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lunes, 12 de junio de 2023
lunes, 4 de noviembre de 2019
RESEÑA en eldiario.es Cantabria de Gerónimo de los paracaidistas
Francisco Taboada presenta su libro de relatos 'Gerónimo de los paracaidistas'
La obra, publicada por la editorial cántabra El Desvelo, recoge un conjunto de historias que abordan los más variados temas, desde la corrupción al sexo o la infancia
El autor estará el próximo 12 de noviembre en La Vorágine de Santander y el 22 de noviembre en la librería Dlibros de Torrelavega para presentar este trabajo

El escritor Francisco Taboada. | PAULA ARRANZ
El Desvelo acaba de publicar su última novedad literaria, el libro de relatos de Francisco Taboada titulado 'Gerónimo de los paracaidistas'. Se trata de un conjunto de historias de una factura impecable y que abordan los más variados temas, desde la corrupción al sexo o la infancia. "Tierno y humorístico al tiempo, es un retrato social implacable", explican desde la editorial cántabra.
El autor estará el próximo 12 de noviembre en La Vorágine de Santander y el 22 de noviembre en la librería Dlibros de Torrelavega para presentar este trabajo en el que muestra su versatilidad como escritor.

Portada de 'Gerónimo de los paracaidistas'.
Un niño maltratado huye de su padre utilizando métodos detectivescos. Dos hermanos albañiles pierden su empresa en un ambiente de corrupción urbanística rural. Un grupo de mujeres de la élite de una pequeña ciudad se enfrenta a un depredador sexual. Un guitarrista de rock sufre una epifanía en mitad de un concierto desastroso. Un poeta politoxicómano encuentra por casualidad la droga total y definitiva… Así se resumen algunos de estos relatos que esconden una ácida crítica social.
Francisco Taboada (Bilbao, 1957) es escritor y pedagogo. Ha sido profesor de Didáctica del Pensamiento en la Universidad del País Vasco; y también albañil, viajante de comercio, encuestador, librero, restaurador de muebles, barman, cuidador de ancianos… Una experiencia laboral variopinta que refleja con humor en su obra literaria.
Es autor de los libros de poemas 'Garbanzos' (1979), 'Palabras dactilares' (2011) y 'Frontera de carne' (2015); de la obra de teatro 'El Maestro' (2012) y de las novelas 'Memorias de Yoser Pez' (2006), 'La cosecha' (2012) y 'El pozo séptico' (2015), además de haber colaborado habitualmente en prensa.
miércoles, 14 de marzo de 2018
RESEÑA de AUTORRETRATOS de KEPA MURUA en el diario argentino EL CORREDOR MEDITERRÁNEO
AUTORRETRATOS de Kepa Murua
Autorretratos, el nuevo poemario de Kepa
Murua, magníficamente ilustrado por Ángel López de Luzuriaga, contiene un
conjunto de versos cultivados con la paciencia que el tiempo solo otorga a un
pensamiento bien sedimentado. Corresponde a treinta años de vida intensa (1987-2017)
y recopila palabras sencillas con la textura de una piel, una piel cotidiana,
casi doméstica, próxima a la ternura y la rabia de un poeta que se cuestiona a
cada paso su condición. Si todo autorretrato para ser veraz ha de ser impúdico,
ya que un poeta con pudor es un farsante, en estos 65 frescos con sabor a
vuelapluma encontramos el esqueleto de un autor que se ha ido desgarrando hasta
alcanzar al fin un grado de humanidad que impresiona por su cercanía. Casi
podemos tocarlo, fluye junto a nosotros, es uno más en la procelosa vida que
compartimos. Lejos ya del experimentalismo de sus primeros libros de poemas, Kepa
Murua se nos muestra aquí desenmascarado y libre por la palabra, esa compañera
de viaje que siempre ha permanecido a su lado y que habla de él, aunque él crea
que habla de sí mismo, en esa pelea tenaz donde espejo y reflejo se funden, son
una misma cosa. Modestia y vanidad, terquedad y desazón, resistencia y
fractura, la vida misma, que lo fue delatando y dejó a su paso estas
instantáneas en las que no pudo disimular ni esconderse. Pura intimidad, alma
sin filtro, despojamiento. Poesía neta, sin artificio.
A
lo largo de este poemario podemos seguir en orden cronológico la trayectoria visceral
de Kepa Murua desde que comprendió que dedicarse a la literatura era inevitable. Desde la caída del muro de Berlín:
tras los pasos de una Europa/ que no sabe
cómo crece/ ni en qué se convertirá, justo en el momento en que la poesía
se cernía sobre él: Pero yo pasé mucho
frío/ y mucha hambre/ en el centro de un mapa/ que podía ser el de mi cerebro,
hasta la actualidad, donde el poeta consagrado repasa su obra, indistinguible
de su vida: Sin saber dibujar, puse mi
nombre debajo./ Sin muchos colores en la paleta, viví intensamente/ el amor que
se descubre solo o acompañado. Un camino largo para un hombre cosmopolita
que no ha dejado de buscar, de indagar en sí mismo y en su obra: Me iba conociendo/ con las palabras/ y estas
me iban reconociendo a mí/ entre mil garabatos. Casi una treintena de
libros, entre poemarios, ensayos, novelas, colaboraciones artísticas con otros
autores, y además la dirección de la editorial Bassarai y la revista digital
Luke. Un escritor infatigable que ya en 1995 vislumbraba este libro: Quiero que mi retrato sea nítido/ en el
polvo trasparente de la vida/ como el fondo cristalino del agua.
No
cabe duda de que Autorretratos es un
libro tan carnal y sanguíneo como su autor. Un regalo que nos ofrece para que
nada quede oculto, para que todo sea desvelado. Esa confidencia que se hace a
altas horas de la noche con una copa de menos o una copa de más y que un lector
atento sabe agradecer. El testimonio noble, como diría St.Vincent Millay, de un
poeta que le sigue dando fuego por ambos lados a la vela de las palabras para
sorprendernos con el brillo deslumbrante de la existencia humana.
Francisco Taboada
AUTORRETRATOS
Kepa Murua
Ilustrador: Ángel López de Luzuriaga
El Desvelo Ediciones (2018)
martes, 26 de diciembre de 2017
RESEÑA de DE TEMBLORES de Kepa Murua en ESPACIO LUKE
DE TEMBLORES de Kepa Murua
De temblores es una novela de amor. Un
texto breve pero intenso que ahonda en la problemática tratada por Kepa Murua
en sus novelas anteriores y que en cierto modo serviría de conclusión o final
de ciclo. Una suerte de epílogo sobre el tema del amor enfrentado a la libertad
del individuo o, dicho de otra manera, el amor y sus consecuencias para un
hombre contemporáneo que es algo más que un mero receptor pasivo, una víctima
propiciatoria del único tema que al parecer nos interesa. Porque la cuestión a
tratar, la pregunta que se intenta responder, es si somos algo más que personas
que aman y son amadas. Si hay algo además o por encima del amor. Si la vida sin
amor tiene algún sentido. Demasiados impedimentos que concluyen con la certeza
de somos incapaces de amar, porque el amor ha cambiado tanto en los últimos
tiempos que resulta irreconocible.
