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miércoles, 17 de diciembre de 2014

FRISONAS EN EL JARDÍN-La cosecha

 

Mientras echaba la siesta en el jardín, un petirrojo vino a beber al cenicero y murió nicotinizado. Estaba tieso junto al paquete de tabaco, tenía una pata levantada, como si estuviera pidiendo un último cigarrillo. Fui a enterrarlo en la jardinera grande, la que tengo junto al muro, pero me dio mucho asco porque estaba llena de babosas todavía vivas que se retorcían entre los granos azules del veneno de los caracoles. Entonces vi una topera reciente, ensanché la boca con la mano, enterré al petirrojo, y de paso le cambié la pila gastada al ahuyentador ultrasónico de topos. En lo alto de la loma se escuchó un cencerro ancestral: tolón. Luego otros tres tolones, perfectamente sincronizados. Eran las cuatro de la tarde.

A eso de las seis, cuando estaba fumigando el jardín con veneno selectivo de hoja ancha, llegaron a la puerta de mi casa las frisonas. Aparcaron a lo largo de la cerca, en doble fila. Esperé los cinco minutos acordados, para ver si se estaban quietas, y luego les abrí la cancela. Entraron primero las de una fila y detrás las de la otra, con medio metro exacto de separación entre ellas. Recorrieron juntas el perímetro del jardín y luego se quedaron dos vacas en cada punto cardinal. Estuvieron de perfil un rato, marcando postura, y a continuación se pusieron todas a la vez mirando hacia la casa. Quedaban perfectas: una rosa de los vientos al estilo rural. Como aquello sólo era un ensayo, transcurridos un par de minutos levanté el brazo y lo hice girar en el aire. Claudio me estaba vigilando desde la loma con los prismáticos, recibió la señal, emitió la orden con el aparato y las vacas se reagruparon al instante. Luego abandonaron la propiedad, ordenadamente. Llegaron al borde de la carretera, esperaron delante del paso de cebra y, cuando los coches dejaron un hueco, cruzaron con rapidez, empujándose unas a otras como colegialas. Sonreí. Me parecieron graciosas, hermosas… ¡el futuro!

  Estoy encantado, ya se lo he dicho a Claudio. La boda de mi hija Rosa merece lo mejor, y de todo lo contratado por un dineral que no puedo ni declarar lo suyo con las frisonas es lo que voy a pagar más a gusto. Va a ser la sensación de la fiesta: vacas radio controladas. Y de paso le daré en los morros a Agustín por llamarme palurdo caótico. Todavía va diciendo por ahí que mi hija pescó a su hijo, y fastidiando con eso de que su almacén de construcción le da cien mil vueltas a mi granja. Es un chulo miserable, en plena crisis no vende un saco de cemento pero no falta al vermut de los domingos. Quiero que vea, que compruebe de cerca, lo que es la tecnología aplicada a la vaca. ¡Aplicada, albañil! Ese tipo se piensa que todavía vamos por ahí interrumpiendo el tráfico con nuestro ganado. Él tiene cuatro ordenadores en la oficina de su almacenucho y cree que nosotros no hemos modernizado a nuestros animales. Tenemos las vacas monitorizadas, las manejamos a distancia. Hacen lo que queremos, como queremos, cuando queremos, todo inalámbrico, onda corta, GPS. Pero si ahora están cambiando las campanas de la iglesia y mientras duran los arreglos hasta el cura le ha confiado la señal horaria a Claudio. Tres meses ya y ni un solo fallo. Un reloj con toques de cencerro. En fin.

Cuando pienso que mi Rosa se va a casar con el hijo de ese depredador... Yo soy Peatón Costas, el alcalde, yo he cambiado Cifuentes y tengo ganadería puntera, y él no es más que vendedor de arena y cemento. Por culpa de la avaricia de tipos como ése, esta región está sembrada de chalés. Casitas de juguete que quieren imitar lo tradicional pero en realidad nos insultan a todos. Sobra hormigón y faltan frisonas. El futuro está en la vaca. Para vivir en esta tierra hay que tener estiércol en el alma. Dios, se me enciende la sangre: voy a perder a mi Rosa... Debo pensar en otra cosa. Debo centrarme.

Hay halcones en el aire, y también he visto un gavilán y un aguilucho, creo que son demasiados pajarracos encima de la boda. La niña quiere decir el Sí y que lancemos a su espalda brazadas de palomas. Un capricho que dice mucho de su clase. Yo hubiera lanzado gallinas albinas, de las que cría Fulgencio, pero la que se casa es ella. Si quiere palomas blancas las tendrá, y podrán volar sin ser molestadas. Menos mal que ayer compré munición para la escopeta. Hay que limpiar el cielo.


 
en La cosecha, pag. 69
 

viernes, 5 de diciembre de 2014

EL LADRILLAZO-La cosecha


             Benito caminaba por la alameda con las manos embutidas en las mangas de la camisa. Su paso era resuelto, vivaz, y la expresión de su cara hablaba de una ilusión, una esperanza, tal vez una cita. De pronto, se escuchó un siseo que se convirtió en ladrillo y le acertó de lleno en la cabeza.

            Benito cayó al suelo, se llevó las manos a la cabeza y entre los dedos comenzó a salir la sangre a borbotones. Varias personas corrieron hacia él, pero se detuvieron a su lado sin decidirse a actuar. Se cruzaron algunos comentarios y exclamaciones de horror. Una mujer palideció y estuvo a punto de desmayarse. La sangre comenzó a formar un charco de considerables dimensiones. Ahora, todas las miradas se dirigieron hacia el ladrillo.

             ¿Quién ha sido?, pregunté yo, que iba impecablemente vestido, con una bolsa de deporte que no encajaba para nada con mi estilo.

             ¿Quién ha sido?, repetí, y la pregunta corrió de boca en boca y docenas de ojos otearon la alameda infructuosamente. No había nadie a la vista que demostrara con su actitud ser el culpable. Era evidente que el responsable había abandonado la escena. Sin embargo, toda la gente de la alameda estaba ahora rodeando a Benito, inmóvil en el suelo, y los murmullos dijeron que no se había visto a nadie alejándose de la zona, ni corriendo... Además, un simple vistazo al ladrillo dejaba claro que no pertenecía a los elementos constitutivos de la alameda. Tampoco había obras o reparaciones a la vista, luego el agresor lo había traído de otro lugar y, probablemente, con la intención de convertirlo en arma arrojadiza. Hubo un entornamiento general en las miradas, recelo, escrutinio avieso, y cada cual intentó imprimir en su cara los signos de la inocencia mientras buscaba en los de los demás los de la culpabilidad.

            ¿Quién ha sido?, volví a preguntar, y en esta ocasión mis palabras iban dirigidas a los presentes. Todos comprendieron que el culpable era uno de ellos. Nadie se atrevía a moverse, no fuera que los demás interpretaran sus movimientos como el inicio de una huida. Se hizo un silencio apropiado y, durante unos instantes, por el mero hecho de ser sospechosos todos parecieron compartir la culpa.

