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lunes, 28 de septiembre de 2015
EL MAESTRO en ACCESO LIBRE
A partir de ahora, por acuerdo con la Editorial Anagnórisis, EL MAESTRO pasa a
LIBRE ACCESO y DESCARGA GRATUITA en el enlace:
http://www.anagnorisis.es/wp-content/themes/journalized/images/libros/El_maestro.pdf
Espero que os guste y lo disfrutéis.
jueves, 10 de octubre de 2013
TEATRO JUVENIL.El Maestro-prólogo
EL MAESTRO-prólogo
Nada más comenzar El Maestro notamos
en su tono un cierto cansancio, negatividad, y durante el trascurso de la obra
esa sensación se va acrecentando. Como si llegáramos a una realidad consumada,
vista para sentencia. En la primera escena ya sabemos que han matado al Maestro,
que es la tercera noche que pasan los vecinos con las luces de sus casas
encendidas, que duermen de día, que se sienten moralmente acorralados e
incapaces de encontrar una solución. Están rendidos, agotados, y sus
conversaciones tan sobadas que se han convertido en torturas verbales que sólo sirven
para sacar lo peor de cada cual. Ni el conocimiento exacto de los hechos y sus
motivaciones sirve de consuelo. La verdad, una vez más, se presenta aquí como algo
innecesario e indeseado, sus profetas como unos monstruos, y las respuestas
“naturales” como una solución transitoria que elude el castigo sin aportar
elementos que arriesguen por una justicia sana, aunque sea con carácter excepcional.
No hay cohesión grupal, los vecinos no pueden ni se atreven a ser una nueva
Fuenteovejuna, algo demasiado ingenuo para unos tiempos tan complejos. Incluso
el hecho de ser un pueblo juega en su contra. Están indefensos, viven en el
culo del mundo, son los últimos parias de la tierra, los que si progresan
acabarán en el suburbio de una ciudad. Subyace
en la obra, por tanto, una denuncia y un lamento. Hemos contaminado el campo
con nuestra manera de ser despiadada y ahora todos somos urbanitas, impersonales
seres de colmena. Hemos destrozado el último refugio que nos quedaba.
Queramos o no, el campo ya no existe.
Las premisas que lo conformaban se vinieron abajo hace tiempo, y la vida
aislada y autosuficiente es un mero exotismo. El automóvil, la radio, el
teléfono, la televisión, internet, han comunicado a la gente y hoy en día “campo”
es lo que hay entre dos ciudades y “campesino” un individuo al que hay que
expropiar sus tierras para plantarle una autovía. El modo de vida rural ha
cambiado radicalmente. La mecanización, las cuotas impuestas, la vigilancia
estrecha del ganado, los controles de calidad, han entregado el campo a las
grandes marcas y corporaciones, y ahora una huerta sencilla sale más cara por
los necesarios pesticidas que comprar verduras de plástico en el hipermercado.
Los campesinos trabajan en fábricas, en la construcción, de temporeros, y en
nada se diferencian del urbanita salvo en el abandono de su entorno. La
ambición es la misma. Los pueblos se asocian en la actualidad a un
comportamiento tribal, endogámico, con corruptelas, impunidades, primitivismo moral
y necedad conservadora, y no se les augura otro futuro que el turismo selectivo.
Hace tiempo que las tradiciones en ellos depositadas dejaron de ser modelos a
seguir para volverse folklore de fin se semana.
Durante mucho tiempo se ha mantenido que la sociedad rural tenía algo
que enseñar a la urbana, que la huida masiva del campo hacia la ciudad dejaba
algo atrás, algo que una vez perdido ya no se recupera, y que regresar al campo
es volver a un mundo más auténtico y primordial. Pura nostalgia, romanticismo
de chimenea. El campo ya es pasado, nuestro pasado, y al pasado nunca se
regresa. Se evoluciona desde él, para bien o para mal. En consecuencia, los
personajes de El Maestro somos nosotros, disfrazados de campesinos en
vías de extinción. Y su fatalismo es espejo de nuestro pensamiento débil y
claudicante.
