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lunes, 28 de septiembre de 2015

EL MAESTRO en ACCESO LIBRE


A partir de ahora, por acuerdo con la Editorial Anagnórisis, EL MAESTRO pasa a

LIBRE ACCESO y DESCARGA GRATUITA en el enlace:

http://www.anagnorisis.es/wp-content/themes/journalized/images/libros/El_maestro.pdf

Espero que os guste y lo disfrutéis.


jueves, 10 de octubre de 2013

TEATRO JUVENIL.El Maestro-prólogo


EL MAESTRO-prólogo                                                   


             El Maestro es una obra dramática breve que facilita la presencia de los actores jóvenes y primerizos en el escenario, les ayuda a familiarizarse con las tablas y a sentirse espectadores privilegiados e implicados a la vez. Inicialmente, está pensada para 20 actores, que durante la obra estarán casi todo el tiempo sentados, haciendo de figurantes, con intervenciones cortas y distanciadas para que adquieran seguridad. Sin embargo, puede ser representada de un modo más arriesgado por seis o siete actores valientes, que en ese caso deberán utilizar caracterizaciones sencillas para asumir todos los papeles. Es una obra abierta, no hay intriga, no contiene en su transcurso claves vitales sin las cuales deja de funcionar el conjunto, lo que la hace idónea para improvisaciones y todo tipo de ampliaciones de texto. También funciona como teatro leído en el aula escolar, ya que hay poca acción, es estática, y apenas requiere escenografía, bastan unas mesas y unas sillas. Su temática es la apropiada para la edad, incita al debate, es polémica, y esto sirve de motivación para aproximarse a un texto nada complejo y de fácil puesta en escena. Estamos hablando por tanto de una herramienta teatral específica cuyos protagonistas, los actores, e incluso el director si lo hubiera, deben ser preferentemente jóvenes, aunque el público puede ser de su misma edad, o adulto: padres y profesores. Por supuesto, se puede representar sin la etiqueta “juvenil” y con cualquier escenografía posible, sin que por ello pierda el interés o resulte infantil, ya que el Odio, la Justicia y la Responsabilidad Moral, son temas universales, preocupaciones comunes. Conviene resaltar el tratamiento nada complaciente de estos temas en la obra: la intención de desvelar los mecanismos del odio, la endeblez y lejanía de la justicia, y el cinismo de la sociedad actual tan propensa a eludir cualquier responsabilidad. Por este motivo, para evitar una huida fácil, el escenario escogido para El Maestro es un pueblo pequeño, con seis familias, en invierno, incomunicados por la nieve. Un estereotipo, un tópico de película de terror, casi un género literario que aporta un clima inicial tenso, evita perderse en explicaciones y redunda en la imposibilidad de escape. El espectador, sea joven o adulto, deberá tomar postura.

            Nada más comenzar El Maestro notamos en su tono un cierto cansancio, negatividad, y durante el trascurso de la obra esa sensación se va acrecentando. Como si llegáramos a una realidad consumada, vista para sentencia. En la primera escena ya sabemos que han matado al Maestro, que es la tercera noche que pasan los vecinos con las luces de sus casas encendidas, que duermen de día, que se sienten moralmente acorralados e incapaces de encontrar una solución. Están rendidos, agotados, y sus conversaciones tan sobadas que se han convertido en torturas verbales que sólo sirven para sacar lo peor de cada cual. Ni el conocimiento exacto de los hechos y sus motivaciones sirve de consuelo. La verdad, una vez más, se presenta aquí como algo innecesario e indeseado, sus profetas como unos monstruos, y las respuestas “naturales” como una solución transitoria que elude el castigo sin aportar elementos que arriesguen por una justicia sana, aunque sea con carácter excepcional. No hay cohesión grupal, los vecinos no pueden ni se atreven a ser una nueva Fuenteovejuna, algo demasiado ingenuo para unos tiempos tan complejos. Incluso el hecho de ser un pueblo juega en su contra. Están indefensos, viven en el culo del mundo, son los últimos parias de la tierra, los que si progresan acabarán en el  suburbio de una ciudad. Subyace en la obra, por tanto, una denuncia y un lamento. Hemos contaminado el campo con nuestra manera de ser despiadada y ahora todos somos urbanitas, impersonales seres de colmena. Hemos destrozado el último refugio que nos quedaba.  