Para abordar el tema del amor,
Kepa Murua utiliza en su obra diferentes estrategias narrativas. En su primera
novela, Un poco de paz, asistimos al amor
fundacional mediatizado por la historia familiar del personaje, dependiente
todavía de la figura paterna. El método utilizado es la parodia, con el
descubrimiento de un manuscrito revelador al estilo de los best-sellers. En la
segunda novela, Tangoman, vivimos la
peripecia de un hombre feo pero dotado para el baile y el amor circunstancial,
un trípode humano que consuela a mujeres mayores y que se enfrenta a su propia
desdicha y marginalidad: toda una sátira con momentos cómicos y delirantes. En
esta tercera, sin embargo, emplea un método más sutil: la confesión, con un
enrevesado paralelismo con su propia biografía. En De temblores, el protagonista es un escritor, de 50 años, con el
pelo rapado, que usa sombrero, que viaja con frecuencia al continente americano…
y si nos dejamos engañar por las apariencias, o si hemos leído las dos primeras
entregas de sus Diarios, podríamos
concluir que se trata del mismo Kepa Murua. Sin embargo, el protagonista se
llama Rubén, no es el autor, no es un álter
ego, sino esa máscara que con frecuencia utilizan los escritores, ese juego
tan suculento de la falsa-biografía, donde se usan datos verdaderos mezclados
con otros que no lo son, un tour de force
en el que se confunden deliberadamente las cosas para comprometer e implicar
tanto al que escribe como al lector que conoce en parte su obra. Un método
arriesgado, duro, que Kepa Murua sabe resolver con gran maestría narrativa.
Formalmente hablando, De temblores no es una novela que huye
hacia otro texto como en el caso de Un
poco de paz, ni tampoco contiene un personaje estrambótico que se traslada
a su propio interior a modo de refugio estilístico, como en Tangomán, sino que es un ejercicio de
desnudez total, con un estilo contundente, basado en capítulos cortos con un
enunciado orientativo, con párrafos muy breves, de un solo golpe de voz,
alternados con diálogos de una crudeza tal que impide cualquier desvío. Lo que
hay es lo que hay. El texto ha sido pulido hasta la exasperación. Si en vez de
leerlo lo escucháramos grabado pensaríamos que estamos asistiendo a la declamación
del alma de una persona, y digo declamación porque hay una evidente intención
musical y poética en el texto. No solo por los ritornelos empleados, que se repiten a lo largo de la novela, en
especial ese: “De temblores está hecho el amor”, que aparece en lugares clave
en diferentes capítulos, sino también por los bucles en los que la memoria
regresa a un punto anterior, a un texto ya mencionado, para darle un nueva
lectura, para avanzar en su interpretación. Un estilo dinámico que impide que
las palabras se solidifiquen, de manera que si al principio esos temblores son
los propios del sexo, a continuación serán los de la indecisión y el miedo de
los amantes, y más adelante los de un terremoto emocional que todo lo
transforma. Es el mismo temblor evolucionando y dimensionándose según nos vamos
adentrando en la novela. Una novela con mucha más complejidad de la que
aparenta y que, al final, contiene una vuelta de tuerca muy eficaz que nos permite
reinterpretar lo leído.
La historia de amor que nos
cuenta De temblores no es una
historia de amor al uso. No es nada convencional. Contiene todos los elementos
de las historial de amor, por supuesto, pero debajo de su aparente simplicidad
esconde una reflexión más profunda y necesaria: ¿Qué le hemos hecho al amor, en
qué lo hemos transformado, por qué sentimos que se nos escapa de las manos?
Estamos hablando de un amor idealizado, sublime. Ese es el tipo de amor que
busca Rubén a lo largo de toda la novela, porque, como decía Auguste Comte: “Si
el amor no pude dominar, ¿cómo va a hacerlo el espíritu? Si no entendemos el
amor, ¿de qué sirve entender todo lo demás?”
En este sentido De temblores entronca con la mejor
literatura europea de los últimos tiempos. En lo fundamental, no dista mucho de
las preguntas que se hace Michel Houellebecq en Plataforma: “¿Los europeos del Viejo Continente hemos perdido la
capacidad de amarnos entre nosotros y necesitamos buscar o recuperar el amor en
otras latitudes?¿Tanto ha cambiado nuestra sociedad para que seamos incapaces
de amar y ser amados?” La respuesta es obvia: sí. Por una parte, las religiones
puritanas y controladoras de nuestro pensamiento han perdido su fuerza a lo
largo del último siglo, y los sistemas políticos y las trasformaciones sociales
han dotado el individuo de un poder decisorio que antes no tenía. Por otra
parte, el surgimiento de los métodos
anticonceptivos ha liberado al sexo de la esclavitud de los matrimonios
forzados, y la progenie abundante y encadenadora. Y en tercer lugar, la
liberación femenina ha convertido a uno de los dos elementos del amor
heterosexual, la mujer, en alguien activo, cuando antes era casi siempre
pasivo. Marxismo, anticoncepción y feminismo dieron un giro copernicano al amor,
y el capitalismo actual ha terminado por liquidarlo, al menos en su sentido más
puro. Nos encontramos por tanto en una era de re-definición de uno de los
conceptos vitales del ser humano.
En De temblores, Kepa Murua, a través de los pensamientos y
conversaciones del personaje central con sus diferentes amantes, nos aproxima
al amor actual. En la novela aparecen al menos seis mujeres, destacando Dacia,
de origen indio pero adoptada y educada por occidentales, una mezcla de amante,
madre y refugio, y Rosale, suramericana, bastante más joven que el escritor, la
otra protagonista del libro, que representa el amor crepuscular, la oportunidad
tardía de afirmar o negar el amor, un nuevo comienzo y en cierto modo una
involución. Entre todas ellas forman el currículum amoroso de Rubén, una
experiencia en principio desencantada pero que busca su redención, porque en el
fondo desea amar, desea reafirmarse como individuo a través del amor. De este
modo retrata lo que es el amor actual, no exclusivo, que reside en diferentes
personas, una por cada fase o etapa del individuo. Es por tanto un amor de
duración limitada, que se consume con intensidad y luego se desecha.
Sobre todo ello se interroga a
lo largo de la novela el escritor protagonista debatiéndose entre el deseo
antiguo y la realidad contemporánea. Y cree que el motivo de sus desvelos reside
en el hecho de ser diferente, ser escritor, someter la realidad a un exceso de
observación y cuestionamiento. A eso juega con Rosale, su nueva y joven amante,
a la demolición del amor y de sus posibilidades por el eficaz método de querer
afirmar su existencia. Comienzan a amarse poniendo en tela de juicio si el amor
es posible, posible para ellos y posible en sí mismo. Y la pregunta que se hace
el lector es si existe algo capaz de soportar semejante escrutinio, porque los
personajes no se entregan a ese sentimiento, sino que lo analizan y así lo
destruyen, socaban sus posibilidades naturales, lo falsean a través de la
mente. Si hicieran lo mismo con el sexo, no llegarían ni a la cama. El amor no
se piensa, se hace. Intelectualizarlo es un error. Y nunca se debe oponer el
amor a la libertad individual.
A lo largo de toda la novela
diferentes mujeres acusan al protagonista de ser una persona egoísta, alguien
incapaz de amar, porque sólo se ama a sí mismo. Sin embargo, Rubén se defiende
constantemente y al hacerlo se delata. Además utiliza a su nueva amante,
Rosale, para esconderse y refugiarse en una sospechosa autocomplacencia. Quizás
en eso reside el problema de Rubén, y por extensión de todos nosotros:
demasiado individualismo, demasiado narcisismo, demasiadas corazas para los
sentimientos, cuando el amor requiere un cierto abandono, la aceptación de la
dependencia, la debilidad, la posibilidad de perderse, de alienarse sin miedo
en brazos de otra persona. Y para eso es necesario ser adulto, no esperar siempre
una retribución, una recompensa. Como decía Erich Fromm en El arte de amar: “En una cultura en la que prevalece la orientación
mercantil y en la que éxito material constituye el valor predominante, no hay
en realidad motivos para sorprenderse de que las relaciones amorosas humanas
sigan el mismo esquema de intercambio que gobierna el mercado de bienes y de
trabajo.” Sin embargo, “en el amor es fundamental dar, no recibir”, “aunque
existe el malentendido común de suponer que dar significa renunciar”, “que dar sin recibir es una estafa”, cuando “el acto
mismo de dar, es una prueba de mi fuerza, mi riqueza y mi poder”.
