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lunes, 12 de junio de 2023
miércoles, 30 de noviembre de 2022
Vídeo Presentación en LA VORAGINE de Entre la multitud y el agua 20-10-22
domingo, 9 de agosto de 2020
RECOMENDACIÓN DE LA VORÁGINE EN ELDIARIO.ES Cantabria
Santander —9 de agosto de 2020 10:39h
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Pasear entre páginas a veces supone un riesgo. Riesgo de
descubrir, de comprender, de empatizar. Esta semana proponemos lecturas cuya
deriva puede ser arriesgada, pero os prometemos que llevan paracaídas
incorporado, porque tan sólo con entrar en sus páginas podemos respirar y sentir
que hay salidas y no sólo abismos. Relatos compasivos, museos poéticos,
refugios compartidos, filosofía de radio o despertares ilustrados, eso es lo
que os traemos.
GERÓNIMO DE LOS PARACAIDISTAS
De Francisco Taboada – El Desvelo Ediciones
“Si ella muere de madrugada tendré que despertar a mis amigos y
como esta noche cambian la hora muchos no sabrán si se acuestan o se levantan.
Llegarán aturdidos, intentando disimular que se han dormido durante el viaje,
pero se negarán a reconocerlo o le echarán la culpa al reloj y a lo aburrida
que es la autovía. No tenemos remedio, somos un grupo de marmotas derrotadas,
ya ni la muerte ajena nos mantiene en vela. Sin embargo, cuando les abra la puerta,
yo estaré demasiado despierto, con los ojos como charcos y la casa llena de
murmullos.”
Diez relatos, diez retratos sociales tiernos pero también cargados de humor que hablan de sexo, de infancias, el mundo del trabajo, de algunos lugares conocidos pero también de vivencias totalmente alejadas de nuestra “normalidad”. La ficción de Taboada llega en este caso a ordenar la vida, da cuenta de la crítica social y organiza lo que nosotros/as no podemos organizar en la realidad. Un libro muy bien escrito, que se lee cultivando poco a poco cariño y compasión hacia unos personajes que son muy reales durante toda la lectura.
Diez relatos, diez retratos sociales tiernos pero también cargados de humor que hablan de sexo, de infancias, el mundo del trabajo, de algunos lugares conocidos pero también de vivencias totalmente alejadas de nuestra “normalidad”. La ficción de Taboada llega en este caso a ordenar la vida, da cuenta de la crítica social y organiza lo que nosotros/as no podemos organizar en la realidad. Un libro muy bien escrito, que se lee cultivando poco a poco cariño y compasión hacia unos personajes que son muy reales durante toda la lectura.
viernes, 27 de diciembre de 2019
viernes, 13 de diciembre de 2019
jueves, 14 de noviembre de 2019
martes, 22 de octubre de 2019
jueves, 25 de enero de 2018
LA LLAMADA en PHOTOWRITING de PAULA ARBIDE
La llamada
Una vez más hemos oído la llamada y nos hemos puesto en
marcha. Cada cual lleva lo imprescindible para este viaje con dirección pero
sin sentido. Lo importante es ponerse en movimiento de inmediato. No pensar en
ello. Solo acudir. Solo ir. Diligentemente.
No debemos hablar entre nosotros. Hay que respetar una
prudente distancia. Si nos comunicamos puede surgir una reflexión, una duda que
nos hará tropezar, quizá detenernos. Eso cuestionaría nuestra determinación. No
hay que olvidar que la única guía es la certeza.
Seguiremos adelante por un tiempo indefinido. Sin
desfallecer. Soportando cada uno su cansancio, su pesar y su miedo. Rendirse no
es una posibilidad. Abandonar sería el equivalente a dejar de respirar. Morir.
En algún momento cesará la llamada. Entonces tendremos
que regresar al punto de partida. A la incertidumbre. A la espera. Hasta que la
oigamos de nuevo.
viernes, 22 de septiembre de 2017
EN LA COLINA DE LA ESPERANZA en PHOTOWRITING de Paula Arbide
En la colina de la esperanza
¡Hey, Abuela, una foto, que estás muy guapa!
Se pasó todo el verano diciendo Hey y cantando aquella
canción de ‘4 non blondes’. La letra se le había incrustado en la cabeza,
hablaba del fin de la hermandad de los hombres, de la llegada del siglo de las
mujeres, la revolución femenina. Era su primer año en Nueva York, nos trajo
tantos regalos que la maleta reventaba. Mi madre nunca quiso quitarse el gorro
playero de su nieta, y eso que no le dijimos nada, se murió sin saberlo.
Han pasado veinticinco años, como en What’s up, y a
nosotros no nos queda ni destino ni esperanza. Yo también lloro cuando me tumbo
en la cama, cuando me levanto de la cama, intentando sacar todo ese dolor de mi
cabeza. Al principio gritaba, si estaba sola, pero sonreía ante mi madre y le
decía: “Sí, ha llamado, cuando estabas en la compra, y ha preguntado por ti, te
manda muchos besos.”
Mi marido lo intenta, dice que lo intenta, nunca ha
pasado de ahí, de intentarlo. Quería contárselo a mi madre, pero era incapaz de
admitirlo él mismo. ‘Desaparecida’ es un término ambiguo, hasta que pasan los
años y no aparece. “¡Me gustaría tanto oír su voz!”, dijo mi madre horas antes
de morir. Le prometí que la llamaría. “¿No ha llamado todavía?” “No mamá, no
contesta, le he dejado un mensaje. Estará dando una vuelta”.
lunes, 13 de febrero de 2017
LA ESQUINA DE WRÓBLEWSKI en ESPACIO LUKE
Quedamos en el Retiro, junto a
la entrada de la exposición de Andrzej Wróblewski. Hacía una temperatura
insólita para un mes de enero madrileño, casi quince grados, pero él profesor apareció
con guantes gruesos y bufanda de dos vueltas, como si acabara de nevar. Dijo
que estaba resfriado. Nos dimos la mano y entramos en el Palacio de Velázquez.
La retrospectiva del pintor polaco se titulaba
Verso/reverso. Mostraba bastantes cuadros dobles, con escenas de realismo
socialista por un lado y abstracciones geométricas por el otro. Estaban colocados
sobre paneles que había que rodear, lo cual obligaba a los guardas de seguridad
de la exposición a pedir a los visitantes que llevaran sus mochilas y bolsos bien
sujetos delante, para evitar dañar las obras. A Santiago Valcárcel lo amonestaron
por no controlar su bufanda, que una vez desenrollada le llegaba a las
pantorrillas y a punto estuvo de engancharse en un bastidor. Ese control de los
guardianes del arte encajaba con la obra expuesta, llena de fusilados, hombres desmembrados,
espirales y círculos toscos, todo con una crudeza desalentadora. La brutalidad de la invasión de Polonia por los alemanes en
la Segunda Guerra Mundial y luego el estalinismo feroz narrados por una de sus
víctimas. Una pintura plana y cadavérica.
Nos detuvimos al fondo de la sala central, junto a la
flecha que nos conducía hacia la segunda época de ese pintor desastroso venido
del telón de acero. Daban ganas de marcharse, de no perder allí mucho más
tiempo. Me gustaba tan poco que pensé que el profesor me estaba sometiendo a
alguna prueba: si ese pintor había llegado hasta allí no podía ser desconocido
para él, ni tampoco un cualquiera. Me lo tomé con paciencia.
—Durante mi infancia —dijo Valcárcel, como si vinera a
cuento— yo vivía recluido en los rincones. Sobre todo en un rincón de la cocina.
Allí me entretenía con los cuatro objetos casuales que me arrojaban los
adultos, ya sabe, pinzas de la ropa, un lapicero, un trozo de tela para
domesticar los dientes… Supongo que me gustaban los rincones porque allí me
sentía protegido, con las espaldas a cubierto, dominando siempre el panorama.
Podía mirar a los demás, ver sus evoluciones, aprender. Además en los rincones
se está más calentito, lejos de las corrientes, sin estorbarle el paso a nadie.
Fue determinante en mi vida abandonar esa actitud y alejarme del amparo de los
rincones infantiles.