            Queramos o no, el campo ya no existe. Las premisas que lo conformaban se vinieron abajo hace tiempo, y la vida aislada y autosuficiente es un mero exotismo. El automóvil, la radio, el teléfono, la televisión, internet, han comunicado a la gente y hoy en día “campo” es lo que hay entre dos ciudades y “campesino” un individuo al que hay que expropiar sus tierras para plantarle una autovía. El modo de vida rural ha cambiado radicalmente. La mecanización, las cuotas impuestas, la vigilancia estrecha del ganado, los controles de calidad, han entregado el campo a las grandes marcas y corporaciones, y ahora una huerta sencilla sale más cara por los necesarios pesticidas que comprar verduras de plástico en el hipermercado. Los campesinos trabajan en fábricas, en la construcción, de temporeros, y en nada se diferencian del urbanita salvo en el abandono de su entorno. La ambición es la misma. Los pueblos se asocian en la actualidad a un comportamiento tribal, endogámico, con corruptelas, impunidades, primitivismo moral y necedad conservadora, y no se les augura otro futuro que el turismo selectivo. Hace tiempo que las tradiciones en ellos depositadas dejaron de ser modelos a seguir para volverse folklore de fin se semana.  Durante mucho tiempo se ha mantenido que la sociedad rural tenía algo que enseñar a la urbana, que la huida masiva del campo hacia la ciudad dejaba algo atrás, algo que una vez perdido ya no se recupera, y que regresar al campo es volver a un mundo más auténtico y primordial. Pura nostalgia, romanticismo de chimenea. El campo ya es pasado, nuestro pasado, y al pasado nunca se regresa. Se evoluciona desde él, para bien o para mal. En consecuencia, los personajes de El Maestro somos nosotros, disfrazados de campesinos en vías de extinción. Y su fatalismo es espejo de nuestro pensamiento débil y claudicante.

            Después de lo dicho, cualquiera podría pensar que es perversamente nihilista escribir una obra de teatro como El Maestro, en estos tiempos en que la Esperanza es una deidad, y además dirigirla en concreto a los jóvenes, teniendo en cuenta que es una edad en la que fácilmente se los puede conducir al desconcierto, pero la realidad es desoladora y cualquier revulsivo que incite a la reflexión y active el mecanismo de respuesta razonada resulta de utilidad. Tenemos que pensar más, y mejor. Hay urgencia en esta propuesta, tanta como hay en la sociedad actual por remover los cimientos y generar un cambio substancial, el principio de algo nuevo para todos. En realidad, El Maestro persigue que los actores le cambien el final, que se atrevan a hacerlo, que la conviertan en un objeto de desguace. Y que también lo haga el espectador, pero sin caer en la trampa de los personajes, la trampa de nuestra sociedad, que es cambiar los hechos para ajustarlos a nuestras necesidades, cuando no a nuestros caprichos. Para lograrlo, el lenguaje de la obra es crudo, los personajes hablan sin tapujos, se lo dicen todo a la cara, no hay intimidad y todos los secretos han sido desvelados. Han cruzado el límite. Hay un muerto, y la muerte es siempre concluyente. La muerte nos desnuda a todos. Es inapelable. Ni las explicaciones ni las disculpas han resucitado nunca a nadie. El Maestro funciona como un velatorio, te deja sin fuerzas y lo único que deseas es enterrar al muerto y seguir con tu vida. Pero matar imposibilita ese proceso, nada vuelve a ser igual. O no debería. Aunque la culpa es otro sentimiento que pertenece al pasado, a la religión que ya casi nadie practica y es asociada a la esclavitud de pensamiento. Hay en la obra un deliberado esquematismo cuyo objeto es delimitar los altos muros del callejón sin salida. Es duro aceptar que uno es la víctima y que vivir es lo único que ha hecho para merecerlo. Pero es lo que hay.           

