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domingo, 9 de agosto de 2020

RECOMENDACIÓN DE LA VORÁGINE EN ELDIARIO.ES Cantabria



Santander —9 de agosto de 2020 10:39h
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Pasear entre páginas a veces supone un riesgo. Riesgo de descubrir, de comprender, de empatizar. Esta semana proponemos lecturas cuya deriva puede ser arriesgada, pero os prometemos que llevan paracaídas incorporado, porque tan sólo con entrar en sus páginas podemos respirar y sentir que hay salidas y no sólo abismos. Relatos compasivos, museos poéticos, refugios compartidos, filosofía de radio o despertares ilustrados, eso es lo que os traemos. 
GERÓNIMO DE LOS PARACAIDISTAS
De Francisco Taboada – El Desvelo Ediciones
“Si ella muere de madrugada tendré que despertar a mis amigos y como esta noche cambian la hora muchos no sabrán si se acuestan o se levantan. Llegarán aturdidos, intentando disimular que se han dormido durante el viaje, pero se negarán a reconocerlo o le echarán la culpa al reloj y a lo aburrida que es la autovía. No tenemos remedio, somos un grupo de marmotas derrotadas, ya ni la muerte ajena nos mantiene en vela. Sin embargo, cuando les abra la puerta, yo estaré demasiado despierto, con los ojos como charcos y la casa llena de murmullos.”


Diez relatos, diez retratos sociales tiernos pero también cargados de humor que hablan de sexo, de infancias, el mundo del trabajo, de algunos lugares conocidos pero también de vivencias totalmente alejadas de nuestra “normalidad”. La ficción de Taboada llega en este caso a ordenar la vida, da cuenta de la crítica social y organiza lo que nosotros/as no podemos organizar en la realidad. Un libro muy bien escrito, que se lee cultivando poco a poco cariño y compasión hacia unos personajes que son muy reales durante toda la lectura.



jueves, 25 de enero de 2018

LA LLAMADA en PHOTOWRITING de PAULA ARBIDE


La llamada

Una vez más hemos oído la llamada y nos hemos puesto en marcha. Cada cual lleva lo imprescindible para este viaje con dirección pero sin sentido. Lo importante es ponerse en movimiento de inmediato. No pensar en ello. Solo acudir. Solo ir. Diligentemente.
No debemos hablar entre nosotros. Hay que respetar una prudente distancia. Si nos comunicamos puede surgir una reflexión, una duda que nos hará tropezar, quizá detenernos. Eso cuestionaría nuestra determinación. No hay que olvidar que la única guía es la certeza.
Seguiremos adelante por un tiempo indefinido. Sin desfallecer. Soportando cada uno su cansancio, su pesar y su miedo. Rendirse no es una posibilidad. Abandonar sería el equivalente a dejar de respirar. Morir.
En algún momento cesará la llamada. Entonces tendremos que regresar al punto de partida. A la incertidumbre. A la espera. Hasta que la oigamos de nuevo.

                                               

viernes, 22 de septiembre de 2017

EN LA COLINA DE LA ESPERANZA en PHOTOWRITING de Paula Arbide



En la colina de la esperanza

¡Hey, Abuela, una foto, que estás muy guapa!
Se pasó todo el verano diciendo Hey y cantando aquella canción de ‘4 non blondes’. La letra se le había incrustado en la cabeza, hablaba del fin de la hermandad de los hombres, de la llegada del siglo de las mujeres, la revolución femenina. Era su primer año en Nueva York, nos trajo tantos regalos que la maleta reventaba. Mi madre nunca quiso quitarse el gorro playero de su nieta, y eso que no le dijimos nada, se murió sin saberlo.
Han pasado veinticinco años, como en What’s up, y a nosotros no nos queda ni destino ni esperanza. Yo también lloro cuando me tumbo en la cama, cuando me levanto de la cama, intentando sacar todo ese dolor de mi cabeza. Al principio gritaba, si estaba sola, pero sonreía ante mi madre y le decía: “Sí, ha llamado, cuando estabas en la compra, y ha preguntado por ti, te manda muchos besos.”
Mi marido lo intenta, dice que lo intenta, nunca ha pasado de ahí, de intentarlo. Quería contárselo a mi madre, pero era incapaz de admitirlo él mismo. ‘Desaparecida’ es un término ambiguo, hasta que pasan los años y no aparece. “¡Me gustaría tanto oír su voz!”, dijo mi madre horas antes de morir. Le prometí que la llamaría. “¿No ha llamado todavía?” “No mamá, no contesta, le he dejado un mensaje. Estará dando una vuelta”.