En De temblores, a pesar de los esfuerzos del Rubén por ser empático
con las mujeres, el punto de vista es siempre masculino. Siempre está a la
defensiva, como el hombre actual que teme perder sus privilegios y que jamás
admitiría que no sabe cómo desenvolverse en un terreno de igualdad anímica y
sexual. No quiere ceder terreno sino aprovecharse de las circunstancias para
mejorar su posición. En el fondo, comete el mismo error que Freud con su
materialismo fisiológico, al ver en el amor exclusivamente la expresión o la sublimación
del instinto sexual. El amor dura para Rubén lo que dura el deseo, nada más. Si
alguien le exige otra cosa, esa persona no es conveniente. No parece saber que
el amor comienza a desarrollarse cuando amamos a quienes no necesitamos para
nuestros fines personales. Rubén no sabe amar porque tampoco sabe vivir. No es
extraño que piense que el amor es la unión de dos soledades, cuando en realidad
es el antídoto contra la soledad. Como hombre contemporáneo, que no comprende
que los tiempos han cambiado, no ha sabido superar la pérdida de la polaridad
sexual, que sirve para el erotismo pero que no sirve para la vida fuera de la
cama, donde hay dos personas, dos seres humanos que buscan juntos un sentido a
la existencia. Rubén es tan inmaduro como nuestra sociedad, y representa sus
contradicciones a la perfección.
Si algo nos aporta De temblores es un retrato descarnado de
cómo se va desarrollando esa evolución, ese acercamiento entre los sexos, visto
desde el interior de un hombre y algunas mujeres que buscan una salida al
laberinto sentimental en el que seguimos encerrados desde el principio de los
tiempos. Una novela valiosa, que también incluye una crítica feroz de la
situación lamentable de los inmigrantes, y que se disfruta mejor con los
precedentes de Un poco de paz y Tangoman. Literatura contemporánea,
buena literatura, que formula muchas preguntas y nos deja a nosotros, los
lectores… seguir haciendo más preguntas.
DE
TEMBLORES
Autor: Kepa Murua
Editorial: El Desvelo
Colección: El legado del Barón
Ilustración portada: Andrea Conde
PVP: 19 €
Enlace: http://www.espacioluke.com/2017/Noviembre2017/taboada.html
jueves, 16 de noviembre de 2017
RESEÑA de DE TEMBLORES de KEPA MURUA en el diario argentino EL CORREDOR MEDITERRÁNEO
DE TEMBLORES de Kepa Murua
De temblores es una novela de amor, un
texto breve pero intenso que ahonda en la problemática tratada por Kepa Murua
en sus novelas anteriores, Un poco de paz
y Tangoman, y en cierto modo serviría
de conclusión o final de ciclo. Una suerte de epílogo sobre el tema del amor
enfrentado a la libertad del individuo, donde la pregunta que se intenta
responder es si somos algo más que personas que aman y son amadas, si hay algo por
encima del amor, si la vida sin amor tiene algún sentido. Demasiados
impedimentos que concluyen con la certeza de somos incapaces de amar, porque el
amor ha cambiado tanto que resulta irreconocible.
Si en las novelas anteriores Kepa
Murua utilizaba la parodia y la sátira, en De
temblores emplea la confesión, la falsa-biografía. Formalmente hablando, es
un ejercicio de desnudez total, con un estilo contundente, basado en capítulos
cortos con un enunciado orientativo, con párrafos muy breves, de un solo golpe
de voz, alternados con diálogos de una crudeza tal que impide cualquier desvío.
El texto ha sido pulido hasta la exasperación, con una evidente intención
musical y poética, con numerosos ritornelos
y bucles en los que la memoria regresa a un punto anterior, a un texto ya
mencionado, para facilitar una nueva lectura. Un estilo dinámico que impide que
las palabras se solidifiquen, de manera que si al principio esos temblores son
los del sexo, a continuación serán los del miedo de los amantes y después los
de un terremoto emocional que todo lo transforma. Es el mismo temblor
evolucionando y dimensionándose según nos vamos adentrando en la novela. Una
novela con mucha más complejidad de la que aparenta y que, al final, contiene
una vuelta de tuerca muy eficaz que nos permite reinterpretar todo lo leído.
Debajo de su aparente
simplicidad De temblores esconde una
reflexión profunda y necesaria: ¿Los europeos hemos perdido la capacidad de
amarnos entre nosotros y necesitamos buscar o recuperar el amor en otras
latitudes? La respuesta es obvia: en el siglo pasado el marxismo, la anticoncepción
y el feminismo dieron un giro copernicano al amor y el capitalismo actual ha
terminado por liquidarlo. Nos encontramos por tanto en una era de re-definición
del amor. En la novela aparecen seis mujeres, destacando Dacia, de origen indio,
y Rosale, suramericana, bastante más joven que el escritor, y que representa el amor crepuscular, la
oportunidad tardía de afirmar o negar el amor, un nuevo comienzo y también una
involución. El problema surge cuando ambos comienzan a jugar a la demolición
del amor, cuando se aman poniendo en tela de juicio si el amor es posible. No
se entregan a ese sentimiento, sino que lo analizan y así lo destruyen, lo
falsean a través de la mente.
A lo largo de toda la novela las
diferentes mujeres acusan al protagonista de ser alguien incapaz de amar, sin embargo Rubén se
defiende constantemente y al hacerlo se delata. Esa es la clave: demasiado
narcisismo, demasiadas corazas, cuando el amor requiere un cierto abandono, la
aceptación de la dependencia. En De temblores, a pesar de los esfuerzos
del Rubén por ser empático con las mujeres, el punto de vista es siempre masculino.
Siempre está a la defensiva, como el hombre actual que teme perder sus
privilegios y que jamás admitiría que no sabe cómo desenvolverse en un terreno
de igualdad. Rubén es tan inmaduro como nuestra sociedad y representa sus
contradicciones a la perfección.
Si algo nos aporta De temblores es un retrato descarnado de
cómo se va desarrollando esa evolución, ese acercamiento entre los sexos, visto
desde el interior de un hombre y algunas mujeres que buscan una salida al
laberinto sentimental. Una novela valiosa, que también incluye una crítica
feroz de la situación lamentable de los inmigrantes, como es el caso de Rosale.
Literatura contemporánea, buena literatura, que formula muchas preguntas y nos
deja a nosotros, los lectores… seguir haciendo más preguntas.
Francisco Taboada
lunes, 2 de octubre de 2017
COREOGRAFÍA POLÍTICA en ELDIARIO.ES Cantabria
Coreografía política
El cuerpo
humano, por muy contorsionista que sea, tiene los movimientos limitados por su
anatomía y España por la resistencia de sus materiales. Este es un país frágil,
de acero mal forjado, como esas espadas lustrosas que sirven para decorar pero
se quiebran en el combate. La democracia débil que nos sirve de esqueleto es
latina y está aquejada de la osteoporosis procedente de su naturaleza
dictatorial. Basta un solo golpe para que la armadura se rompa y el cuerpo se fragmente y sangre y muera.
La derecha de la
nación y la derecha nacionalista nunca han soltado las riendas, tienen el
pastel muy bien repartido y se pasan la pelota como elemento de despiste que ya
no despista a nadie, aunque da juego, que es de lo que se trata. Mientras la
población ya no da más de sí, nuestros gobernantes van a seguir haciendo
evoluciones alrededor del mismo escenario y sin salirse de él. Que si España se
rompe que si se pega con cola, y el país, en su vida diaria, ya está roto en
mil pedazos. El tema del referéndum más que una cortina de humo es un incendio
en toda regla. ¿En serio cree alguien que a los millones de parados les importa
en qué país pasan hambre y en qué lengua se quejan?
Es un hecho que
nos han robado 40.000 millones en el rescate bancario y que el 20% de los
bancos son catalanes con sucursales en toda España. ¿Acaso han mencionado los
que quieren independizarse la posibilidad de distanciarse de la corrupción
devolviéndonos ellos la parte que les corresponde? No, para nada, que la pela
no se toca. Hasta mi perro sabe que todo esto es una coreografía ensayada al
milímetro para que si uno estira la pierna hacia un lado el otro lo haga para
el lado contrario y así la imagen de conjunto queda muy mona, muy equilibrada.
