos se reboten.

De regreso a Somo, media hora de playa maravillosa, siempre nueva, siempre llena de sugerencias y mundos por descubrir, comprobamos que ese día nos había tocado invasión de minúsculos escarabajos, quién sabe qué hacían allí, igual que la vez anterior hubo reunión de correlimos, esos pajarillos de patas mecánicas que corren hacia el agua y retroceden como niños frioleros con miedo a mojarse. Hablamos del mensaje del WC y de la proliferación de otros semejantes, aunque con menos sentido del humor, en algunos lugares públicos, como si la sociedad fuera consciente de que la falta de educación, decoro o pudor, empezara a sentarnos mal a todos. Era indudable que aquél iba dirigido a la gente más joven, así que abandonamos el tema para no sentirnos viejos y moralistas.

Una hora más tarde, estábamos comprando en el híper, y una mujer fue a coger unas cervezas, golpeó una lata y ésta se puso a tirar espuma. El líquido comenzó a escurrir hacia las baldas inferiores. Como yo estaba cerca, dije que debería llamar al encargado. Ella se hizo la sorda y se marchó sin más, con su hija, para darle buen ejemplo. Ahora me tocaba avisar a mí. Pero tampoco lo hice. No era mi responsabilidad. Me sentí como un espectador de ese doble atropello viral de una mujer china, en el que todo el mundo pasa de ayudar y al final viene un coche y la remata. La triste justificación fue que días antes a una buena samaritana que socorrió a un herido la obligaron en el hospital a pagar las costas como si ella fuera la causante de las heridas. Lógicamente se mosqueó, lo subió a la red y generó una ola de insolidaridad desproporcionada.

Huir de todo, como si cada cual fuera una isla, está afectando a nuestra manera de ser. En ‘La sociedad transparente’ sostiene Vattimo que el exceso de información y su inmediatez puede ejercer un papel deshumanizante en la sociedad.  Conocer tanto no esclarece sino que hace opaco nuestro entendimiento. Es obvio que lo negativo nos impacta más que lo positivo, condiciona nuestra conducta, nos retrae y pone a la defensiva. No mejoramos porque al saber más desconfiamos más. Es como si esta sociedad transparente primero nos atravesara la ropa, luego la piel y llegara hasta nuestro oscuro interior. Y del oscuro interior humano es mejor no hablar. Hemos evolucionado desde la crueldad y la violencia, en los escudos de nuestras ciudades hay espadas y cañones, en nuestras playas una marea de cadáveres...

Quizá debamos plantearnos una terapia general con mensajes simples, directos, cotidianos, decálogos olvidados, instrucciones de uso de la vida, algo que nos haga levantar la vista del móvil para recordar que si cada uno dejamos menos mierda a nuestro paso tendremos algo provechoso que legar a las próximas generaciones. Aunque solo sea para no desconcertar a las inteligencias artificiales que, cuando nos imitan, nos asustan al vernos reflejados. Qué horror si los robots que hereden la tierra se parecen a nosotros.

Para terminar en positivo, y como agradecimiento a los buenos trabajadores que al amanecer limpian la playa de Somo, diré que en dos kilómetros de orilla solo encontré una bolsa de plástico que acababa de traer la marea. Eso no lo superan ni en Malibú.



miércoles, 21 de junio de 2017

SER PEQUEÑO en ESPACIO LUKE



Ser pequeño


La pelota que arrojé cuando jugaba en el parque
aún no ha tocado el suelo.

Si los faroles brillaran- Dylan Thomas


Ser el globo al final de la cuerda
un poeta oscilante
ser mi voz de niño
explicándole a mi madre
que ése que flota
soy yo.


*


Reivindica tu condición de ser
pequeño
brasa minúscula
que se apaga
a cada instante
pero sopla
desde dentro
y se enciende
de nuevo.

No cejes en el empeño
en las insistencias
reta a lo fugaz
atrapa y congela
ofrece tu silencio
como ejemplo
y testimonio.


*


Nunca haces
lo que estás haciendo
sueñas ahora
lo postrero
vives con ojos leonardos
pintando de luz
cada brizna de hierba
eres tiempo baldío
piernas y manos
de un aliento.