lunes, 13 de febrero de 2017

LA ESQUINA DE WRÓBLEWSKI en ESPACIO LUKE



     Quedamos en el Retiro, junto a la entrada de la exposición de Andrzej Wróblewski. Hacía una temperatura insólita para un mes de enero madrileño, casi quince grados, pero él profesor apareció con guantes gruesos y bufanda de dos vueltas, como si acabara de nevar. Dijo que estaba resfriado. Nos dimos la mano y entramos en el Palacio de Velázquez.
La retrospectiva del pintor polaco se titulaba Verso/reverso. Mostraba bastantes cuadros dobles, con escenas de realismo socialista por un lado y abstracciones geométricas por el otro. Estaban colocados sobre paneles que había que rodear, lo cual obligaba a los guardas de seguridad de la exposición a pedir a los visitantes que llevaran sus mochilas y bolsos bien sujetos delante, para evitar dañar las obras. A Santiago Valcárcel lo amonestaron por no controlar su bufanda, que una vez desenrollada le llegaba a las pantorrillas y a punto estuvo de engancharse en un bastidor. Ese control de los guardianes del arte encajaba con la obra expuesta, llena de fusilados, hombres desmembrados, espirales y círculos toscos, todo con una crudeza desalentadora. La brutalidad  de la invasión de Polonia por los alemanes en la Segunda Guerra Mundial y luego el estalinismo feroz narrados por una de sus víctimas. Una pintura plana y cadavérica.
Nos detuvimos al fondo de la sala central, junto a la flecha que nos conducía hacia la segunda época de ese pintor desastroso venido del telón de acero. Daban ganas de marcharse, de no perder allí mucho más tiempo. Me gustaba tan poco que pensé que el profesor me estaba sometiendo a alguna prueba: si ese pintor había llegado hasta allí no podía ser desconocido para él, ni tampoco un cualquiera. Me lo tomé con paciencia.   
—Durante mi infancia —dijo Valcárcel, como si vinera a cuento— yo vivía recluido en los rincones. Sobre todo en un rincón de la cocina. Allí me entretenía con los cuatro objetos casuales que me arrojaban los adultos, ya sabe, pinzas de la ropa, un lapicero, un trozo de tela para domesticar los dientes… Supongo que me gustaban los rincones porque allí me sentía protegido, con las espaldas a cubierto, dominando siempre el panorama. Podía mirar a los demás, ver sus evoluciones, aprender. Además en los rincones se está más calentito, lejos de las corrientes, sin estorbarle el paso a nadie. Fue determinante en mi vida abandonar esa actitud y alejarme del amparo de los rincones infantiles.
Entendí que tampoco le agradaba la exposición, y que se refería al régimen comunista como un arrinconamiento humano de trágicas consecuencias, lo que le llevaría a denostar la obra de Wróblewski por primitiva, superada, anodina y testimonial. O eso pensaba yo. Con las prisas, no habíamos mirado la hoja que nos entregaron en la entrada y lo hicimos ahora. Valcárcel señaló la foto de presentación, cuyo cuadro teníamos justo delante, pero en posición vertical, con el título Chofer azul. Aquello era otra cosa, nada que ver con la obra expuesta en la sala anterior. La soledad férrea de ese cuadro te helaba la sangre. Había un grave despojamiento de las formas que achicaba el ánimo. Wróblewski había pasado de los cuerpos rotos a la anulación espiritual del conjunto, de la comunidad. Por ejemplo, un grupo de peces verdes cortados por la mitad representaba mejor la atrocidad de los muertos de la guerra que cualquier escena con cadáveres grandilocuentes. Un hombre observando sus propias vísceras mostraba la huida hacia adentro como única vía de escape. Un hombre atravesado por el rojo sangre del fondo parecía el retrato definitivo de todo lo humano. Costaba creer que un autor había evolucionado tan rápido y que era capaz de mostrarlo: te acercabas al cuadro y veías lo anterior, te alejabas unos pasos y podías sentir los brochazos del futuro. Una visión perturbadora, como todo lo que se hace a corazón abierto.
—¿Se da cuenta, profesor, que este hombre lo pintó todo en solo diez años? Doscientos cuadros y ochocientos trabajos en papel…  
A Santiago Valcárcel le gustaba hablar de sí mismo cuando había que hablar de otro. A ser posible más grande que él. Y caminar mientras hablaba. Mover las manos. Disertar.
—Un caso singular, qué duda cabe. Pero no todos los que salen del rincón acaban en la esquina. A mí me sucedió… hace ya mucho tiempo… Porque hay un tránsito obligado que te hace cruzar por la escena pública, cuando eres reconocido y dejas de ser invisible. Es fácil entonces perderse y que la imagen que los otros tienen de ti se imponga a la tuya propia. Entonces tu rincón y su rincón se unen y forman una caja que te aprisiona dentro. Error. Grave error para un artista. Por eso cuando sales de tu rincón y te muestras a los demás lo mejor es convertirte en una punta de flecha. No comunicarte, sino atravesarlos con tu determinación. De ese modo tu rincón trasciende, supera el espacio personal y colectivo para llevarte un poco más allá, donde eres como una sombra inquieta que espera en una esquina a la intemperie. Hay que llegar a ese lugar como sea. Rincón, flecha y esquina. Ése es el camino del genio.
Otros profesores nos hablaban de la luz, pero Santiago Valcárcel todo lo remitía a la geometría, al control formal y espiritual del espacio. Para seguir sus disertaciones era mejor cerrar los ojos, plegarse a esa concepción de líneas sentimentales y conceptuales que se cruzar y tensan el espíritu hasta crear un obra única. Afirmaba, y en sus clases no dejaba de insistir en ello, que se había exagerado el papel del espectador y muchas obras no iban más allá de un juego de ping-pong entre dos conciencias que se mueven en ámbitos diferentes. “El amanecer es implacable” solía decir, “nunca nos ha pedido permiso”. Él mismo había tenido una carrera notable como pintor en su juventud, con mucho éxito de crítica y público, pero lo había abandonado todo sin dar explicaciones. Llevaba veinte años sin tocar un pincel, dedicado solo a la enseñanza.
—Y ahora viene lo mejor  —dijo Valcárcel el entrar en la tercera sala, la más amplia—. La mayoría de estos cuadros sólo los he visto en foto. Para mí es todo un acontecimiento.
Yo me paré en seco. Se me escapó un silbido de asombro. Lo que había allí, incluso de lejos, era incomprensible. El impacto visual te dejaba anonadado. Como encontrar en una sola muestra un Bacon, un Picasso, un Mondrian, un Chagall o un Klee, sus mejores cuadros, compartiendo un mismo espacio. Era excesivo, sublime, de una belleza casi brutal. Yo tenía entonces veinte años escasos y no estaba preparado para aquello. El profesor me empujó suavemente con los brazos, me alejó de él, quería que lo viera solo, ya hablaríamos más tarde.
No sé cómo hablar de ello sin emocionarme. Cualquiera que dude sobre las posibilidades del género humano o los límites del arte debería ver una exposición de Wróblewski. Si el salto de la primera a la segunda época había sido enorme, la tercera resultaba sobrenatural. En solo dos o tres años, se había merendado el siglo XX, lo anterior y lo que vendría después. Una esponja de lo esencial, de la substancia, del eje sobre el que giraba y seguirá girando la vida.  “Madre con niño muerto” podía ser un icono de la pintura del siglo. Igual que “Sala de espera I. La cola continúa”. Cada uno de aquellos cuadros era único, excepcional, de gran relevancia para la historia del arte. Estar presenciando aquello hacía que te sintieras importante, privilegiado, humano, como un espectador de auroras polares, si en tu alma hubiera tal cosa.
El profesor Valcárcel me tocó el hombro, sacándome de la ensoñación. Me enseñó el reloj, como si se hubiera terminado la clase. Llevábamos en aquella sala casi una hora. Al verme tan emocionado, sonrió y me dio un abrazo.
—Este hombre murió a los 29 años. En un accidente, en las montañas Tatra. Recuerde siempre que hay gigantes que pasan a nuestro lado y apenas percibimos de ellos la sombra.
—¿Cómo es tan desconocido?
—Para usted ya no lo es, joven amigo. Tiene suerte, yo lo descubrí cuando ya era demasiado tarde para mí. Cuando el exceso de interpretación me dejó inválido.
—Yo nunca tendré una obra tan importante, profesor. Mis cuadros…
—¿Y usted qué sabe? ¿Cómo puede decir eso, si al entrar ya quería marcharse de esta exposición? ¿Qué siente ahora?
—Ganas de correr a mi estudio y…
—Y pintar un cuadro para el Museo del Prado…
—Como mínimo.
—¿Y a qué espera? No se preocupe, le subiré la nota para que no pierda la beca. Es más, le compro la mitad del cuadro que va a pintar antes que acabe esta semana. Le quedan cinco días.
Acepté y nos dimos la mano. El profesor Valcárcel me pagó el taxi y utilizamos la trasera del folleto de presentación de la exposición de Wróblewski para formalizar el acuerdo. Él quería poner mil euros, pero yo le dije que no exagerara y acordamos quinientos. De ese modo tan increíble se hizo con la mitad de los derechos de “Hombre seco en el páramo”. Cada vez que lo pienso…


Foto: Paula Arranz
Detalle de Sala de espera I. La cola continúa, de Andrzej Wróblewski.