Entendí que tampoco le agradaba la exposición, y que se
refería al régimen comunista como un arrinconamiento humano de trágicas
consecuencias, lo que le llevaría a denostar la obra de Wróblewski por
primitiva, superada, anodina y testimonial. O eso pensaba yo. Con las prisas,
no habíamos mirado la hoja que nos entregaron en la entrada y lo hicimos ahora.
Valcárcel señaló la foto de presentación, cuyo cuadro teníamos justo delante,
pero en posición vertical, con el título Chofer azul. Aquello era otra cosa,
nada que ver con la obra expuesta en la sala anterior. La soledad férrea de ese
cuadro te helaba la sangre. Había un grave despojamiento de las formas que
achicaba el ánimo. Wróblewski había pasado de los cuerpos rotos a la anulación
espiritual del conjunto, de la comunidad. Por ejemplo, un grupo de peces verdes
cortados por la mitad representaba mejor la atrocidad de los muertos de la
guerra que cualquier escena con cadáveres grandilocuentes. Un hombre observando
sus propias vísceras mostraba la huida hacia adentro como única vía de escape.
Un hombre atravesado por el rojo sangre del fondo parecía el retrato definitivo
de todo lo humano. Costaba creer que un autor había evolucionado tan rápido y
que era capaz de mostrarlo: te acercabas al cuadro y veías lo anterior, te
alejabas unos pasos y podías sentir los brochazos del futuro. Una visión
perturbadora, como todo lo que se hace a corazón abierto.
—¿Se da cuenta, profesor, que este hombre lo pintó todo
en solo diez años? Doscientos cuadros y ochocientos trabajos en papel…
A Santiago Valcárcel le gustaba hablar de sí mismo
cuando había que hablar de otro. A ser posible más grande que él. Y caminar
mientras hablaba. Mover las manos. Disertar.
—Un caso singular, qué duda cabe. Pero no todos los que
salen del rincón acaban en la esquina. A mí me sucedió… hace ya mucho tiempo… Porque
hay un tránsito obligado que te hace cruzar por la escena pública, cuando eres
reconocido y dejas de ser invisible. Es fácil entonces perderse y que la imagen
que los otros tienen de ti se imponga a la tuya propia. Entonces tu rincón y su
rincón se unen y forman una caja que te aprisiona dentro. Error. Grave error
para un artista. Por eso cuando sales de tu rincón y te muestras a los demás lo
mejor es convertirte en una punta de flecha. No comunicarte, sino atravesarlos
con tu determinación. De ese modo tu rincón trasciende, supera el espacio
personal y colectivo para llevarte un poco más allá, donde eres como una sombra
inquieta que espera en una esquina a la intemperie. Hay que llegar a ese lugar
como sea. Rincón, flecha y esquina. Ése es el camino del genio.
Otros profesores nos hablaban de la luz, pero Santiago
Valcárcel todo lo remitía a la geometría, al control formal y espiritual del
espacio. Para seguir sus disertaciones era mejor cerrar los ojos, plegarse a
esa concepción de líneas sentimentales y conceptuales que se cruzar y tensan el
espíritu hasta crear un obra única. Afirmaba, y en sus clases no dejaba de
insistir en ello, que se había exagerado el papel del espectador y muchas obras
no iban más allá de un juego de ping-pong entre dos conciencias que se mueven
en ámbitos diferentes. “El amanecer es implacable” solía decir, “nunca nos ha
pedido permiso”. Él mismo había tenido una carrera notable como pintor en su
juventud, con mucho éxito de crítica y público, pero lo había abandonado todo
sin dar explicaciones. Llevaba veinte años sin tocar un pincel, dedicado solo a
la enseñanza.
—Y ahora viene lo mejor
—dijo Valcárcel el entrar en la tercera sala, la más amplia—. La mayoría
de estos cuadros sólo los he visto en foto. Para mí es todo un acontecimiento.
Yo me paré en seco. Se me escapó un silbido de asombro. Lo
que había allí, incluso de lejos, era incomprensible. El impacto visual te
dejaba anonadado. Como encontrar en una sola muestra un Bacon, un Picasso, un
Mondrian, un Chagall o un Klee, sus mejores cuadros, compartiendo un mismo
espacio. Era excesivo, sublime, de una belleza casi brutal. Yo tenía entonces
veinte años escasos y no estaba preparado para aquello. El profesor me empujó
suavemente con los brazos, me alejó de él, quería que lo viera solo, ya
hablaríamos más tarde.
No sé cómo hablar de ello sin emocionarme. Cualquiera
que dude sobre las posibilidades del género humano o los límites del arte
debería ver una exposición de Wróblewski. Si el salto de la primera a la
segunda época había sido enorme, la tercera resultaba sobrenatural. En solo dos
o tres años, se había merendado el siglo XX, lo anterior y lo que vendría
después. Una esponja de lo esencial, de la substancia, del eje sobre el que
giraba y seguirá girando la vida. “Madre
con niño muerto” podía ser un icono de la pintura del siglo. Igual que “Sala de
espera I. La cola continúa”. Cada uno de aquellos cuadros era único,
excepcional, de gran relevancia para la historia del arte. Estar presenciando
aquello hacía que te sintieras importante, privilegiado, humano, como un
espectador de auroras polares, si en tu alma hubiera tal cosa.
El profesor Valcárcel me tocó el hombro, sacándome de la
ensoñación. Me enseñó el reloj, como si se hubiera terminado la clase.
Llevábamos en aquella sala casi una hora. Al verme tan emocionado, sonrió y me
dio un abrazo.
—Este hombre murió a los 29 años. En un accidente, en
las montañas Tatra. Recuerde siempre que hay gigantes que pasan a nuestro lado
y apenas percibimos de ellos la sombra.
—¿Cómo es tan desconocido?
—Para usted ya no lo es, joven amigo. Tiene suerte, yo
lo descubrí cuando ya era demasiado tarde para mí. Cuando el exceso de
interpretación me dejó inválido.
—Yo nunca tendré una obra tan importante, profesor. Mis
cuadros…
—¿Y usted qué sabe? ¿Cómo puede decir eso, si al entrar
ya quería marcharse de esta exposición? ¿Qué siente ahora?
—Ganas de correr a mi estudio y…
—Y pintar un cuadro para el Museo del Prado…
—Como mínimo.
—¿Y a qué espera? No se preocupe, le subiré la nota para
que no pierda la beca. Es más, le compro la mitad del cuadro que va a pintar
antes que acabe esta semana. Le quedan cinco días.
Acepté y nos dimos la mano. El profesor Valcárcel me
pagó el taxi y utilizamos la trasera del folleto de presentación de la
exposición de Wróblewski para formalizar el acuerdo. Él quería poner mil euros,
pero yo le dije que no exagerara y acordamos quinientos. De ese modo tan
increíble se hizo con la mitad de los derechos de “Hombre seco en el páramo”.
Cada vez que lo pienso…
Foto: Paula Arranz
Detalle de Sala de espera I. La cola
continúa, de Andrzej Wróblewski.
Andrzej Wróblewski: Vilna
(Lituania, antigua Polonia) (1927-1957). Exposición Verso/reverso. Parque del
Retiro. Palacio de Velázquez. 17 noviembre 2015-28 febrero 2016.
Enlace: http://www.espacioluke.com/2017/Enero2017/taboada.html
Enlace: http://www.espacioluke.com/2017/Enero2017/taboada.html
jueves, 10 de noviembre de 2016
CURVA CERRADA en ELDIARIO.ES Cantabria
Curva cerrada
Camino
de mi casa hay una curva cerrada muy sospechosa. Es el único lugar en el que poder
detenerse después de kilómetros de encajonamiento, y desde ella se accede a una
casona y a un camino rural sin asfaltar. En verano suele apostarse allí la
Guardia Civil, para aminorar la marcha de la circulación con su sola presencia
o en caso contrario aplicar la multa correspondiente. A mí me costó 300 euros y
dos puntos del carnet, porque 60 por hora no es 87, hará cosa de un año, y desde
entonces la miro con resentimiento. Supongo que por eso me fijo mucho cuando
paso a su altura y si hay algún coche parado pienso invariablemente en algo
turbio, en un delito: un hombre que espera a otro para pasarle un sobre, una
mujer que se juega la custodia de sus hijos con su cuñado, un concejal de
urbanismo que debe informar de su tarifa a la parte contratante, o dos camellos
que se lanzan la mercancía y la pasta de ventanilla a ventanilla. Eso que Jim
Thompson llamaba en ‘1280 almas’ un callejón oscuro a pleno sol y a la vista de
todos.