*


Debe del grito
quedar el eco,
de la sombra
el ungüento
de esta verdad
ni el rastro.

¡Quema la forma!


*


Condenso en esta espera
mis emolumentos
la retribución de horas sordas
lo boquiabierto

no aliento nada

el aire me penetra
suficientemente.


*


Se escucha muy cerca
el crujido de la vida
cristalizando las cosas
dando nombre y ajustando
la imagen definitiva.

Todo pelea con todo
para fijarse
encerrarse en su forma.

Grita cada objeto
constreñido a sí mismo
por su éxito triunfal
frente a lo inconcreto.

No puede verse lo inefable
lo que está al acecho
esperando su momento
su manifestación.

El aire reclamaba
su identidad
en las hojas
de los árboles.


*


Si me atreviera a saber
si me dejara
si abandonara esta certeza
si me arriesgara
si no tuviera miedo
                        a ser desvelado
si no me refugiara
si fuera
si de algún modo lograra
si alcanzara
si al menos rozara
si lo intuyera
si lo soñara sin pánico
                        a verlo entero
si al decir dijera.


*


La infancia es redonda
de ojos deslumbrados

el peso de los días
achica la mirada

el tiempo cierra
los párpados
y el círculo.


domingo, 11 de junio de 2017

EL FUTURO COMO SÍNTOMA en ELDIARIO.ES Cantabria


El futuro como síntoma


Nadie nos advirtió contra el cáncer. No había nada que advertir. Era una enfermedad. La prevención de las enfermedades todavía no estaba de moda y constatar su existencia como pandemia era más que suficiente. Su gravedad estaba acentuada por el malditismo y el silencio. Cuando al fin se habló libremente de ello, el todo en su conjunto comenzó a provocar cáncer. Fumar pasó de ser un recurso masculino para convertirse en vaquero curtido al atardecer a ser un traqueotomizado hecho polvo. La comida también estaba bajo sospecha y las puertas de las neveras se llenaron de listados de conservantes que nos podían llevar a la tumba. Por supuesto, aunque todos lo negaban, se expandía la idea de que era muy contagioso. Había que alejarse de las personas con cáncer.

Tampoco nadie nos advirtió contra el sida. Llegó una mañana, sin nombre adjudicado, pero pronto se asoció con el sexo y se extendió el temor a contagiarse con la saliva de un simple beso. También había que ocultarlo, estigmatizar a los enfermos, no tener contacto alguno con ellos, porque era una plaga bíblica para castigarnos por nuestra degeneración. Repartir o no condones dividió a la sociedad. Los católicos se oponían, preconizaban de nuevo la virginidad y el celibato, se hicieron cómplices de la epidemia en contra del consejo de la OMS. Los más tremendistas advirtieron que se llevaría por delante a una cuarta parte de la población africana. Para evitarlo había que tomar medicamentos a paletadas, una veintena de pastillas cada día, no se sabía si era peor el remedio que la enfermedad. Pero era un remedio solo para los países ricos.

Ahora el cáncer está bajo control relativo, en la infancia se curan el 80% de los casos, y las campañas preventivas han reducido drásticamente el consumo de tabaco y fomentan el control riguroso de los alimentos. El sida ha pasado de ser una enfermedad mortal de necesidad a enfermedad tratable. Lo mismo pasó con la vieja tuberculosis, y también hay una vacuna en curso contra la viruela, incluso algo tan terrible como el ébola se ataja en occidente en cuestión de semanas. Se diría que el ser humano ha entrado en una fase de tregua con las enfermedades. Sin embargo, esta misma semana leo que en el 2030, dentro de tan solo trece años, la depresión será la primera causa de baja laboral. Que en España, como en el resto del mundo, nuestra alma se está infectando maliciosamente como antes se infectaron nuestros cuerpos.