            ¿Qué pasa, mamá?, preguntó una niña tirándole de la falda a una mujer obesa que no apartaba la mirada del creciente charco de sangre y olisqueaba el aire como si intentara acordarse de algo.

            ¿Habrá que llamar a una ambulancia, no?, dijo un joven. Y a la policía, añadió una mujer.

            Yo me agaché, separé la mano ensangrentada de la cabeza de Benito, le tomé el pulso y solté inmediatamente la mano, que golpeó contra el suelo y dejó caer un medallón con una C pequeña encerrada en un círculo.

             Está muerto, dije.

            Como si acabara de mencionar el sida, la gente se dispersó en todas direcciones sin preocuparse de volver la vista atrás. En menos de dos minutos la escena quedó desierta.

             Sólo yo permanecí junto al cadáver, como si meditara petrificado. Luego, me sacudí un polvo invisible de encima de los hombros, dejé la bolsa de deporte en el suelo, la abrí y saqué una toalla blanca. Giré la cabeza en todas direcciones y, cuando me aseguré de que nadie observaba mis actos, golpeé suavemente el cuerpo de Benito con el dorso del zapato y le tiré la toalla encima.

            —¿Cuántas veces más tendremos que repetirlo para que lo comprendas, hijo?

            Benito me miró con ojos apagados. Pero no dijo nada. Sollozaba su última rabieta abrazado al ladrillo de cartón.

 
                                               de La cosecha, pag. 149

martes, 25 de noviembre de 2014

EL BUSCADOR DE ESPEJOS-La cosecha


Empiezo a estar viejo y tengo vértigo. Mis socios lo saben y cuando cambiamos de obra procuran allanarme el camino, alejan de mí los obstáculos para protegerme y de paso no dar mala imagen ante los clientes. Nadie quiere encima de su tejado un instalador de paneles solares que mira a un vacio de diez metros como si estuviera en lo alto del Himalaya, y menos si ha olvidado sacar el permiso en el ayuntamiento. Tengo vértigo, pero lo extraño es que no me dan miedo las alturas. Dice Quelo, el fontanero del equipo, que quizá no tengo miedo a caer sino ganas de saltar. Espero que no esté en lo cierto, por si acaso me encargo de la parte superior de los paneles, lejos del canalón, como decimos nosotros.

Todo esto comenzó por tener ojos, hará cosa de un año, durante una temporada muy estresante en la que dormía fatal. Demasiados clientes pero mal pagadores, había que estar todo el día detrás de ellos, y encima aguantando sus impertinencias y malas caras, como si la deuda fuera nuestra. Yo tengo mucha labia, sé calar a los listos, casi siempre me tocaba a mí dar la cara ante los morosos. Sólo mido un metro sesenta y soy flaquito, de modo que no les podía cobrar por la fuerza y prácticamente los hipnotizaba. Miraba con intensidad a los ojos de la gente, entraba a través de ellos en su economía y acertaba su saldo mejor que un cajero automático. Me gustaban sobre todo las conversaciones tensas, crudas, en las que flotaba la amenaza de denuncia, pero empleando siempre palabras de seda hasta minarles la moral y lograr que al menos me fueran pagando a plazos. Sin embargo, perdía demasiado tiempo charlando, se me iba lo comido por lo servido, no soy un ejecutivo, y exponerme a la mezquindad de algunos morosos forrados de pasta terminó desequilibrando mi mirada.

Un día cometí el error de analizar a un cliente desde lo alto de un tejado. Nos miraba desde abajo con ojos inquietos y me daba mala espina. No nos va a pagar, le había dicho a Esteban antes de desembalar los paneles y bajarlos de la furgoneta, pero esa misma semana nos llegaba una letra de la lonja nueva y tampoco teníamos otra opción. Así que subimos los tres al tejado y, según estábamos poniendo los anclajes, volví a mirar al tipo aquél. Sus ojos reflejaron un momento el sol y, a pesar de la distancia, pude verme a mí mismo perfilado en el fondo de sus pupilas. Moví una mano en el aire para ver si era yo y el reflejo me lo confirmó. Me asusté. Por vez primera en mi vida eché mano del cinturón de seguridad y me sujeté a la cumbre. Quelo se rió porque pensaba que era una broma, para tomar el pelo al cliente y que se quitará de debajo. Pero yo estaba temblando, había dejado de ver el volumen de las cosas y cuanto más miraba aquellos ojos como espejos más me aferraba a las tejas. Comencé a marearme y tuve que bajar. Una vez en el suelo, todas las miradas, incluso las de mis socios, me hacían daño. No veía sus ojos, sólo mi reflejo en ellos. Y no lo podía soportar.

Hay que asumirlo con entereza, en tiempos de crisis los hombres con defectos somos los primeros en caer. Ahora que me dan vértigo las alturas, y más aún la mirada de la gente, no le sirvo de nada a la empresa. Esteban y Quelo deben buscar un nuevo socio para sustituirme. No soy rentable, doy demasiados problemas, así se lo he dicho esta mañana, sentado bien firme sobre la cumbre de un chalet. Tenía un frío espantoso, podía ver las capas de aire barriendo mi cara.   Deberías saltar, Fernando, no tengas miedo me ha dicho Quelo. Esteban ha protestado con un joder, pero Quelo ha seguido: No me refiero al tejado,  sino a la vida. Con lo que saques de esta empresa, cómprate una barca. La barca de la que tanto hablas. Tú naciste cerca del puerto, ¿no? En el Puerto Nuevo todavía hay trabajo. Y peces. No tendrás que mirar a los ojos de la gente, el mar es un espejo,  luego ha hecho un silencio y ha repetido: el mar es un espejo. Esteban y yo hemos asentido con la cabeza, sin dudarlo. Luego hemos sonreído los tres, levemente. Quelo ya sabe hablar y convencer, me sustituye con los clientes desde que sufrí el primer vértigo, tiene un estilo diferente al mío, los asusta con sus vaguedades mentales pero es eficaz. El tema de la venta lo dejo en vuestras manos, les he dicho, agarrándome al aire, y me han ayudado a bajar del tejado. En un instante he recuperado el color, la sangre ha vuelto a circular. Ahora te toca cambiar de vida, ha dicho Quelo, seguir adelante y desembocar en el mar.
 
                                      de La cosecha, pag. 141
 

jueves, 20 de noviembre de 2014

LOS MECANISMOS DEL ODIO-La cosecha


Ya son las cuatro de la tarde. Tengo que tomar una decisión. Dentro de unos instantes María Soto aparecerá por el fondo del atajo, se colará en mi casa y me desgraciará la vida. Seré el amante ocasional de una de las mujeres más guapas que he conocido. Hará conmigo lo que quiera hasta que todo termine, como terminan siempre estas cosas, en desastre. O muerto o en la cárcel. Y no quiero. Me niego. Me queda media hora escasa para llamar a la Guardia Civil, o a la Policía, no lo sé muy bien, debe ser cuestión de competencias, porque la asesina y su víctima viven en este pueblo pero el muerto está en el depósito de cadáveres de la ciudad. Y no es una coña metafísica. Si no llamo ahora mismo para comunicarlo, me convertiré en cómplice y víctima. Han pasado varias horas desde el asesinato, no debí regresar a casa. Estos momentos de peligrosa indecisión le pertenecen a esa mujer enferma.