Andrzej Wróblewski: Vilna (Lituania, antigua Polonia) (1927-1957). Exposición Verso/reverso. Parque del Retiro. Palacio de Velázquez. 17 noviembre 2015-28 febrero 2016.

Enlace: http://www.espacioluke.com/2017/Enero2017/taboada.html


jueves, 10 de noviembre de 2016

CURVA CERRADA en ELDIARIO.ES Cantabria



Curva cerrada 


            Camino de mi casa hay una curva cerrada muy sospechosa. Es el único lugar en el que poder detenerse después de kilómetros de encajonamiento, y desde ella se accede a una casona y a un camino rural sin asfaltar. En verano suele apostarse allí la Guardia Civil, para aminorar la marcha de la circulación con su sola presencia o en caso contrario aplicar la multa correspondiente. A mí me costó 300 euros y dos puntos del carnet, porque 60 por hora no es 87, hará cosa de un año, y desde entonces la miro con resentimiento. Supongo que por eso me fijo mucho cuando paso a su altura y si hay algún coche parado pienso invariablemente en algo turbio, en un delito: un hombre que espera a otro para pasarle un sobre, una mujer que se juega la custodia de sus hijos con su cuñado, un concejal de urbanismo que debe informar de su tarifa a la parte contratante, o dos camellos que se lanzan la mercancía y la pasta de ventanilla a ventanilla. Eso que Jim Thompson llamaba en ‘1280 almas’ un callejón oscuro a pleno sol y a la vista de todos.
En el campo es importante prestar atención a este tipo de detalles, son como semáforos invisibles que conviene respetar, y una vez detectados hay que convertir esa información en instinto. Yo nunca me he detenido en esa curva, ni pienso hacerlo, después de la multa solo quiero saber de ella durante los escasos segundos que hay desde que la veo llegar hasta que queda en el espejo retrovisor. Perderla de vista es un alivio, y siempre que puedo la evito: en días malos he llegado a coger otra carretera alternativa, más larga y en peor estado, con tal de no encontrarme con ella. Aun así, he calculado que estamos en contacto la curva y yo como poco un minuto al mes. No parece demasiado tiempo, pero ya dice el refrán que el amor fragua en un momento y la desgracia solo necesita la mitad, así que esos doce minutos que hemos compartido  durante un año me han puesto a la defensiva. Me preocupa mucho esa curva cerrada, hace que sea supersticioso sin serlo, la asocio con la mala suerte. Además, he preguntado por ahí y parece que los delitos que imagino no son el producto de una mente calenturienta que ha visto demasiadas películas, sino ejemplos representativos de lo que sucede en esa curva casi a diario. Eso y cosas peores, me han dicho.
Tampoco puedo fiarme de lo que me dicen, sé que me mienten, soy de lejos y tengo antecedentes políticos. Aquí todo el mundo es de derechas, menos los de izquierdas, que no somos de aquí. También están los renegados, que marcharon a estudiar fuera y al volver no querían ser de aquí, ni que los de aquí fueran como son, y se unieron a la izquierda para intentar cambiarlos, solo por fastidiar porque eso no tiene sentido. El mundo no cambia, solo se disfraza, es su manera de ser, y si expresas una idea digamos progresista es natural que tu interlocutor te diga: “Tú en realidad no piensas eso”. Sembrar una idea en sus cabezas es inútil porque no la riegan, creen que un pensamiento correcto es el que repite letra por letra un pensamiento anterior. Son reproductores natos, mental y físicamente, pero la ciudad ya no necesita tanta mano de obra en los suburbios y les ha llegado la hora de la extinción. En poco tiempo en estos pueblos ya no quedará gente de pueblo. Ni ellos mismos se van a echar de menos. Pero no hay que engañarse, no son latifundistas andaluces sino minifundistas del norte, dueños de sus tierras. Tienen pasta, diez veces más de la que aparentan, muchos se hicieron ricos durante el boom inmobiliario vendiendo barrancos, cabañas y cobertizos a precios de escándalo. Con todos los permisos de construcción firmados de antemano. Se han levantado edificios donde antes estaba la caseta del perro. Entonces empezaron a funcionar a pleno rendimiento las curvas cerradas como ésta.  Cuando el lema era ‘robar solo es malo si tú eres la víctima’. Todo líder de la derecha que se precie, se ha entrenado en un sitio parecido: ‘Aquí hizo de las suyas, cuando era joven, el Excelentísimo Señor Ministro…’
Pero hasta los que no trabajan se cansan de estar sentados. Durante varios meses pensé que la curva cerrada se perdería en el paisaje. Se la veía descuidada, desatendida y solitaria. Nadie le cortaba la hierba, no había huellas de neumáticos salvo en dirección a la casona, alguien comenzó a tirar basura cuando pasaba por allí, yo mismo lo hice, y parecía una curva cualquiera de este país tan higiénico. Fue antes de la repetición de las Elecciones, como si la zona de negocios municipal hubiera cerrado por traslado. Eran órdenes de arriba, decían, los juzgados del país amenazaban con derrumbarse de tanto expediente por corrupción. Había que declarar una tregua mientras se informatizaba todo para que las pruebas no pesaran tanto y pudieran borrarse con un solo clic.  Algo iba a suceder, tal vez huir con lo puesto, sonaban trompetas de cambio, pero en pocas semanas se comprobó que eran turutas. Pitorreo, teatro barato. Los políticos estaban pasando de la incompetencia a la vergüenza ajena, despejando así la duda de que ninguna solución viable lo seguiría siendo si caía en sus manos. Los resultados de la Elecciones repetidas fueron desoladores. Aquí la gente volvía a encender fuego frotándose las manos. Con un poco de suerte, se extendería el pillaje otros cuatro años más. Muchos de nosotros perdimos de golpe la poca ingenuidad que nos quedaba. Se quemaron muchos carnets, de la izquierda activa, yo lo vi con estos ojos.
En la madrugada del pasado domingo, hubo cohetes en el cielo del pueblo. No muchos, con discreción, pero contundentes. Mariano Rajoy volvía a tomar las riendas del gobierno después de llevarse por delante al líder de la oposición y al partido socialista. Una jugada del más inspirado taoísmo, no tuvo que hacer nada, solo dejar que se devoraran entre ellos. Pasará a la historia un Debate de Investidura con la izquierda de verdad ladrándole a la presunta izquierda mientras Rajoy calibraba la distancia que hay desde su ojos al cristal de la gafas. Un Óscar, o al menos un Goya. Cuando lo vi en la tele, como me aburría tanto como él, lo imaginé “con un sombrero Stetson nuevo de sesenta dólares, las botas Justin de setenta y cinco dólares y los Levis de cuatro dólares” igual que el jefe de policía de ‘1280 almas’, Nick Corey, cuya mayor cualidad es no hacer nunca nada, nada de nada, salvo cuidar de su pellejo. Su expresión favorita es: “No digo que te equivoques, sino que no afirmo que hayas dicho la verdad”. Clavadito a Mariano.
Respecto a la curva cerrada, la respuesta municipal ha sido inmediata. El lunes a las ocho de la mañana ya la estaban adecentando para el nuevo ejercicio. Pasé por allí camino del trabajo y al regresar a mediodía lucía radiante al sol del otoño. Puede que la alquilen por horas, son unos emprendedores. Han tenido los huevos de plantarle en una esquina tres abedules plateados, como un indicativo, como una señal para que los foráneos no se equivoquen de curva, se ve que están pensando en expandir el negocio. Si la vez anterior nos lo quitaron todo y nos dejaron en cueros, ahora nos van a despellejar vivos. No se puede consentir, no hay hacia donde rendirse. He intentado reunir a la izquierda activa del pueblo, pero hay mucho desánimo, mucho que te den. Les he dicho que el Mesías trabaja pensando en las próximas elecciones, que su advenimiento está cerca, que no pierdan la fe. Pero aquí ya ni dios cree en dios, se están pasando al nihilismo.