En el campo es importante
prestar atención a este tipo de detalles, son como semáforos invisibles que
conviene respetar, y una vez detectados hay que convertir esa información en
instinto. Yo nunca me he detenido en esa curva, ni pienso hacerlo, después de
la multa solo quiero saber de ella durante los escasos segundos que hay desde
que la veo llegar hasta que queda en el espejo retrovisor. Perderla de vista es
un alivio, y siempre que puedo la evito: en días malos he llegado a coger otra
carretera alternativa, más larga y en peor estado, con tal de no encontrarme
con ella. Aun así, he calculado que estamos en contacto la curva y yo como poco
un minuto al mes. No parece demasiado tiempo, pero ya dice el refrán que el
amor fragua en un momento y la desgracia solo necesita la mitad, así que esos
doce minutos que hemos compartido
durante un año me han puesto a la defensiva. Me preocupa mucho esa curva
cerrada, hace que sea supersticioso sin serlo, la asocio con la mala suerte. Además,
he preguntado por ahí y parece que los delitos que imagino no son el producto
de una mente calenturienta que ha visto demasiadas películas, sino ejemplos representativos
de lo que sucede en esa curva casi a diario. Eso y cosas peores, me han dicho.
Tampoco puedo fiarme
de lo que me dicen, sé que me mienten, soy de lejos y tengo antecedentes
políticos. Aquí todo el mundo es de derechas, menos los de izquierdas, que no
somos de aquí. También están los renegados, que marcharon a estudiar fuera y al
volver no querían ser de aquí, ni que los de aquí fueran como son, y se unieron
a la izquierda para intentar cambiarlos, solo por fastidiar porque eso no tiene
sentido. El mundo no cambia, solo se disfraza, es su manera de ser, y si
expresas una idea digamos progresista es natural que tu interlocutor te diga:
“Tú en realidad no piensas eso”. Sembrar una idea en sus cabezas es inútil
porque no la riegan, creen que un pensamiento correcto es el que repite letra
por letra un pensamiento anterior. Son reproductores natos, mental y
físicamente, pero la ciudad ya no necesita tanta mano de obra en los suburbios
y les ha llegado la hora de la extinción. En poco tiempo en estos pueblos ya no
quedará gente de pueblo. Ni ellos mismos se van a echar de menos. Pero no hay
que engañarse, no son latifundistas andaluces sino minifundistas del norte, dueños
de sus tierras. Tienen pasta, diez veces más de la que aparentan, muchos se
hicieron ricos durante el boom inmobiliario vendiendo barrancos, cabañas y
cobertizos a precios de escándalo. Con todos los permisos de construcción
firmados de antemano. Se han levantado edificios donde antes estaba la caseta
del perro. Entonces empezaron a funcionar a pleno rendimiento las curvas
cerradas como ésta. Cuando el lema era
‘robar solo es malo si tú eres la víctima’. Todo líder de la derecha que se
precie, se ha entrenado en un sitio parecido: ‘Aquí hizo de las suyas, cuando
era joven, el Excelentísimo Señor Ministro…’
Pero hasta los que
no trabajan se cansan de estar sentados. Durante varios meses pensé que la
curva cerrada se perdería en el paisaje. Se la veía descuidada, desatendida y
solitaria. Nadie le cortaba la hierba, no había huellas de neumáticos salvo en
dirección a la casona, alguien comenzó a tirar basura cuando pasaba por allí,
yo mismo lo hice, y parecía una curva cualquiera de este país tan higiénico. Fue
antes de la repetición de las Elecciones, como si la zona de negocios municipal
hubiera cerrado por traslado. Eran órdenes de arriba, decían, los juzgados del
país amenazaban con derrumbarse de tanto expediente por corrupción. Había que
declarar una tregua mientras se informatizaba todo para que las pruebas no
pesaran tanto y pudieran borrarse con un solo clic. Algo iba a suceder, tal vez huir con lo
puesto, sonaban trompetas de cambio, pero en pocas semanas se comprobó que eran
turutas. Pitorreo, teatro barato. Los políticos estaban pasando de la
incompetencia a la vergüenza ajena, despejando así la duda de que ninguna
solución viable lo seguiría siendo si caía en sus manos. Los resultados de la
Elecciones repetidas fueron desoladores. Aquí la gente volvía a encender fuego
frotándose las manos. Con un poco de suerte, se extendería el pillaje otros
cuatro años más. Muchos de nosotros perdimos de golpe la poca ingenuidad que
nos quedaba. Se quemaron muchos carnets, de la izquierda activa, yo lo vi con
estos ojos.
En la madrugada del pasado
domingo, hubo cohetes en el cielo del pueblo. No muchos, con discreción, pero
contundentes. Mariano Rajoy volvía a tomar las riendas del gobierno después de
llevarse por delante al líder de la oposición y al partido socialista. Una
jugada del más inspirado taoísmo, no tuvo que hacer nada, solo dejar que se
devoraran entre ellos. Pasará a la historia un Debate de Investidura con la
izquierda de verdad ladrándole a la presunta izquierda mientras Rajoy calibraba
la distancia que hay desde su ojos al cristal de la gafas. Un Óscar, o al menos
un Goya. Cuando lo vi en la tele, como me aburría tanto como él, lo imaginé “con
un sombrero Stetson nuevo de sesenta dólares, las botas Justin de setenta y
cinco dólares y los Levis de cuatro dólares” igual que el jefe de policía de
‘1280 almas’, Nick Corey, cuya mayor cualidad es no hacer nunca nada, nada de
nada, salvo cuidar de su pellejo. Su expresión favorita es: “No digo que te
equivoques, sino que no afirmo que hayas dicho la verdad”. Clavadito a Mariano.
Respecto a la curva
cerrada, la respuesta municipal ha sido inmediata. El lunes a las ocho de la
mañana ya la estaban adecentando para el nuevo ejercicio. Pasé por allí camino
del trabajo y al regresar a mediodía lucía radiante al sol del otoño. Puede que
la alquilen por horas, son unos emprendedores. Han tenido los huevos de
plantarle en una esquina tres abedules plateados, como un indicativo, como una
señal para que los foráneos no se equivoquen de curva, se ve que están pensando
en expandir el negocio. Si la vez anterior nos lo quitaron todo y nos dejaron
en cueros, ahora nos van a despellejar vivos. No se puede consentir, no hay
hacia donde rendirse. He intentado reunir a la izquierda activa del pueblo,
pero hay mucho desánimo, mucho que te den. Les he dicho que el Mesías trabaja pensando
en las próximas elecciones, que su advenimiento está cerca, que no pierdan la
fe. Pero aquí ya ni dios cree en dios, se están pasando al nihilismo.
miércoles, 26 de octubre de 2016
DE SIGOURNEY WEAVER A EMILIA CLARKE en ELDIARIO.ES Cantabria
http://www.eldiario.es/norte/cantabria/primerapagina/Sigourney-Weaver-Emilia-Clarke_6_571202894.html
De Sigourney Weaver a Emilia
Clarke
Hace unos veinte
años empecé a recalar en las salas de espera del Hospital de Valdecilla. Siempre
estaban abarrotadas de gente, parecía un mercado, ibas a una simple consulta y
echabas allí la mañana. No había entonces móviles para distraerse, ni
posibilidades de conversación en un lugar donde se ruega silencio, y leer un
libro tenía el inconveniente de sumergirte en él, que te llamaran por
aquella tosca megafonía y se te pasara la vez. Incluso siendo
previsor y llevando un libro de relatos cortos, o directamente de micro
relatos, la lectura era tensa, incómoda, deslavazada. Al final había que dejarlo
y soportar la espera al modo clásico, sin hacer nada, la mirada perdida en la luz
fluorescente, cada cual con su dolor y su pensamiento. Lo único positivo era
que varias horas de aburrimiento mortal fertilizaban mi imaginación y pocas
veces he regresado del hospital sin una historia que contar: el germen de un
relato, un artículo, una escena de teatro. Se le llama creación a la
desesperada.