Cuando mi abuela Amelia me dejó como herencia en vida esta finca, y una renta modesta, ya me advirtió que tuviera cuidado con el tiempo libre. No hacer nada te ablanda, y si careces de aficiones absorbentes acabas considerando la vida como un juguete muy caro cuya única finalidad es mitigar el aburrimiento. De no haber pasado las horas muertas mirando por el ventanal, no hubiera visto a María Soto en el atajo que cruza esta propiedad, un camino curioso que los vecinos tomaron por la fuerza hace cien años, para no perder el tren, y que ahora es privado de uso público. Desde mi traslado no había visto a nadie por allí, hoy en día todo el mundo tiene coche, y por eso me llamó la atención que ella comenzara a utilizarlo a diario.  Yo la conocía, cómo evitarlo, es una mujer de bandera, llama la atención en todo Cifuentes. Durante un par de semanas, la vi pasar a la misma hora, casi corriendo. Cogía el tren  siempre en el último momento, como si evitara encontrarse con alguien. Decidí seguirla, por pura desidia, no tenía nada mejor que hacer. Separarme de Marina, tener a mis hijos lejos y una larga temporada en el paro, me habían dejado débil, como sin carácter.

Una mañana cogí el mismo tren que María Soto, pero cuidando de ir en diferente vagón. Nos bajamos en la ciudad junto a los demás viajeros. María caminó sin detenerse desde la estación hasta la plaza del Ayuntamiento, se sentó en un banco y permaneció allí dos horas. Yo la vigilaba desde una cafetería cercana. Ella buscaba personas, en concreto hombres, con ansia en la mirada, y después regresaba al pueblo. Repetimos esa operación durante más de una semana, siempre con idéntico resultado, hasta que un día ella siguió a un hombre fuerte y desgarbado, con rasgos campesinos pero sin serlo. Le seguimos a una distancia prudencial durante horas. Al final el hombre regresó a la plaza, entró en un parking, y ella apuntó la matrícula de su coche. María trabaja en una gestoría del pueblo, supongo que hizo sus averiguaciones, y a partir de entonces cambiamos los horarios. En días sucesivos, coincidimos con el hombre en un bar cercano a su trabajo, en la plaza que había junto al portal de su casa, en su tienda habitual, y en poco tiempo nos movíamos por los lugares que él solía frecuentar. A esas alturas, María ya debía saber que yo la vigilaba, vigilar a otro te vuelve vigilante, y pensé que sólo quería un testigo. Por morbo.

 Esa misma semana coincidí con su marido en un acto social en el pueblo. Ya lo conocía pero no había reparado en él, y ahora me llamó la atención su enorme parecido con el hombre al que seguíamos. Al verlo más tarde junto a María, era evidente que al matrimonio le iba fatal, habían llegado al odio sin disimulos. Él le hablaba con desprecio, y ella tenía un mecanismo automático de afirmación: le decía que sí a todo, y si era que no, de entrada también asentía. Me disgustó aquel hombre, lo confieso, y las dos semanas siguientes participé calladamente con María en aquella sutil venganza, en el establecimiento de las rutinas de aquel extraño de la ciudad.

Juro por lo más sagrado que pensé que como mucho se liaría con él. Que engañaría a su marido con otro, idéntico, pero otro. No niego que pensé beneficiarme de ello, pero juro que no lo sabía. No sabía, hasta hace tan solo dos horas, cuando por fin María iba a tomar contacto con aquel hombre, convencido de que en la pesada bolsa llevaba preparada alguna disculpa para facilitar el acercamiento, que ella sacaría una piedra enorme, le hundiría la cabeza y seguiría caminando tan tranquila. Me sentí tan… sorprendido, tan aterrorizado, que no supe hacer otra cosa que seguirla. Cuando pasé junto al cuerpo ensangrentado todavía se movía, pude ayudarle pero no lo hice, yo sólo quería preguntarle a María porqué, y cuando arrojó la piedra a la ría porqué, por qué me había implicado en semejante barbaridad. Yo sólo estaba mirando, era simple curiosidad. Sin embargo, regresé a este maldito pueblo en el mismo tren que ella. El uno sentado al lado del otro. En silencio, muy cerca. Y aquí estoy, encerrado en mi casa, esperando lo que sea. Debería marcharme de Cifuentes y no regresar jamás. Pero estoy excitado, encoñado, estoy perdido. Y María ya sabe que no tengo fuerza de voluntad.
 
                                                   de La cosecha, pag. 125

domingo, 16 de noviembre de 2014

UN CHICO SUBIDO A UNA PIEDRA-La cosecha


Siempre pensé que eras tonto, pero no imaginaba que lo fueras tanto.

Esta frase ocurrente y lapidaria se la dijo el profesor de matemáticas a Fermín en tercero de la ESO. Delante de toda la clase, entregándole con desprecio un examen que los demás habían superado con sobresaliente mientras que él no llegaba ni al cero. De hecho había batido un récord, tenía nueve puntos negativos. Al día siguiente, Fermín abandonó el instituto y se subió a una piedra.

La piedra de Fermín no era muy grande, apenas levantaba cuatro dedos del suelo. Tenía forma  rectangular y en ella sólo cabían los dos pies, si estaban juntos. Mantener el equilibrio sobre ella no parecía fácil. Fermín se la presentó a la cuadrilla como quien trae a la novia y le dieron su aprobación. También la enhorabuena porque librarse así de volver al instituto demostraba que era más inteligente de lo que ninguno de ellos había sospechado, y menos los profesores. A esa edad, volverse majareta no es lo peor que te puede suceder.

Quizá Fermín estuviera prematuramente acabado, pero era valiente, y aunque se encerró en su casa y dejaron de verlo por un tiempo, cuando regresó tenía un manejo sucinto del tema piedra. Sabía patinar con ella, subir escaleras con ella, saltar bien alto con ella sujeta entre los dos pies, también desplazarse echando chispas con el borde y, sobre todo, permanecer sobre ella en un centenar de posturas extravagantes que en él resultaban naturales. O sea, dominio y carácter. Lo suyo más que una locura era una condición. Algo que te distingue. Como dice Marina, al salir del instituto Fermín ya tenía un pedestal.

Marina y él fueron novios, antes de que Fermín se subiera a la piedra. Después de casarnos, le considerábamos un miembro de la familia. Terminó viviendo con nosotros al morir sus padres.  No recuerdo que trabajara nunca en nada, ni que mostrara intención alguna de hacerlo. Lo suyo era observar. Tener presencia sobre la piedra. Dar testimonio de que se puede ser, ser sin pretender. Vivir sin molestar. Un juguete entrañable para mis hijos, una ayuda para Beni, y un símbolo para los demás. Nunca me molestó que en el pueblo dejaran de llamarnos por nuestro apellido y nos dijeran Los de Fermín. Un día tuvo un problema ridículo con un vecino y lo adoptamos legalmente, para protegerlo. Tenía entonces treinta años. Sin embargo, la tensión de vivir subido a una piedra lo hacía parecer mucho mayor. Y cansado. Debería decir en su honor aquello de La luz que brilla con el doble de intensidad dura la mitad de tiempo, pero sería cínico por mi parte.