Nada más leer la noticia echo de menos a varios amigos. ¿Qué fue de aquel colega o de aquella mujer o del hijo de tal o del tipo aquel del quiosco? Me dijeron que habían pillado una depresión. Que uno no sale de casa, la otra ya no se levanta de la cama, el chaval saltó por la ventana y el tipo del quiosco cerró el negocio y a veces se le oye llorar desconsolado a las tantas de la madrugada. No me acerco a ellos, claro, pero me digo que son ellos los que no se acercan a mí. No les llamo por teléfono, no les envió mensajes, no preguntó a nadie qué tal les va. Es como si hubieran desaparecido en un sanatorio de apestados. Y, ahora que lo pienso, en varias ocasiones he rehuido encontrarme con ellos y he comentado con otras personas que cuesta tratarlos porque son unos cenizos, unos negativos a los que todo les parece mal, unos nihilistas descorazonadores, en fin, que los depresivos son gente deprimente. Tanto que hasta frivolizar sobre el tema resulta molesto.

Sin embargo, a diferencia del cáncer o el sida, hace décadas que se nos advierte de que esto iba a suceder. La crisis, el paro, la decadencia moral, la pérdida de valores, la degradación de la democracia, la insolidaridad con los refugiados, la extinción de la ética y la esperanza. La certeza de que en el futuro las cosas van a ir a peor. Parece que todo conspira contra nosotros, todo nos conduce a la demolición y, al llegar el fin de semana, aumentan las probabilidades de que alguien haga detonar una bomba en el campo de fútbol o en un concierto por la paz. Hay días en que me miro al espejo y solo veo a un cínico con calefacción central pagada gracias a la venta de armas que enriquece a este país. Tal vez yo también esté contagiado y tener conciencia me arrastre a la depresión.

Hace un par de semanas vi una película que me sentó muy mal. Fueron 162 minutos de cabrero, y todo el rato sin comprender cómo esa cinta ha logrado cosechar una veintena de premios tan prestigiosos como el de ‘Mejor película europea del año’. Se trata de ‘Toni Erdmann’ de Maren Ade y me pareció un homenaje grotesco a la vida patética que llevamos. Lo más parecido a que se te corte la leche del desayuno cuando solo te queda una vaso. Un esperpento, la verdad. Daba la sensación de que ni los actores, ni la directora y mucho menos el guionista creyeran en absoluto que merece la pena vivir esta existencia malsana. Dicen los críticos que es una comedia amarga, pero si te ríes es que te falla algo en la cabeza. Me he pasado quince días maldiciendo y sin poder olvidarla. Lo más deprimente que me he echado a la cara en mucho tiempo. Seguro que los fabricantes de Orfidal han financiado esa película.

En fin, aunque sea cierto que hoy en día ser optimista es estar mal informado, hay que alejarse de ese futuro previsto, porque la negatividad se contagia, es la nueva y más peligrosa enfermedad que nos acecha.

lunes, 29 de mayo de 2017

TEMPORADA DE PATOS, TEMPORADA DE CONEJOS en ELDIARIO.ES Cantabria



Temporada de patos, temporada de conejos


Cuando yo era niño tuve un amigo socialdemócrata. Después de la escuela, nos arrojaban a los dos a la calle con un trozo de pan y una onza de chocolate, no daba para más. Él llevaba el pan en una mano y la onza en la otra, yo enterraba la onza en el pan. Él dosificaba el chocolate y le daba pequeños mordiscos, yo comía el pan en seco y esperaba con emoción la llegada del mordisco que incluía chocolate. La diferencia entre nuestras caras es que la suya era serena, equilibrada, mientras que la mía ostentaba unos ojos deslumbrados, ansiosos, ilusionados.

Esto sucedía a mediados del siglo pasado, en plena dictadura, y éramos tan pequeños que no teníamos ni pensamiento propio. Cuando íbamos a jugar, a mi amigo su madre siempre le decía “no te hagas mucho daño” mientras que a mí me decían “diviértete, pásalo bien”. Vivíamos en un barrio obrero, soñábamos con neveras llenas de comida y con el futuro, aunque no sabíamos lo que eso significaba. Todo era presente inmediato y había que sacarle rendimiento a la infancia. Regresar a casa ilesos era un deshonor, en la mía no te daban de cenar si no estabas herido; en la suya sí.