miércoles, 26 de octubre de 2016

DE SIGOURNEY WEAVER A EMILIA CLARKE en ELDIARIO.ES Cantabria





De Sigourney Weaver a Emilia Clarke

           
Hace unos veinte años empecé a recalar en las salas de espera del Hospital de Valdecilla. Siempre estaban abarrotadas de gente, parecía un mercado, ibas a una simple consulta y echabas allí la mañana. No había entonces móviles para distraerse, ni posibilidades de conversación en un lugar donde se ruega silencio, y leer un libro tenía el inconveniente de sumergirte en él, que te llamaran por aquella  tosca megafonía  y se te pasara la vez. Incluso siendo previsor y llevando un libro de relatos cortos, o directamente de micro relatos, la lectura era tensa, incómoda, deslavazada. Al final había que dejarlo y soportar la espera al modo clásico, sin hacer nada, la mirada perdida en la luz fluorescente, cada cual con su dolor y su pensamiento. Lo único positivo era que varias horas de aburrimiento mortal fertilizaban mi imaginación y pocas veces he regresado del hospital sin una historia que contar: el germen de un relato, un artículo, una escena de teatro. Se le llama creación a la desesperada.
Hace unos días me tocó de nuevo la revisión. Tuve suerte, me citaron a última hora, la sala de espera de nefrología estaba casi desierta. Tampoco había mucho personal sanitario, como si el ajetreo de la mañana ya hubiera pasado y comenzaran las horas tranquilas del turno de tarde. Era una buena señal, así que me senté, ajusté el culo al banco, crucé las piernas, valoré el estado lamentable de mis zapatos, y lo primero que me vino a la cabeza fue el experimento de Arguiñano para determinar si un pollo que duerme apoyado en la pata derecha la desarrolla más que la izquierda, pero no recordaba el resultado de esa excentricidad. Busqué entretenimiento, me negaba a encender el móvil, y vi junto a la columna próxima un envoltorio de Crunch. La papelera estaba cerca, si me estiraba un poco podía cogerlo y lanzarlo dentro. Me deslicé por el banco, alargué la mano, pero antes de llegar a tocarlo apareció una escoba y se lo llevó. Miré hacia arriba, un hombre grande, calvo, tatuado, con el uniforme de la limpieza, me guiñó un ojo y ladeó la cabeza, como si me hubiera ganado por la mano. Pensé: algunos tipos no tienen remedio, convierten en una competición hasta recoger papeles. “No lo he tirado yo”, le aclaré. “Entonces, gracias por intentarlo”, me dijo, y parecía sincero, aunque quedó en el aire un reproche velado por invadir sus competencias y de paso poner en peligro su empleo. Hoy en día no sabes cómo acertar, lo mismo en ese momento había un vigilante detrás de una pantalla apuntando en su libreta de chivato que era la vez número 182 que una persona estaba a punto de recoger un desperdicio del suelo encontrándose el limpiador número 45 a unos metros de distancia; y lo despedían sin más, con la frialdad de un algoritmo.
Después de recoger el envoltorio de Crunch, el limpiador tatuado vació la papelera en su carrito, recogió la escoba y se fue caminando hacia el ascensor. Llevaba la cabeza bien alta, orgulloso de sí mismo, de su labor. Seguro que veinte años atrás no les hubiera confesado a sus amigos que se dedica a fregar suelos y limpiar váteres. Entonces, las labores de limpieza las llevaban todavía las mujeres, en exclusiva, y por estos pasillos circulaban muchos más médicos que doctoras. Ahora la cosa se ha equilibrado, la gente se diferencia más por los colores de las batas y los uniformes que por el sexo. Incluso se diría que el hospital tiene un aire femenino, aunque fijo que la desigualdad se mantiene en los puestos directivos y en ese increíble 20% de sueldo inferior por el mismo trabajo, algo impropio de un país civilizado. Muchas contratas son peores que la mafia, se oyen cosas espantosas, alguien debería hacer algo al respecto. Por un momento imaginé  que el limpiador tatuado iba a recoger su sueldo y le quitaban el 20% por tener testículos llenos de espermatozoides. Imaginé que se los tapaba con las manos y decía: “Jo, qué mal, no es justo”.  Imaginé una multitud de mujeres del Femen tomando las calles, con las tetas al aire y un kalashnikov en bandolera. Y no imaginé más porque regresó el ascensor y salieron de él dos cirujanas que me recordaron muchísimo a Sigourney Weaver y Emilia Clarke.
 En realidad no pude verlas muy bien, fue un simple destello, salieron del ascensor y se perdieron en un pasillo del ala de enfrente del edificio, pero eso acentuó todavía más su parecido con las dos actrices. Una era alta, delgada pero poderosa, flexible, como Sigourney Weaver; la otra era muy pequeña, redonda, firme, y con coleta, como la última imagen que yo tenía de Emilia Clarke. Dos iconos de la ciencia ficción: La eterna Teniente Ripley de Alien y la reciente Sarah Connor de Terminator Génesis, también Daenerys de la Tormenta, Madre de dragones en Juego de tronos. Dos exponentes de la evolución de la imagen de la mujer en las últimas décadas. Las dos armadas y peligrosas, paradigmáticas, ejemplo rotundo de la adaptación del cine comercial al vaivén moral de los tiempos. Si las juntaba a las dos con los pollos de Arguiñano tenía la tormenta perfecta. A fin de cuentas, todo empezaba y terminaba con un huevo. Y en este caso la gallina ponedora era feminista. Aparentemente.