La culpa de todo fue mía. No debí pedirle a Fermín que hiciera Algo cuando sabía por experiencia que no se le podía pedir Nada. No debí presumir de amigo especial en las fiestas de la Ría, sólo por entretener a mis colegas, aburridos por culpa de una orquesta mediocre. No debí, para ser sincero, chantajearlo y en cierto modo reclamarle un sustento que no me había pedido y la devolución de los primeros besos que le dio Marina.

Camina sobre las aguas, le ordené, pensando que no me haría caso, nunca lo hacía, pero entonces obedeció.

Fermín conocía las piedras de la ribera como nadie. Lo había hecho otras veces, para la familia, como un regalo, pero nunca en público. Era medianoche. La orquesta hacía un descanso. Alguien pidió silencio por el micrófono y la gente guardó silencio. El sonido del agua indicaba una tregua entre las mareas, el Tejo bajaba manso. Vimos llegar a Fermín patinando suavemente con su piedra sobre los guijarros brillantes, con estilo; luego hizo varias figuras, cogió velocidad y después de un salto muy gracioso encendió en el aire una linterna y cayó sobre una roca siempre verde que se llama la Marmita. Desde allí nos saludó y le aplaudimos. Después comenzó a deslizarse con su piedra sobre las piedras apenas sumergidas, esquivando las que se veían, de modo que parecía un duende saltarín y juguetón que en efecto caminaba sobre las aguas. La gente no se lo podía creer, callaban hasta los niños. Y así estuvimos con la boca abierta durante los diez minutos fabulosos y memorables que duró la exhibición. Al apagarse la linterna, pensamos que era voluntario, y nos entretuvimos demasiado celebrando el privilegio de haber visto aquella proeza. Catorce horas más tarde la Guardia Civil certificó su desaparición.

Yo no digo nada. Bastante tengo con lo mío. Con el papel miserable que me corresponde en esta historia. Pero es lo que hay, cosas de la vida. Sólo han pasado tres meses y Marina ya no me quiere, me lo ha dicho. Lo nuestro se ha ido a la mierda. Ésta ha sido la gota que ha terminado con nuestro matrimonio. A veces, al atardecer, me subo a una piedra de la ribera y mirando el horizonte solitario que me espera me consuelo pensando que le hice un favor a Fermín, que lo empujé al escenario para que no se marchitara y tuviera una despedida gloriosa. Se lo merecía. A fin de cuentas, ser adulto es claudicar.

 
                                                       de La cosecha, pag. 101
 

miércoles, 12 de noviembre de 2014

EL KILO DE AZÚCAR-La cosecha

 
        Fuimos nosotros.

      El Comando Quijote. Nuestro nombre en clave era Zulú-Garrote-Zulú.

            El jefe militar era Carlos, el del Cerro, que siempre hablaba de matar a todo el mundo porque su padre era un borracho y le golpeaba con sus aspas igual que los molinos. Por eso le dimos el cargo, y también porque sabía decir con propiedad  la palabra logística, a pesar de tener tan sólo once años. Por supuesto, podía sacar de su casa una escopeta, pero no queríamos, aunque aceptamos dos cartuchos de posta, lo que era para nosotros todo un arsenal. El jefe de visión nocturna era en realidad jefa de visión nocturna, o sea Marina, que podía conseguir el visor de cazar de su tío, pero dijo bien clarito que si no le llamábamos Jefa no lo traía. Como ya tenía doce años, y un poco de tetas, nos pareció bien. Manolo, el de la ferretería, se encargaba de los impermeables desechables, Jefe de la intemperie, insistió, y como era el más pequeño le dejamos. Y un servidor, veraneante de ciudad, que hasta la fecha había escrito once poemas y leído seis libros, jefe mayor de inteligencia. Tenía trece años, unas tenazas de cortar hierro y un plan: los bárbaros de la meseta querían llenar el pueblo de molinos y nosotros les llenaríamos de azúcar los depósitos de sus excavadoras.

Aquella noche de octubre, era luna nueva, nos encontramos los cuatro en la trasera de la ferretería de Manolo a la hora señalada. En completo silencio nos pusimos los impermeables desechables, para poder arrastrarnos por el suelo sin manchar la ropa. Marina tomó la delantera, siguiendo el plano que había preparado Carlos después de recorrer el camino varias veces el día anterior. Aunque era nuestro pueblo, no queríamos sorpresas ni alambradas imprevistas. Caminamos deprisa, sin hablar, más juntos que separados, siguiendo el pilotillo rojo del visor nocturno de Marina. Cruzamos el Tejo eludiendo el paseo, sólo eran las ocho de la tarde, había turistas, y al llegar a la carretera general tuvimos que esperar casi cinco minutos hasta que no pasó ningún coche. Luego, bajamos patinando por la barranca del Loro, con unas planchas de cartón duro que había dejado Carlos escondidas en un zarzal, y por fin alcanzamos la lengua de tierra removida donde comenzaba la pista gigantesca que usarían para meternos los molinos en el pueblo. Todo iba como la seda.

Sin embargo, cuando subimos a la pista donde debían estar las excavadoras la encontramos completamente vacía. Caminamos por allí, desconcertados, con Marina cambiándonos de nombre y llamándonos Comando Gilipollas, hasta que encontramos detrás de un pedrusco enorme una única excavadora. Era muy pequeña, y con la pala hundida en el suelo parecía todavía menor. Un juguete. Carlos nos juró que esa mañana había allí todo tipo de máquinas y dos buldócer del tamaño de un dinosaurio. Le miramos con rabia, desalentados. Pero de todas formas decidimos seguir adelante. Preparé la cizalla  para cortar el candado del depósito y Marina se adelantó hasta la máquina. Regresó poco después. No estaba muy segura, pero creía que la excavadora era la de Jacinto, el de las Casas Nuevas. Manolo fue a ver, y confirmó que lo era. A nosotros el tal Jacinto nos parecía un cabrón, pero le debía mucho dinero al padre de Marina y también debía bastante en la ferretería de Manolo. Si le fastidiábamos la herramienta de trabajo, tardaría más en pagar. No era lo mismo una excavadora de una empresa, que no pertenecía a nadie, que una de las “nuestras”. Había un vínculo.

Pasó un cuarto de hora y seguíamos allí, indecisos. Pasó otro rato. Estábamos cogiendo frío. Como yo era el jefe de inteligencia, tuve que abortar la misión. Eso sí, decidimos que había que dejar huella, y Manolo colocó junto al tapón del depósito el kilo de azúcar que había traído de su casa. Antes de marcharnos, Carlos quiso celebrar la gesta y explotó un cartucho entre dos piedras. El sonido fue tremendo, hizo un gran eco, tuvimos que echar a correr en desorden y, cuando cruzábamos de nuevo la carretera general, ya llegaban coches del pueblo en dirección a la obra. Al día siguiente, en su primera edición, el Diario calificó el suceso como un “extraño y amenazante boicot”, un mal precedente, y la empresa concesionaria dijo que reforzaría las medidas de seguridad.