Después de lo dicho, cualquiera
podría pensar que es perversamente nihilista escribir una obra de teatro como El
Maestro, en estos tiempos en que la Esperanza es una deidad, y además dirigirla
en concreto a los jóvenes, teniendo en cuenta que es una edad en la que
fácilmente se los puede conducir al desconcierto, pero la realidad es desoladora
y cualquier revulsivo que incite a la reflexión y active el mecanismo de
respuesta razonada resulta de utilidad. Tenemos que pensar más, y mejor. Hay
urgencia en esta propuesta, tanta como hay en la sociedad actual por remover
los cimientos y generar un cambio substancial, el principio de algo nuevo para
todos. En realidad, El Maestro persigue que los actores le cambien el
final, que se atrevan a hacerlo, que la conviertan en un objeto de desguace. Y
que también lo haga el espectador, pero sin caer en la trampa de los
personajes, la trampa de nuestra sociedad, que es cambiar los hechos para
ajustarlos a nuestras necesidades, cuando no a nuestros caprichos. Para
lograrlo, el lenguaje de la obra es crudo, los personajes hablan sin tapujos, se
lo dicen todo a la cara, no hay intimidad y todos los secretos han sido
desvelados. Han cruzado el límite. Hay un muerto, y la muerte es siempre
concluyente. La muerte nos desnuda a todos. Es inapelable. Ni las explicaciones
ni las disculpas han resucitado nunca a nadie. El Maestro funciona como
un velatorio, te deja sin fuerzas y lo único que deseas es enterrar al muerto y
seguir con tu vida. Pero matar imposibilita ese proceso, nada vuelve a ser
igual. O no debería. Aunque la culpa es otro sentimiento que pertenece al
pasado, a la religión que ya casi nadie practica y es asociada a la esclavitud
de pensamiento. Hay en la obra un deliberado esquematismo cuyo objeto es
delimitar los altos muros del callejón sin salida. Es duro aceptar que uno es
la víctima y que vivir es lo único que ha hecho para merecerlo. Pero es lo que
hay.
Libro electrónico:
martes, 10 de septiembre de 2013
martes, 23 de julio de 2013
NECESITAMOS ESPEJOS.Teatro Exprés
II
Festival de Teatro Exprés de Santander. Segundo día. Parlamento de
Cantabria. Viernes 19 de Julio, 2013.
Si el primer día de Teatro Exprés
hizo una tarde de perros, el segundo hace un bochorno asqueroso. Antes llovía a
mares y ahora no llueve ni sacando a pasear al santo. Entro en un bar, pido una
cerveza y por poco me quedo pegado a la barra. Tengo que salir a beber a la
calle. No corre ni una brizna de aire. La realidad tiene como una baba
extraterrestre. Los zapatos se agarran
al suelo, la gente no se da la mano para no quedarse soldada, me veo
reflejado en un escaparate y camino boqueando como un pez. Un clima tan malo
como el de este año no se le ocurre ni al gobierno. No voy a decir que tenga
buena disposición a ir al Parlamento de Cantabria, a cualquier parlamento, algo
huele a podrido en Dinamarca. La diosa Estadística dice que los habitantes del
planeta desconfían en bloque de los políticos. Lo hacen tan mal que van a tener
que gastarse parte del dinero que no figura en ninguna parte en lavar su imagen.
Malos tiempos para la hípica. Y lo digo porque en la entrada me dan una tarjeta
rosa, me incorporo al grupo rosa, y la primera obra que nos toca se representa
en el Salón de Plenos, un hemiciclo pequeño que recuerda que siempre son cuatro
los que cortan el bacalao. Tomo asiento en la segunda fila, con un micrófono y
un telefonillo delante de mis piernas. No hay mucho espacio y varios
espectadores tiran al suelo los telefonillos al acomodarse. Comienza la obra Pido
un partido de Quasar Teatro, cuya autora es Angélica Liddell.
La actriz Mónica González Megolla, vestida de mimo elegante con bombín,
lee y a la vez interpreta un discurso demoledor, irónico, farsesco, insultante
y certero. Lo que diría cualquier ciudadano si tuviera la oportunidad de hablar
en un pleno y cantarles las cuarenta, siempre que se le garantice impunidad, lo
que tiene el teatro. Necesitamos espejos, es urgente, y el cuerpo a cuerpo
entre actor y espectador, en tiempo real, ofrece un reflejo nítido, una imagen
sentida. Vamos al teatro por la proximidad de la carne: “Pobre gente
trabajadora, calumniadora y fornicadora. Siempre preocupados por el precio de
las cosas. Ya no creen en el bien y el mal. Sólo creen en la economía…” Ahora
hay aplausos en el hemiciclo. La actriz saluda al respetable. Se apagan las
notas de la Suite para chelo de Bach. Más aplausos. Nos echan del Salón de
plenos, el escenario donde ese pedazo de actores que son los políticos
representan a diario los intereses del Dinero, nuestro Dios y Señor. ¿Cómo han
conseguido envilecer algo que nos costó tanto esfuerzo conseguir? Menos mal que
al salir de allí me llevo una sorpresa agradable. Muy agradable. Miro el
programa de mano que nos entrego la organización la primera jornada y la obra siguiente
no me encaja. De haber mirado en internet sabría que el grupo programado no va
a actuar y en su lugar lo hará Ruido interno. Me alegro mucho al
reconocerlos. Son otro nivel, y no lo digo en detrimento de nadie sino
como reconocimiento a su trabajo. Arriesgan más, van más lejos, apuestan por
buenos textos y mejores escenografías.