Mientras tanto, se va desmontando la sanidad pública de modo que la salud sea
un privilegio de los ricos, la educación pública se deteriora hasta convertir a
la gente en analfabeta funcional y se recorta la libertad de expresión
asustando a las personas para que obedezcan como animales acorralados. Bravo:
si Cataluña se independiza no podrá participar en Eurovisión.
Pero cuidado,
que la policía no es tonta y todos llevamos un madero en el interior. Las pruebas son las pruebas y para pillar al
delincuente solo hay que seguir el rastro del dinero. Dicen las malas lenguas
que al gobierno de Rajoy lo sostienen los nacionalistas vascos a cambio de
pasta gansa, miles de millones. Dicen también que los socialistas se montaron
un teatro magistral para volver a la palestra y si un día afirman que España es
plurinacional al día siguiente no están en contra de aplicar el artículo 155,
si no queda más remedio, todo con tal de no perder la primera línea del
abrevadero de la guita. Dicen que Unidos
Podemos trabaja con denuedo para asegurar su continuidad haciendo propuestas
que molan cantidad, diálogo y eso, buen rollito en una asamblea guay que solo
añade leña al fuego. En fin, que la calle habla y sabe que si les quitas la
máscara todos acaban cantando.
¿Si la cosa es
tan grave, por qué sonríen por lo bajo Rajoy y Puigdemont, qué tienen que
ocultar? La experiencia nos dice que si metes en una sala de interrogatorios a
una persona culpable y a una inocente, y las dejas a solas durante horas, la
inocente se ira poniendo cada vez más nerviosa mientras que la culpable puede
que acabe echándose un sueñecito. La inocente cree que, a pesar de su rectitud,
dada la complejidad de la ley, puede haber cometido un delito sin saberlo, de
ahí su nerviosismo, mientras que la culpable, sabedora de su delito, y
probablemente tan conocedora de la ley como quienes la aplican, estará cada vez
menos preocupada porque el paso del tiempo implica dificultades para encontrar
pruebas que demuestren su delito. Por eso, el 1 de octubre, pase lo que pase,
los dos seguirán sonriendo. Van a ganar votos y podrán esconder su mala gestión
de gobierno con la complicidad de sus votantes. Lo único que les importa es que
siga el espectáculo.
Hay pocas ideas
más turbias que Patria, País y Nación y pocos disfraces más tristes que los
tejidos con la tela de una bandera, escudo de miserables, capa multicolor del
fantasma paleto. Las ideas valiosas no tienen tantos seguidores. Poco importa
España Uno, Cataluña Cero o viceversa. Una región pobre nunca amenaza con
abandonar el país y si disipamos la niebla lo único que se ve es dinero en
ambas partes. Eso sí, los majaderos de siempre hablan de violencia en el
horizonte, como buitres necesitados de cadáveres que justifiquen sus
razonamientos baratos. Por eso el Gobierno Español se ciñe a su papel y esgrime
el fasces de hacha y varas, y el Govern la hoz del segador. Cada uno intimida a
los suyos y a los del otro bando. El caso es amenazar. Que la gente tenga
miedo, que tiemble ante el futuro incierto, que se divida en grupos, que calle y
otorgue, que el lunes vaya a trabajar por un salario de esclavo. Y sobre todo
que no piense. Porque el día en que España piense cambiará la Constitución.
Hasta entonces, no hay nada que hacer.
miércoles, 20 de septiembre de 2017
DISCURSOS PARALELOS en ELDIARIO.ES Cantabria
Discursos paralelos
Quedo para cenar
con un viejo revolucionario cargado de anécdotas y entre otras me cuenta su
panfletada más gloriosa. Sucedió un día en que sus colegas de partido lo
dejaron solo con una mochila llena de octavillas que había que aventar con
urgencia. El método clásico consistía en arrojarlas al aire en diferentes
lugares de la ciudad, cuantos más mejor. Lo normal era coger un autobús de
línea, bajarse en una plaza pública, esperar la llegada de otro autobús que
fuera en la dirección contraria y cuando llegaba, justo antes de subirse,
lanzar los panfletos y desaparecer de escena. No había móviles, pero cualquier
pasajero o el mismo conductor podían avisar por señas a la policía si se
cruzaban con ellos, luego era necesario bajar en la siguiente parada,
desplazarse a pie hasta otra ruta y vuelta a empezar. Funcionaba bien si lo
hacía un grupo numeroso de militantes, en un espacio de breve de tiempo, pero
un hombre solo se arriesgaba demasiado y probablemente sería detenido y
encarcelado. Era un tema serio.
Con la ayuda de
un miembro del partido que trabajaba en la estación central de los autobuses, el
hombre se coló de madrugada en las cocheras y colocó sobre el techo de toda la
flota pequeños paquetes de octavillas previamente humedecidas. A la mañana
siguiente, según circulaban los autobuses, los panfletos de se iban secando al
viento y en cosa de horas toda la ciudad estaba sembrada de consignas
revolucionarias. “Casi cinco mil octavillas”, me dice con orgullo, “cuando
cinco mil era un número importante”. Inevitablemente, hablamos del poder de la
información, de la capacidad de difusión actual de las ideas gracias a
Internet. Supongo que le alegra su existencia pero me dice, con el cinismo
propio de Oscar Wilde: “Cuando los dioses quieren castigarnos, atienden
nuestras plegarias.” Y añade que nunca se había inventado nada tan contra-revolucionario
como Internet.
Según su teoría,
Internet se parece a una asamblea general multitudinaria que, precisamente por
su tamaño, resulta ineficaz. Demasiada gente hablando a la vez y cada cual empeñado
en defender solo su punto de vista. No hay verdadero diálogo por culpa de la
inmediatez de respuesta. Hasta el discurso mejor elaborado y certero se ve
expuesto a la demolición por parte de un conjunto excesivo de personas que lo
utilizan como disculpa para elaborar un discurso paralelo, el suyo, de manera
que el mensaje original queda anulado en cuestión de minutos:
“¿No te has fijado que cuanto más impecable es
un análisis político de la situación actual, aumenta exponencialmente el número
de ataques hasta lograr que se dude de su bondad o su validez? Si aciertas de
pleno, el primer comentario será: ‘Tú no sabes lo que es el fascismo’, o bien: ‘No
he pasado del primer párrafo porque aburres a las ovejas.’ Eso sin mencionar los insultos y los ataques
personales. Y como se te ocurra opinar, sobre todo si es a favor, del
feminismo, de la homosexualidad o de Cataluña, sin ser mujer, o gay o catalán,
te caerá encima una horda de gente con lupa, escrutando, falseando, si es
preciso mintiendo; y si has dicho España eres españolista por no decir ‘estado
invasor español’, si has dicho LGTB serás un ‘Cishetero’ por no decir LGTBIQ,
que no te enteras, o te tacharán de machista porque crees que hay que
racionalizar la ‘discriminación positiva’. En el fondo da igual lo que digas,
solo importa que seas atacable. Si lo eres te demuelen, si no, te ignoran. Tu
valor depende de la posibilidad de crear a tu costa discursos paralelos. Y lo
hace la gente a la que apoyas, los de tu bando, con más fiereza que si fueras
del bando contrario, joder.”
El viejo
revolucionario se cabrea y entonces hablamos de censura, de autocensura, de
posverdad, de la ley mordaza, de lo sospechoso que le parece que se haya
permitido la expansión descontrolada de Internet, de la destrucción de una
herramienta global de información que podía haber sido positiva por la
inexistencia de un código deontológico básico, de que importe más enseñar un
teta que vender un tanque, del hecho irrefutable de que Internet nos esté
convirtiendo en más machistas, más fascistas, más xenófobos, más incultos y
menos educados. “No sabemos lo que somos, ni qué significa ser, pero sí que
somos en el tiempo, ya lo decía Heidegger, así que ha sido tan simple como
poner en nuestras manos un acelerador del tiempo para acabar con nosotros.