 Ya sé que todo el pueblo pensó que habían sido Julio y los Independientes, porque tenían un grupo de rock duro y un concejal en el ayuntamiento, y como eran de izquierdas se les echaba la culpa hasta del mal tiempo. Tampoco ayudó que no se molestaran en desmentirlo y que hicieran una canción titulada: El kilo de azúcar, convirtiendo nuestro fracaso en algo simbólico. Afortunadamente, los aerogeneradores no invadieron nuestro pueblo. Han pasado ya treinta años, y por eso lo he contado. Entonces no lo hice porque era una misión secreta.

           
                                                            de La cosecha, pag. 31
 

martes, 4 de noviembre de 2014

EL BRASILEÑO-La cosecha


             Llegó en un avión especial, directo desde Río de Janeiro. Nos lo entregaron encadenado. Tenía seis años, era uno de tantos niños abandonados que viven en las alcantarillas de Río, aspiran el humo del tubo de escape de los coches y beben una mezcla de gasolina con alcohol de farmacia. Su captura había resultado laboriosa. Como representante de los primeros mutantes urbanos, su caso iba a ser analizado por la curiosidad médica local. Parecía enfermo, pero la combinación de gases tóxicos que se respiraba aquel día en nuestra ciudad le hizo sonreír y no opuso resistencia a entrar en la ambulancia.
            Yo era el conductor suplente, gracias a un contacto de Marina, y conmigo venía un pediatra empeñado en llegar a un entendimiento con el Brasileño. Como respuesta a sus agobiantes preguntas, el chaval se golpeó repetidas veces el pecho y afirmó llamarse Porche Turbo. No hablaba ninguna lengua concreta, era casi mudo, pero desde que arrancamos seguía el cambio de marchas de la ambulancia con sonidos guturales. Disfrutó del viaje, mirando con ojos de asombro la capa de contaminación que cubría la ciudad. Cuando dejamos la autopista y frené en el semáforo de entrada al recinto hospitalario, comenzaron los problemas. El Brasileño sacó la cabeza la ventanilla y le rugió al coche que estaba detenido junto a nosotros. El conductor se asustó, perdió el control del vehículo y chocó con el de delante. El Brasileño se rió a carcajadas. Luego, como si le fallara algo en la cabeza, o necesitara un trago de gasolina, perdió el control. Le sacamos en Urgencias y para que se calmara el pediatra le recitó una lista de marcas de coches, piezas de motor y accesorios de automóvil. Estuvo inspirado, funcionó. Le quitamos las cadenas y quedó a cargo del organizador del congreso médico.
            Unas horas después nos devolvieron al Brasileño para exhibirle en la Universidad de la Loma. No traía buena cara, estaba a la defensiva, enseñaba los dientes a la menor pregunta del pediatra. Llegamos a la universidad y olisqueaba el aire, estaba inquieto. Todo se complicó al cruzarnos con un grupo de estudiantes de medicina, que iban tirándose una oreja humana a modo de pelota. Tanto aterrorizaron al Brasileño que se quedó clavado, vibrando intensamente, como si quisiera echar a correr olvidando quitar el freno de mano. Pataleaba de forma alarmante y no pudimos sacarlo de la ambulancia. El pediatra sugirió marcharnos de allí y pasearlo por la zona industrial para darle un respiro.
            Somazo nos recibió con el bufido de sus chimeneas. La carretera se llenó de humo. Abrimos las ventanillas, pero el Brasileño no se calmaba. Para que no se hiciera daño, el pediatra le aligeró las cadenas, pero se le escurrió como una anguila y salto por la ventanilla a la calle. No pudimos salir de la ambulancia porque estábamos encajonados entre coches, algo que él sabía pero nosotros no. Allí mismo se detuvo a olisquear el tubo de escape de un camión, le dio una lengüetada larga al tapón de la gasolina y desapareció entre las calles. Recuperado el control de la ambulancia salimos en su persecución.
            Somazo es grande y laberíntico. Un par de veces vimos salir al Brasileño a la carretera general, respirar de un tubo de escape cualquiera y esconderse de nuevo. Por fin se metió en un callejón sin salida.  Estábamos a menos de veinte metros de darle alcance cuando sobre el muro que cerraba el callejón aparecieron dos críos de una edad parecida a la suya. Llevaban a la espalda mangueras de goma con los extremos unidos por una cuerda, como arcos, y en la cadera bolsas de plástico duro mediadas de gasolina. Brrr, les gruñó el Brasileño. Burrum, burrum, respondieron ellos. Le alargaron sus gomas, se sujetó y le subieron al muro. El pediatra se indignó: Aquí no tenemos niños así, y salimos corriendo tras ellos. En cuestión de segundos ya estaban lejos, metiendo la tercera y luego la cuarta. Por un momento pensamos que les podíamos alcanzar, pero Porche Turbo metió la quinta y los perdimos de vista. Y con ellos, nuestros empleos.
 
de La cosecha, pag. 137.
 
 

viernes, 31 de octubre de 2014

EN PALABRAS SENCILLAS-La cosecha


             Todos mis pensamientos convergen en ti, y, mientras tanto, en el mundo feroz, el autobús de la residencia se detiene junto a la entrada del centro comercial y de su lóbrego interior desciende una anciana menuda, nerviosa y de gesto amargo. Lleva prisa.

            La anciana recorre el pasillo central con paso decidido, sin mirar a los lados, tiene la vista puesta en unos cabellos fluorescentes de colores que ondean a la altura del supermercado.

            En la puerta de la peluquería habla con una chica de uniforme verde y pelo butano, que no se parece en nada a ti y en cuya ficha no pone tu nombre. La chica sonríe, escucha con atención, teclea en el ordenador y ofrece pocas esperanzas. Tras consultar el reloj, la anciana responde con una negativa.

            Visita otras dos peluquerías y en la última la atienden de inmediato. Le hacen un cardado sencillo, sin tintes. La ira de su rostro queda mitigada por una luminosidad falsa.

            La anciana regresa a la entrada por un pasillo lateral. Su caminar tiene ahora un aire taciturno. Bajo los labios apretados, va masticando palabras, y cada pocos pasos se detiene para asentir o negar, indistintamente. A medio camino, se enfrenta con su propia imagen en la luna de un escaparate. Discuten. Ella consigue ganar y zanja la discusión con un golpe de bolso en el cristal. Acelera el paso.

            En el hall principal, entra en la primera cabina de Internet que no le huele a nada en particular, sólo ambientador neutro. Corre la cortina, se acomoda en el asiento y pone la mano sobre una placa luminosa que tiene el dibujo de una mano.

            Sin responder al saludo de protocolo, solicita la ayuda de un abogado.

            La anciana habla con el Servicio Jurídico Gratuito hasta consumir su tiempo. Sabe engarzar las palabras en un discurso en espiral cuyo eje es la desesperanza. Le conceden dos prorrogas de larga duración, y también las agota. Sólo se detiene cuando aparece en la pantalla la tarifa oficial del colegio de abogados. Guarda silencio y se aferra a su bolso. Le piden que espere unos minutos la elaboración de la respuesta.