  
  Libro electrónico:                                                                                                          
 
 

martes, 23 de julio de 2013

NECESITAMOS ESPEJOS.Teatro Exprés


II Festival de Teatro Exprés de Santander. Segundo día. Parlamento de Cantabria. Viernes 19 de Julio, 2013.

 

            Si el primer día de Teatro Exprés hizo una tarde de perros, el segundo hace un bochorno asqueroso. Antes llovía a mares y ahora no llueve ni sacando a pasear al santo. Entro en un bar, pido una cerveza y por poco me quedo pegado a la barra. Tengo que salir a beber a la calle. No corre ni una brizna de aire. La realidad tiene como una baba extraterrestre. Los zapatos se agarran  al suelo, la gente no se da la mano para no quedarse soldada, me veo reflejado en un escaparate y camino boqueando como un pez. Un clima tan malo como el de este año no se le ocurre ni al gobierno. No voy a decir que tenga buena disposición a ir al Parlamento de Cantabria, a cualquier parlamento, algo huele a podrido en Dinamarca. La diosa Estadística dice que los habitantes del planeta desconfían en bloque de los políticos. Lo hacen tan mal que van a tener que gastarse parte del dinero que no figura en ninguna parte en lavar su imagen. Malos tiempos para la hípica. Y lo digo porque en la entrada me dan una tarjeta rosa, me incorporo al grupo rosa, y la primera obra que nos toca se representa en el Salón de Plenos, un hemiciclo pequeño que recuerda que siempre son cuatro los que cortan el bacalao. Tomo asiento en la segunda fila, con un micrófono y un telefonillo delante de mis piernas. No hay mucho espacio y varios espectadores tiran al suelo los telefonillos al acomodarse. Comienza la obra Pido un partido de Quasar Teatro, cuya autora es Angélica Liddell. La actriz Mónica González Megolla, vestida de mimo elegante con bombín, lee y a la vez interpreta un discurso demoledor, irónico, farsesco, insultante y certero. Lo que diría cualquier ciudadano si tuviera la oportunidad de hablar en un pleno y cantarles las cuarenta, siempre que se le garantice impunidad, lo que tiene el teatro. Necesitamos espejos, es urgente, y el cuerpo a cuerpo entre actor y espectador, en tiempo real, ofrece un reflejo nítido, una imagen sentida. Vamos al teatro por la proximidad de la carne: “Pobre gente trabajadora, calumniadora y fornicadora. Siempre preocupados por el precio de las cosas. Ya no creen en el bien y el mal. Sólo creen en la economía…” Ahora hay aplausos en el hemiciclo. La actriz saluda al respetable. Se apagan las notas de la Suite para chelo de Bach. Más aplausos. Nos echan del Salón de plenos, el escenario donde ese pedazo de actores que son los políticos representan a diario los intereses del Dinero, nuestro Dios y Señor. ¿Cómo han conseguido envilecer algo que nos costó tanto esfuerzo conseguir? Menos mal que al salir de allí me llevo una sorpresa agradable. Muy agradable. Miro el programa de mano que nos entrego la organización la primera jornada y la obra siguiente no me encaja. De haber mirado en internet sabría que el grupo programado no va a actuar y en su lugar lo hará Ruido interno. Me alegro mucho al reconocerlos. Son otro nivel, y no lo digo en detrimento de nadie sino como reconocimiento a su trabajo. Arriesgan más, van más lejos, apuestan por buenos textos y mejores escenografías.  Calan hondo, y no quiero pecar de entusiasta pero creo que Vanesa del Castillo es una gran actriz: aparece en escena, abre la boca y me lo creo todo. Tiene el don, el duende, la presencia. Ella es teatro. La obra se titula Nadie es nada, de Juan Carlos Fernández, sobre  un texto de Peio H. Riaño. El grupo lo resume así: “Inmersos en un momento en el que la renuncia parece la única salida para nuestras vidas, estamos obligados a pensar lo que somos en relación con nosotros mismos, con el otro y  con los demás.” El actor Carlos García le da la réplica con sobresaliente a la gran Vanesa, y juntos elaboran un