Recuerdo en particular una tarde en que fuimos a unas casas abandonadas. Para entrar había que encaramarse a un muro muy alto y desde éste saltar al borde de otro muro. La distancia era considerable, la hostia segura. Éramos nueve chavales. Mi amigo dijo que no iba a saltar, que no quería hacerse sangre, y le mandamos a la mierda porque la gracia estaba precisamente en sangrar. Uno a uno volamos por el aire, lo logramos, pero con el resultado de un labio partido, dos codos desgarrados y en general las rodillas hechas polvo, las mías por ejemplo, con regueros de sangre hasta los tobillos. Cuando regresamos al barrio, machacados como héroes milenarios, mi amigo nos estaba esperando, impoluto y bien peinado. Los otros le despreciaron, pero yo le acompañé hasta su portal y, para mi sorpresa, antes de entrar se despeinó y se tiró al suelo rodando como una croqueta hasta quedar presentable. Entonces supe que era socialdemócrata, aunque todavía no conocía esa palabra.

Años después dejamos de tener relación, la dictadura comenzó a venirse abajo y muchos del barrio nos metimos en la izquierda natural, por simple genética. Alfonso, sin embargo, se dejaba ver por ahí en alguna asamblea pero sin ganas de comprometerse en nada. Luego oímos decir que andaba con los socialistas, que entre nosotros tenían muy mala fama. Cuando Felipe González renunció al marxismo, me dijeron que Alfonso empezaba a destacar entre la militancia. Y le perdí la pista.

Nos encontramos por casualidad el sábado pasado en Aranda de Duero. Nosotros íbamos en un pequeño autobús alquilado a la concentración de la Puerta del Sol. Uno de la cuadrilla me lo señaló y fui a saludarle. Después del preceptivo ‘cómo te va la vida, la pareja, los hijos’, me comentó que era compromisario socialista y que iba a Madrid a la votación del Secretario General. Le felicité por el cargo, soy de buen talante, pero él me miró con el desdén y la soberbia característicos de los suyos y me espetó: “Ya te vale, con los podemitas, a tu edad…” No le dije nada, me quedé cortado. Lo peor es que añadió: “Nosotros, los de la izquierda, vamos a impedir que sigáis haciendo el payaso. Sois una vergüenza.”

No voy a describir la mirada que le eché, el equivalente a mandarle a la mierda cuando de niño no quiso saltar el muro. Su poca educación me recordó a la bancada del PP, gente sin capacidad alguna para el diálogo. Le deseé buena suerte en la votación y me fui con los míos. Mas tarde, en el autobús, comenté el encuentro con mi compañero de asiento, uno de la cuadrilla de siempre. Le escandalizó que Alfonso se considerara de izquierdas y dijo: “Para ser de izquierdas hay que aceptar riesgos y ése no se ha arriesgado en su puta vida”. Luego se burló de él: “¿Te lo imaginas detrás de un micrófono?: Compañeras, compañeros, mascotas y toros de la dehesa, he venido a pedir vuestro voto para hacer con él lo que le dé la gana al Ibex 35… Sociata de los huevos…”.

Le reí la gracia, pero se me quedó en la cara un gesto amargo. ‘Qué pena’, pensé. Y justo en ese momento, alguien del autobús propuso ponerles una de dibujos animados a los críos, que llevábamos media docena de chavalines bastante aburridos con el viaje. El conductor puso una vieja cinta de Merrie Melodies, ésa en la que Bugs Bunny y el Pato Lucas intentan engañar a Elmer, que hace de cazador, alternando carteles que ponen: ‘Temporada de patos, temporada de conejos’. Todos la recordábamos y aplaudimos al final cuando Elmer reconoce que a él le da igual patos o conejos, que solo caza para divertirse porque en realidad es vegetariano. Alguien dijo: “Elmer es del PP, así que temporada de Elmer”.

Luego los kilómetros fueron pasando por esa España vacía y ya cerca de Madrid repasamos nuestras aportaciones para la concentración de Sol. La más votada fue: ‘La calle es mi institución y el móvil es mi urna’. Nada más llegar compraríamos unos palos, un plástico grande y rotuladores. Nos rascamos el bolsillo y pusimos un escote.