            Antes de ofrecerle consejo profesional le ofrecen varias opciones de comunicación. La anciana escoge todas las casillas de la derecha. Ni adornos, ni tecnicismos, ni acuerdos: las cosas claras, en palabras sencillas y hasta las últimas consecuencias. Como tú y yo, pase lo que pase.

            El ordenador recibe la respuesta, busca en el archivo de abogados y escoge uno de voz sosegada, familiar, dentro del parámetro: Disgustos a la Tercera Edad. El seleccionado es un joven guapo, un poco despeinado, tierno, el imán irresistible de los besos de una abuela.

            Ante el saludo efusivo del abogado, la anciana quiere sonreír, pero no le sale. Se envara en la silla y dice:

            —Preparada.

            —Mire usted, Amelia, el consejo que yo le doy es que no presente la denuncia. Mi experiencia me dice que perdería el caso y los pocos ahorros que le quedan. No quiero decir con esto que usted no tenga la razón, pero creo que la justicia se inclinaría hacia el otro lado. Legalmente, la persona a la que usted quiere demandar, actuó bien.

            —No es verdad.

            —Lo es. Y es más, de no haber hecho lo que hizo, entonces sí que hubiera tenido que responder ante la ley. Yo comprendo que es triste, desconsolador, que toda una comunidad de vecinos le pague la universidad al chico del cuarto derecha, que, como usted misma ha dicho, es un muchacho inteligente y honesto, para que evite que les derriben el edificio, y que, precisamente, nada más obtener el título lo primero que hace es presentarse con una orden y demoler sus viviendas. Es terrible.

            —Y una falta de respeto, somos sus mayores...

            —Lo sé. Y estoy seguro de que para él no tuvo que ser una decisión fácil de tomar. Hágase cargo de que lo hizo por su propia seguridad. Según consta en el informe del colegio de arquitectos, no había posibilidad alguna de reparar los cimientos...

            —¿Quién habla de cimientos?

            —Corrían peligro, les salvó la vida.

            —Sólo el pellejo, creo que no me entiendes.

            —Ustedes cometieron un error. Actuaron de buena voluntad dándole esa beca, pero no tuvieron en cuenta que los estudios cambiarían al muchacho, se convirtió en un adulto, un buen profesional que supo cumplir con su obligación y ustedes...

            —Escucha, Internet, que por más que te lo explico parece que no te enteras. Nosotros, toda la comunidad, sabíamos que el edificio no tenía remedio. El edificio no, pero nosotros sí. Y por eso le pagamos los estudios al chico, para que nos mintiera y de paso también para que mintiera por nosotros. Con autoridad y un título por delante. Él no quiso mentir, simple y llanamente, porque es malo. ¿Qué le costaba inventarse un buen papeleo, le hemos dado estudios, no? Hubiéramos muerto felices viendo cómo intentaba salvar la casa, y en vez de eso nos estamos muriendo de asco en residencias separadas. Hace un mes enterramos a Vicente, el último hombre. Ya solo quedamos viudas. Es una vergüenza. Un trato es un trato...

             La cara del abogado de la red se congela un instante y el ordenador altera sus facciones para que parezca consternado. Por debajo se oye su respiración, que por contagio ha perdido el sosiego.

            La anciana llora, se desahoga y luego se quita los mocos con un pañuelo de tela bordada. Cuando vuelve a mirar a la pantalla, su rabia sigue intacta.

          —Voy a perder el autobús y estamos peor que antes...

          —Dígame usted lo que desea y encontraré una solución.

         —Qué solución.

         —La mejor que encuentre, Amelia, qué quiere que le diga...

            La anciana respira y luego habla entre dientes, triturando cada palabra:

            —Que se sepa. Al menos quiero que se sepa. Que la gente se entere de lo que nos hizo. Esto es Internet, aquí está todo el mundo, ¿no?

            —Así es, Amelia. El problema reside en que no podemos divulgar un caso que no ha llegado, ni probablemente llegaría, a los tribunales.

            —Tu eres listo, Internet, dame algo.

             ...

             —De acuerdo, espere un momento...

             —Cuánto momento...

            —Tres minutos, como mucho cinco, se lo prometo.

            —Venga, espero.

            En la pantalla aparece un cronometro que al avanzar deja una estela de flores, flores sobre tu lecho. La esfera cumple una vuelta por cada minuto prometido, hasta cinco, y luego regresa el nieto perfecto.

            —Bien, Amelia, usted misma nos ha dado la solución.

            —A ver.

            —Si le parece bien, entregaremos la grabación de esta charla, y los vídeos de seguridad del centro comercial donde usted aparece, a un escritor aficionado. Él será el encargado de contar su historia, añadiendo algunos toques personales, licencias poéticas, de manera que parezca una ficción, un cuento. Es para evitar una demanda. De esta forma su caso será conocido. No le voy a engañar, la difusión no es grande, sólo el circuito marginal de la literatura...

            —Algo es algo. Me parece bien.

            —¿Acepta entonces la propuesta?

            —Qué remedio.

            —Si nos deja su dirección le enviaremos una copia en papel del relato.

            —No hace falta. Pero dígale a ese escritor que ponga el nombre del canalla bien grande, y bien claro.

            —Lo haré, descuide. Ha sido un placer, Amelia.

            —Igualmente, Internet. Eres un chico muy majo. Que la Fuerza, o esa cosa, te acompañe.

            La pantalla parpadea y queda en luz de espera. El barullo del centro comercial entra por debajo de la cortina. Muy cerca, un niño chilla y exige que se lo regalen todo. Yo tiemblo, descompuesto, pensando en esos tus labios, querida Marina, cuando Amelia, la anciana que tiene motivos más que suficientes para odiar a FÉLIX QUIÑONES, abandona la cabina de internet.
 
                                                      de La cosecha, pag. 107
 

martes, 21 de octubre de 2014

UN EXCESO DE CASUALIDAD


            El cartel de la entrada anunciaba: Concurso Regional de Air Guitar. Debajo, surgiendo de una explosión de luces y flases, la imagen de un adulto entrado en carnes, con unos pantalones ajustados tipo leopardo, puesto de rodillas, tocando un punteo con una guitarra inexistente en las manos. El evento se celebraba allí mismo, en el salón central, esa misma tarde a las siete. Gregorio miró a su maleta, era una buena maleta; luego echó una ojeada que pretendía ser indiferente hacia el hall del hotel y tiró de ella con energía, como obligándola a seguirle.

