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domingo, 9 de agosto de 2020

RECOMENDACIÓN DE LA VORÁGINE EN ELDIARIO.ES Cantabria



Santander —9 de agosto de 2020 10:39h
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Pasear entre páginas a veces supone un riesgo. Riesgo de descubrir, de comprender, de empatizar. Esta semana proponemos lecturas cuya deriva puede ser arriesgada, pero os prometemos que llevan paracaídas incorporado, porque tan sólo con entrar en sus páginas podemos respirar y sentir que hay salidas y no sólo abismos. Relatos compasivos, museos poéticos, refugios compartidos, filosofía de radio o despertares ilustrados, eso es lo que os traemos. 
GERÓNIMO DE LOS PARACAIDISTAS
De Francisco Taboada – El Desvelo Ediciones
“Si ella muere de madrugada tendré que despertar a mis amigos y como esta noche cambian la hora muchos no sabrán si se acuestan o se levantan. Llegarán aturdidos, intentando disimular que se han dormido durante el viaje, pero se negarán a reconocerlo o le echarán la culpa al reloj y a lo aburrida que es la autovía. No tenemos remedio, somos un grupo de marmotas derrotadas, ya ni la muerte ajena nos mantiene en vela. Sin embargo, cuando les abra la puerta, yo estaré demasiado despierto, con los ojos como charcos y la casa llena de murmullos.”


Diez relatos, diez retratos sociales tiernos pero también cargados de humor que hablan de sexo, de infancias, el mundo del trabajo, de algunos lugares conocidos pero también de vivencias totalmente alejadas de nuestra “normalidad”. La ficción de Taboada llega en este caso a ordenar la vida, da cuenta de la crítica social y organiza lo que nosotros/as no podemos organizar en la realidad. Un libro muy bien escrito, que se lee cultivando poco a poco cariño y compasión hacia unos personajes que son muy reales durante toda la lectura.



lunes, 4 de noviembre de 2019

RESEÑA en eldiario.es Cantabria de Gerónimo de los paracaidistas

El Desvelo acaba de publicar su última novedad literaria, el libro de relatos de Francisco Taboada titulado 'Gerónimo de los paracaidistas'. Se trata de un conjunto de historias de una factura impecable y que abordan los más variados temas, desde la corrupción al sexo o la infancia. "Tierno y humorístico al tiempo, es un retrato social implacable", explican desde la editorial cántabra.
El autor estará el próximo 12 de noviembre en La Vorágine de Santander y el 22 de noviembre en la librería Dlibros de Torrelavega para presentar este trabajo en el que muestra su versatilidad como escritor.
Portada de 'Gerónimo de los paracaidistas'.
Portada de 'Gerónimo de los paracaidistas'.
Un niño maltratado huye de su padre utilizando métodos detectivescos. Dos hermanos albañiles pierden su empresa en un ambiente de corrupción urbanística rural. Un grupo de mujeres de la élite de una pequeña ciudad se enfrenta a un depredador sexual. Un guitarrista de rock sufre una epifanía en mitad de un concierto desastroso. Un poeta politoxicómano encuentra por casualidad la droga total y definitiva… Así se resumen algunos de estos relatos que esconden una ácida crítica social.
Francisco Taboada (Bilbao, 1957) es escritor y pedagogo. Ha sido profesor de Didáctica del Pensamiento en la Universidad del País Vasco; y también albañil, viajante de comercio, encuestador, librero, restaurador de muebles, barman, cuidador de ancianos… Una experiencia laboral variopinta que refleja con humor en su obra literaria.
Es autor de los libros de poemas 'Garbanzos' (1979), 'Palabras dactilares' (2011) y 'Frontera de carne' (2015); de la obra de teatro 'El Maestro' (2012) y de las novelas 'Memorias de Yoser Pez' (2006), 'La cosecha' (2012) y 'El pozo séptico' (2015), además de haber colaborado habitualmente en prensa.

lunes, 2 de octubre de 2017

COREOGRAFÍA POLÍTICA en ELDIARIO.ES Cantabria




Coreografía política


El cuerpo humano, por muy contorsionista que sea, tiene los movimientos limitados por su anatomía y España por la resistencia de sus materiales. Este es un país frágil, de acero mal forjado, como esas espadas lustrosas que sirven para decorar pero se quiebran en el combate. La democracia débil que nos sirve de esqueleto es latina y está aquejada de la osteoporosis procedente de su naturaleza dictatorial. Basta un solo golpe para que la armadura se rompa y el  cuerpo se fragmente y sangre y muera.

La derecha de la nación y la derecha nacionalista nunca han soltado las riendas, tienen el pastel muy bien repartido y se pasan la pelota como elemento de despiste que ya no despista a nadie, aunque da juego, que es de lo que se trata. Mientras la población ya no da más de sí, nuestros gobernantes van a seguir haciendo evoluciones alrededor del mismo escenario y sin salirse de él. Que si España se rompe que si se pega con cola, y el país, en su vida diaria, ya está roto en mil pedazos. El tema del referéndum más que una cortina de humo es un incendio en toda regla. ¿En serio cree alguien que a los millones de parados les importa en qué país pasan hambre y en qué lengua se quejan?

Es un hecho que nos han robado 40.000 millones en el rescate bancario y que el 20% de los bancos son catalanes con sucursales en toda España. ¿Acaso han mencionado los que quieren independizarse la posibilidad de distanciarse de la corrupción devolviéndonos ellos la parte que les corresponde? No, para nada, que la pela no se toca. Hasta mi perro sabe que todo esto es una coreografía ensayada al milímetro para que si uno estira la pierna hacia un lado el otro lo haga para el lado contrario y así la imagen de conjunto queda muy mona, muy equilibrada. Mientras tanto, se va desmontando la sanidad pública de modo que la salud sea un privilegio de los ricos, la educación pública se deteriora hasta convertir a la gente en analfabeta funcional y se recorta la libertad de expresión asustando a las personas para que obedezcan como animales acorralados. Bravo: si Cataluña se independiza no podrá participar en Eurovisión.

Pero cuidado, que la policía no es tonta y todos llevamos un madero en el interior.  Las pruebas son las pruebas y para pillar al delincuente solo hay que seguir el rastro del dinero. Dicen las malas lenguas que al gobierno de Rajoy lo sostienen los nacionalistas vascos a cambio de pasta gansa, miles de millones. Dicen también que los socialistas se montaron un teatro magistral para volver a la palestra y si un día afirman que España es plurinacional al día siguiente no están en contra de aplicar el artículo 155, si no queda más remedio, todo con tal de no perder la primera línea del abrevadero de la guita.  Dicen que Unidos Podemos trabaja con denuedo para asegurar su continuidad haciendo propuestas que molan cantidad, diálogo y eso, buen rollito en una asamblea guay que solo añade leña al fuego. En fin, que la calle habla y sabe que si les quitas la máscara todos acaban cantando.

¿Si la cosa es tan grave, por qué sonríen por lo bajo Rajoy y Puigdemont, qué tienen que ocultar? La experiencia nos dice que si metes en una sala de interrogatorios a una persona culpable y a una inocente, y las dejas a solas durante horas, la inocente se ira poniendo cada vez más nerviosa mientras que la culpable puede que acabe echándose un sueñecito. La inocente cree que, a pesar de su rectitud, dada la complejidad de la ley, puede haber cometido un delito sin saberlo, de ahí su nerviosismo, mientras que la culpable, sabedora de su delito, y probablemente tan conocedora de la ley como quienes la aplican, estará cada vez menos preocupada porque el paso del tiempo implica dificultades para encontrar pruebas que demuestren su delito. Por eso, el 1 de octubre, pase lo que pase, los dos seguirán sonriendo. Van a ganar votos y podrán esconder su mala gestión de gobierno con la complicidad de sus votantes. Lo único que les importa es que siga el espectáculo.