El feminismo mal entendido es un subproducto de la retórica capitalista. Surgió para frenar el avance del Movimiento Feminista, exagerando sus excesos hasta lograr el enfrentamiento dialéctico con el machismo, manteniendo así el discurso en el territorio de lo negativo. El pensamiento barato de darle la vuelta a la tortilla, para obtener rentabilidad a toda costa. La Teniente Ripley era en principio un hombre, pero tardaron demasiado en poner en marcha el rodaje de Alien, eso cuesta dinero, hay préstamos, intereses bancarios, cada vez necesitaban más público, y alguien pensó que las espectadoras agradecerían una heroína que no se pusiera a dar grititos histéricos cuando aparece una rata. Solo pretendían vender más entradas. Igual que el guionista, O'Bannon, que buscaba un nuevo tipo de terror no explotado hasta entonces y decidió agredir el sexo masculino donde más podía dolerle, poniéndolo en el lugar de una mujer. El extraterrestre que sale del huevo y se adhiere a la cara de astronauta es en realidad una felación y una violación, con inseminación incluida. El bicho con aspecto fálico y vaginal que sale del estómago matando a su huésped representa un parto sangriento y definitivo. Sexo duro y reproducción extrema. Todo estaba pensado para hacer vivir a los hombres, como horror, las vivencias naturales de las mujeres, incluyendo la violación como hecho o como miedo consustancial asumido. Y funcionó. En las primeras proyecciones la gente se marchaba aterrorizada. Ya van por la quinta parte, con dos precuelas y una serie televisiva… es toda una franquicia. Hay una copia de Alien, el octavo pasajero en la Biblioteca del Congreso de Estados Unidos, como un documento histórico relevante. Su rentabilidad, su alcance, crearon un modelo de mujer aguerrida que ha sembrado bastante confusión. Sin ir más lejos, en la segunda entrega, Alien, el regreso, aparecía una mujer marine que daba verdadero miedo.
También Terminator, aun teniendo un punto de partida más intelectual y borgiano, con su bucle de tiempo tan cargado de posibilidades, incide en los mismos defectos que Alien a la hora de tratar a la mujer. Aquí la clave es regresar al pasado para impedir el nacimiento del líder de la resistencia futura: matar a la gallina antes de que ponga el huevo. ¿Y qué hace la protagonista cuando se ve amenazada? Pasa de ser una frágil y apocada dependienta a llevar una ametralladora en cada mano. Sarah Connor, nada menos, la madre agresiva y dinamitera del líder, ése que dice por la radio: “Si me estáis escuchando, vosotros sois la Resistencia”. En la última entrega, la reciente Terminator Génesis,  intentan desesperadamente borrar la imagen de esa Sarah Connor dependienta y se inventan una línea de tiempo paralela, donde ella es guerrera ya desde niña: dando caña desde que le viene la regla porque entonces la detecta el Terminator-malo. Y, para tergiversar más el feminismo, cuando en la primera entrega se enamoraba de su salvador, en ésta lo trata como si fuera gilipollas, tonto del culo e incapaz de protegerse a sí mismo. Tortilla vuelta y quemada. El hombre es ahora instrumental, a ella le daría lo mismo si hubieran enviado desde el futuro un poco de semen en un frasco. En toda la película solo hay un beso, al final, y porque ella quiere, con una condescendencia que da grima, y si el tipo se pasa un pelo allí estará el Terminator-bueno para descuartizarlo. Es patético. Nadie como Emilia Clarke para interpretar ese papel. Después de su presencia arrolladora en Juego de tronos, con apenas 1,57 de estatura, representa a esa nueva mujer capaz de degollar a cualquier tío que no se rinda a sus pies. No necesita el 1,85 de Sigourney Weaver para imponerse. Es la mujer actual, como Hillary Clinton ordenando un bombardeo mano a mano con Obama. Tan cruel y capulla como el hombre. Adiós esperanza en un siglo que iba a ser reivindicativamente femenino.
Mientras pensaba en todo esto, la enfermera dijo mi nombre en voz alta. Han dejado de usar la megafonía, no sé si por falta de presupuesto o porque nadie la entiende. Así que levanté la mano, atendí a sus indicaciones y me dirigí al despacho correspondiente. Allí estaba mi amable doctora, que sabe de mi interior más que mi poesía, algo que siempre me inquieta. Me sonrío con amplitud, mis resultados eran satisfactorios. “Bien, bien, bien”, dijo, leyendo en la pantalla. Como eran muy buenas noticias, bromeé un poco:

Paciente.-  No he visto apenas hombres por aquí. ¿Están en huelga?
Doctora.- Los hemos mandado abajo, a las calderas, por inútiles.
Paciente.- ¿Y no han protestado?
Doctora.- ¡Con el sueldo que tienen! Qué va, les faltan fuerzas.

La doctora se cruzó de brazos. No tenía nada más que decirme. Ella no es mi madre, si bebo, si fumo, si hago el vaina es asunto mío. En cinco minutos estaba fuera de Valdecilla. Había sido una visita corta, pero rentable. No daba para imaginar el Quijote, pero me llevé una idea para un relato, el principio de un artículo y una minúscula obra de teatro. Algo es algo.