            Mientras se dirigía a recepción, Gregorio se sintió aliviado al encontrarse con un cartel como el anterior, pero ahora cruzado con una banda naranja que decía: Aplazado. Había otro cartel, al fondo, también Aplazado, delante de una doble puerta entreabierta que permitía adivinar un salón lleno de gente. Como no había nadie en recepción, se dirigió hacia allí. A medio camino, pudo oír el sonido atronador de la tele y una voz de mujer, demasiado enfática, que hablaba de crisis, fraude y prevaricación. Al llegar a la entrada escuchó la sintonía que daba paso al bloque de noticias locales. En el interior, una voz de hombre pidió silencio. Gregorio entró en el salón cuando todas las cabezas se giraban hacia el televisor. Hubo un revuelo de mantas grises. La tele mencionó la expresión incendio pavoroso, y la voz que antes pedía silencio lo pidió de nuevo, esta vez por favor. Gregorio miró hacia la pantalla y vio un bloque de pisos muy viejos echando humo bajo el agua de las mangueras. Se escucharon varios gemidos en el salón. Alguien pidió que subieran el volumen. El televisor era enorme, panorámico, con ruedas, y lo habían colocado encima de la tarima, en medio de los altavoces destinados al concurso de guitarristas sin guitarra. Las víctimas del incendio y sus familiares se agruparon frente a él. Gregorio hizo rodar la maleta hacia un lateral y caminó pegado a la pared, procurando no hacer ruido.

            En la tele, la imagen de la casa consumida por el fuego desapareció y en su lugar apareció la misma casa dos horas antes, cuando sólo estaba parcialmente cubierta por las llamas. La voz en off especulaba. Una anciana de las primeras filas dio gracias a dios por seguir viva y algunas personas que la rodeaban comenzaron a murmurar. Se armó una pequeña trifulca entre los familiares y quedó en el aire un: Ha sido Amelia. Gregorio se situó en el fondo del salón, dejó la maleta contra la pared, sacó las gafas del bolsillo interior de la chaqueta y se las puso. La aparente desidia de su mirada dejó paso a una mirada inquisitiva, profesional. Buscó entre las cabezas la de la anciana presuntamente culpable. En la tele, apareció de nuevo la casa consumida, los escombros, la ambulancia con el fallecido… y de nuevo los lamentos en el salón. Una reportera envuelta en humo señaló  con la palma de la mano las ruinas y comenzó a decir cosas: espectáculo dantesco, recuerdos calcinados, desgracias personales, y lo remató diciendo que sin duda el ayuntamiento, la compañía del gas, la eléctrica, todos los implicados deberían demostrar que hicieron las revisiones oportunas y ofrecer al público una explicación tranquilizadora ante semejante exceso de casualidad. El salón se quedó cortado. Gregorio tuvo que hacer un esfuerzo para no echarse a reír.

            El telediario pasó a otra noticia. Algunas personas sentadas se pusieron en pie y de inmediato se formaron corros que hablaban una jerga mezcla de indignación y perplejidad. No hay derecho. El pasante de Gregorio salió de entre la gente buscándole con la mirada. Los ojos de ambos se cruzaron. Gregorio se encaminó hacia la salida y su ayudante le siguió. No se dirigieron la palabra hasta tomar asiento en un reservado de sillones, frente a recepción.

            —Entonces, ¿piensan denunciar a la vieja?

            —Fijo, casi todos. Pero no tienen nada que hacer, ni los del muerto. Parece que la tal Amelia lo esperaba, ganará ella. De todas formas, habrá otras demandas, muchas, por eso te llamé.

            El pasante le entregó un bloc de notas. Gregorio lo revisó, asintiendo, luego miró el reloj y le envió al despacho de abogados a consultar unos datos. Quedaron en llamarse por teléfono a lo largo de la noche. Como el recepcionista estaba ya en su puesto, se dirigió con la maleta hacia él. Mientras rellenaba la ficha, no perdió de vista el salón. La gente salía en grupos, discutiendo; continuaban los nervios y los enfrentamientos. Observó que las víctimas conservaban aún sus mantas grises. El miedo no les dejaría dormir, la noche sería larga, había que hablar de dinero. Gregorio firmó en la ficha y se la entregó a recepcionista, que comenzó a teclear en el ordenador. Luego cogió de una bandeja un cuadernillo publicitario. En la cubierta, sobre un fondo amarillo chillón, el reclamo en negro decía: La perspectiva no es una ciencia, es una esperanza. No quiso saber qué vendían, no quiso ni abrirlo, y lo dejó en su lugar.

                                                   de La cosecha, pag. 119

miércoles, 15 de octubre de 2014

PUERTAS Y ARMARIOS-La cosecha


  Después de ella sólo le quedaba su puerta. Nada más. Día tras día estaba plantado delante de su puerta y nadie respondía al timbre. Como si ella no estuviera. O estuviera quieta, en silencio, haciéndose la ausente. Seguro que no se movería hasta que el timbre dejara de sonar y él se hubiera marchado. Aunque tal vez ya no le importaban ni él ni sus llamadas. El caso es que ella ya no estaba.

            Hacía mil años él había sido parte de ella, y ella de él. Eran sólo uno, uno sólo, dos, ambos, uno y otro... Cambiando muy rápido, siempre intercambiando, siempre en movimiento. Vivos. Tanto como era capaz de soportar la máquina. Pero tenían un secreto. Todo comenzó cuando él se fue. Y al regresar todo terminó porque ella hizo que se fuera. A partir de ese momento, cada vez que él volvía tenía que conformarse con estar ante su puerta. Sin ser, sólo estando. Y allí cada hora eran demasiados minutos.

            Hasta que pasaron las semanas y ella permaneció el tiempo suficiente sin ser vista como para convertirse en una imagen neblinosa que circulaba por el cerebro de él. Esa imagen no era ella, la verdadera, la actual, sólo era el recuerdo de ella en la mente de él. Sin embargo, la que todavía seguía allí, inmutable, era la puerta. Eso al menos era real. Y cuando él comprendió que lo último que recordaría de ella sería su puerta, con sus formas, sus adornos, las marcas características y los defectos a los que había lanzado lágrimas en silencio, consideró que había llegado la hora de marchar. Con la puerta como único recuerdo, salió en busca de un agujero al que poder llamar casa. Desde ese preciso instante, decidió, de decidir, que ella ya no era. Al menos, para él, había sido.

            Pero él no era bueno tomando decisiones, y para olvidarse de ella se dedicó a fabricar armarios en la nueva casa.  Primero vació todas las habitaciones y tapió las ventanas. Sólo dejó lo esencial: cielo raso con una bombilla pelada en el centro, cuatro paredes  y un suelo entarimado que hablaba a cada paso y le hacía compañía. Lo ineludible. Después llenó las habitaciones de piezas de madera y herramientas. Apenas comía, apenas dormía, siempre estaba trabajando en los armarios. Sus movimientos estaban dotados de una precisión absoluta que al requerir la máxima concentración impedían la fuga mental. Se convirtió en una prolongación de sus herramientas. El único objetivo era la construcción de armarios. Armarios totalmente rodeados de puertas. Por los cuatro costados, también arriba y abajo. La puerta de arriba servía para cambiar de perspectiva, para asomarse; la de abajo golpeaba contra la tarima, quedaba entreabierta a la posibilidad de atisbar un vacío sin fondo. Y todas esas puertas eran idénticas a la puerta de ella. En realidad todos esos armarios eran su puerta. Y cada vez que estaba ante cualquier puerta de uno de sus armarios era como estar ante la puerta de ella. Esperando. De nuevo. Solo. Hasta que llenó la casa de armarios y ya no le quedó suelo que pisar. Entonces el tiempo se detuvo. Pudo oírlo. Fue como si la nada crujiera entre sus manos. Manos de dolor encallecidas.