Hace unos días me
tocó de nuevo la revisión. Tuve suerte, me citaron a última hora, la sala de
espera de nefrología estaba casi desierta. Tampoco había mucho personal
sanitario, como si el ajetreo de la mañana ya hubiera pasado y comenzaran las
horas tranquilas del turno de tarde. Era una buena señal, así que me senté, ajusté
el culo al banco, crucé las piernas, valoré el estado lamentable de mis zapatos,
y lo primero que me vino a la cabeza fue el experimento de Arguiñano para
determinar si un pollo que duerme apoyado en la pata derecha la desarrolla más
que la izquierda, pero no recordaba el resultado de esa excentricidad. Busqué
entretenimiento, me negaba a encender el móvil, y vi junto a la columna próxima
un envoltorio de Crunch. La papelera estaba cerca, si me estiraba un poco podía
cogerlo y lanzarlo dentro. Me deslicé por el banco, alargué la mano, pero antes
de llegar a tocarlo apareció una escoba y se lo llevó. Miré hacia arriba, un
hombre grande, calvo, tatuado, con el uniforme de la limpieza, me guiñó un ojo
y ladeó la cabeza, como si me hubiera ganado por la mano. Pensé: algunos tipos
no tienen remedio, convierten en una competición hasta recoger papeles. “No lo
he tirado yo”, le aclaré. “Entonces, gracias por intentarlo”, me dijo, y
parecía sincero, aunque quedó en el aire un reproche velado por invadir sus
competencias y de paso poner en peligro su empleo. Hoy en día no sabes cómo
acertar, lo mismo en ese momento había un vigilante detrás de una pantalla
apuntando en su libreta de chivato que era la vez número 182 que una persona
estaba a punto de recoger un desperdicio del suelo encontrándose el limpiador
número 45 a unos metros de distancia; y lo despedían sin más, con la frialdad
de un algoritmo.
Después de recoger
el envoltorio de Crunch, el limpiador tatuado vació la papelera en su carrito,
recogió la escoba y se fue caminando hacia el ascensor. Llevaba la cabeza bien
alta, orgulloso de sí mismo, de su labor. Seguro que veinte años atrás no les
hubiera confesado a sus amigos que se dedica a fregar suelos y limpiar váteres.
Entonces, las labores de limpieza las llevaban todavía las mujeres, en
exclusiva, y por estos pasillos circulaban muchos más médicos que doctoras.
Ahora la cosa se ha equilibrado, la gente se diferencia más por los colores de
las batas y los uniformes que por el sexo. Incluso se diría que el hospital
tiene un aire femenino, aunque fijo que la desigualdad se mantiene en los
puestos directivos y en ese increíble 20% de sueldo inferior por el mismo
trabajo, algo impropio de un país civilizado. Muchas contratas son peores que
la mafia, se oyen cosas espantosas, alguien debería hacer algo al respecto. Por
un momento imaginé que el limpiador
tatuado iba a recoger su sueldo y le quitaban el 20% por tener testículos llenos
de espermatozoides. Imaginé que se los tapaba con las manos y decía: “Jo, qué
mal, no es justo”. Imaginé una multitud de mujeres del Femen
tomando las calles, con las tetas al aire y un kalashnikov en bandolera. Y no
imaginé más porque regresó el ascensor y salieron de él dos cirujanas que me
recordaron muchísimo a Sigourney Weaver y Emilia Clarke.
En realidad no pude verlas muy bien, fue un
simple destello, salieron del ascensor y se perdieron en un pasillo del ala de
enfrente del edificio, pero eso acentuó todavía más su parecido con las dos
actrices. Una era alta, delgada pero poderosa, flexible, como Sigourney Weaver;
la otra era muy pequeña, redonda, firme, y con coleta, como la última imagen
que yo tenía de Emilia Clarke. Dos iconos de la ciencia ficción: La eterna Teniente
Ripley de Alien y la reciente Sarah Connor de Terminator Génesis, también Daenerys
de la Tormenta, Madre de dragones en Juego de tronos. Dos exponentes de la
evolución de la imagen de la mujer en las últimas décadas. Las dos armadas y
peligrosas, paradigmáticas, ejemplo rotundo de la adaptación del cine comercial
al vaivén moral de los tiempos. Si las juntaba a las dos con los pollos de
Arguiñano tenía la tormenta perfecta. A fin de cuentas, todo empezaba y
terminaba con un huevo. Y en este caso la gallina ponedora era feminista. Aparentemente.
El feminismo mal
entendido es un subproducto de la retórica capitalista. Surgió para frenar el
avance del Movimiento Feminista, exagerando sus excesos hasta lograr el
enfrentamiento dialéctico con el machismo, manteniendo así el discurso en el
territorio de lo negativo. El pensamiento barato de darle la vuelta a la
tortilla, para obtener rentabilidad a toda costa. La Teniente Ripley era en
principio un hombre, pero tardaron demasiado en poner en marcha el rodaje de Alien, eso cuesta dinero, hay préstamos,
intereses bancarios, cada vez necesitaban más público, y alguien pensó que las espectadoras
agradecerían una heroína que no se pusiera a dar grititos histéricos cuando
aparece una rata. Solo pretendían vender más entradas. Igual que el guionista, O'Bannon, que buscaba un nuevo tipo
de terror no explotado hasta entonces y decidió agredir el sexo masculino donde
más podía dolerle, poniéndolo en el lugar de una mujer. El extraterrestre que sale
del huevo y se adhiere a la cara de astronauta es en realidad una felación y
una violación, con inseminación incluida. El bicho con aspecto fálico y vaginal
que sale del estómago matando a su huésped representa un parto sangriento y definitivo.
Sexo duro y reproducción extrema. Todo estaba pensado para hacer vivir a los
hombres, como horror, las vivencias naturales de las mujeres, incluyendo la
violación como hecho o como miedo consustancial asumido. Y funcionó. En las
primeras proyecciones la gente se marchaba aterrorizada. Ya van por la quinta
parte, con dos precuelas y una serie televisiva… es toda una franquicia. Hay
una copia de Alien, el octavo pasajero en la Biblioteca del Congreso de Estados
Unidos, como un documento histórico relevante. Su rentabilidad, su alcance,
crearon un modelo de mujer aguerrida que ha sembrado bastante confusión. Sin ir
más lejos, en la segunda entrega, Alien, el regreso, aparecía una mujer marine que daba verdadero miedo.
También Terminator,
aun teniendo un punto de partida más intelectual y borgiano, con su bucle de
tiempo tan cargado de posibilidades, incide en los mismos defectos que Alien a la hora de tratar a la mujer.
Aquí la clave es regresar al pasado para impedir el nacimiento del líder de la
resistencia futura: matar a la gallina antes de que ponga el huevo. ¿Y qué hace
la protagonista cuando se ve amenazada? Pasa de ser una frágil y apocada
dependienta a llevar una ametralladora en cada mano. Sarah Connor, nada menos,
la madre agresiva y dinamitera del líder, ése que dice por la radio: “Si me
estáis escuchando, vosotros sois la Resistencia”. En la última entrega, la reciente Terminator Génesis, intentan desesperadamente borrar la imagen de esa
Sarah Connor dependienta y se inventan una línea de tiempo paralela, donde ella
es guerrera ya desde niña: dando caña desde que le viene la regla porque
entonces la detecta el Terminator-malo. Y, para tergiversar más el feminismo,
cuando en la primera entrega se enamoraba de su salvador, en ésta lo trata como
si fuera gilipollas, tonto del culo e incapaz de protegerse a sí mismo.