Hay pocas ideas más turbias que Patria, País y Nación y pocos disfraces más tristes que los tejidos con la tela de una bandera, escudo de miserables, capa multicolor del fantasma paleto. Las ideas valiosas no tienen tantos seguidores. Poco importa España Uno, Cataluña Cero o viceversa. Una región pobre nunca amenaza con abandonar el país y si disipamos la niebla lo único que se ve es dinero en ambas partes. Eso sí, los majaderos de siempre hablan de violencia en el horizonte, como buitres necesitados de cadáveres que justifiquen sus razonamientos baratos. Por eso el Gobierno Español se ciñe a su papel y esgrime el fasces de hacha y varas, y el Govern la hoz del segador. Cada uno intimida a los suyos y a los del otro bando. El caso es amenazar. Que la gente tenga miedo, que tiemble ante el futuro incierto, que se divida en grupos, que calle y otorgue, que el lunes vaya a trabajar por un salario de esclavo. Y sobre todo que no piense. Porque el día en que España piense cambiará la Constitución. Hasta entonces, no hay nada que hacer.



miércoles, 20 de septiembre de 2017

DISCURSOS PARALELOS en ELDIARIO.ES Cantabria



Discursos paralelos


Quedo para cenar con un viejo revolucionario cargado de anécdotas y entre otras me cuenta su panfletada más gloriosa. Sucedió un día en que sus colegas de partido lo dejaron solo con una mochila llena de octavillas que había que aventar con urgencia. El método clásico consistía en arrojarlas al aire en diferentes lugares de la ciudad, cuantos más mejor. Lo normal era coger un autobús de línea, bajarse en una plaza pública, esperar la llegada de otro autobús que fuera en la dirección contraria y cuando llegaba, justo antes de subirse, lanzar los panfletos y desaparecer de escena. No había móviles, pero cualquier pasajero o el mismo conductor podían avisar por señas a la policía si se cruzaban con ellos, luego era necesario bajar en la siguiente parada, desplazarse a pie hasta otra ruta y vuelta a empezar. Funcionaba bien si lo hacía un grupo numeroso de militantes, en un espacio de breve de tiempo, pero un hombre solo se arriesgaba demasiado y probablemente sería detenido y encarcelado. Era un tema serio.

Con la ayuda de un miembro del partido que trabajaba en la estación central de los autobuses, el hombre se coló de madrugada en las cocheras y colocó sobre el techo de toda la flota pequeños paquetes de octavillas previamente humedecidas. A la mañana siguiente, según circulaban los autobuses, los panfletos de se iban secando al viento y en cosa de horas toda la ciudad estaba sembrada de consignas revolucionarias. “Casi cinco mil octavillas”, me dice con orgullo, “cuando cinco mil era un número importante”. Inevitablemente, hablamos del poder de la información, de la capacidad de difusión actual de las ideas gracias a Internet. Supongo que le alegra su existencia pero me dice, con el cinismo propio de Oscar Wilde: “Cuando los dioses quieren castigarnos, atienden nuestras plegarias.” Y añade que nunca se había inventado nada tan contra-revolucionario como Internet.

Según su teoría, Internet se parece a una asamblea general multitudinaria que, precisamente por su tamaño, resulta ineficaz. Demasiada gente hablando a la vez y cada cual empeñado en defender solo su punto de vista. No hay verdadero diálogo por culpa de la inmediatez de respuesta. Hasta el discurso mejor elaborado y certero se ve expuesto a la demolición por parte de un conjunto excesivo de personas que lo utilizan como disculpa para elaborar un discurso paralelo, el suyo, de manera que el mensaje original queda anulado en cuestión de minutos:

 “¿No te has fijado que cuanto más impecable es un análisis político de la situación actual, aumenta exponencialmente el número de ataques hasta lograr que se dude de su bondad o su validez? Si aciertas de pleno, el primer comentario será: ‘Tú no sabes lo que es el fascismo’, o bien: ‘No he pasado del primer párrafo porque aburres a las ovejas.’  Eso sin mencionar los insultos y los ataques personales. Y como se te ocurra opinar, sobre todo si es a favor, del feminismo, de la homosexualidad o de Cataluña, sin ser mujer, o gay o catalán, te caerá encima una horda de gente con lupa, escrutando, falseando, si es preciso mintiendo; y si has dicho España eres españolista por no decir ‘estado invasor español’, si has dicho LGTB serás un ‘Cishetero’ por no decir LGTBIQ, que no te enteras, o te tacharán de machista porque crees que hay que racionalizar la ‘discriminación positiva’. En el fondo da igual lo que digas, solo importa que seas atacable. Si lo eres te demuelen, si no, te ignoran. Tu valor depende de la posibilidad de crear a tu costa discursos paralelos. Y lo hace la gente a la que apoyas, los de tu bando, con más fiereza que si fueras del bando contrario, joder.”

El viejo revolucionario se cabrea y entonces hablamos de censura, de autocensura, de posverdad, de la ley mordaza, de lo sospechoso que le parece que se haya permitido la expansión descontrolada de Internet, de la destrucción de una herramienta global de información que podía haber sido positiva por la inexistencia de un código deontológico básico, de que importe más enseñar un teta que vender un tanque, del hecho irrefutable de que Internet nos esté convirtiendo en más machistas, más fascistas, más xenófobos, más incultos y menos educados. “No sabemos lo que somos, ni qué significa ser, pero sí que somos en el tiempo, ya lo decía Heidegger, así que ha sido tan simple como poner en nuestras manos un acelerador del tiempo para acabar con nosotros. Quemamos las ideas antes de afianzarlas. La prisa no nos deja reflexionar. Le estamos haciendo al pensamiento lo mismo que las centrales nucleares al medio ambiente.”

Es lo que pasa con los viejos revolucionarios, que tienen perspectiva. Les han tumbado tantas veces sus ideas, sus iniciativas, que hablar con ellos deja un cierto regusto amargo. Por eso me comenta que está pensando en descontaminarse, abandonar las redes sociales en las que es tan activo, cerrar su blog y no volver a hablar de nada en absoluto. “No lo hagas, o la asociación metafísica española te echará la bronca por mezclar nada y absoluto en una misma frase.” Reímos por no llorar y para que se anime le paso el móvil con un artículo de Jamie Bartlett  donde habla del auge de la extrema derecha en Internet. Lo lee con calma y luego asiente y enseña las garras. Es un gato callejero, aunque parezca agotado jamás se rinde.

lunes, 4 de septiembre de 2017

LOS HÉROES LGTB en ELDIARIO.ES Cantabria



Los héroes LGTB



¿Qué sucedería si en el último capítulo de la 7ª temporada de Juego de Tronos descubrimos que Jon Nieve tiene un novio macizo en Desembarco del Rey? Que se perderían de golpe 10 millones de espectadores. ¿Y si Daenerys de la Tormenta, traumatizada porque la violó salvajemente un criador de caballos, estéril para lo humano pero capaz de fertilizar huevos de dragón, le pide a una hechicera que le desarrolle genitales masculinos con la dureza del acero valyrio y decide perpetrar contra el sexo fuerte una oscura y penetrante venganza? Pues que se perderían 20 millones de espectadores y HBO tendría que clausurar la serie. Por eso, en el penúltimo capítulo, cuando los toscos guerreros bromean diciendo que si no hay mujeres ya se apañarán entre ellos, ‘El Perro’ tranquiliza al burdo salvaje pelirrojo afirmando que está enamorado de una señora y que tendrá con ella los hijos que haga falta. Porque una cosa es que en la serie haya violaciones, incesto y empoderamiento femenino y otra salirse de la norma heterosexual mayoritaria, salvo en papeles secundarios, para cumplir y nada más. Los grandes protagonistas están excluidos de esa posibilidad.