            Ya no existe ni pasado ni futuro. Ni recuerdo ni esperanza. Sólo importa lo inmediato. Su mente desvaría entre los escombros de lo que fue. Juega a crear pesadillas que no se diferencian en nada de la realidad. Vive encima de los armarios, sentado, vigilando. Sabe que esa puerta, que ya no se abre para él, pronto se abrirá para otros. Para cualquiera de esas sombras que se aproximan lentamente en una fila interminable que se pierde en el horizonte. Y quiere ser otro, disimularse entre las sombras, si es necesario renunciara a su identidad para que se le abra esa puerta una vez más. Pero eso es imposible porque no está ante la puerta de ella, sino sentado encima. En otro plano. Con el cuerpo en horizontal, fuera de la gravedad. Si sus deseos se cumplen y ella abre la puerta, él caerá sobre la pared del recibidor o tal vez sobre su cuerpo. Y en efecto ella le abre. Y él cae. Pero no puede abrazarla, la confluencia de planos sólo permite una línea de contacto y apenas si puede asirse en perpendicular a los pechos de ella. Ella se libra de sus manos, con asco, y él queda aferrado al borde del alero de su cintura. A punto ya de caer, todo se disuelve entre sus dedos. Sus manos agrietadas. Necesita una salida. Y la salida se encuentra, una vez más, en el interior del armario, donde duerme agazapado. Es un animal enfermo. Suplica una tregua. Por puro agotamiento, deja de buscarla en su mente. A fin de cuentas, ella siempre va en la otra dirección. Sólo le queda el consuelo de su aroma en las encrucijadas.

            Vuelven los días amables. Regresa el optimismo. Él se pasa las horas entrando y saliendo de los armarios, como el que va de paso, o paseando. A cada puerta que abre formula un deseo, una súplica. La herida sigue abierta y por más que desvíe la mirada no dejará de sangrar. Tiene que ir a verla. Verla de ver, ver de tocar, tocar de sentir, y así resucitar.

            Cuando va a verla, ya ha pasado todo el tiempo, y mucho más. Por infinito que sea el tiempo. Pero ella le recibe con los brazos abiertos. Aunque no es ella, claro. Ni tan siquiera se parece a ella. Es otra persona. El tiempo no compartido la ha desligado de la imagen que él poseía y no puede reconocerla. No recuerda ningún secreto compartido. Hablan, rememoran su pasado común, sin prisa y sin pasión. Él se siente como si fuera otro hablando de terceras personas.

            —Yo también te encuentro a ti diferente —le dice ella.

Y él también se siente diferente a sí mismo. Ahora vive en un presente exhaustivo. Sólo cuando se despiden, y ella cierra la puerta, al verse delante de esa puerta, siente un vació. Un vacío que su intemporalidad le impide definir.
 
                                       de La cosecha, pag. 131
 

martes, 7 de octubre de 2014

OTROS ÁMBITOS-La cosecha

 
            En un control de carretera, al salir de la autovía, me pidieron la documentación y por instinto saqué el carnet de la biblioteca. El policía lo observó con incredulidad, apretó los labios y, para abreviar, me dijo: el Otro. Durante unos segundos me quedé perplejo, con cara de inmigrante, preguntándome si no le parecía suficiente con mi nacionalidad y tenía que añadirle otra... El policía golpeó el borde de la puerta con el carnet de la biblioteca, de modo que me puse tieso, abrí de nuevo la cartera y le entregué mi DNI. Lo miró sin demasiado interés, lo puso debajo del otro y, al entregármelos, me dijo:

            —Procura no distraerte en la carretera, recuerda que estás conduciendo.

Entonces le miré a los ojos y le reconocí: era un vecino de Cifuentes. Iba a decirle algo agradable, pero él tensó los músculos de la cara y me devolvió una mirada que decía: Tú, a Mí, no me conoces de nada.

Un par de kilómetros más adelante la escena empezó a cocerse en mi cabeza. El policía no me había regañado, ni me había tratado como a un idiota, sólo me había pedido el  Otro carnet con una cierta complicidad. Era mi vecino pero también era cierto que no nos conocíamos. No recordaba haber coincidido con él en ninguna parte, no frecuentábamos los mismos bares y, como mucho, nos habíamos visto de lejos el suficiente número de veces como para reconocernos de cerca. Del mismo pueblo, pero no de la misma gente. Y el pueblo es pequeño, y la gente es poca. Y, como estaba muy ocupado intentando recordar las caras de los vecinos y asociar alguna con la del policía, no sé, una mujer, unos hijos, un amigo alto, uno muy bajito y feo, tomé la desviación equivocada y cuando me di cuenta estaba dando vueltas como un gilipollas en un barrio nuevo en el que todas las calles eran iguales. Total, que llegué tarde a la biblioteca y me quedé pasmado frente a la puerta cerrada mirando en el cristal esta cara de tonto que tengo. Lo mío no se arregla ni con pastillas.

De nuevo en casa, le comenté emocionado a mi perro que iba a buscar al policía. Ese domingo crucé casualmente por delante de los que salían de la misa mayor, aparqué el coche al otro lado de la feria de ganado para verme obligado a atravesarla, y recorrí el rastrillo media docena de veces haciendo como que había quedado con alguien. Al final, encontré al policía. Estaba con el alcalde y un par de concejales saludando a los paisanos que estrenaban la nueva pasarela del Tejo, así lo decía el cartel: Nueva Pasarela del Tejo, y todos ellos se pavoneaban con los cuellos muy tiesos y las miradas displicentes. No había quedado mal, pero tampoco era para estrenar corbata. Eso sí, la pasarela tiene una barandilla acristalada que permite ver cómo pasa el río, y eso es un puntazo.

Poco después, el alcalde y la comitiva cruzaron la pasarela en dirección a la feria de ganado, y a medio camino el policía se despidió de ellos. No parecían muy amigos, puede que su presencia allí fuera obligada, aunque yo no entendía muy bien la situación. Decidí seguir al policía y, después de verlo entrar en la panadería y salir con una bolsa de plástico de la que asomaba una chapata, nos alejamos de la parte vieja del pueblo hacia un bloque de pisos aislado.

Mientras le seguía, pensé que el policía era nuevo en el pueblo, nuevo como yo, que por desesperación vivía ahora en Cifuentes pero en el fondo no era de allí. Pensé que no era bueno que dos personas que pueden relacionarse dejen de hacerlo. Pensé en acercarme y saludarlo con afecto. Sentía la necesidad de escuchar su voz, de contarle cosas, de comentarle que me había gustado lo último de Julian Barnes... y hablarle de mi casa y de mis libros y de la inteligencia, soledad en llamas. Pensé también en su negativa a conocerme. Debía respetar sus deseos, y me quedé lejos. A una distancia prudente. Con la vista en los zapatos. Sin atreverme a mirar cómo entraba en el portal y desaparecía.
 

                                                 de La cosecha, pag. 57