Quemamos las ideas antes de afianzarlas. La prisa no nos deja reflexionar. Le
estamos haciendo al pensamiento lo mismo que las centrales nucleares al medio
ambiente.”
Es lo que pasa
con los viejos revolucionarios, que tienen perspectiva. Les han tumbado tantas
veces sus ideas, sus iniciativas, que hablar con ellos deja un cierto regusto
amargo. Por eso me comenta que está pensando en descontaminarse, abandonar las
redes sociales en las que es tan activo, cerrar su blog y no volver a hablar de
nada en absoluto. “No lo hagas, o la asociación metafísica española te echará
la bronca por mezclar nada y absoluto en una misma frase.” Reímos por no llorar
y para que se anime le paso el móvil con un
artículo de Jamie Bartlett donde
habla del auge de la extrema derecha en Internet. Lo lee con calma y luego
asiente y enseña las garras. Es un gato callejero, aunque parezca agotado jamás
se rinde.
lunes, 4 de septiembre de 2017
LOS HÉROES LGTB en ELDIARIO.ES Cantabria
Los héroes LGTB
¿Qué sucedería
si en el último capítulo de la 7ª temporada de Juego de Tronos descubrimos que
Jon Nieve tiene un novio macizo en Desembarco del Rey? Que se perderían de
golpe 10 millones de espectadores. ¿Y si Daenerys de la Tormenta, traumatizada
porque la violó salvajemente un criador de caballos, estéril para lo humano
pero capaz de fertilizar huevos de dragón, le pide a una hechicera que le
desarrolle genitales masculinos con la dureza del acero valyrio y decide
perpetrar contra el sexo fuerte una oscura y penetrante venganza? Pues que se
perderían 20 millones de espectadores y HBO tendría que clausurar la serie. Por
eso, en el penúltimo capítulo, cuando los toscos guerreros bromean diciendo que
si no hay mujeres ya se apañarán entre ellos, ‘El Perro’ tranquiliza al burdo
salvaje pelirrojo afirmando que está enamorado de una señora y que tendrá con
ella los hijos que haga falta. Porque una cosa es que en la serie haya
violaciones, incesto y empoderamiento femenino y otra salirse de la norma
heterosexual mayoritaria, salvo en papeles secundarios, para cumplir y nada
más. Los grandes protagonistas están excluidos de esa posibilidad.
La sociedad
todavía no está madura para tener héroes LGTB con la suficiente entidad para
servir de referente. Para que los niños y las niñas puedan decir en el cole,
según sus inclinaciones: “Me gustaría ser como Z-Woman, que tiene una novia muy
guapa en Alfa Centauro o como F-Man, que le tira los tejos a Lobezno”. Quizá
porque el colectivo LGTB es estadísticamente minoritario, aunque no sabemos si
lo sería tanto en un mundo donde no se pongan trabas para que cada cual
desarrolle la tendencia sexual que más le apetezca. O todas, o ninguna, que
también los asexuales están reivindicando sus derechos (digamos LGBT+). Héroes,
en fin, cuyo comportamiento carnal sea admitido, aceptado, reconocido, para ser
modelos dignos de poseer seguidores propios no estigmatizados.
Algo de esto
había en la serie de Netflix Sense8. Serie malograda que según las últimas
noticias no seguirá adelante y sólo se le concede un único episodio doble, en
2018, para no dejar colgados a los espectadores y cerrar las diferentes tramas
apresuradamente. No es nada excepcional, muchas series se cancelan por su falta
de rentabilidad, pero lo grave del asunto es que Sense8 estaba a cargo de las
hermanas Wachowski, que antes fueron los hermanos Wachowski, directores de la
trilogía de Matrix, y que gracias a su cambio de sexo se han convertido en todo
un icono transexual y por lo tanto LGTB. Héroes civiles con capacidad
demostrada para crear héroes de ficción que, sin embargo, en esta ocasión han
fallado estrepitosamente. Una verdadera lástima.
Y es que Sense8
lo tenía todo. Una buena idea inicial: Ocho personas de diferentes culturas y
lugares del mundo están conectadas telepáticamente y pueden actuar juntas para
mejorar la realidad. El punto de partida es el día del Orgullo Gay, y entre los
personajes hay todo un abanico de tendencias sexuales: una trans con relaciones
lésbicas, dos heteros super-enamorados, dos gais emotivos y cachondos, dos
amantes conflictivos con infidelidad de por medio, un jovencito inexperto con
una mujer resabiada, una dominatriz karateca a punto de liarse con el poli que
la persigue… Tenía que funcionar. La primera temporada estaba cargada de
defectos pero el desafío merecía la pena. Además contaba con el español Miguel
Ángel Silvestre en una soberbia interpretación con vis cómica que parodiaba
precisamente a Matrix. Incluso tenía el beneplácito de las revistas del corazón
ya que la actriz principal Jamie Clayton, en un papel trans, es transexual en
la vida real y tuvo un romance con Keanu Reeves. Qué más se puede pedir para la
normalización.
Las hermanas
Wachowski se pueden lavar la manos y echar la culpa de todo a Netflix, pero lo
cierto es que dilapidaron un presupuesto de lujo, casi 9 millones de dólares
cada episodio, por ser demasiado pretenciosas y confiar en que sólo con su
nombre ya tenían garantizada una serie a perpetuidad. Les faltó solidez de
guión, imaginación, perspectiva, y la segunda temporada es aburrida, casi una
orgía permanente que no conduce a ninguna parte. Todo un alarde de
irresponsabilidad, teniendo en cuenta que el colectivo LGTB estaba pendiente de
ellas. A última hora, la web porno xHamster se ha ofrecido a financiar la
siguiente temporada, aduciendo que están a favor de la libertad sexual y la
sexualidad no-normativa, ya imaginamos con que objetivo. Si las Wachowski
aceptan sería como volver a la marginalidad, aunque la audiencia sea enorme,
algo que nadie podría perdonarles.
En estos tiempos de crisis, que ya amenaza
con ser permanente, las religiones y otras fuerzas reaccionarias extienden con
facilidad su mensaje involucionista ofreciendo a las personas una protección y
amparo que les permite controlarlas, de modo que el progreso social retrocede
hacia posiciones anteriores y se pierde lo ganado convirtiendo en simples
experimentos lo que son necesidades humanas: las mujeres de Afganistán
volvieron de la libertad al burka y los homosexuales podrían ser obligados a
regresar al armario. Por eso es necesario no perder ni una oportunidad de
afianzamiento, para solidificar lo conseguido y evitar una vuelta atrás. El
futuro siempre llega tarde, o no con la celeridad deseada, y dormirse en los
laureles es peligroso. Sense8 podría haber sido una serie de referencia, un
hito, ahora solo es un ejemplo de cómo no se deben hacer las cosas. Qué
pena.
martes, 22 de agosto de 2017
ARENA EN LOS OJOS en ELDIARIO.ES Cantabria
Arena en los ojos
Estoy tumbado en
la playa leyendo las noticias en el móvil y unos chiquillos que pasan corriendo
me tiran arena a la cara. Me entra en los ojos, dejo caer el móvil y mientras
me incorporo siento la certeza de que siempre ha sido así. Siempre ha sido así,
aunque no se sabía, o se sabía ocultar mejor, o no existía internet para
difundirlo y también ocultarlo, o emborronarlo hasta sembrar la duda de si
realmente ha ocurrido, pero no importa porque la información se devora y se
deglute y sin tiempo para digerirla ya se desecha. Pero siempre ha sido así.
Estoy seguro.
Quizá sea porque
la noticia que estaba leyendo cuando me han tirado arena a la cara habla de la
salida de la cárcel de Ángel María Villar, el siguiente de la lista, con sus 30
años de reinado a su aire en el mundo del fútbol, pero sospecho que los más
listos, los que mejor robaron y mangonearon, esos no han sido descubiertos.