discurso maduro que busca soluciones en el interior, en vez de agotarse echando las culpas de todo a los demás. Un espejo de mano en el que mirarnos la cara muy de cerca. Una obra medida, exacta, que controla el ritmo y la escena. Impecables. Los espectadores sentados en las escaleras del parlamento aplaudimos con ganas. De camino a la siguiente obra, un hombre de acento extranjero, tal vez inglés, le comenta a su acompañante que si Nadie es Nada entonces Todos somos Algo, aunque seamos poquita cosa. Suena a reivindicación generacional: la resistencia del cero a la izquierda. Pero no todo van a ser lágrimas y lamentos. Acto seguido, en un pequeño salón de ésos donde se reúnen las comisiones del parlamento, nos sentamos por todas partes, incluso en el suelo, como niños, para disfrutar de una comedia gestual: Cine mudo, de Arte en escena, con Marta López Mazorra sembrando alegría. Está genial. Rueda una película de cine mudo con algunos espectadores como actores improvisados, y nos demuestra que cuatro gestos bien hechos y una sencilla puerta falsa colocada en mitad de la nada son material más que suficiente para fabricar la Risa, esa materia prima tan necesaria. Merecidos aplausos. Y, como en esta obra me ha tocado sentarme en el suelo y estaba duro, en un arrebato mezquino me coloco en cabeza del grupo para coger asiento en la próxima obra. Entramos en un salón con una mesa larga colocada en T donde hay un terrorista y un secuestrado. El terrorista cocina para el secuestrado, parece su criado. Son Edy Asenjo en compañía, con la obra: P.E.R.R.O. de Sandra Bedia. El propio Edy Asenjo comparte escena con Fernando Rebanal.  Parece una obra simple, pero te la mete doblada porque juega con que crees que es una obra simple, y tus sentimientos saltan de terrorista a víctima hasta un final sorprendente, inesperado. La obra funciona como un juego de espejos bastante eficaz. Al terminar, los actores se ponen en la salida para que les aplaudamos. Y no se quitan. Para que les volvamos a aplaudir. Un aplauso forzado que, a mi entender, forma parte de la obra. Pero yo alucino demasiado, deformación profesional. El caso es que nos echan del parlamento a la calle, como quien dice a la realidad. El aire acondicionado que nos ha protegido durante hora y media contrasta con el aire pegajoso del exterior. Son las fiestas de Santander. Durante unos días, la normalidad queda suspendida. Cercana la medianoche, la calle está llena de niños, adolescentes, fanfarrias, casetas, perros paseando a sus dueños… En una ciudad tan clasista como ésta, se nota que han salido a tomar juntos el fresco los amos y los criados. Hay mucho latinoamericano y, por simple asociación de ideas, pienso en las dos excelentes actrices mexicanas que vi en el Matadero de Madrid hace una semana representando una versión de Las Criadas de Genet. Se titula: Lo único que necesita una gran actriz, es una gran obra y ganas de triunfar y la dirige Damián Cervantes. Diana Magallón y Mari Carmen Ruiz Benjumeda nos ofrecieron una lección de teatro. Están inmensas. Avanzan sobre la obra de Genet, la llevan más allá, la traen más acá, estremecen al espectador. Como una montaña rusa emocional. Yo he visto a Nuria Espert haciendo las Criadas, y también la había visto una señora que salía a mi lado, y ambos coincidimos en que Vaca35 Teatro en Grupo había estado a su altura, que no es decir poco.  El aforo era de veinte personas y no estaba lleno. Incomprensible, este mundo se está volviendo loco. Todavía están de gira por España (ver fechas en vaca35teatro.com). Si tienen oportunidad, vayan a verla, mis guates. Y recuerden que el 21 por ciento de IVA de la entrada es para el cloro de las piscinas de los que nos gobiernan. Y para la lejía que limpia el dinero negro. ¡Hatajo de chorizos! En fin, el teatro va mal, fatal, y aunque quejarse es de mediocres da gusto comprobar que, gracias a iniciativas como Teatro Exprés, estamos parados pero no quietos.