Calan hondo, y no quiero pecar de entusiasta pero creo que Vanesa del
Castillo es una gran actriz: aparece en escena, abre la boca y me lo creo
todo. Tiene el don, el duende, la presencia. Ella es teatro. La obra se titula Nadie
es nada, de Juan Carlos Fernández, sobre un texto de Peio H. Riaño. El grupo lo
resume así: “Inmersos en un momento en el que la renuncia parece la única
salida para nuestras vidas, estamos obligados a pensar lo que somos en relación
con nosotros mismos, con el otro y con
los demás.” El actor Carlos García le da la réplica con
sobresaliente a la gran Vanesa, y juntos elaboran un discurso maduro que busca
soluciones en el interior, en vez de agotarse echando las culpas de todo a los
demás. Un espejo de mano en el que mirarnos la cara muy de cerca. Una obra
medida, exacta, que controla el ritmo y la escena. Impecables. Los espectadores
sentados en las escaleras del parlamento aplaudimos con ganas. De camino a la
siguiente obra, un hombre de acento extranjero, tal vez inglés, le comenta a su
acompañante que si Nadie es Nada entonces Todos somos Algo, aunque seamos
poquita cosa. Suena a reivindicación generacional: la resistencia del cero a la
izquierda. Pero no todo van a ser lágrimas y lamentos. Acto seguido, en un
pequeño salón de ésos donde se reúnen las comisiones del parlamento, nos
sentamos por todas partes, incluso en el suelo, como niños, para disfrutar de
una comedia gestual: Cine mudo, de Arte en escena, con Marta
López Mazorra sembrando alegría. Está genial. Rueda una película de cine
mudo con algunos espectadores como actores improvisados, y nos demuestra que
cuatro gestos bien hechos y una sencilla puerta falsa colocada en mitad de la
nada son material más que suficiente para fabricar la Risa, esa materia prima
tan necesaria. Merecidos aplausos. Y, como en esta obra me ha tocado sentarme
en el suelo y estaba duro, en un arrebato mezquino me coloco en cabeza del
grupo para coger asiento en la próxima obra. Entramos en un salón con una mesa
larga colocada en T donde hay un terrorista y un secuestrado. El terrorista
cocina para el secuestrado, parece su criado. Son Edy Asenjo en compañía,
con la obra: P.E.R.R.O. de Sandra Bedia. El propio Edy Asenjo
comparte escena con Fernando Rebanal. Parece una obra simple, pero te la mete
doblada porque juega con que crees que es una obra simple, y tus sentimientos
saltan de terrorista a víctima hasta un final sorprendente, inesperado. La obra
funciona como un juego de espejos bastante eficaz. Al terminar, los actores se
ponen en la salida para que les aplaudamos. Y no se quitan. Para que les
volvamos a aplaudir. Un aplauso forzado que, a mi entender, forma parte de la
obra. Pero yo alucino demasiado, deformación profesional. El caso es que nos
echan del parlamento a la calle, como quien dice a la realidad. El aire
acondicionado que nos ha protegido durante hora y media contrasta con el aire
pegajoso del exterior. Son las fiestas de Santander. Durante unos días, la
normalidad queda suspendida. Cercana la medianoche, la calle está llena de
niños, adolescentes, fanfarrias, casetas, perros paseando a sus dueños… En una
ciudad tan clasista como ésta, se nota que han salido a tomar juntos el fresco
los amos y los criados. Hay mucho latinoamericano y, por simple asociación de
ideas, pienso en las dos excelentes actrices mexicanas que vi en el Matadero
de Madrid hace una semana representando una versión de Las Criadas de
Genet. Se titula: Lo único que necesita una gran actriz, es una gran
obra y ganas de triunfar y la dirige Damián Cervantes. Diana
Magallón y Mari Carmen Ruiz Benjumeda nos ofrecieron una lección de
teatro. Están inmensas. Avanzan sobre la obra de Genet, la llevan más allá, la
traen más acá, estremecen al espectador. Como una montaña rusa emocional. Yo he
visto a Nuria Espert haciendo las Criadas, y también la había visto una señora
que salía a mi lado, y ambos coincidimos en que Vaca35 Teatro en Grupo
había estado a su altura, que no es decir poco. El aforo era de veinte personas y no
estaba lleno. Incomprensible, este mundo se está volviendo loco. Todavía están de
gira por España (ver fechas en vaca35teatro.com). Si tienen oportunidad,
vayan a verla, mis guates. Y recuerden que el 21 por ciento de IVA de la
entrada es para el cloro de las piscinas de los que nos gobiernan. Y para la
lejía que limpia el dinero negro. ¡Hatajo de chorizos! En fin, el teatro va mal,
fatal, y aunque quejarse es de mediocres da gusto comprobar que, gracias a
iniciativas como Teatro Exprés, estamos parados pero no quietos.