Solo han pillado a los menos diligentes, a los chapuceros y los soberbios, pero
no a los señores, a los que piden la tapita en el club marítimo e incluso son
amables con el camarero, a los del traje impecable y prudencia a prueba de la
menor indagación.
No consigo ver
nada, intento pestañear pero la cosa empeora y una voz compasiva de mujer mayor
me dice que incline la cabeza, que ella me irá echando chorritos de agua hasta
que se me quite la arena. Pero no se me quita, es demasiada, y lo peor es que
se acrecienta la sospecha de que da lo mismo un partido con el árbitro comprado
que un partido político, el que sea, porque todos están en el ajo, siempre han
estado en el ajo, todos lo sabían y por interés callaban y siguen callando.
Puede que también hubiera amenazas, puede que algunos murieran por resbalón de
cáscara de plátano, por oportuno infarto o recurrente vejez y pérdida de
memoria, pero los demás estaban al tanto y no lo denunciaron. España es un país
corrupto por naturaleza.
Poco a poco el
agua me va limpiando los ojos, y por eso tengo el convencimiento de que todos
ellos sabían, no podían no saber, aunque quizás tampoco sabían cómo impedirlo.
Creo que cada uno de ellos, al llegar a la empresa, multinacional,
ayuntamiento, gobierno regional o central, congregación religiosa, a cualquier
centro de poder, fueron obligados a firmar el acta de secretos oficiales, el
acta de secretos pederastas, el acta de chanchullos al por mayor, el pacto con
el diablo, y que lo avalaron con su vida y la de su familia, y que perderían a
su cónyuge y a sus hijos, a su grupo social, a sus amigos, y los más de
izquierdas a su barrio obrero al completo. Que los repudiaría todo el mundo si
abrían la boca.
Al fin consigo
ver algo, y la señora me dice que no se me ocurra frotarme los ojos, que podría
hacerme llagas o quién sabe qué tipo de herida de consecuencias irreversibles.
Le hago caso, pero me escuece mucho, y mis sospechas llegan hasta la dictadura
de Franco, pero sin entrar en ella por razones obvias, que por algo era una
dictadura y todo estaba permitido para los listos que lo tenían todo permitido.
Casi peor fue la Transición, quién sabe cuántos y cuánto hubo que esconder
entonces, cuánto hubo que permitir para sujetar a los viejos perros y permitir
la llegada de los nuevos, si es que cambiaron, o solo se ocultaron los de
siempre bajo nuevas capas de ocultación y olvido programado y, más tarde, ya en
la democracia de facto, cuando todo parecía legal y limpio pero estaba sujeto
al antes y pendiente de perpetuar su maldad en el después… Joder, cómo pica, y
Felipe en el yate con su puro y sus acciones y sus valores invertidos en Bolsa
y el Gal, que recordaba a una marca de champú.
“Gracias,
señora, es usted muy amable… Menudos gamberros…” ¿Desde cuándo todo esto que
ahora se descubre y se va descubriendo y todavía se va a descubrir? ¿Desde
cuándo esta impunidad descarada? “Bueno, hombre, no se lo tome así, sólo son
unos niños, estaban jugando.” ¿Desde cuándo estos jueces que se suman a la risa
infame y prepotente con la risa seria del que sabe y sabe todo lo que hay que
saber? “Usted lo que necesita es un poco de colirio, le vendría bien acercarse
hasta una farmacia.” ¿Cómo es posible que yo sepa y todos sepamos y ellos
insistan en que no hay nada que saber? ¿Cómo es posible que no seamos capaces
de impedirlo o al menos mitigarlo, y que sea una excepción y no la regla?
“Gracias, señora, le haré caso, ha sido usted… debería traerle una botella de
agua.” “Deje, hombre, deje… vaya a la farmacia.”
Recojo la toalla
y las chanclas y voy camino de la farmacia, al otro lado del paseo. Antes de
salir de la playa me detengo en el chiringuito y pido un vermut para relajarme.
El camarero me pone tres hielos y un chorrito ridículo, y encima me cobra
cuatro euros. ¡Pero qué pasa! Le pago, no digo nada, estoy asqueado, y como sé
que el vermut no se crea ni se destruye, solo se transforma, busco en la barra
un culpable. Hay dos tipos con pinta de turistas que se están bebiendo la parte
que me corresponde. Malditos turistas. Son una plaga. ¿Por qué no hace algo el
gobierno? ¿Qué estarán maquinando esos miserables durante las vacaciones
mientras yo despotrico contra ellos y contra los turistas porque tengo arena en
los ojos?
sábado, 5 de agosto de 2017
TURISTAS Y ZOMBIS en ELDIARIO.ES Cantabria
Turistas y zombis
Existen tres
tipos de zombis: el clásico, de contenido mágico y origen haitiano; el moderno,
más literario y terrorífico; y el posmoderno, muy cinematográfico, vulgar y
exagerado. Del mismo modo, dentro de los turistas encontramos el residente,
tipo Marco Polo, el viajero, como Paul Bowles, y el turista víctima, o sea,
cualquiera de nosotros en la época actual, este mismo verano sin ir más lejos.
La analogía entre zombis y turistas es irresistible.
El zombi
original era bastante majo. No tenía cuerpo, no mordía a la gente y se le
consideraba un espíritu protector capaz de hacer grandes favores a quien lo
tenía de su parte. Está emparentado con el concepto de ‘alma dual’ que existía
en las culturas africanas y surgió en Haití como recurso psicológico para
superar la esclavitud y sus nefastas consecuencias. Un hechicero lo escondía
dentro de una vasija y su poseedor gozaba del amparo de un ángel bueno que
atraía hacia él todo lo positivo. Se cuenta el caso de una costurera que poseía
un zombi que le buscaba clientes y el de unos padres que pusieron un zombi en
la punta de la pluma de su hijo estudiante para que mejorara en los exámenes.
Su primer reconocimiento público data de 1697, en la novela ‘El zombi de Grand
Pérou’ de Pierre-Corneille de Blessebois, que recogía el mito popular extendido
por la isla.
El concepto de
zombi comenzó a degradarse precisamente por influencia de la literatura. Tanto
el Frankenstein de Mary Sheley, con su criatura resucitada por la ciencia, como
la cataléptica y enterrada viva Lady Madeline de ‘La caída de la casa Usher’ de
Allan Poe y el soñador sin sueños de la ‘La muerte de Halpin Frayser’ de
Ambrose Bierce, mezclan la idea del zombi con leyendas judías como la del
Golem, un cuerpo sin alma, condicionando así la imaginería popular y
sustituyendo al zombi bueno por su versión más terrorífica. Luego vendría el
cine para ahondar en la herida y en poco tiempo se pasó del zombi tonto y lento
que va de valium, propio de la serie B del siglo pasado, hasta llegar al
anfetamínico de las últimas películas, como ‘Guerra mundial Z’, donde es un ser
rabioso que devora a todos los habitantes del planeta a ritmo de heavy
apocalíptico.
Algo semejante
le ha sucedido al turismo, que ha perdido su esencia hasta resultar irreconocible.
¿Quién se acuerda del mensaje de ‘El libro de las maravillas’ de Marco Polo, el
comerciante veneciano que viajo a China y regresó fascinado por aquella cultura
milenaria y nos la dio a conocer en occidente? ¿Quién lee ya ‘Los siete pilares
de la sabiduría’ de T.E. Lawrence, aquel espía británico abducido por los
países árabes que hizo que nos enamorásemos del desierto y sin cuya lectura es
imposible comprender aún hoy lo que sucede en Oriente Medio? ¿Quién
atiende a las lecciones de Paul Bowles en ‘El cielo protector’, donde nos dice
que viajar es sumergirse en una experiencia crucial que te cambia la vida?
¿Cuándo y por qué convertimos ese lujo tan deseable de visitar y conocer a
otras gentes en ese gesto vulgar, ordinario de recorrer miles de kilómetros
para comernos una hamburguesa idéntica a la del McDonald que hay en la esquina
pero en las antípodas?