jueves, 20 de octubre de 2016

PENSAMIENTO PETRÓLEO en ELDIARIO.ES Cantabria

                  Detalle de "Casi feliz", escultura de Pedro Mora./Paula Arranz


Pensamiento petróleo 

           
Ellos hablan de filosofía mientras nosotros intentamos nombrar los tipos de lechuga que lleva la ensalada. Ellos son diez, nosotros una pareja. Me temo que no esperaban tener presencia ajena en un restaurante de carretera un miércoles lluvioso. Hemos llegado al borde de las once de la noche, el dueño nos ha admitido a regañadientes, ha señalado al grupo para que nos hagamos cargo de la situación. El cocinero nos ha tomado nota, se ocupa de servirnos y luego desaparece en la cocina. El dueño del local forma parte de la tertulia, y cuando yo identifico la lechuga rizada de hoja de roble, dice: El pensamiento es el nuevo petróleo. Suena muy meditado, pero no lo es. Mi compañera sonríe y se ajusta las gafas. No hace ni dos días que hemos hablado de eso mismo, era el titular de una noticia del periódico, aunque nosotros nos lo tomamos con ironía y aquí se ha dicho con seriedad, incluso algo de empaque. Tienes toda la razón, es verdad, es cierto,  le secundan al dueño dos mujeres y un hombre.
No es una tertulia, se trata más bien de una reunión. Una hora más tarde ataremos cabos hasta concluir que son la junta directiva de un colegio y que están decidiendo cuál será su postura sobre la asignatura de filosofía.  Es algo informal, lejos de las aulas, parece un simple intercambio de opiniones, pero no saldrán de allí sin un consenso. Hay que tomar una decisión ya, las cosas van a empeorar, no van a mejorar, dice un hombre. El volumen, el tono de voz, y cómo se dirigen unos a otros con respeto, nos da a entender que son de algún centro privado y exclusivo de la zona. De entrada, sólo sabemos que para ellos el pensamiento es un tema importante: se les nota preocupados, los silencios son frecuentes y espesos. Alguien menciona con timidez el ideario del colegio, aquello en lo que creían, la esencia, lo que les impulsó a hipotecar su futuro para garantizar una educación de calidad para sus hijos. Otro le rebate con la realidad, con el cambio implacable de los tiempos, la involución de la sociedad, el aumento de la idiotez, el peligro que conlleva para sus hijos ser tan humanistas en un mundo tan deshumanizado. Están desprotegidos ante la Horda, dice, aunque luego dice que no lo ha querido decir.
La salida de tono provoca una protesta generalizada en el grupo. Hay cuchicheos, negativas, pero el cocinero aparece con el postre y sólo queda en el aire que el elitismo es para los elitistas. Está claro que van a despedir a alguien. Yo me estoy mosqueando mucho porque soy de Filosofía y Letras, rama Pedagogía, y los compañeros de Filosofía Pura siempre me han merecido muchísimo respeto. Pensar es duro, hacerlo con rigor científico más, pero intentar inculcarles esa costumbre a unos chavales que no distinguen entre reflexionar y tener dolor de cabeza es heroico. Por eso los filósofos están un poco pirados, por predicar en el desierto, pero son los únicos en una especie pensante que parecen darle importancia al pensamiento. Aunque solo sea por vergüenza, deberíamos prestarles más atención. Reducir su presencia en la educación es contradictorio, absurdo, además de peligroso. Sólo un fabricante de criados obedientes promueve una idea tan necia. Cerrarle la puerta a la filosofía es amordazar el pensamiento crítico. Con la LOMCE hemos topado, dice mi compañera.
A continuación, distraídos con el enorme postre de la casa, los miembros de la reunión cometen la torpeza de crear dos bandos, impidiendo así un diálogo constructivo. Los que defienden para sus hijos un escudo eficaz frente a la chusma, se ponen en contra de los filósofos, para denigrarlos como se hacía con los negros y reforzar su negativa con claro desprecio. Eso sí, desprecio ilustrado, con estereotipos presentados a modo de pruebas concluyentes testadas en laboratorio. Algunos se muestran resentidos por haber apostado antes por ellos. Relegamos la ciencia en favor del pensamiento, dice una mujer, y nueve años después de inaugurar el colegio no he oído decir una palabra favorable sobre la filosofía. Solo hay quejas: los filósofos son herméticos, oscuros, enrevesados, se lo tienen muy creído, y su complejidad deprime a los estudiantes, no es un acicate para pensar, más bien lo contrario.  Le falta decir que no se ocupan de los problemas reales de la gente, o que son extraterrestres. Lo peor es su falta de pragmatismo, dice el dueño del restaurante, pero de coña, él pertenece al otro bando. Y de paso les recuerda que la decisión que tomen ahora no se pondría en práctica hasta el curso siguiente, aún hay tiempo, las cosas pueden cambiar, en Cantabria no se aplica la ley con tanta severidad como en otros territorios… Eso no importa, Juan, le corta una señora que ha permanecido callada hasta el momento. Tiene autoridad, nadie replica. Se crea de golpe un silencio agnóstico muy prometedor.
Mi compañera y yo llegamos al postre cuando algunos miembros del grupo no han terminado aún el suyo.  La señora tan callada los ha dejado secos. Durante varios minutos sólo hablan de lo deliciosa que está la comida. Quizá su libertad de acción no era tan amplia como pensaban. Puede que la señora sea la máxima accionista del colegio, la que promovió su construcción, la que inclina la balanza. Ahora mismo un hombre está diciendo, en tono conciliador, que él no ve tanta distancia entre ética, religión y filosofía, de hecho esta última fue en tiempos una rama de la teología. ¿Sería insensato pedirles a los tres filósofos del colegio que contemplen su asignatura como una mezcla de todas esas materias, que no desdeñen lo espiritual, y que no olviden que la Religión Comparada es una materia imprescindible en estos tiempos? La señora es terminante: Nada de religión, hasta ahí podíamos llegar. No se puede jugar a dos barajas, eso es mezquino. Si nosotros claudicamos otros muchos colegios lo harán. Somos líderes en el sector, y provocaríamos que aquí se aplique la LOMCE en vez de ser de los que evitan que se haga. Si las universidades importantes de todo el mundo están regresando al pensamiento, tenemos la obligación de resistir.
La autoridad de la señora se mantiene lo que tardan en reconectar sus neuronas los opositores. Huele a golpe de estado, golpe de timón, a bofetada sonora. Un hombre tiene la desfachatez de mencionar a la primer ministro británica, Theresa May, que aboga por recuperar las escuelas públicas de élite, esquilmando así los escasos fondos en favor de los ya privilegiados por su inteligencia y dejando atrás a los que realmente lo necesitan. ¿Desde cuándo somos conservadores?, pregunta con perplejidad un hombre.  Y sigue: Entonces, ¿nos declaramos colegio de élite, admitimos algunos chavales de la pública, los números uno, y que nos pague el polideportivo la Administración? En el aire suena un Ajá, como si a alguien le pareciera una gran idea. Desde luego, dice la señora, deberíamos eliminar por completo la filosofía. Es lo que merecemos.
Justo en ese momento, cometo el error de girar la cabeza y mirar al grupo. Busco los ojos de la señora, sonrío, pero ella frunce el ceño. Todos nos miran, al unísono, con malas caras. Mi compañera se pone colorada y pide la cuenta. Cinco minutos después, estamos en el aparcamiento y comenzamos a discutir. Debo de ser un poco tonto, porque le digo que es alentador saber que todavía quedan progresistas irreductibles y ella me dice que no me entero de nada. Que entre todos esos no hay ningún progresista. Que son los de siempre adaptándose como cucarachas a una explosión nuclear. Que de la expresión: el pensamiento es el nuevo petróleo, lo único que les interesa es el petróleo. Que no son de fiar, sus alumnos terminan siendo gente muy eficaz, educadamente implacables, fascistillas despeinados y sin corbata. Ella sabe de lo que habla, la adiestraron en uno de esos colegios tan exclusivos y aparentes, donde los cimientos son la tradición más rancia y lo demás es decoración, disimulo para capear el temporal. Lo único que perfeccionas en un lugar así es el cinismo, dice cabreada, como esta gente miserable encuentre petróleo en nuestras cabezas llevaremos torretas de sombrero…
  Le pido disculpas. Siento no haber mirado la realidad con los ojos adecuados. La señora me caía bien, pero supongo que se adaptará al grupo, hará lo que diga la mayoría. Reconozco que últimamente, ante el desastre en el que vivimos, tiendo al optimismo y confundo las cosas por mi deseo de que todo mejore. Mi compañera acepta mis disculpas. Para reconciliarnos, le digo que he comprado un hacha nueva esta mañana, que la llevo en el maletero, como en Nadie conoce a nadie, de Juan Bonilla. Le propongo terminar la velada cortando un árbol de los alrededores, por hacer daño, nada más. Ella suelta una carcajada. Afortunadamente, entiende mi sentido del humor. Mi filosofía.
                                                                                                                 