La sociedad todavía no está madura para tener héroes LGTB con la suficiente entidad para servir de referente. Para que los niños y las niñas puedan decir en el cole, según sus inclinaciones: “Me gustaría ser como Z-Woman, que tiene una novia muy guapa en Alfa Centauro o como F-Man, que le tira los tejos a Lobezno”. Quizá porque el colectivo LGTB es estadísticamente minoritario, aunque no sabemos si lo sería tanto en un mundo donde no se pongan trabas para que cada cual desarrolle la tendencia sexual que más le apetezca. O todas, o ninguna, que también los asexuales están reivindicando sus derechos (digamos LGBT+). Héroes, en fin, cuyo comportamiento carnal sea admitido, aceptado, reconocido, para ser modelos dignos de poseer seguidores propios no estigmatizados.

Algo de esto había en la serie de Netflix Sense8. Serie malograda que según las últimas noticias no seguirá adelante y sólo se le concede un único episodio doble, en 2018, para no dejar colgados a los espectadores y cerrar las diferentes tramas apresuradamente. No es nada excepcional, muchas series se cancelan por su falta de rentabilidad, pero lo grave del asunto es que Sense8 estaba a cargo de las hermanas Wachowski, que antes fueron los hermanos Wachowski, directores de la trilogía de Matrix, y que gracias a su cambio de sexo se han convertido en todo un icono transexual y por lo tanto LGTB. Héroes civiles con capacidad demostrada para crear héroes de ficción que, sin embargo, en esta ocasión han fallado estrepitosamente. Una verdadera lástima.

Y es que Sense8 lo tenía todo. Una buena idea inicial: Ocho personas de diferentes culturas y lugares del mundo están conectadas telepáticamente y pueden actuar juntas para mejorar la realidad. El punto de partida es el día del Orgullo Gay, y entre los personajes hay todo un abanico de tendencias sexuales: una trans con relaciones lésbicas, dos heteros super-enamorados, dos gais emotivos y cachondos, dos amantes conflictivos con infidelidad de por medio, un jovencito inexperto con una mujer resabiada, una dominatriz karateca a punto de liarse con el poli que la persigue… Tenía que funcionar. La primera temporada estaba cargada de defectos pero el desafío merecía la pena. Además contaba con el español Miguel Ángel Silvestre en una soberbia interpretación con vis cómica que parodiaba precisamente a Matrix. Incluso tenía el beneplácito de las revistas del corazón ya que la actriz principal Jamie Clayton, en un papel trans, es transexual en la vida real y tuvo un romance con Keanu Reeves. Qué más se puede pedir para la normalización.   

Las hermanas Wachowski se pueden lavar la manos y echar la culpa de todo a Netflix, pero lo cierto es que dilapidaron un presupuesto de lujo, casi 9 millones de dólares cada episodio, por ser demasiado pretenciosas y confiar en que sólo con su nombre ya tenían garantizada una serie a perpetuidad. Les faltó solidez de guión, imaginación, perspectiva, y la segunda temporada es aburrida, casi una orgía permanente que no conduce a ninguna parte. Todo un alarde de irresponsabilidad, teniendo en cuenta que el colectivo LGTB estaba pendiente de ellas. A última hora, la web porno xHamster se ha ofrecido a financiar la siguiente temporada, aduciendo que están a favor de la libertad sexual y la sexualidad no-normativa, ya imaginamos con que objetivo. Si las Wachowski aceptan sería como volver a la marginalidad, aunque la audiencia sea enorme, algo que nadie podría perdonarles.

En estos tiempos de crisis, que ya amenaza con ser permanente, las religiones y otras fuerzas reaccionarias extienden con facilidad su mensaje involucionista ofreciendo a las personas una protección y amparo que les permite controlarlas, de modo que el progreso social retrocede hacia posiciones anteriores y se pierde lo ganado convirtiendo en simples experimentos lo que son necesidades humanas: las mujeres de Afganistán volvieron de la libertad al burka y los homosexuales podrían ser obligados a regresar al armario. Por eso es necesario no perder ni una oportunidad de afianzamiento, para solidificar lo conseguido y evitar una vuelta atrás. El futuro siempre llega tarde, o no con la celeridad deseada, y dormirse en los laureles es peligroso. Sense8 podría haber sido una serie de referencia, un hito, ahora solo es un ejemplo de cómo no se deben hacer las cosas. Qué pena. 

martes, 22 de agosto de 2017

ARENA EN LOS OJOS en ELDIARIO.ES Cantabria



Arena en los ojos


Estoy tumbado en la playa leyendo las noticias en el móvil y unos chiquillos que pasan corriendo me tiran arena a la cara. Me entra en los ojos, dejo caer el móvil y mientras me incorporo siento la certeza de que siempre ha sido así. Siempre ha sido así, aunque no se sabía, o se sabía ocultar mejor, o no existía internet para difundirlo y también ocultarlo, o emborronarlo hasta sembrar la duda de si realmente ha ocurrido, pero no importa porque la información se devora y se deglute y sin tiempo para digerirla ya se desecha. Pero siempre ha sido así. Estoy seguro.

Quizá sea porque la noticia que estaba leyendo cuando me han tirado arena a la cara habla de la salida de la cárcel de Ángel María Villar, el siguiente de la lista, con sus 30 años de reinado a su aire en el mundo del fútbol, pero sospecho que los más listos, los que mejor robaron y mangonearon, esos no han sido descubiertos. Solo han pillado a los menos diligentes, a los chapuceros y los soberbios, pero no a los señores, a los que piden la tapita en el club marítimo e incluso son amables con el camarero, a los del traje impecable y prudencia a prueba de la menor indagación.

No consigo ver nada, intento pestañear pero la cosa empeora y una voz compasiva de mujer mayor me dice que incline la cabeza, que ella me irá echando chorritos de agua hasta que se me quite la arena. Pero no se me quita, es demasiada, y lo peor es que se acrecienta la sospecha de que da lo mismo un partido con el árbitro comprado que un partido político, el que sea, porque todos están en el ajo, siempre han estado en el ajo, todos lo sabían y por interés callaban y siguen callando. Puede que también hubiera amenazas, puede que algunos murieran por resbalón de cáscara de plátano, por oportuno infarto o recurrente vejez y pérdida de memoria, pero los demás estaban al tanto y no lo denunciaron. España es un país corrupto por naturaleza.

Poco a poco el agua me va limpiando los ojos, y por eso tengo el convencimiento de que todos ellos sabían, no podían no saber, aunque quizás tampoco sabían cómo impedirlo. Creo que cada uno de ellos, al llegar a la empresa, multinacional, ayuntamiento, gobierno regional o central, congregación religiosa, a cualquier centro de poder, fueron obligados a firmar el acta de secretos oficiales, el acta de secretos pederastas, el acta de chanchullos al por mayor, el pacto con el diablo, y que lo avalaron con su vida y la de su familia, y que perderían a su cónyuge y a sus hijos, a su grupo social, a sus amigos, y los más de izquierdas a su barrio obrero al completo. Que los repudiaría todo el mundo si abrían la boca.