             


 

martes, 11 de junio de 2013

¡CUÁNDO DEJARÁ DE LLOVER! Teatro Exprés

II Festival de Teatro Exprés de Santander. Primer día. Palacio de la Magdalena. Sábado 8 de Junio, 2013.
 
            El sábado hacía una tarde de perros, con lluvia, viento y frío. Para entrar en el recinto del Palacio de la Magdalena con el coche se necesita autorización, de modo que tuve que aparcar fuera y caminar por ese lugar privilegiado pendiente del paraguas y de los charcos, y luego subir la colina hasta llegar al precioso edificio donde se representaban las cuatro obras cortas, primera entrega del Teatro Exprés de este año. El aforo era reducido, las entradas se vendían sólo en taquilla, y además a 3 euros, así que media hora antes ya se anticipaba un lleno total. Mucha gente sonriendo. Se nos notaba a todos muy contentos de estar allí y de ser tantos, a pesar de la lluvia insistente que arreciaba por momentos y amenazaba moquillo. Después de hacer cola diez minutos, me dieron una entrada de color azul con un número. A la hora fijada, 9 y media, un amable anfitrión nos explicó que cada obra se representaba en un salón diferente del palacio y que deberíamos seguir al guía correspondiente a nuestro color. Nos pidió respeto y silencio en los inevitables traslados. Los de color azul comenzamos con la obra Reconstrucción del dolor (de ida y vuelta), una performance teatral del grupo Ruido interno, cuyo autor es Juan Carlos Fernández, con texto de Cristina Morales. Nos llevaron a un comedor enorme, con una mesa larga, de unas treinta sillas por banda, y tomamos asiento en la penumbra. Una mujer con una camiseta larga y blanca yacía como muerta sobre el improvisado escenario, igual que un postre de carne. Pablo und Destruktión comenzó a tocar la guitarra con firmeza, muy sugerente. No quiero contar la obra, pero diré que durante una veintena de minutos disfrutamos de buenas canciones, buena puesta en escena y una excelente Vanessa del Castillo, con un monólogo sobre la autenticidad bastante sustancioso en el que el propio autor hacía de maestro de ceremonias. No es fácil actuar inmóvil, la voz lo es todo, y a mí consiguió emocionarme. Además sembró en los espectadores esa dulce sospecha de que la vida es una obra de teatro muy mala por culpa de los actores fatales que somos todos nosotros. Me gustaron mucho, y aproveché la sensación para mirar a los de mi grupo como si fueran los miembros de una compañía de titiriteros en situación de espera. Funcionó. Observé que los demás hacían muy bien de sí mismos, pero a partir de ese momento comencé a sentirme incómodo en mi papel. No sabía, por ejemplo, qué hacer con mi paraguas. Afortunadamente nos llevaron a la siguiente representación y allí nos pidieron dejar los paraguas en los paragüeros, supuse que por respeto al parquet y porque quedaba chusco. Los espectadores azules llenamos una antesala y luego nos pasaron a una salita muy pequeña. Todos apretados, la mitad de pie y los demás en sillas tapizadas blanditas. Café de las Artes interpretó su obra Bajo la alfombra, de Carlos Peguero. Sentados a la mesa de un restaurante una pareja, Alicia Trueba y Cristian Londoño, inician una breve pero intensa demolición de su matrimonio. Convincentes. Estaban tan cerca que te daban ganas de interrumpirles y aportar algo, echarles una mano, decir lo tuyo. Estuvieron sobrios, circunspectos, muy ajustados a sus papeles, y nos trasmitieron el sinsabor amargo que encierran esas situaciones tan lamentables. A la salida, unas chicas dijeron a mi espalda que les había encantado y algunas voces se unieron a ellas. Gustó por su proximidad. Por su sinceridad sin truculencias textuales. A continuación nos llevaron a un salón, o antesala de biblioteca, o hall de algo, estaba muy oscuro. Cuando los ojos se acostumbraron la boca comenzó a abrirse: el Palacio presume de maravillas como ésta, con sus artesonados de madera, sus escaleras con balaustres tallados y su refinado buen gusto. El lugar adecuado para Otra Antígona, si gustáis de Ábrego Producciones, con texto de Pati Domenech. Obra intensa. Toda la responsabilidad recae sobre una única actriz, María Vidal, muy desgarrada, muy loca, con la voz quebrada y el ánimo roto,  representando a una Antígona que se despide ante la indiferencia del pueblo. Nos hizo sentir verdaderamente incómodos, culpables, humanos insensibles. Aplaudimos con ganas. Y, para terminar, la cuarta obra, un drama histórico, en un saloncito pequeño con bancos corridos, convertido por los escenógrafos en una especie de capilla medieval. Beato, de Anabel Díaz Teatro, cuyo autor e intérprete principal es Carlos Troyano.  Obra perturbadora, inestable, con dos monjes que al diseccionar un caso histórico, Beato de Liébana contra Elipando, obispo de Toledo, pretenden retratar la sociedad actual y sus esclavitudes: “Si logra la Bestia llenar el mundo de ociosos, creará una tierra llena de infelices”. Supongo que todos merecemos de vez en cuando un sermón de la historia. Lo que nadie merece es el aguacero que caía al salir de la Magdalena. Con un viento cruzado que había que sujetar el paraguas con una mano y la otra encajada entre las varillas para no perderlo. Menuda calada, de moquillo a estornudo y luego pastillas, ya veía termómetros colorados sobrevolando mi cabeza como drones. Encima me dio por bajar del Palacio por un atajo que conduce a las antiguas Caballerizas, donde se desarrollan los talleres de verano de la UIMP, y por poco me rompo la crisma con el barrillo que bajaba del monte. Era casi medianoche. Los árboles y la lluvia discutían. Llegué a un tramo de escaleras, sin farola a la vista, y me salió al encuentro un filibustero:
 