miércoles, 12 de octubre de 2016

LA REBELIÓN DE LOS CRIADOS en PHOTOWRITING de Paula Arbide




Entre las magníficas películas presentadas este año en el FCSIR (Festival de Cine Simbólico Isla de Redonda) cabe destacar La rebelión de los criados, de Marissa Ho Müller. Es la tercera obra de la realizadora chino-germana, de la que ya conocíamos su controvertida Plátanos y cacahuetes, sobre el mundo rural, y Putas y cocaína, que se centra en el ocio empresarial. Fiel a su estilo, nos ofrece ahora un falso documental sobre un documental falso, presuntamente encargado a la cineasta por la Oficina de Relaciones Públicas de la Policía para lavar su imagen después de unos graves enfrentamientos callejeros que finalizaron con once civiles muertos y un agente herido leve. No se mencionan ni el país ni la época, como en sus obras anteriores, se supone que es Europa Central en un futuro próximo.
La rebelión de los criados consta de cuatro partes bien diferenciadas, que siguen los preceptos de Nueva Sinceridad, el colectivo de cineastas independientes liderado por Ho Müller. En la primera parte, la realizadora se entrevista con miembros de la policía mientras su equipo analiza los miles de horas registradas de los incidentes. Llama la atención el ambiente de mezquindad de todo el conjunto, tanto de la policía intentando ocultar lo evidente como de la cineasta y su quipo manipulando la información para mostrar una crueldad desaforada. Oficialmente no llegan a un acuerdo pero queda en el aire la sospecha de lo contrario. La escena de la negociación económica en la que se valoran los muertos en función de lo estético de su fallecimiento es sobrecogedora. En la segunda parte, conocemos al protagonista, Dasein, un centrifugado social que participó activamente en los enfrentamientos.  Desde su presentación, una larga secuencia de dos minutos en la que le espachurran la cara contra el parabrisas del coche de filmación, aparecerá en todos y cada uno de los planos de la película, hasta el agotamiento del espectador, siempre con la misma ropa y sin lavar ni afeitarse ni curarse las heridas de las sucesivas palizas. Sabemos de él que es un anarquista evolucionado, nihilista, individualista y misántropo. En la tercera parte, Dasein nos muestra su existencia marginal, su desarraigo de la especie humana, su involución hacia lo salvaje. En el mundo sobran millones de personas como él, nadie sabe dónde arrojarlos, el panorama es desalentador. La sociedad le ha privado de un presente luego no tiene futuro y desdeña su pasado como un error elemental, un precedente nefasto. Está condenado a lo inmediato. No tiene alma, no se lo puede permitir. Es hiriente la secuencia en que Dasein encuentra una manzana reineta encima del expendedor de poemas de un semáforo y sólo le da un mordisco por su incapacidad para repetir la dicha de ese instante: no lo merezco, no lo merezco, dice. La cuarta parte contiene el desenlace y no se debe desvelar. Únicamente decir que el nombre del indigente que hace de Dasein no figura en los créditos finales pero se informa de que fue debidamente retribuido por su trabajo.
No cabe duda de que La rebelión de los criados es una obra singular a la que auguramos un largo recorrido por el circuito de cine independiente. Marissa Ho Müller sabe escoger sus temas, sensibiliza al espectador hacia una mejor comprensión de los sectores menos favorecidos de la sociedad y, con esta película excelente, logra hacernos vivir durante dos horas y media ese sufrimiento tan existencial del pobre, del marginado, del refugiado, del deshecho que vive a la intemperie. Merece un sobresaliente alto.