Al fin consigo ver algo, y la señora me dice que no se me ocurra frotarme los ojos, que podría hacerme llagas o quién sabe qué tipo de herida de consecuencias irreversibles. Le hago caso, pero me escuece mucho, y mis sospechas llegan hasta la dictadura de Franco, pero sin entrar en ella por razones obvias, que por algo era una dictadura y todo estaba permitido para los listos que lo tenían todo permitido. Casi peor fue la Transición, quién sabe cuántos y cuánto hubo que esconder entonces, cuánto hubo que permitir para sujetar a los viejos perros y permitir la llegada de los nuevos, si es que cambiaron, o solo se ocultaron los de siempre bajo nuevas capas de ocultación y olvido programado y, más tarde, ya en la democracia de facto, cuando todo parecía legal y limpio pero estaba sujeto al antes y pendiente de perpetuar su maldad en el después… Joder, cómo pica, y Felipe en el yate con su puro y sus acciones y sus valores invertidos en Bolsa y el Gal, que recordaba a una marca de champú.

“Gracias, señora, es usted muy amable… Menudos gamberros…” ¿Desde cuándo todo esto que ahora se descubre y se va descubriendo y todavía se va a descubrir? ¿Desde cuándo esta impunidad descarada? “Bueno, hombre, no se lo tome así, sólo son unos niños, estaban jugando.” ¿Desde cuándo estos jueces que se suman a la risa infame y prepotente con la risa seria del que sabe y sabe todo lo que hay que saber? “Usted lo que necesita es un poco de colirio, le vendría bien acercarse hasta una farmacia.” ¿Cómo es posible que yo sepa y todos sepamos y ellos insistan en que no hay nada que saber? ¿Cómo es posible que no seamos capaces de impedirlo o al menos mitigarlo, y que sea una excepción y no la regla? “Gracias, señora, le haré caso, ha sido usted… debería traerle una botella de agua.” “Deje, hombre, deje… vaya a la farmacia.”

Recojo la toalla y las chanclas y voy camino de la farmacia, al otro lado del paseo. Antes de salir de la playa me detengo en el chiringuito y pido un vermut para relajarme. El camarero me pone tres hielos y un chorrito ridículo, y encima me cobra cuatro euros. ¡Pero qué pasa! Le pago, no digo nada, estoy asqueado, y como sé que el vermut no se crea ni se destruye, solo se transforma, busco en la barra un culpable. Hay dos tipos con pinta de turistas que se están bebiendo la parte que me corresponde. Malditos turistas. Son una plaga. ¿Por qué no hace algo el gobierno? ¿Qué estarán maquinando esos miserables durante las vacaciones mientras yo despotrico contra ellos y contra los turistas porque tengo arena en los ojos?
                                              

sábado, 5 de agosto de 2017

TURISTAS Y ZOMBIS en ELDIARIO.ES Cantabria


Turistas y zombis


Existen tres tipos de zombis: el clásico, de contenido mágico y origen haitiano; el moderno, más literario y terrorífico; y el posmoderno, muy cinematográfico, vulgar y exagerado. Del mismo modo, dentro de los turistas encontramos el residente, tipo Marco Polo, el viajero, como Paul Bowles, y el turista víctima, o sea, cualquiera de nosotros en la época actual, este mismo verano sin ir más lejos. La analogía entre zombis y turistas es irresistible.

El zombi original era bastante majo. No tenía cuerpo, no mordía a la gente y se le consideraba un espíritu protector capaz de hacer grandes favores a quien lo tenía de su parte. Está emparentado con el concepto de ‘alma dual’ que existía en las culturas africanas y surgió en Haití como recurso psicológico para superar la esclavitud y sus nefastas consecuencias. Un hechicero lo escondía dentro de una vasija y su poseedor gozaba del amparo de un ángel bueno que atraía hacia él todo lo positivo. Se cuenta el caso de una costurera que poseía un zombi que le buscaba clientes y el de unos padres que pusieron un zombi en la punta de la pluma de su hijo estudiante para que mejorara en los exámenes. Su primer reconocimiento público data de 1697, en la novela ‘El zombi de Grand Pérou’ de Pierre-Corneille de Blessebois, que recogía el mito popular extendido por la isla.

El concepto de zombi comenzó a degradarse precisamente por influencia de la literatura. Tanto el Frankenstein de Mary Sheley, con su criatura resucitada por la ciencia, como la cataléptica y enterrada viva Lady Madeline de ‘La caída de la casa Usher’ de Allan Poe y el soñador sin sueños de la ‘La muerte de Halpin Frayser’ de Ambrose Bierce, mezclan la idea del zombi con leyendas judías como la del Golem, un cuerpo sin alma, condicionando así la imaginería popular y sustituyendo al zombi bueno por su versión más terrorífica. Luego vendría el cine para ahondar en la herida y en poco tiempo se pasó del zombi tonto y lento que va de valium, propio de la serie B del siglo pasado, hasta llegar al anfetamínico de las últimas películas, como ‘Guerra mundial Z’, donde es un ser rabioso que devora a todos los habitantes del planeta a ritmo de heavy apocalíptico.

Algo semejante le ha sucedido al turismo, que ha perdido su esencia hasta resultar irreconocible. ¿Quién se acuerda del mensaje de ‘El libro de las maravillas’ de Marco Polo, el comerciante veneciano que viajo a China y regresó fascinado por aquella cultura milenaria y nos la dio a conocer en occidente? ¿Quién lee ya ‘Los siete pilares de la sabiduría’ de T.E. Lawrence, aquel espía británico abducido por los países árabes que hizo que nos enamorásemos del desierto y sin cuya lectura es imposible comprender aún hoy lo que sucede en Oriente Medio? ¿Quién atiende a las lecciones de Paul Bowles en ‘El cielo protector’, donde nos dice que viajar es sumergirse en una experiencia crucial que te cambia la vida? ¿Cuándo y por qué convertimos ese lujo tan deseable de visitar y conocer a otras gentes en ese gesto vulgar, ordinario de recorrer miles de kilómetros para comernos una hamburguesa idéntica a la del McDonald que hay en la esquina pero en las antípodas?

Uno tiene la tentación de simplificar este fenómeno, de ponerse elitista, como suelen hacer los promotores que hablan del ‘turismo de calidad’, culpabilizando de todo al turista mismo o a las corporaciones locales que convierten en horteras sus propios recursos. Parece que todos ansían el regreso de aquellos turistas ricos que se dejaban un dineral en cada visita o de aquellos parajes desconocidos para la mayoría, ese mundo todavía por descubrir. Sería como darle galletas a un zombi o pedirle que no te muerda. Un zombi es un zombi y un turista es un turista, diría Rajoy, y poco podemos hacer para evitarlo. Ambos se han convertido en un objeto de consumo, una fuente de ingresos, un recurso económico, como la política una empresa que si no es corrupta no funciona porque pierde el incentivo, la gracia.

Hay que cambiar de filosofía, aunque la estén marginando en la enseñanza, o precisamente por eso. Este verano, a principios de julio, huyendo de la gente nos fuimos a Pateira de Fermentelos (Portugal), a un lago mágico sugerido por una página web, nada exclusivo. Había poca gente, el personal del hotel era exquisito, con una piscina en el exterior y otra climatizada para la tarde,  con un desayuno opíparo, una tranquilidad envidiable y un precio más que razonable. Nos dimos unos paseos casi solitarios, vimos amanecer a los patos, a las garzas y todo el personal aéreo que puedas imaginar, y dormimos como troncos, felices. Está a un cuarto de hora  en coche de Aveiro, donde los turistas hacen cola para subirse a unas embarcaciones tristes que los llevan a velocidad fueraborda por los canales; a media hora de Coimbra, en cuya universidad han dejado un aula abierta para que los chinos, los alemanes y nosotros nos hagamos una foto sentados en la silla del catedrático; a una hora de Oporto, donde tuve miedo a que la horda de turista con llaves inglesas  se llevara como recuerdo una tuerca del puente de Eiffel y lo tiraran abajo. De la pesadilla zombi a la paz espiritual solo distaban unos minutos de autopista.