martes, 11 de junio de 2013
¡CUÁNDO DEJARÁ DE LLOVER! Teatro Exprés
II
Festival de Teatro Exprés de Santander. Primer día. Palacio de la Magdalena.
Sábado 8 de Junio, 2013.
El sábado hacía una tarde de perros,
con lluvia, viento y frío. Para entrar en el recinto del Palacio de la
Magdalena con el coche se necesita autorización, de modo que tuve que aparcar
fuera y caminar por ese lugar privilegiado pendiente del paraguas y de los
charcos, y luego subir la colina hasta llegar al precioso edificio donde se
representaban las cuatro obras cortas, primera entrega del Teatro Exprés de
este año. El aforo era reducido, las entradas se vendían sólo en taquilla, y
además a 3 euros, así que media hora antes ya se anticipaba un lleno total.
Mucha gente sonriendo. Se nos notaba a todos muy contentos de estar allí y de
ser tantos, a pesar de la lluvia insistente que arreciaba por momentos y amenazaba
moquillo. Después de hacer cola diez minutos, me dieron una entrada de color
azul con un número. A la hora fijada, 9 y media, un amable anfitrión nos
explicó que cada obra se representaba en un salón diferente del palacio y que
deberíamos seguir al guía correspondiente a nuestro color. Nos pidió respeto y
silencio en los inevitables traslados. Los de color azul comenzamos con la obra
Reconstrucción del dolor (de ida y vuelta), una performance teatral del
grupo Ruido interno, cuyo autor es Juan Carlos Fernández, con
texto de Cristina Morales. Nos llevaron a un comedor enorme, con una
mesa larga, de unas treinta sillas por banda, y tomamos asiento en la
penumbra. Una mujer con una camiseta larga y blanca yacía como muerta sobre el
improvisado escenario, igual que un postre de carne. Pablo und Destruktión
comenzó a tocar la guitarra con firmeza, muy sugerente. No quiero contar la
obra, pero diré que durante una veintena de minutos disfrutamos de buenas canciones,
buena puesta en escena y una excelente Vanessa del Castillo, con un
monólogo sobre la autenticidad bastante sustancioso en el que el propio autor
hacía de maestro de ceremonias. No es fácil actuar inmóvil, la voz lo es todo,
y a mí consiguió emocionarme. Además sembró en los espectadores esa dulce
sospecha de que la vida es una obra de teatro muy mala por culpa de los actores
fatales que somos todos nosotros. Me gustaron mucho, y aproveché la sensación
para mirar a los de mi grupo como si fueran los miembros de una compañía de titiriteros
en situación de espera. Funcionó. Observé que los demás hacían muy bien de sí
mismos, pero a partir de ese momento comencé a sentirme incómodo en mi papel.