Uno tiene la
tentación de simplificar este fenómeno, de ponerse elitista, como suelen hacer
los promotores que hablan del ‘turismo de calidad’, culpabilizando de todo al
turista mismo o a las corporaciones locales que convierten en horteras sus
propios recursos. Parece que todos ansían el regreso de aquellos turistas ricos
que se dejaban un dineral en cada visita o de aquellos parajes desconocidos para
la mayoría, ese mundo todavía por descubrir. Sería como darle galletas a un
zombi o pedirle que no te muerda. Un zombi es un zombi y un turista es un
turista, diría Rajoy, y poco podemos hacer para evitarlo. Ambos se han
convertido en un objeto de consumo, una fuente de ingresos, un recurso
económico, como la política una empresa que si no es corrupta no funciona
porque pierde el incentivo, la gracia.
Hay que cambiar
de filosofía, aunque la estén marginando en la enseñanza, o precisamente por
eso. Este verano, a principios de julio, huyendo de la gente nos fuimos a
Pateira de Fermentelos (Portugal), a un lago mágico sugerido por una página
web, nada exclusivo. Había poca gente, el personal del hotel era exquisito, con
una piscina en el exterior y otra climatizada para la tarde, con un desayuno opíparo, una tranquilidad
envidiable y un precio más que razonable. Nos dimos unos paseos casi
solitarios, vimos amanecer a los patos, a las garzas y todo el personal aéreo que
puedas imaginar, y dormimos como troncos, felices. Está a un cuarto de
hora en coche de Aveiro, donde los
turistas hacen cola para subirse a unas embarcaciones tristes que los llevan a
velocidad fueraborda por los canales; a media hora de Coimbra, en cuya
universidad han dejado un aula abierta para que los chinos, los alemanes y
nosotros nos hagamos una foto sentados en la silla del catedrático; a una hora
de Oporto, donde tuve miedo a que la horda de turista con llaves inglesas se llevara como recuerdo una tuerca del
puente de Eiffel y lo tiraran abajo. De la pesadilla zombi a la paz espiritual
solo distaban unos minutos de autopista.
Quizá esa sea la
clave, viajar para conocer, para comprender, para crecer como persona. Intentar
hablar su lengua, perderse en sus calles y pueblos, comer su comida, adquirir
sus hábitos durante unos días. Resistirte a que te conviertan en un objeto, a
que te recolecten como si fueras una fruta de temporada, a que te paseen por la ‘ruta del tourist’
igual que a un zombi sin alma. Ser tú, y entonces ellos serán ellos, y ninguno
una estadística.
lunes, 24 de julio de 2017
MUJER CON PATATAS FRITAS en ELDIARIO.ES Cantabria
Mujer con patatas fritas
En su momento
leí ‘El cuento de la criada’ de Margaret Atwood y no me impresionó tanto como
lo está haciendo la serie de televisión, supervisada por la propia autora, lo
cual es una garantía, quizá porque en 1985 me faltaba perspectiva para valorar
las consecuencias catastróficas de una involución en materia de derechos de la
mujer. Lo que entonces era una lucha solitaria, ‘la causa’ de una parte de la
sociedad, en tres décadas se ha convertido en una reivindicación colectiva e
irrenunciable, algo en lo que todos como grupo nos jugamos el futuro. Ahora ya
sabemos que nada será posible, no habrá porvenir si las mujeres y los hombres
no vamos a la par, juntos, como iguales. Y ojalá esto sea una obviedad.
En 1989 se hizo
una versión cinematográfica de la misma novela, dirigida por Volker Schlöndorff,
con Natasha Richardson, y vista ahora resulta incomprensiblemente machista. No
solo por la elección de una protagonista tan atractiva que utilizaba sus
encantos para dominar la situación desde el principio, sino por una secundaria
tan poderosa como Faye Dunaway, que en modo alguno podía hacer de mujer sumisa
y consentida. El gran acierto de la serie de televisión ha sido Elisabeth Moss,
cuyo aspecto de mujer normal que destaca por su inteligencia permite una
correcta identificación del espectador, sin despistes maniqueos. Juega en su
favor la duración, casi diez horas solo la primera temporada, pero sobre todo
el aire de perplejidad mezclado con horror que no conseguía tener la película.
Perplejidad y
horror son precisamente los sentimientos que manifestamos hoy en día ante el
machismo, el tipo de terrorismo más extendido en el planeta, reservando el
primero para occidente y el segundo para el resto del mundo. Tanto el discurso
de Emma Watson en la ONU en 2014, como las recientes declaraciones de Emilia
Clarke a raíz de la discriminación sexista en Hollywood, ponen de manifiesto su
profunda extrañeza ante un problema que ellas pensaban superado. Ninguna de las
dos ‘se puede creer’ que la situación continúe en un estado tan lamentable, tan
patético. El lugar de privilegio que ambas ocupan nubla su percepción de la
realidad, que ha evolucionado mucho menos de lo deseable. El creciente
obituario femenino por causa de los malos tratos en un claro exponente. Y eso
que hablamos del occidente presuntamente civilizado.
En el lado del
horror sobran ejemplos y basta con ver ‘La mujer del animal’ de Víctor Gaviria
(2016) para estremecerse como en la más espantosa película de miedo. Aunque los
hechos que recoge son de 1985 en un barrio de chabolas de Medellín, en buena
parte del mundo ésa sigue siendo la realidad diaria de muchas mujeres, tratada
como carne para los lobos. Las constantes violaciones en la India, los
apedreamientos en países árabes, la ablación que se sigue practicando en África
(y puede en que en la ciudad más próxima, Santander, Bilbao, unos inmigrantes
se lo estén haciendo a una niña en estos
momentos, con el consentimiento y el amparo de su comunidad), son una muestra
de que en ciertas cuestiones no andamos lejos de la Edad Media. La religión,
todas las religiones, son responsables de ello. Y el poder rancio, que vive más
tranquilo si la mitad de la población sigue enfrentada a la otra mitad.
En cualquier
caso es una responsabilidad de los países más desarrollados instaurar las
pautas que permitan solucionar el problema para aplicarlo a los demás, y
estamos todavía muy lejos de tener encarrilado el tema. Basta fijarse en cómo
se revuelven muchos hombrecitos cada vez que se cuestionan sus injustos
privilegios, cómo ladran los articulistas cipotudos o las barbaridades que
sigue diciendo Trump sin que nadie lo lleve a los tribunales. Además el ámbito
público y privado no coinciden, hay demasiados hombres que aparentan ser
civilizados cara a la galería pero en su casa son unas malas bestias, y mujeres
que afirman que nunca se dejarían pisar hasta que se encuentran sangrando en un
rincón de la cocina. La teoría, como es
habitual, va muy por delante de la práctica. Admitir que seguimos siendo una
sociedad machista es más positivo que negarlo, con vistas a implementar
soluciones reales, porque bajar la guardia es muy peligroso. Los tiempos del
mono empalmado y violento deben pasar a la historia.
En este sentido
conviene ver la película israelí ‘Bar Bahar’ de Maysaloun Hamoud, donde tres
mujeres palestinas que viven juntas en un apartamento de Tel Aviv tienen que
enfrentarse a las contradicciones entre la vida moderna y la tradición. Es una
película sencilla, llena de sutilezas, que desenmascara con eficacia el cinismo
de una sociedad incapaz de cambiar y evolucionar hacia un futuro más justo para
todos. Porque de eso se trata, de comprender que nuestras tradiciones se
asientan sobre la injusticia, la desigualdad y el inmovilismo, como ciénagas
donde el agua se corrompe por falta de movimiento.