Quizá esa sea la clave, viajar para conocer, para comprender, para crecer como persona. Intentar hablar su lengua, perderse en sus calles y pueblos, comer su comida, adquirir sus hábitos durante unos días. Resistirte a que te conviertan en un objeto, a que te recolecten como si fueras una fruta de temporada,  a que te paseen por la ‘ruta del tourist’ igual que a un zombi sin alma. Ser tú, y entonces ellos serán ellos, y ninguno una estadística.

Enlace:http://www.eldiario.es/norte/cantabria/primerapagina/Turistas-zombis_6_670592952.html

                                                         

lunes, 24 de julio de 2017

MUJER CON PATATAS FRITAS en ELDIARIO.ES Cantabria


Mujer con patatas fritas



En su momento leí ‘El cuento de la criada’ de Margaret Atwood y no me impresionó tanto como lo está haciendo la serie de televisión, supervisada por la propia autora, lo cual es una garantía, quizá porque en 1985 me faltaba perspectiva para valorar las consecuencias catastróficas de una involución en materia de derechos de la mujer. Lo que entonces era una lucha solitaria, ‘la causa’ de una parte de la sociedad, en tres décadas se ha convertido en una reivindicación colectiva e irrenunciable, algo en lo que todos como grupo nos jugamos el futuro. Ahora ya sabemos que nada será posible, no habrá porvenir si las mujeres y los hombres no vamos a la par, juntos, como iguales. Y ojalá esto sea una obviedad.

En 1989 se hizo una versión cinematográfica de la misma novela, dirigida por Volker Schlöndorff, con Natasha Richardson, y vista ahora resulta incomprensiblemente machista. No solo por la elección de una protagonista tan atractiva que utilizaba sus encantos para dominar la situación desde el principio, sino por una secundaria tan poderosa como Faye Dunaway, que en modo alguno podía hacer de mujer sumisa y consentida. El gran acierto de la serie de televisión ha sido Elisabeth Moss, cuyo aspecto de mujer normal que destaca por su inteligencia permite una correcta identificación del espectador, sin despistes maniqueos. Juega en su favor la duración, casi diez horas solo la primera temporada, pero sobre todo el aire de perplejidad mezclado con horror que no conseguía tener la película.

Perplejidad y horror son precisamente los sentimientos que manifestamos hoy en día ante el machismo, el tipo de terrorismo más extendido en el planeta, reservando el primero para occidente y el segundo para el resto del mundo. Tanto el discurso de Emma Watson en la ONU en 2014, como las recientes declaraciones de Emilia Clarke a raíz de la discriminación sexista en Hollywood, ponen de manifiesto su profunda extrañeza ante un problema que ellas pensaban superado. Ninguna de las dos ‘se puede creer’ que la situación continúe en un estado tan lamentable, tan patético. El lugar de privilegio que ambas ocupan nubla su percepción de la realidad, que ha evolucionado mucho menos de lo deseable. El creciente obituario femenino por causa de los malos tratos en un claro exponente. Y eso que hablamos del occidente presuntamente civilizado.

En el lado del horror sobran ejemplos y basta con ver ‘La mujer del animal’ de Víctor Gaviria (2016) para estremecerse como en la más espantosa película de miedo. Aunque los hechos que recoge son de 1985 en un barrio de chabolas de Medellín, en buena parte del mundo ésa sigue siendo la realidad diaria de muchas mujeres, tratada como carne para los lobos. Las constantes violaciones en la India, los apedreamientos en países árabes, la ablación que se sigue practicando en África (y puede en que en la ciudad más próxima, Santander, Bilbao, unos inmigrantes se lo estén  haciendo a una niña en estos momentos, con el consentimiento y el amparo de su comunidad), son una muestra de que en ciertas cuestiones no andamos lejos de la Edad Media. La religión, todas las religiones, son responsables de ello. Y el poder rancio, que vive más tranquilo si la mitad de la población sigue enfrentada a la otra mitad.

En cualquier caso es una responsabilidad de los países más desarrollados instaurar las pautas que permitan solucionar el problema para aplicarlo a los demás, y estamos todavía muy lejos de tener encarrilado el tema. Basta fijarse en cómo se revuelven muchos hombrecitos cada vez que se cuestionan sus injustos privilegios, cómo ladran los articulistas cipotudos o las barbaridades que sigue diciendo Trump sin que nadie lo lleve a los tribunales. Además el ámbito público y privado no coinciden, hay demasiados hombres que aparentan ser civilizados cara a la galería pero en su casa son unas malas bestias, y mujeres que afirman que nunca se dejarían pisar hasta que se encuentran sangrando en un rincón de la cocina.  La teoría, como es habitual, va muy por delante de la práctica. Admitir que seguimos siendo una sociedad machista es más positivo que negarlo, con vistas a implementar soluciones reales, porque bajar la guardia es muy peligroso. Los tiempos del mono empalmado y violento deben pasar a la historia.

En este sentido conviene ver la película israelí ‘Bar Bahar’ de Maysaloun Hamoud, donde tres mujeres palestinas que viven juntas en un apartamento de Tel Aviv tienen que enfrentarse a las contradicciones entre la vida moderna y la tradición. Es una película sencilla, llena de sutilezas, que desenmascara con eficacia el cinismo de una sociedad incapaz de cambiar y evolucionar hacia un futuro más justo para todos. Porque de eso se trata, de comprender que nuestras tradiciones se asientan sobre la injusticia, la desigualdad y el inmovilismo, como ciénagas donde el agua se corrompe por falta de movimiento.

Un futuro que imita al presente no es futuro, no contiene esperanza. Aunque nos crispe los nervios, no podemos dejar pasar ni una, como han hecho en Pamplona durante los Sanfermines. La alerta debe ser permanente, nos jugamos demasiado. Hay que actuar con la contundencia de aquel intelectual que respondió indignado a la pregunta, cuando todavía se preguntaban esas majaderías: “¿Cómo le gustan a usted las mujeres?”, con una respuesta de ironía brutal: “Con patatas fritas, por supuesto”.


                                                                       

martes, 18 de julio de 2017

SEBASTIÃO Y LA SAL en ELDIARIO.ES Cantabria



Sebastião y la sal



Sebastião Salgado tuvo siete hijas y un hijo al que puso su nombre. Tenía una hacienda en Aimorés, Minas Gerais, Brasil. Para proporcionar una buena educación a su prole cortó los árboles de su propiedad y se centró en el ganado vacuno. A los 15 años el joven Sebastião se marchó a Vitória, capital provincial, a cursar el bachillerato. Por consejo paterno, comenzó a orientar sus estudios hacia la economía. El país vivía en una brutal dictadura, participó en las protestas estudiantiles y en 1969 se fue con su joven esposa Lélia Wanick a París.

Lélia estudiaba arquitectura y un día compró una cámara de fotos. Sebastião se apropió de ella, comenzó a registrarlo todo. Poco después se trasladaron a Londres, él trabajó para la Organización Internacional del Café y lo enviaron a África, donde sufrió un gran impacto humanitario. Sus primeras fotos proceden de Tahova, Níger, que estaba sufriendo la hambruna de la sequía de 1973. Al regresar, el matrimonio decidió que Sebastião se dedicaría por entero a la fotografía, despreciando una prometedora carrera como economista.  En 1974 nació su hijo Juliano.