FILIBUSTERO.- ¡Dame todo el IVA que lleves!
AUTOR.- No llevo. Soy un muerto de hambre. Mis obras no se representan. No hay cómo, no hay con quién, no hay con qué…
FILIBUSTERO.- Todos tenemos problemas. No me cuentes los tuyos, o te cuento yo lo que me sale el mantenimiento de la piscina…
AUTOR.- ¿Pero es que no lees los periódicos? El IVA de nada es Nada.
FILIBUSTERO.- Me da igual, no me van las matemáticas. Yo soy un inciso teatral en una crónica teatral, y debo sacar lo mío.
 
            Miré mejor al filibustero y bajo su disfraz vi a un actor desesperado. El brillo de sus ojos no pedía gloria, sólo un bocadillo. Fui a darle un par de euros, pero sostener el paraguas y sacar la moneda me distrajo, y al ir a entregárselos había desaparecido. Era una Alucinación Express, no tengo presupuesto ni para soñar. Me entraron ganas de sacar allí mismo el cuaderno y esbozar un esbozo: una obra de teatro de un minuto para un actor bajito que quepa en una caja de zapatos. Pero llovía sin tregua y en estos tiempos no es prudente escribir a la intemperie. Salí del recinto de la Magdalena y saludé con la cabeza al guarda, sin duda un actor en paro que hace de guarda mientras pasa la tormenta. Y también lo era el taxista que esperaba en la parada próxima, con la luz encendida, leyendo sin duda el papel dramático de su vida. Y también los gorriones empapados, con ojos de actores campesinos esperando una oportunidad. Cuando llegué al coche lo encontré triste y apagado. Encendí las luces y los dos nos sentimos felices de comenzar nuestra representación. Ahora me tocaba hacer de conductor preocupado bajo una lluvia resplandeciente que borraba las rayas de la carretera:
 
AUTOR.- No veo ni jota, lo mismo nos matamos.
COCHE.- O dormimos, o soñamos…          
 
TEATRO EXPRESS. Cuatro obras diferentes cada día. Segundo día: viernes 19 de julio en el Parlamento de Cantabria. Tercer día: sábado 10 de Agosto en Enclave Pronillo. Cuarto día: viernes 6 de Septiembre en C.E.A.R. de Vela. Todos a las 9,30, en Santander.
 

domingo, 4 de noviembre de 2012