Tortilla vuelta y quemada. El hombre es ahora instrumental, a ella le daría lo
mismo si hubieran enviado desde el futuro un poco de semen en un frasco. En
toda la película solo hay un beso, al final, y porque ella quiere, con una
condescendencia que da grima, y si el tipo se pasa un pelo allí estará el Terminator-bueno
para descuartizarlo. Es patético. Nadie como Emilia Clarke para interpretar ese
papel. Después de su presencia arrolladora en Juego de tronos, con apenas 1,57
de estatura, representa a esa nueva mujer capaz de degollar a cualquier tío que
no se rinda a sus pies. No necesita el 1,85 de Sigourney Weaver para imponerse.
Es la mujer actual, como Hillary Clinton ordenando un bombardeo mano a mano con
Obama. Tan cruel y capulla como el hombre. Adiós esperanza en un siglo que iba
a ser reivindicativamente femenino.
Mientras pensaba en
todo esto, la enfermera dijo mi nombre en voz alta. Han dejado de usar la
megafonía, no sé si por falta de presupuesto o porque nadie la entiende. Así
que levanté la mano, atendí a sus indicaciones y me dirigí al despacho
correspondiente. Allí estaba mi amable doctora, que sabe de mi interior más que
mi poesía, algo que siempre me inquieta. Me sonrío con amplitud, mis resultados
eran satisfactorios. “Bien, bien, bien”, dijo, leyendo en la pantalla. Como eran
muy buenas noticias, bromeé un poco:
Paciente.- No he visto apenas hombres por aquí. ¿Están
en huelga?
Doctora.- Los hemos
mandado abajo, a las calderas, por inútiles.
Paciente.- ¿Y no han
protestado?
Doctora.- ¡Con el
sueldo que tienen! Qué va, les faltan fuerzas.
La doctora se cruzó
de brazos. No tenía nada más que decirme. Ella no es mi madre, si bebo, si
fumo, si hago el vaina es asunto mío. En cinco minutos estaba fuera de
Valdecilla. Había sido una visita corta, pero rentable. No daba para imaginar
el Quijote, pero me llevé una idea para un relato, el principio de un artículo
y una minúscula obra de teatro. Algo es algo.
jueves, 20 de octubre de 2016
PENSAMIENTO PETRÓLEO en ELDIARIO.ES Cantabria
Detalle de "Casi feliz", escultura de Pedro Mora./Paula Arranz
Pensamiento petróleo
Ellos hablan de filosofía
mientras nosotros intentamos nombrar los tipos de lechuga que lleva la
ensalada. Ellos son diez, nosotros una pareja. Me temo que no esperaban tener
presencia ajena en un restaurante de carretera un miércoles lluvioso. Hemos
llegado al borde de las once de la noche, el dueño nos ha admitido a
regañadientes, ha señalado al grupo para que nos hagamos cargo de la situación.
El cocinero nos ha tomado nota, se ocupa de servirnos y luego desaparece en la
cocina. El dueño del local forma parte de la tertulia, y cuando yo identifico
la lechuga rizada de hoja de roble, dice: El
pensamiento es el nuevo petróleo. Suena muy meditado, pero no lo es. Mi
compañera sonríe y se ajusta las gafas. No hace ni dos días que hemos hablado
de eso mismo, era el titular de una noticia del periódico, aunque nosotros nos
lo tomamos con ironía y aquí se ha dicho con seriedad, incluso algo de empaque.
Tienes toda la razón, es verdad, es
cierto, le secundan al dueño dos
mujeres y un hombre.
No es una tertulia, se
trata más bien de una reunión. Una hora más tarde ataremos cabos hasta concluir
que son la junta directiva de un colegio y que están decidiendo cuál será su
postura sobre la asignatura de filosofía.
Es algo informal, lejos de las aulas, parece un simple intercambio de
opiniones, pero no saldrán de allí sin un consenso. Hay que tomar una decisión ya, las cosas van a empeorar, no van a
mejorar, dice un hombre. El volumen, el tono de voz, y cómo se dirigen unos
a otros con respeto, nos da a entender que son de algún centro privado y
exclusivo de la zona. De entrada, sólo sabemos que para ellos el pensamiento es
un tema importante: se les nota preocupados, los silencios son frecuentes y
espesos. Alguien menciona con timidez el ideario del colegio, aquello en lo que
creían, la esencia, lo que les impulsó a hipotecar su futuro para garantizar
una educación de calidad para sus hijos. Otro le rebate con la realidad, con el
cambio implacable de los tiempos, la involución de la sociedad, el aumento de
la idiotez, el peligro que conlleva para sus hijos ser tan humanistas en un
mundo tan deshumanizado. Están
desprotegidos ante la Horda, dice, aunque luego dice que no lo ha querido
decir.
La salida de tono
provoca una protesta generalizada en el grupo. Hay cuchicheos, negativas, pero
el cocinero aparece con el postre y sólo queda en el aire que el elitismo es
para los elitistas. Está claro que van a despedir a alguien. Yo me estoy
mosqueando mucho porque soy de Filosofía y Letras, rama Pedagogía, y los
compañeros de Filosofía Pura siempre me han merecido muchísimo respeto. Pensar
es duro, hacerlo con rigor científico más, pero intentar inculcarles esa
costumbre a unos chavales que no distinguen entre reflexionar y tener dolor de
cabeza es heroico. Por eso los filósofos están un poco pirados, por predicar en
el desierto, pero son los únicos en una especie pensante que parecen darle
importancia al pensamiento. Aunque solo sea por vergüenza, deberíamos
prestarles más atención. Reducir su presencia en la educación es
contradictorio, absurdo, además de peligroso. Sólo un fabricante de criados
obedientes promueve una idea tan necia. Cerrarle la puerta a la filosofía es
amordazar el pensamiento crítico. Con la
LOMCE hemos topado, dice mi compañera.
A continuación, distraídos
con el enorme postre de la casa, los miembros de la reunión cometen la torpeza
de crear dos bandos, impidiendo así un diálogo constructivo. Los que defienden para
sus hijos un escudo eficaz frente a la chusma, se ponen en contra de los filósofos,
para denigrarlos como se hacía con los negros y reforzar su negativa con claro desprecio.
Eso sí, desprecio ilustrado, con estereotipos presentados a modo de pruebas concluyentes
testadas en laboratorio. Algunos se muestran resentidos por haber apostado
antes por ellos. Relegamos la ciencia en
favor del pensamiento, dice una mujer,
y nueve años después de inaugurar el colegio no he oído decir una palabra
favorable sobre la filosofía. Solo hay quejas: los filósofos son herméticos,
oscuros, enrevesados, se lo tienen muy creído, y su complejidad deprime a los
estudiantes, no es un acicate para pensar, más bien lo contrario. Le falta decir que no se ocupan de los
problemas reales de la gente, o que son extraterrestres. Lo peor es su falta de pragmatismo, dice el dueño del restaurante,
pero de coña, él pertenece al otro bando. Y de paso les recuerda que la
decisión que tomen ahora no se pondría en práctica hasta el curso siguiente, aún
hay tiempo, las cosas pueden cambiar, en Cantabria no se aplica la ley con
tanta severidad como en otros territorios… Eso
no importa, Juan, le corta una señora que ha permanecido callada hasta el
momento. Tiene autoridad, nadie replica. Se crea de golpe un silencio agnóstico
muy prometedor.
Mi compañera y yo
llegamos al postre cuando algunos miembros del grupo no han terminado aún el
suyo. La señora tan callada los ha
dejado secos. Durante varios minutos sólo hablan de lo deliciosa que está la
comida. Quizá su libertad de acción no era tan amplia como pensaban. Puede que la
señora sea la máxima accionista del colegio, la que promovió su construcción, la
que inclina la balanza. Ahora mismo un hombre está diciendo, en tono
conciliador, que él no ve tanta distancia entre ética, religión y filosofía, de
hecho esta última fue en tiempos una rama de la teología. ¿Sería insensato pedirles a los tres filósofos del colegio que
contemplen su asignatura como una mezcla de todas esas materias, que no
desdeñen lo espiritual, y que no olviden que la Religión Comparada es una
materia imprescindible en estos tiempos? La señora es terminante: Nada de religión, hasta ahí podíamos llegar.
No se puede jugar a dos barajas, eso es mezquino. Si nosotros claudicamos otros
muchos colegios lo harán. Somos líderes en el sector, y provocaríamos que aquí
se aplique la LOMCE en vez de ser de los que evitan que se haga. Si las
universidades importantes de todo el mundo están regresando al pensamiento,
tenemos la obligación de resistir.