El primer gran proyecto de Sebastião Salgado fue ‘Otras américas’ (1977-1984). Eran los tiempos de la Teología de la Liberación. Visitó Ecuador, Bolivia, México… y también Brasil, que había abandonado diez años antes y donde acababa de caer la dictadura. Conoció así el nordeste de su país, lugar paupérrimo donde la mortalidad infantil y el movimiento de los Campesinos sin Tierra le sensibilizaron para ofrecernos fotos tan impactantes como la ‘tienda de alquiler de ataúdes’. La tierra devastada y la pobreza comenzaron a ser su tema central. El reportaje de las minas de oro de Sierra Pelada, donde 50.000 hombres trabajan como hormigas, le hizo famoso como fotógrafo de la conciencia social.

Abandonó de nuevo Brasil y se trasladó al Sáhel, para llamar la atención del mundo sobre el reparto global de la riqueza. Etiopía estaba padeciendo una sequía feroz, pero había alimentos para solucionarlo y el gobierno, en vez de distribuirlos, ametrallaba desde los helicópteros a la población que huía hacia Sudán. Cólera, deshidratación, diarrea y muerte. Lo tituló ‘El final del camino’, 1984-86, y en Mali registró las espantosas fotos de ‘las personas con la piel de corteza de árbol’. Sebastião Salgado no era consciente de que todo ese dolor transmitido estaba afectándole.

Entre 1986 y 1991, quiso cambiar de registro y visitó treinta países para hacer un homenaje a los constructores del mundo, la arqueología de la era industrial. ‘Workers’ le llevó entre otros a la URSS, Bangladesh, Sicilia, y terminó en Kuwait, después de la primera guerra del Golfo, cuando Saddam Hussein incendió en su huida los pozos de petróleo. Allí se unió a bomberos de todo el planeta en una noche permanente, rodeado de fuego y explosiones que lo dejaron medio sordo. El Salgado economista y el artista se fusionaron para comprender que el oro negro era el germen del mal. Sus fotos de ‘caballos desnutridos en el paraíso’, encontrados en un vergel árabe cuando ya abandonaba la zona, le “partieron el corazón”.

Su agonía comenzó dos años más tarde y duraría hasta 1999. Fue ‘Exodus’, que registraba los desplazamientos masivos de poblaciones africanas. Europa ya estaba cerrando sus fronteras y en 1994 el avión del presidente de Ruanda fue abatido en Tanzania. Salgado fue uno de los primeros en llegar. La represión contra los tutsis era de un salvajismo nunca visto. Un genocidio atroz. Hizo el camino inverso al de la población que huía y durante 150 kilómetros solo encontró en las cunetas cadáveres destrozados, despedazados a machetazos. Regresó al campamento de refugiados: “El infierno se instaló en la sabana. En pocos días había allí  un millón de personas. El odio es contagioso. Somos un animal terrible, nosotros, los humanos.”

Sin embargo, el ejército asesino de los hutus fue derrotado y entonces fueron ellos los que tuvieron que huir de la venganza de los tutsis. Se retiraron a la región de Goma, en el Congo. Dos millones de personas se hacinaron en un campamento gigantesco y enfermizo. Cada día morían entre 12.000 y 15.000 personas víctimas del cólera. Se las enterraba de mala manera a golpe de excavadora. “Cuando salí de allí mi cuerpo estaba enfermo. Mi alma estaba enferma.” Pero lo peor aún estaba por llegar. Un año más tarde las Naciones Unidas obligaron a los hutus a regresar a Ruanda. Algunos se negaron y 250.000 desaparecieron en la selva. Cuando Salgado fue a fotografiarlos, ya solo quedaban 40.000, famélicos y completamente locos. La guerrilla congoleña se hizo cargo de ellos, los asesinó.

“Ya no creía en nada. No creía en la salvación de la especie humana. No podíamos sobrevivir a tal cosa. No merecíamos vivir más. Nadie merecía vivir.”

Sebastião Salgado estaba destrozado. Decidió no sacar ni una foto más y dejar de ser testigo de la horrible condición humana. Regresó a Brasil para hacerse cargo de la hacienda de su padre. Como si fuera el reflejo de su alma, tenía ante sus ojos 600 hectáreas de tierra yerma, esquilmada. No sabía qué hacer. No quería hacer nada. Tuvo que ser su mujer, Lélia Wanick, que siempre se encargó de sus exposiciones y de mantener unida a la familia, la que propuso una solución insólita, insensata, irrealizable. Regresarían a la infancia de Sebastião, cuando en aquel lugar había un paraíso de plantas y arroyos. Volverían a empezar para recuperar la esperanza.

Así nació el Instituto Terra, un proyecto revolucionario que apostaba por la recuperación de la naturaleza y de la Mata Atlántica. Plantaron 150 especies autóctonas. Al principio se perdía el 60%, luego el 40, hasta que se produjo el milagro. En diez años, ayudados por voluntarios, en ese lugar estéril aplastado por las pezuñas de las vacas trasplantaron 2,5 millones de árboles. Un prodigio. Hoy en día ese sitio tan hermoso ya no es propiedad de la familia Salgado, es un parque nacional que pertenece a todo el mundo. Un ejemplo a seguir.

De este modo, Sebastião Salgado recuperó la fe y volvió sacar fotos. Ya no quería denunciar la barbarie humana sino hacer un homenaje al planeta. El proyecto ‘Génesis’ (2004-2013) pretendía retratar paisajes, animales y gentes que vivían como al principio de los tiempos. Comenzó en las Galápagos, siguiendo los pasos de Darwin, luego se unió a los Nenets que viven con sus renos en Siberia, más tarde a la tribu Zo’e de la Amazonía. Durante buena parte de este viaje le acompañaban su hijo Juliano y el cineasta Wim Wenders, que juntos realizaron ‘La sal de la Tierra’ (2014), el documental sobre la vida y resurrección de Sebastião Salgado que he resumido en este artículo. 

“Si la sal de la tierra se desala, ¿quién la salará?” (Mateo 5:13) Salgado en castellano significa ‘salado’. ‘Génesis’ permanecerá en la Plaza Porticada de Santander hasta el 15 de julio.

viernes, 30 de junio de 2017

LA OPACA TRANSPARENCIA en ELDIARIO.ES Cantabria


La opaca transparencia



Dominas como nadie los videojuegos, navegas por internet, conoces a la perfección el menú de tu móvil, incluso, te vistes tú solito… ¿Y no sabes para qué sirve ese palo con pelos en una punta? Ese palo es una escobilla para limpiar el WC, cuando una parte de ti se engancha. Y es por eso, que es parte de ti, que te corresponde solo a ti limpiarlo.
En caso de chapapote, agarra la escobilla por el mango (la parte delgada que sobresale hacia arriba) y frota el otro extremo (el de los pelos) contra la pared manchada, sin dejar de tirar del agua al mismo tiempo.
Por favor no seas marrano, los demás no tenemos la culpa.
Gracias.
PD: Si no sabes, o no quieres saber cómo se utiliza ese palo, caga en casa antes de salir.