Un futuro que
imita al presente no es futuro, no contiene esperanza. Aunque nos crispe los
nervios, no podemos dejar pasar ni una, como han hecho en Pamplona durante los Sanfermines. La alerta debe ser permanente, nos jugamos demasiado. Hay que
actuar con la contundencia de aquel intelectual que respondió indignado a la
pregunta, cuando todavía se preguntaban esas majaderías: “¿Cómo le gustan a
usted las mujeres?”, con una respuesta de ironía brutal: “Con patatas fritas,
por supuesto”.
martes, 18 de julio de 2017
SEBASTIÃO Y LA SAL en ELDIARIO.ES Cantabria
Sebastião y la sal
Sebastião
Salgado tuvo siete hijas y un hijo al que puso su nombre. Tenía una hacienda en
Aimorés, Minas Gerais, Brasil. Para proporcionar una buena educación a su prole
cortó los árboles de su propiedad y se centró en el ganado vacuno. A los 15
años el joven Sebastião se marchó a Vitória, capital provincial, a cursar el
bachillerato. Por consejo paterno, comenzó a orientar sus estudios hacia la
economía. El país vivía en una brutal dictadura, participó en las protestas
estudiantiles y en 1969 se fue con su joven esposa Lélia Wanick a París.
Lélia estudiaba
arquitectura y un día compró una cámara de fotos. Sebastião se apropió de ella,
comenzó a registrarlo todo. Poco después se trasladaron a Londres, él trabajó para
la Organización Internacional del Café y lo enviaron a África, donde sufrió un
gran impacto humanitario. Sus primeras fotos proceden de Tahova, Níger, que
estaba sufriendo la hambruna de la sequía de 1973. Al regresar, el matrimonio
decidió que Sebastião se dedicaría por entero a la fotografía, despreciando una
prometedora carrera como economista. En
1974 nació su hijo Juliano.
El primer gran
proyecto de Sebastião Salgado fue ‘Otras américas’ (1977-1984). Eran los
tiempos de la Teología de la Liberación. Visitó Ecuador, Bolivia, México… y
también Brasil, que había abandonado diez años antes y donde acababa de caer la
dictadura. Conoció así el nordeste de su país, lugar paupérrimo donde la
mortalidad infantil y el movimiento de los Campesinos sin Tierra le
sensibilizaron para ofrecernos fotos tan impactantes como la ‘tienda de
alquiler de ataúdes’. La tierra devastada y la pobreza comenzaron a ser su tema
central. El reportaje de las minas de oro de Sierra Pelada, donde 50.000
hombres trabajan como hormigas, le hizo famoso como fotógrafo de la conciencia
social.
Abandonó de
nuevo Brasil y se trasladó al Sáhel, para llamar la atención del mundo sobre el
reparto global de la riqueza. Etiopía estaba padeciendo una sequía feroz, pero
había alimentos para solucionarlo y el gobierno, en vez de distribuirlos,
ametrallaba desde los helicópteros a la población que huía hacia Sudán. Cólera,
deshidratación, diarrea y muerte. Lo tituló ‘El final del camino’, 1984-86, y
en Mali registró las espantosas fotos de ‘las personas con la piel de corteza
de árbol’. Sebastião Salgado no era consciente de que todo ese dolor
transmitido estaba afectándole.
Entre 1986 y
1991, quiso cambiar de registro y visitó treinta países para hacer un homenaje
a los constructores del mundo, la arqueología de la era industrial. ‘Workers’
le llevó entre otros a la URSS, Bangladesh, Sicilia, y terminó en Kuwait,
después de la primera guerra del Golfo, cuando Saddam Hussein incendió en su
huida los pozos de petróleo. Allí se unió a bomberos de todo el planeta en una
noche permanente, rodeado de fuego y explosiones que lo dejaron medio sordo. El
Salgado economista y el artista se fusionaron para comprender que el oro negro
era el germen del mal. Sus fotos de ‘caballos desnutridos en el paraíso’, encontrados
en un vergel árabe cuando ya abandonaba la zona, le “partieron el corazón”.
Su agonía
comenzó dos años más tarde y duraría hasta 1999. Fue ‘Exodus’, que registraba
los desplazamientos masivos de poblaciones africanas. Europa ya estaba cerrando
sus fronteras y en 1994 el avión del presidente de Ruanda fue abatido en
Tanzania. Salgado fue uno de los primeros en llegar. La represión contra los
tutsis era de un salvajismo nunca visto. Un genocidio atroz. Hizo el camino
inverso al de la población que huía y durante 150 kilómetros solo encontró en
las cunetas cadáveres destrozados, despedazados a machetazos. Regresó al
campamento de refugiados: “El infierno se instaló en la sabana. En pocos días
había allí un millón de personas. El
odio es contagioso. Somos un animal terrible, nosotros, los humanos.”
Sin embargo, el
ejército asesino de los hutus fue derrotado y entonces fueron ellos los que
tuvieron que huir de la venganza de los tutsis. Se retiraron a la región de
Goma, en el Congo. Dos millones de personas se hacinaron en un campamento
gigantesco y enfermizo. Cada día morían entre 12.000 y 15.000 personas víctimas
del cólera. Se las enterraba de mala manera a golpe de excavadora. “Cuando salí
de allí mi cuerpo estaba enfermo. Mi alma estaba enferma.” Pero lo peor aún
estaba por llegar. Un año más tarde las Naciones Unidas obligaron a los hutus a
regresar a Ruanda. Algunos se negaron y 250.000 desaparecieron en la selva.
Cuando Salgado fue a fotografiarlos, ya solo quedaban 40.000, famélicos y
completamente locos. La guerrilla congoleña se hizo cargo de ellos, los
asesinó.
“Ya no creía en
nada. No creía en la salvación de la especie humana. No podíamos sobrevivir a
tal cosa. No merecíamos vivir más. Nadie merecía vivir.”
Sebastião
Salgado estaba destrozado. Decidió no sacar ni una foto más y dejar de ser
testigo de la horrible condición humana. Regresó a Brasil para hacerse cargo de
la hacienda de su padre. Como si fuera el reflejo de su alma, tenía ante sus
ojos 600 hectáreas de tierra yerma, esquilmada. No sabía qué hacer. No quería
hacer nada. Tuvo que ser su mujer, Lélia Wanick, que siempre se encargó de sus
exposiciones y de mantener unida a la familia, la que propuso una solución
insólita, insensata, irrealizable. Regresarían a la infancia de Sebastião,
cuando en aquel lugar había un paraíso de plantas y arroyos. Volverían a
empezar para recuperar la esperanza.
Así nació el
Instituto Terra, un proyecto revolucionario que apostaba por la recuperación de
la naturaleza y de la Mata Atlántica. Plantaron 150 especies autóctonas. Al
principio se perdía el 60%, luego el 40, hasta que se produjo el milagro. En
diez años, ayudados por voluntarios, en ese lugar estéril aplastado por las
pezuñas de las vacas trasplantaron 2,5 millones de árboles. Un prodigio. Hoy en
día ese sitio tan hermoso ya no es propiedad de la familia Salgado, es un
parque nacional que pertenece a todo el mundo. Un ejemplo a seguir.
De este modo, Sebastião
Salgado recuperó la fe y volvió sacar fotos. Ya no quería denunciar la barbarie
humana sino hacer un homenaje al planeta. El proyecto ‘Génesis’ (2004-2013)
pretendía retratar paisajes, animales y gentes que vivían como al principio de
los tiempos. Comenzó en las Galápagos, siguiendo los pasos de Darwin, luego se
unió a los Nenets que viven con sus renos en Siberia, más tarde a la tribu Zo’e
de la Amazonía. Durante buena parte de este viaje le acompañaban su hijo
Juliano y el cineasta Wim Wenders, que juntos realizaron ‘La sal de la Tierra’
(2014), el documental sobre la vida y resurrección de Sebastião Salgado que he
resumido en este artículo.
“Si la sal de la
tierra se desala, ¿quién la salará?” (Mateo 5:13) Salgado en castellano
significa ‘salado’. ‘Génesis’ permanecerá en la Plaza Porticada de Santander
hasta el 15 de julio.
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