La autoridad de la
señora se mantiene lo que tardan en reconectar sus neuronas los opositores.
Huele a golpe de estado, golpe de timón, a bofetada sonora. Un hombre tiene la
desfachatez de mencionar a la primer ministro británica, Theresa May, que aboga
por recuperar las escuelas públicas de élite, esquilmando así los escasos
fondos en favor de los ya privilegiados por su inteligencia y dejando atrás a
los que realmente lo necesitan. ¿Desde
cuándo somos conservadores?, pregunta con perplejidad un hombre. Y sigue: Entonces,
¿nos declaramos colegio de élite, admitimos algunos chavales de la pública, los
números uno, y que nos pague el polideportivo la Administración? En el aire
suena un Ajá, como si a alguien le
pareciera una gran idea. Desde luego,
dice la señora, deberíamos eliminar por
completo la filosofía. Es lo que merecemos.
Justo en ese
momento, cometo el error de girar la cabeza y mirar al grupo. Busco los ojos de
la señora, sonrío, pero ella frunce el ceño. Todos nos miran, al unísono, con
malas caras. Mi compañera se pone colorada y pide la cuenta. Cinco minutos
después, estamos en el aparcamiento y comenzamos a discutir. Debo de ser un
poco tonto, porque le digo que es alentador saber que todavía quedan
progresistas irreductibles y ella me dice que no me entero de nada. Que entre
todos esos no hay ningún progresista. Que son los de siempre adaptándose como
cucarachas a una explosión nuclear. Que de la expresión: el pensamiento es el nuevo petróleo, lo único que les interesa es
el petróleo. Que no son de fiar, sus alumnos terminan siendo gente muy eficaz,
educadamente implacables, fascistillas despeinados y sin corbata. Ella sabe de
lo que habla, la adiestraron en uno de esos colegios tan exclusivos y
aparentes, donde los cimientos son la tradición más rancia y lo demás es
decoración, disimulo para capear el temporal. Lo único que perfeccionas en un lugar así es el cinismo, dice
cabreada, como esta gente miserable encuentre
petróleo en nuestras cabezas llevaremos torretas de sombrero…
Le pido disculpas. Siento no haber mirado
la realidad con los ojos adecuados. La señora me caía bien, pero supongo que se
adaptará al grupo, hará lo que diga la mayoría. Reconozco que últimamente, ante
el desastre en el que vivimos, tiendo al optimismo y confundo las cosas por mi
deseo de que todo mejore. Mi compañera acepta mis disculpas. Para
reconciliarnos, le digo que he comprado un hacha nueva esta mañana, que la
llevo en el maletero, como en Nadie
conoce a nadie, de Juan Bonilla. Le propongo terminar la velada cortando un
árbol de los alrededores, por hacer daño, nada más. Ella suelta una carcajada.
Afortunadamente, entiende mi sentido del humor. Mi filosofía.
miércoles, 12 de octubre de 2016
LA REBELIÓN DE LOS CRIADOS en PHOTOWRITING de Paula Arbide
Entre las magníficas películas presentadas este año en
el FCSIR (Festival de Cine Simbólico Isla de Redonda) cabe destacar La rebelión de los criados, de Marissa
Ho Müller. Es la tercera obra de la realizadora chino-germana, de la que ya
conocíamos su controvertida Plátanos y
cacahuetes, sobre el mundo rural, y Putas
y cocaína, que se centra en el ocio empresarial. Fiel a su estilo, nos
ofrece ahora un falso documental sobre un documental falso, presuntamente
encargado a la cineasta por la Oficina de Relaciones Públicas de la Policía
para lavar su imagen después de unos graves enfrentamientos callejeros que
finalizaron con once civiles muertos y un agente herido leve. No se mencionan ni
el país ni la época, como en sus obras anteriores, se supone que es Europa Central
en un futuro próximo.
La
rebelión de los criados consta de cuatro partes bien diferenciadas, que
siguen los preceptos de Nueva Sinceridad, el colectivo de cineastas independientes
liderado por Ho Müller. En la primera parte, la realizadora se entrevista con
miembros de la policía mientras su equipo analiza los miles de horas
registradas de los incidentes. Llama la atención el ambiente de mezquindad de
todo el conjunto, tanto de la policía intentando ocultar lo evidente como de la
cineasta y su quipo manipulando la información para mostrar una crueldad desaforada.
Oficialmente no llegan a un acuerdo pero queda en el aire la sospecha de lo
contrario. La escena de la negociación económica en la que se valoran los
muertos en función de lo estético de su fallecimiento es sobrecogedora. En la
segunda parte, conocemos al protagonista, Dasein, un centrifugado social que
participó activamente en los enfrentamientos. Desde su presentación, una larga secuencia de
dos minutos en la que le espachurran la cara contra el parabrisas del coche de
filmación, aparecerá en todos y cada uno de los planos de la película, hasta el
agotamiento del espectador, siempre con la misma ropa y sin lavar ni afeitarse ni
curarse las heridas de las sucesivas palizas. Sabemos de él que es un
anarquista evolucionado, nihilista, individualista y misántropo. En la tercera
parte, Dasein nos muestra su existencia marginal, su desarraigo de la especie
humana, su involución hacia lo salvaje. En el mundo sobran millones de personas
como él, nadie sabe dónde arrojarlos, el panorama es desalentador. La sociedad
le ha privado de un presente luego no tiene futuro y desdeña su pasado como un
error elemental, un precedente nefasto. Está condenado a lo inmediato. No tiene
alma, no se lo puede permitir. Es hiriente la secuencia en que Dasein encuentra
una manzana reineta encima del expendedor de poemas de un semáforo y sólo le da
un mordisco por su incapacidad para repetir la dicha de ese instante: no lo
merezco, no lo merezco, dice. La cuarta parte contiene el desenlace y no se
debe desvelar. Únicamente decir que el nombre del indigente que hace de Dasein
no figura en los créditos finales pero se informa de que fue debidamente
retribuido por su trabajo.
No cabe duda de que La
rebelión de los criados es una obra singular a la que auguramos un largo
recorrido por el circuito de cine independiente. Marissa Ho Müller sabe escoger
sus temas, sensibiliza al espectador hacia una mejor comprensión de los
sectores menos favorecidos de la sociedad y, con esta película excelente, logra
hacernos vivir durante dos horas y media ese sufrimiento tan existencial del
pobre, del marginado, del refugiado, del deshecho que vive a la intemperie. Merece
un sobresaliente alto.
http://www.paulaarbide.com/photowriting/
http://www.paulaarbide.com/photowriting/
miércoles, 5 de octubre de 2016
GRÚAS COMO JIRAFAS en ELDIARIO.ES Cantabria
Grúas como jirafas
Estaba haciendo el
seguimiento de una noticia y sentí un agujero en el estómago. Trataba de los
muertos de la Guerra Civil, los republicanos vilmente fusilados, pero lo hacía
en un tono tan panfletario que me había puesto nervioso. Llevaba un rato largo
buscando enlaces, había encontrado un artículo casi réplica del original y otro
en inglés que a su vez copiaba a los
anteriores. Lo raro es que la noticia matriz no ocultaba que los hechos habían
sucedido hace seis años, en 2010, en La Pedraja (Burgos), aunque presentaba
como actual algo que sonaba a refrito de hemeroteca. Sospechaba que el autor no
jugaba limpio, las piezas encajaban tan bien que encajaban mal. No podía ser
tan sencillo como sacarlo a colación solo para denunciar que Rajoy les había
quitado a los familiares de las víctimas las subvenciones, las mismas que antes
les había entregado generosamente Zapatero, obligándoles a pagar de su bolsillo
la exhumación de los restos cadavéricos. Lo de siempre: el expresidente
luminoso contra el oscuro presidente en funciones, la memoria debida frente a
la desmemoria arrogante, los buenos y los malos sin matices, como en los tebeos.
Era un artículo que diciendo la verdad parecía estar mintiendo. O metiéndola
doblada.