El simpático cartel está en el Chiringuito del Puntal. Me avisó mi compañera Paula Arranz, encargada de la fotografía y las correcciones de esta columna, después de volver del váter con una media sonrisa. Pero estábamos en traje de baño, habíamos dejado los móviles y las carteras en el aparcamiento de Somo, apenas llevábamos las llaves del coche y un billete pequeño para la consumición, así que tuve que pedirle al camarero un bolígrafo. Él lo llamó ‘máquina de escribir’, y como puse cara de bobo me lo repitió, luego supuse que era el autor del mensaje pedagógico.

Tardé un buen rato en copiarlo a mano, el camarero se ofreció a sacarle una foto y enviármelo por e-mail, pero le dije que el esfuerzo merecía la pena. En el váter de chicos había cola, de modo que copiaba una frase, dejaba pasar a alguien y esperaba para reanudar la tarea. Al final también entré en el de chicas y comprobé que el mensaje era el mismo, no lo habían pasado a femenino. Estaba colocado encima de la cisterna, Paula me hizo notar que las mujeres se sientan siempre en la taza  y los hombres orinan de pie, lo cual significa que el original era sin duda para nosotros y luego se había fotocopiado. Pretendía informar y a la vez entretener, una buena fórmula para evitar que los tíos se reboten.

De regreso a Somo, media hora de playa maravillosa, siempre nueva, siempre llena de sugerencias y mundos por descubrir, comprobamos que ese día nos había tocado invasión de minúsculos escarabajos, quién sabe qué hacían allí, igual que la vez anterior hubo reunión de correlimos, esos pajarillos de patas mecánicas que corren hacia el agua y retroceden como niños frioleros con miedo a mojarse. Hablamos del mensaje del WC y de la proliferación de otros semejantes, aunque con menos sentido del humor, en algunos lugares públicos, como si la sociedad fuera consciente de que la falta de educación, decoro o pudor, empezara a sentarnos mal a todos. Era indudable que aquél iba dirigido a la gente más joven, así que abandonamos el tema para no sentirnos viejos y moralistas.

Una hora más tarde, estábamos comprando en el híper, y una mujer fue a coger unas cervezas, golpeó una lata y ésta se puso a tirar espuma. El líquido comenzó a escurrir hacia las baldas inferiores. Como yo estaba cerca, dije que debería llamar al encargado. Ella se hizo la sorda y se marchó sin más, con su hija, para darle buen ejemplo. Ahora me tocaba avisar a mí. Pero tampoco lo hice. No era mi responsabilidad. Me sentí como un espectador de ese doble atropello viral de una mujer china, en el que todo el mundo pasa de ayudar y al final viene un coche y la remata. La triste justificación fue que días antes a una buena samaritana que socorrió a un herido la obligaron en el hospital a pagar las costas como si ella fuera la causante de las heridas. Lógicamente se mosqueó, lo subió a la red y generó una ola de insolidaridad desproporcionada.

Huir de todo, como si cada cual fuera una isla, está afectando a nuestra manera de ser. En ‘La sociedad transparente’ sostiene Vattimo que el exceso de información y su inmediatez puede ejercer un papel deshumanizante en la sociedad.  Conocer tanto no esclarece sino que hace opaco nuestro entendimiento. Es obvio que lo negativo nos impacta más que lo positivo, condiciona nuestra conducta, nos retrae y pone a la defensiva. No mejoramos porque al saber más desconfiamos más. Es como si esta sociedad transparente primero nos atravesara la ropa, luego la piel y llegara hasta nuestro oscuro interior. Y del oscuro interior humano es mejor no hablar. Hemos evolucionado desde la crueldad y la violencia, en los escudos de nuestras ciudades hay espadas y cañones, en nuestras playas una marea de cadáveres...

Quizá debamos plantearnos una terapia general con mensajes simples, directos, cotidianos, decálogos olvidados, instrucciones de uso de la vida, algo que nos haga levantar la vista del móvil para recordar que si cada uno dejamos menos mierda a nuestro paso tendremos algo provechoso que legar a las próximas generaciones. Aunque solo sea para no desconcertar a las inteligencias artificiales que, cuando nos imitan, nos asustan al vernos reflejados. Qué horror si los robots que hereden la tierra se parecen a nosotros.

Para terminar en positivo, y como agradecimiento a los buenos trabajadores que al amanecer limpian la playa de Somo, diré que en dos kilómetros de orilla solo encontré una bolsa de plástico que acababa de traer la marea. Eso no lo superan ni en Malibú.



domingo, 11 de junio de 2017

EL FUTURO COMO SÍNTOMA en ELDIARIO.ES Cantabria


El futuro como síntoma


Nadie nos advirtió contra el cáncer. No había nada que advertir. Era una enfermedad. La prevención de las enfermedades todavía no estaba de moda y constatar su existencia como pandemia era más que suficiente. Su gravedad estaba acentuada por el malditismo y el silencio. Cuando al fin se habló libremente de ello, el todo en su conjunto comenzó a provocar cáncer. Fumar pasó de ser un recurso masculino para convertirse en vaquero curtido al atardecer a ser un traqueotomizado hecho polvo. La comida también estaba bajo sospecha y las puertas de las neveras se llenaron de listados de conservantes que nos podían llevar a la tumba. Por supuesto, aunque todos lo negaban, se expandía la idea de que era muy contagioso. Había que alejarse de las personas con cáncer.

Tampoco nadie nos advirtió contra el sida. Llegó una mañana, sin nombre adjudicado, pero pronto se asoció con el sexo y se extendió el temor a contagiarse con la saliva de un simple beso. También había que ocultarlo, estigmatizar a los enfermos, no tener contacto alguno con ellos, porque era una plaga bíblica para castigarnos por nuestra degeneración. Repartir o no condones dividió a la sociedad. Los católicos se oponían, preconizaban de nuevo la virginidad y el celibato, se hicieron cómplices de la epidemia en contra del consejo de la OMS. Los más tremendistas advirtieron que se llevaría por delante a una cuarta parte de la población africana. Para evitarlo había que tomar medicamentos a paletadas, una veintena de pastillas cada día, no se sabía si era peor el remedio que la enfermedad. Pero era un remedio solo para los países ricos.

Ahora el cáncer está bajo control relativo, en la infancia se curan el 80% de los casos, y las campañas preventivas han reducido drásticamente el consumo de tabaco y fomentan el control riguroso de los alimentos. El sida ha pasado de ser una enfermedad mortal de necesidad a enfermedad tratable. Lo mismo pasó con la vieja tuberculosis, y también hay una vacuna en curso contra la viruela, incluso algo tan terrible como el ébola se ataja en occidente en cuestión de semanas. Se diría que el ser humano ha entrado en una fase de tregua con las enfermedades. Sin embargo, esta misma semana leo que en el 2030, dentro de tan solo trece años, la depresión será la primera causa de baja laboral. Que en España, como en el resto del mundo, nuestra alma se está infectando maliciosamente como antes se infectaron nuestros cuerpos.

Nada más leer la noticia echo de menos a varios amigos. ¿Qué fue de aquel colega o de aquella mujer o del hijo de tal o del tipo aquel del quiosco? Me dijeron que habían pillado una depresión. Que uno no sale de casa, la otra ya no se levanta de la cama, el chaval saltó por la ventana y el tipo del quiosco cerró el negocio y a veces se le oye llorar desconsolado a las tantas de la madrugada. No me acerco a ellos, claro, pero me digo que son ellos los que no se acercan a mí. No les llamo por teléfono, no les envió mensajes, no preguntó a nadie qué tal les va. Es como si hubieran desaparecido en un sanatorio de apestados. Y, ahora que lo pienso, en varias ocasiones he rehuido encontrarme con ellos y he comentado con otras personas que cuesta tratarlos porque son unos cenizos, unos negativos a los que todo les parece mal, unos nihilistas descorazonadores, en fin, que los depresivos son gente deprimente. Tanto que hasta frivolizar sobre el tema resulta molesto.