No sabía, por ejemplo, qué hacer con mi paraguas. Afortunadamente nos llevaron
a la siguiente representación y allí nos pidieron dejar los paraguas en los
paragüeros, supuse que por respeto al parquet y porque quedaba chusco. Los
espectadores azules llenamos una antesala y luego nos pasaron a una salita muy
pequeña. Todos apretados, la mitad de pie y los demás en sillas tapizadas
blanditas. Café de las Artes interpretó su obra Bajo la alfombra,
de Carlos Peguero. Sentados a la mesa de un restaurante una pareja, Alicia
Trueba y Cristian Londoño, inician una breve pero intensa demolición
de su matrimonio. Convincentes. Estaban tan cerca que te daban ganas de
interrumpirles y aportar algo, echarles una mano, decir lo tuyo. Estuvieron
sobrios, circunspectos, muy ajustados a sus papeles, y nos trasmitieron el
sinsabor amargo que encierran esas situaciones tan lamentables. A la salida,
unas chicas dijeron a mi espalda que les había encantado y algunas voces se
unieron a ellas. Gustó por su proximidad. Por su sinceridad sin truculencias
textuales. A continuación nos llevaron a un salón, o antesala de biblioteca, o
hall de algo, estaba muy oscuro. Cuando los ojos se acostumbraron la boca
comenzó a abrirse: el Palacio presume de maravillas como ésta, con sus
artesonados de madera, sus escaleras con balaustres tallados y su refinado buen
gusto. El lugar adecuado para Otra Antígona, si gustáis de Ábrego
Producciones, con texto de Pati Domenech. Obra intensa. Toda
la responsabilidad recae sobre una única actriz, María Vidal, muy desgarrada,
muy loca, con la voz quebrada y el ánimo roto, representando a una Antígona que se despide
ante la indiferencia del pueblo. Nos hizo sentir verdaderamente incómodos,
culpables, humanos insensibles. Aplaudimos con ganas. Y, para terminar, la
cuarta obra, un drama histórico, en un saloncito pequeño con bancos corridos,
convertido por los escenógrafos en una especie de capilla medieval. Beato,
de Anabel Díaz Teatro, cuyo autor e intérprete principal es Carlos
Troyano. Obra perturbadora,
inestable, con dos monjes que al diseccionar un caso histórico, Beato de
Liébana contra Elipando, obispo de Toledo, pretenden retratar la
sociedad actual y sus esclavitudes: “Si logra la Bestia llenar el mundo de
ociosos, creará una tierra llena de infelices”. Supongo que todos merecemos de
vez en cuando un sermón de la historia. Lo que nadie merece es el aguacero que
caía al salir de la Magdalena. Con un viento cruzado que había que sujetar el
paraguas con una mano y la otra encajada entre las varillas para no perderlo.
Menuda calada, de moquillo a estornudo y luego pastillas, ya veía termómetros colorados
sobrevolando mi cabeza como drones. Encima me dio por bajar del Palacio por un
atajo que conduce a las antiguas Caballerizas, donde se desarrollan los
talleres de verano de la UIMP, y por poco me rompo la crisma con el barrillo
que bajaba del monte. Era casi medianoche. Los árboles y la lluvia discutían.
Llegué a un tramo de escaleras, sin farola a la vista, y me salió al encuentro
un filibustero:
FILIBUSTERO.-
¡Dame todo el IVA que lleves!
AUTOR.- No
llevo. Soy un muerto de hambre. Mis obras no se representan. No hay cómo, no
hay con quién, no hay con qué…
FILIBUSTERO.-
Todos tenemos problemas. No me cuentes los tuyos, o te cuento yo lo que me sale
el mantenimiento de la piscina…
AUTOR.- ¿Pero
es que no lees los periódicos? El IVA de nada es Nada.
FILIBUSTERO.-
Me da igual, no me van las matemáticas. Yo soy un inciso teatral en una crónica
teatral, y debo sacar lo mío.
Miré mejor al filibustero y bajo su
disfraz vi a un actor desesperado. El brillo de sus ojos no pedía gloria, sólo
un bocadillo. Fui a darle un par de euros, pero sostener el paraguas y sacar la
moneda me distrajo, y al ir a entregárselos había desaparecido. Era una Alucinación
Express, no tengo presupuesto ni para soñar. Me entraron ganas de sacar allí
mismo el cuaderno y esbozar un esbozo: una obra de teatro de un minuto para un
actor bajito que quepa en una caja de zapatos. Pero llovía sin tregua y en
estos tiempos no es prudente escribir a la intemperie. Salí del recinto de la
Magdalena y saludé con la cabeza al guarda, sin duda un actor en paro que hace
de guarda mientras pasa la tormenta. Y también lo era el taxista que esperaba
en la parada próxima, con la luz encendida, leyendo sin duda el papel dramático
de su vida. Y también los gorriones empapados, con ojos de actores campesinos
esperando una oportunidad. Cuando llegué al coche lo encontré triste y apagado.
Encendí las luces y los dos nos sentimos felices de comenzar nuestra
representación. Ahora me tocaba hacer de conductor preocupado bajo una lluvia
resplandeciente que borraba las rayas de la carretera:
AUTOR.- No
veo ni jota, lo mismo nos matamos.
COCHE.- O
dormimos, o soñamos…
TEATRO
EXPRESS. Cuatro obras diferentes cada día. Segundo día: viernes
19 de julio en el Parlamento de Cantabria. Tercer día: sábado 10 de Agosto en
Enclave Pronillo. Cuarto día: viernes 6 de Septiembre en C.E.A.R. de Vela.
Todos a las 9,30, en Santander.
domingo, 4 de noviembre de 2012
EL MAESTRO teatro
EL MAESTRO -teatro-
Editorial Anagnórisis, 2012
144 páginas
PVP- 7€ Libro electrónico
http://ed-anagnorisis.com/es/31-el-maestro.html
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