No me gusta que jueguen
conmigo, me provoca ansiedad, el médico me la tiene prohibida, así que detuve las pesquisas antes de cabrearme
demasiado. No razono bien cuando las tripas me recuerdan mi vacío interior, esa
falsa metafísica que ya en el Quijote se asociaba con el hambre, así que fui a
la cocina para comer cualquier cosa. En la nevera tenía varias opciones:
chorizo, salchichón, paté… pero el titular de la noticia hablaba del hallazgo
de un corazón preservado del olvido en una fosa común, y en el interior del
artículo había 45 cerebros convertidos en jabón por un proceso llamado saponificación.
Por asociación simple deseché las rodajas coloradas y el paté marrón, nada de fiambre,
nada de carne. Busqué en el armario, pero sólo me quedaba una lata de sardinas,
en tomate, que es como la sangre. Mis pensamientos me estaban acorralando. Necesitaba
salir de casa para buscar comida, y airear la cabeza.
Pero ciertos temas
son tan difíciles de olvidar como el hambre, que interfiere cualquier pensamiento
con tal de conducirte a un plato de comida. Te enredas con la Guerra Civil y te
ahorcas con tus propios argumentos. Es algo dañino, una herida purulenta, una
fuente inagotable de odio, un virus contagioso que hace lo imposible por
reproducirse, pasa de generación en generación, todavía sigue habiendo dos
bandos que antes se lanzaban bombas y ahora se arrojan los cráneos de los muertos.
La Guerra Civil es el buitre de nuestra bandera. Una lacra nacional que jamás
será esclarecida por el mismo motivo que el himno no tiene letra, porque aquí
es mejor callar. Hay leyes pactadas para mantener la boca cerrada. Una espada
de Damocles que la Transición puso sobre la cabeza de la democracia, amenazando
a ésta y por extensión a cualquiera que intente averiguar la verdad. Una
barrera psicológica muy eficaz que dilata el tiempo hasta que sea imposible
ponerse en el lugar de sus protagonistas y por tanto juzgarlos. Es una maniobra
perfecta: convertirlo en mito antes de que sea historia. Que no haya hechos,
sólo leyendas. Y cabezas calientes montando falacias beligerantes en la guerra
fría de las columnas de opinión. Hasta el fin
de los tiempos. Ochenta años con el dichoso tema, cuánta tinta
derramada.
Lo mismo me estaba
sucediendo a mí, que no me lo quitaba de la cabeza mientras conducía hacia el híper
con el estómago haciéndome reproches. Y probablemente hubiera pasado del tema, distraído
por las compras, pero el aparcamiento estaba colapsado y tuve que marcharme, no
sin ciertas dificultades. Hubo gritos en la salida: subí la ventanilla para no
asustar a nadie con mis ladridos. Me resigné a comprar en otro momento, lo
urgente era buscar cuanto antes algo que llevarme a la boca. Lo mejor era un
bar, pero no allí, un cruce de carreteras contaminado al borde de la autovía. Por
instinto, me dirigí hacia la costa, preocupado solo por trazar cada curva con
soltura y perfección, sin fijarme en los carteles. Guiado únicamente por la luz
y el salitre. Cantando Tú serás mi baby
para olvidarme de la puñetera Guerra Civil. Feliz, porque no me perseguía
ningún caza con la intención de ametrallarme. Y sin saber cómo, acabé en
Pontejos. En una tasca remota, delante de una cerveza y un pincho de tortilla de
patatas tan esponjoso que tuve que repetir. En unos minutos, mis pensamientos se
recuperaron de la lógica difusa provocada por el hambre.
Libre ya de preocupaciones serías, debo comer
siete veces al día por prescripción facultativa, decidí bajar hasta el agua
para pensar con un poco de sosiego. Soy de mar, es mi elemento, siempre
desemboco en él. Entre nosotros hay familiaridad, le consulto las decisiones
importantes, le comento mis asuntos más íntimos; sin esperar respuesta, claro, si
la hubiera el mar no sería tan sabio. Ahora se estaba retirando, era el final
de la marea baja. La ría de Solía se llevaba los últimos restos de la tormenta
de la tarde anterior. Busqué un sitio tranquilo, entre los juncos, con la
marisma llena de vida extendida ante mí. Al fondo, las grúas de Astillero
estaban inmóviles, como jirafas averiadas esperando al desguace. Había un poco
de neblina. Era un buen momento para retomar el tema. No hay guerra que soporte
una digestión.
Con la máquina de
pensar de nuevo operativa, intenté buscar el motivo que me había obligado a
defenderme de la noticia, a cuestionarla quizá más allá de lo razonable. Un hambre histérica es también una forma de
huir, un mecanismo de defensa, así que debía haber una causa oculta en mi
interior. Incluso puede que mi modo de leer fuera un poco paranoico, algo
normal en estos tiempos dementes que te abocan a la resistencia. Desde luego, el
motivo primero de mi indignación estaba claro: la propaganda política no es una
herramienta adecuada para desenterrar la Memoria Histórica, y mucho menos para
derogar leyes que se utilizan precisamente como escudo político. Así no se termina
nunca la contienda. Transmitir la idea de que la memoria es conjunta, nuestro
pasado común, y no solo de una de las partes, sería una estrategia más adecuada
para recuperar los cuerpos de nuestros antepasados. No es justo, debería haber
sido de otra forma, más sana quizás, pero a día de hoy el peligro es que las
nuevas generaciones crean que todo aquello sucedió en la Edad Media, o que no
sucedió, que la gente se lo ha ido inventando sobre la marcha. Un olvido semejante,
miles de tumbas todavía por abrir o localizar, es una herencia envenenada que
nadie merece. Pero tampoco que se utilice esa memoria como arma arrojadiza
contra el presente.
El segundo motivo
que me había atacado los nervios fue la decepción por una oportunidad poética malograda.
Como si alguien hubiera desvirtuado unos versos gloriosos añadiéndoles una burda
proclama. Una infamia, porque si la poesía es anterior a la verdad, los
cerebros hallados en La Pedraja pueden calificarse como un acto poético de
carácter sublime, combinación de pura naturaleza con expresión de inequívoca
humanidad. Algo que no hubiera sucedido sin la confluencia de ambos, sin su
enfrentamiento en el territorio de lo artificial. Porque aquí el nexo que los
une es una bala, el tiro de gracia, el que se le pega en la nuca a una persona
que acaba de ser fusilada, para rematarla y como certificado de la propia
ejecución. Sin esa bala que hizo un agujero, el agua ácida del terreno
arcilloso donde los enterraron no hubiera entrado en el cráneo y preservado
esos cerebros de un modo que la misma ciencia considera milagroso. No se conoce
otro caso igual. Es una prueba fehaciente de que la justicia poética existe.
Quizá por todo ello,
mientras observaba la marisma y a los cangrejos atareados, pensé que mis
reacciones se estaban volviendo cada vez más viscerales, a un paso del animal
que no pierde de vista lo que le rodea porque espera un ataque inminente. Como
el resto de la población, estaba harto de manipulaciones, de mentiras, de
fraudes, de estafas, de la proliferación alarmante de hijos de la chingada que
de humanos solo tienen la ropa. No debía culparme a mí mismo, yo no albergaba
motivos ocultos para reaccionar como lo había hecho, el origen era un titular
dudoso, amarillo, algo impropio de un periódico en el que antes confiaba. Puede
que con mala fe, o tal vez no, pero habían conseguido que me cuestionara mi
capacidad para analizar una simple noticia. Ese es el sistema contemporáneo de
control, que tú mismo demuelas tu pensamiento porque te convencen de que eres
estúpido, escaso e irrazonable. Acabar con nosotros de uno en uno, con el
Caballo de Troya de sus ideas tóxicas apacentando tranquilo en nuestras
cabezas. Qué asco.