Sin embargo, a diferencia del cáncer o el sida, hace décadas que se nos advierte de que esto iba a suceder. La crisis, el paro, la decadencia moral, la pérdida de valores, la degradación de la democracia, la insolidaridad con los refugiados, la extinción de la ética y la esperanza. La certeza de que en el futuro las cosas van a ir a peor. Parece que todo conspira contra nosotros, todo nos conduce a la demolición y, al llegar el fin de semana, aumentan las probabilidades de que alguien haga detonar una bomba en el campo de fútbol o en un concierto por la paz. Hay días en que me miro al espejo y solo veo a un cínico con calefacción central pagada gracias a la venta de armas que enriquece a este país. Tal vez yo también esté contagiado y tener conciencia me arrastre a la depresión.

Hace un par de semanas vi una película que me sentó muy mal. Fueron 162 minutos de cabrero, y todo el rato sin comprender cómo esa cinta ha logrado cosechar una veintena de premios tan prestigiosos como el de ‘Mejor película europea del año’. Se trata de ‘Toni Erdmann’ de Maren Ade y me pareció un homenaje grotesco a la vida patética que llevamos. Lo más parecido a que se te corte la leche del desayuno cuando solo te queda una vaso. Un esperpento, la verdad. Daba la sensación de que ni los actores, ni la directora y mucho menos el guionista creyeran en absoluto que merece la pena vivir esta existencia malsana. Dicen los críticos que es una comedia amarga, pero si te ríes es que te falla algo en la cabeza. Me he pasado quince días maldiciendo y sin poder olvidarla. Lo más deprimente que me he echado a la cara en mucho tiempo. Seguro que los fabricantes de Orfidal han financiado esa película.

En fin, aunque sea cierto que hoy en día ser optimista es estar mal informado, hay que alejarse de ese futuro previsto, porque la negatividad se contagia, es la nueva y más peligrosa enfermedad que nos acecha.

lunes, 29 de mayo de 2017

TEMPORADA DE PATOS, TEMPORADA DE CONEJOS en ELDIARIO.ES Cantabria



Temporada de patos, temporada de conejos


Cuando yo era niño tuve un amigo socialdemócrata. Después de la escuela, nos arrojaban a los dos a la calle con un trozo de pan y una onza de chocolate, no daba para más. Él llevaba el pan en una mano y la onza en la otra, yo enterraba la onza en el pan. Él dosificaba el chocolate y le daba pequeños mordiscos, yo comía el pan en seco y esperaba con emoción la llegada del mordisco que incluía chocolate. La diferencia entre nuestras caras es que la suya era serena, equilibrada, mientras que la mía ostentaba unos ojos deslumbrados, ansiosos, ilusionados.

Esto sucedía a mediados del siglo pasado, en plena dictadura, y éramos tan pequeños que no teníamos ni pensamiento propio. Cuando íbamos a jugar, a mi amigo su madre siempre le decía “no te hagas mucho daño” mientras que a mí me decían “diviértete, pásalo bien”. Vivíamos en un barrio obrero, soñábamos con neveras llenas de comida y con el futuro, aunque no sabíamos lo que eso significaba. Todo era presente inmediato y había que sacarle rendimiento a la infancia. Regresar a casa ilesos era un deshonor, en la mía no te daban de cenar si no estabas herido; en la suya sí.

Recuerdo en particular una tarde en que fuimos a unas casas abandonadas. Para entrar había que encaramarse a un muro muy alto y desde éste saltar al borde de otro muro. La distancia era considerable, la hostia segura. Éramos nueve chavales. Mi amigo dijo que no iba a saltar, que no quería hacerse sangre, y le mandamos a la mierda porque la gracia estaba precisamente en sangrar. Uno a uno volamos por el aire, lo logramos, pero con el resultado de un labio partido, dos codos desgarrados y en general las rodillas hechas polvo, las mías por ejemplo, con regueros de sangre hasta los tobillos. Cuando regresamos al barrio, machacados como héroes milenarios, mi amigo nos estaba esperando, impoluto y bien peinado. Los otros le despreciaron, pero yo le acompañé hasta su portal y, para mi sorpresa, antes de entrar se despeinó y se tiró al suelo rodando como una croqueta hasta quedar presentable. Entonces supe que era socialdemócrata, aunque todavía no conocía esa palabra.

Años después dejamos de tener relación, la dictadura comenzó a venirse abajo y muchos del barrio nos metimos en la izquierda natural, por simple genética. Alfonso, sin embargo, se dejaba ver por ahí en alguna asamblea pero sin ganas de comprometerse en nada. Luego oímos decir que andaba con los socialistas, que entre nosotros tenían muy mala fama. Cuando Felipe González renunció al marxismo, me dijeron que Alfonso empezaba a destacar entre la militancia. Y le perdí la pista.

Nos encontramos por casualidad el sábado pasado en Aranda de Duero. Nosotros íbamos en un pequeño autobús alquilado a la concentración de la Puerta del Sol. Uno de la cuadrilla me lo señaló y fui a saludarle. Después del preceptivo ‘cómo te va la vida, la pareja, los hijos’, me comentó que era compromisario socialista y que iba a Madrid a la votación del Secretario General. Le felicité por el cargo, soy de buen talante, pero él me miró con el desdén y la soberbia característicos de los suyos y me espetó: “Ya te vale, con los podemitas, a tu edad…” No le dije nada, me quedé cortado. Lo peor es que añadió: “Nosotros, los de la izquierda, vamos a impedir que sigáis haciendo el payaso. Sois una vergüenza.”

No voy a describir la mirada que le eché, el equivalente a mandarle a la mierda cuando de niño no quiso saltar el muro. Su poca educación me recordó a la bancada del PP, gente sin capacidad alguna para el diálogo. Le deseé buena suerte en la votación y me fui con los míos. Mas tarde, en el autobús, comenté el encuentro con mi compañero de asiento, uno de la cuadrilla de siempre. Le escandalizó que Alfonso se considerara de izquierdas y dijo: “Para ser de izquierdas hay que aceptar riesgos y ése no se ha arriesgado en su puta vida”. Luego se burló de él: “¿Te lo imaginas detrás de un micrófono?: Compañeras, compañeros, mascotas y toros de la dehesa, he venido a pedir vuestro voto para hacer con él lo que le dé la gana al Ibex 35… Sociata de los huevos…”.

Le reí la gracia, pero se me quedó en la cara un gesto amargo. ‘Qué pena’, pensé. Y justo en ese momento, alguien del autobús propuso ponerles una de dibujos animados a los críos, que llevábamos media docena de chavalines bastante aburridos con el viaje. El conductor puso una vieja cinta de Merrie Melodies, ésa en la que Bugs Bunny y el Pato Lucas intentan engañar a Elmer, que hace de cazador, alternando carteles que ponen: ‘Temporada de patos, temporada de conejos’. Todos la recordábamos y aplaudimos al final cuando Elmer reconoce que a él le da igual patos o conejos, que solo caza para divertirse porque en realidad es vegetariano. Alguien dijo: “Elmer es del PP, así que temporada de Elmer”.

Luego los kilómetros fueron pasando por esa España vacía y ya cerca de Madrid repasamos nuestras aportaciones para la concentración de Sol. La más votada fue: ‘La calle es mi institución y el móvil es mi urna’. Nada más llegar compraríamos unos palos, un plástico grande y rotuladores. Nos rascamos el bolsillo y pusimos un escote.