Como estaba enfrente
de Astillero, recordé la novela de David Leavitt, El lenguaje perdido de las grúas, donde cuenta el caso de un niño,
desatendido por su madre, que desarrolla un lenguaje propio reproduciendo los
movimientos y los ruidos de las grúas que ve por la ventana. Acaba loco, por
falta de interlocutores. Pensé que tal vez yo mismo, como otros muchos detrás
de las pantallas o pegados a los móviles, cada cual capeando el temporal con
sus propios medios, estábamos desarrollando un lenguaje personal tan solitario
y desesperado que pronto sería intransferible. Lo peor es que no supe decir si
eso era positivo, o negativo, o neutro, o qué. Y me entró hambre de nuevo.
martes, 13 de septiembre de 2016
ANCHOAS EN EL JACUZZI en ELDIARIO.ES Cantabria
Colaboración del 12 de septiembre 2016
Anchoas en el jacuzzi
El video dura
cuarenta segundos. La imagen es nítida, el sonido limpio y claro. Vemos en primer lugar un ventanal abierto con las
cortinas corridas y, reflejado en un cristal lateral, un pequeño dron
totalmente silencioso. De pronto un golpe de viento agita las cortinas, una de
ellas se queda enganchada en el respaldo de una silla, se abre un hueco, y
tenemos acceso a un lujoso cuarto de baño de mármol negro, donde hay un hombre
alto, fuerte, desnudo. Tiene en la palma de su mano izquierda un objeto
brillante que el zoom de la cámara se apresura a enfocar: Anchoas de Santoña,
Gran selección, Hermanos San Emeterio. En su mano derecha, un tenedor de oro
con el que va sacando de la lata los filetes y los deposita con ternura en el
jacuzzi. Nadad, nadad, pececitos,
dice, con un hilo de voz cercano al llanto. Y el video se corta.
Aplaudimos todos. Es
el mejor proyecto de anuncio que hemos visto en toda la mañana. Y también el
último, estamos agotados. Merecemos un buen almuerzo a costa del anunciante.
Los miembros del jurado somos cinco, nos conocemos de otros concursos,
compartimos el gusto por la buena mesa. Mientras comemos lo mejor de los
alrededores, hablamos en serio de ese anuncio como el posible ganador. Después de
lo visto en cuatro jornadas, dudamos mucho que en la sesión de la tarde
aparezca otro que esté a su altura. Hacemos una ronda de opiniones. Se menciona
la pureza de la imagen, esa nitidez casi dañina que le confiere un aire
futurista. También la inquietante invasión de la intimidad que nos desvela un
ritual privado que conduce al producto en segundos, sin transición emocional,
con eficacia: viejo en el concepto pero moderno en la realización. Como
escritor del grupo, elogio su narrativa, su riesgo, la elección de un disparate
oscuro como motivo central. Mientras estoy hablando, el presidente del jurado
recibe un mensaje, pone mala cara, me deja acabar y nos comenta que tenemos un
problema. Debemos regresar a la agencia de publicidad, no es un tema para comentar
en un restaurante.
De nuevo en la sala
de proyecciones, pedimos que nos pasen internet a la pantalla y que alguien
localice cuanto antes a los autores del proyecto. Desde hace una hora, Anchoas en el jacuzzi circula por la
red. Nosotros no lo hemos subido, estábamos comiendo, la agencia se cierra a
mediodía. El dueño, y presidente del jurado, se toma seguidos tres cafés de la
máquina, lo cual nos indica la gravedad del asunto. Hay en juego mucho dinero,
a corto plazo, y prestigio profesional, que es dinero a largo plazo. Seis meses
de trabajo, y un error que mencionarán durante años sus competidores cuando le
disputen un contrato. Para los demás miembros del jurado será algo más leve, un
borrón que disminuirá las posibilidades de volver a ser contratados en otros
concursos, al menos durante un tiempo. Pérdida de ingresos: señal de alarma.
La especialista en
búsquedas de la agencia nos va mostrando en la pantalla los progresos del
desastre. Después de la primera hora, se nota un incremento substancial de las
visitas, que pasan de cientos a miles. El video se muestra tal cual, como si
fuera real, como un robado, sin más explicaciones. Desde el principio ha tomado
dos caminos, uno basado en la palabra desnudo
y otro en el sector conservero. Los primeros títulos son: Hombre desnudo en extraña ceremonia de baño y Vegano loco contra la Anchoa de Santoña. Apenas tiene comentarios,
solo una rectificación interesante, de un animalista que reivindica el mensaje
y pide libertad para los peces. Le contestan de coña que también un entierro
digno para el pescado y que no hay mejor ataúd que una buena lata. Como la cosa
va lenta, decidimos retomar el trabajo para ir ganando tiempo. Es conveniente
completar el visionado de todas las propuestas.
Terminamos a media
tarde, de mala manera, nerviosos y sin hacer comentarios entre un video y otro.
No es fácil olvidarse cuando una de las bases del concurso es que aparezca la
lata de anchoas y su nombre perfectamente legible. Como es la costumbre, por
seguridad, la marca es ficticia, sólo sirve como ejemplo para los concursantes.
Aun con todo, un directivo y el abogado de la conservera anuncian que van de
camino a la agencia, llegarán en minutos. ¡Soluciones!,
nos grita el dueño, desesperado, mientras comprobamos la evolución de Anchoas en el jacuzzi en internet. La
buscadora nos advierte que en pocas horas la cosa se ha desmadrado. Cientos de
páginas han replicado el video añadiendo de su cosecha todo tipo de
curiosidades. Los hay del tipo cómico, con Nadad,
nadad, pececitos sincopado, o con música de ópera y a cámara lenta, pero
también los hay que toman un rumbo siniestro, fetichista, morboso, incluso
satánico, esto último sin razonar. El video ha sido calificado como una rareza
y está estallando en la red. Lo peor es que una de sus ramificaciones sube en
audiencia peligrosamente. Muchas personas lo ven como una burla de mal gusto,
una herejía, una blasfemia, un ataque directo contra uno de los símbolos de la
tierruca. Hay cientos de comentarios indignados de cántabros y de asociaciones
de cántabros en defensa de Cantabria, del propio presidente de la comunidad,
adalid de la anchoa de Santoña, que en plena efervescencia discursiva llega al
extremo de acusar en Twitter a los servicios secretos vascos de haberlo
maquinado todo para hundir económicamente a la región, aunque se retracta un
minuto más tarde, porque los servicios secretos vascos no existen, sólo estaba
mal informado. El verdadero presidente añade una nota, diciendo que él no ha
dicho eso, que alguien usurpa su nombre. Empiezan a correr las amenazas de
denuncia. Hay que pararlo como sea. Necesitamos asesoramiento legal.
Llegan casi a la vez
el directivo de la conservera con el abogado y los autores del video. Son dos
chavales muy majos y dispuestos a colaborar. Reconocen su culpa, no le pagaron
suficiente al actor por enseñar el culo, pidió más, hubo bronca después del
rodaje y no saben cómo se hizo con una copia. Asumirán lo que les caiga, aparte
de un futuro lejos de la publicidad. Algunos reímos, porque no entienden nada.
El dueño de la agencia comenta en su despacho con el abogado y el directivo las
soluciones encontradas. Les parecen idóneas. Se acuerda que los autores subirán
a la red por su cuenta el video con la indicación de que es un proyecto de
anuncio y que ha sido robado. Son los ganadores del concurso, el rodaje del
anuncio definitivo comienza a la mañana siguiente y se emitirá en televisión y
en las redes esa misma semana. No se lo pueden creer. Firman tantos papeles que
acaban mareados.
En la cena de
despedida del jurado, esa misma noche, le damos vueltas a la capacidad que
tiene la casualidad para trazar el destino de un buen anuncio. Sabemos que Anchoas en el jacuzzi va a ser un éxito
rotundo, viene precedido de una polémica, se nos va a acusar de haberla generado,
de no tener escrúpulos a la hora de vender un producto. Brindamos por ello.
Para algunos de nosotros representa una carta de presentación ante el futuro
incierto. De madrugada, en la cama del hotel, antes de dormir releo los Cuentos
reunidos de Sherwood Anderson, que también se enfangó en el mundo de la
publicidad antes de lograr alimentarse gracias a su literatura. En una carta
admite que manipular a la gente, lograr que hicieran lo que él quería, lo
convirtió durante años en un taimado hijo de perra. Eso a principios del siglo
XX, debería ver cómo hemos evolucionado.
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