http://www.paulaarbide.com/photowriting/

miércoles, 5 de octubre de 2016

GRÚAS COMO JIRAFAS en ELDIARIO.ES Cantabria



Mi colaboración del 27 de septiembre 2016




Grúas como jirafas



Estaba haciendo el seguimiento de una noticia y sentí un agujero en el estómago. Trataba de los muertos de la Guerra Civil, los republicanos vilmente fusilados, pero lo hacía en un tono tan panfletario que me había puesto nervioso. Llevaba un rato largo buscando enlaces, había encontrado un artículo casi réplica del original y otro en inglés que a su vez copiaba  a los anteriores. Lo raro es que la noticia matriz no ocultaba que los hechos habían sucedido hace seis años, en 2010, en La Pedraja (Burgos), aunque presentaba como actual algo que sonaba a refrito de hemeroteca. Sospechaba que el autor no jugaba limpio, las piezas encajaban tan bien que encajaban mal. No podía ser tan sencillo como sacarlo a colación solo para denunciar que Rajoy les había quitado a los familiares de las víctimas las subvenciones, las mismas que antes les había entregado generosamente Zapatero, obligándoles a pagar de su bolsillo la exhumación de los restos cadavéricos. Lo de siempre: el expresidente luminoso contra el oscuro presidente en funciones, la memoria debida frente a la desmemoria arrogante, los buenos y los malos sin matices, como en los tebeos. Era un artículo que diciendo la verdad parecía estar mintiendo. O metiéndola doblada.
No me gusta que jueguen conmigo, me provoca ansiedad, el médico me la tiene prohibida,  así que detuve las pesquisas antes de cabrearme demasiado. No razono bien cuando las tripas me recuerdan mi vacío interior, esa falsa metafísica que ya en el Quijote se asociaba con el hambre, así que fui a la cocina para comer cualquier cosa. En la nevera tenía varias opciones: chorizo, salchichón, paté… pero el titular de la noticia hablaba del hallazgo de un corazón preservado del olvido en una fosa común, y en el interior del artículo había 45 cerebros convertidos en jabón por un proceso llamado saponificación. Por asociación simple deseché las rodajas coloradas y el paté marrón, nada de fiambre, nada de carne. Busqué en el armario, pero sólo me quedaba una lata de sardinas, en tomate, que es como la sangre. Mis pensamientos me estaban acorralando. Necesitaba salir de casa para buscar comida, y airear la cabeza.
Pero ciertos temas son tan difíciles de olvidar como el hambre, que interfiere cualquier pensamiento con tal de conducirte a un plato de comida. Te enredas con la Guerra Civil y te ahorcas con tus propios argumentos. Es algo dañino, una herida purulenta, una fuente inagotable de odio, un virus contagioso que hace lo imposible por reproducirse, pasa de generación en generación, todavía sigue habiendo dos bandos que antes se lanzaban bombas y ahora se arrojan los cráneos de los muertos. La Guerra Civil es el buitre de nuestra bandera. Una lacra nacional que jamás será esclarecida por el mismo motivo que el himno no tiene letra, porque aquí es mejor callar. Hay leyes pactadas para mantener la boca cerrada. Una espada de Damocles que la Transición puso sobre la cabeza de la democracia, amenazando a ésta y por extensión a cualquiera que intente averiguar la verdad. Una barrera psicológica muy eficaz que dilata el tiempo hasta que sea imposible ponerse en el lugar de sus protagonistas y por tanto juzgarlos. Es una maniobra perfecta: convertirlo en mito antes de que sea historia. Que no haya hechos, sólo leyendas. Y cabezas calientes montando falacias beligerantes en la guerra fría de las columnas de opinión. Hasta el fin  de los tiempos. Ochenta años con el dichoso tema, cuánta tinta derramada.
Lo mismo me estaba sucediendo a mí, que no me lo quitaba de la cabeza mientras conducía hacia el híper con el estómago haciéndome reproches. Y probablemente hubiera pasado del tema, distraído por las compras, pero el aparcamiento estaba colapsado y tuve que marcharme, no sin ciertas dificultades. Hubo gritos en la salida: subí la ventanilla para no asustar a nadie con mis ladridos. Me resigné a comprar en otro momento, lo urgente era buscar cuanto antes algo que llevarme a la boca. Lo mejor era un bar, pero no allí, un cruce de carreteras contaminado al borde de la autovía. Por instinto, me dirigí hacia la costa, preocupado solo por trazar cada curva con soltura y perfección, sin fijarme en los carteles. Guiado únicamente por la luz y el salitre. Cantando Tú serás mi baby para olvidarme de la puñetera Guerra Civil. Feliz, porque no me perseguía ningún caza con la intención de ametrallarme. Y sin saber cómo, acabé en Pontejos. En una tasca remota, delante de una cerveza y un pincho de tortilla de patatas tan esponjoso que tuve que repetir. En unos minutos, mis pensamientos se recuperaron de la lógica difusa provocada por el hambre.
 Libre ya de preocupaciones serías, debo comer siete veces al día por prescripción facultativa, decidí bajar hasta el agua para pensar con un poco de sosiego. Soy de mar, es mi elemento, siempre desemboco en él. Entre nosotros hay familiaridad, le consulto las decisiones importantes, le comento mis asuntos más íntimos; sin esperar respuesta, claro, si la hubiera el mar no sería tan sabio. Ahora se estaba retirando, era el final de la marea baja. La ría de Solía se llevaba los últimos restos de la tormenta de la tarde anterior. Busqué un sitio tranquilo, entre los juncos, con la marisma llena de vida extendida ante mí. Al fondo, las grúas de Astillero estaban inmóviles, como jirafas averiadas esperando al desguace. Había un poco de neblina. Era un buen momento para retomar el tema. No hay guerra que soporte una digestión.
Con la máquina de pensar de nuevo operativa, intenté buscar el motivo que me había obligado a defenderme de la noticia, a cuestionarla quizá más allá de lo razonable.  Un hambre histérica es también una forma de huir, un mecanismo de defensa, así que debía haber una causa oculta en mi interior. Incluso puede que mi modo de leer fuera un poco paranoico, algo normal en estos tiempos dementes que te abocan a la resistencia. Desde luego, el motivo primero de mi indignación estaba claro: la propaganda política no es una herramienta adecuada para desenterrar la Memoria Histórica, y mucho menos para derogar leyes que se utilizan precisamente como escudo político. Así no se termina nunca la contienda. Transmitir la idea de que la memoria es conjunta, nuestro pasado común, y no solo de una de las partes, sería una estrategia más adecuada para recuperar los cuerpos de nuestros antepasados. No es justo, debería haber sido de otra forma, más sana quizás, pero a día de hoy el peligro es que las nuevas generaciones crean que todo aquello sucedió en la Edad Media, o que no sucedió, que la gente se lo ha ido inventando sobre la marcha. Un olvido semejante, miles de tumbas todavía por abrir o localizar, es una herencia envenenada que nadie merece. Pero tampoco que se utilice esa memoria como arma arrojadiza contra el presente.
El segundo motivo que me había atacado los nervios fue la decepción por una oportunidad poética malograda. Como si alguien hubiera desvirtuado unos versos gloriosos añadiéndoles una burda proclama. Una infamia, porque si la poesía es anterior a la verdad, los cerebros hallados en La Pedraja pueden calificarse como un acto poético de carácter sublime, combinación de pura naturaleza con expresión de inequívoca humanidad. Algo que no hubiera sucedido sin la confluencia de ambos, sin su enfrentamiento en el territorio de lo artificial. Porque aquí el nexo que los une es una bala, el tiro de gracia, el que se le pega en la nuca a una persona que acaba de ser fusilada, para rematarla y como certificado de la propia ejecución. Sin esa bala que hizo un agujero, el agua ácida del terreno arcilloso donde los enterraron no hubiera entrado en el cráneo y preservado esos cerebros de un modo que la misma ciencia considera milagroso. No se conoce otro caso igual. Es una prueba fehaciente de que la justicia poética existe.
Quizá por todo ello, mientras observaba la marisma y a los cangrejos atareados, pensé que mis reacciones se estaban volviendo cada vez más viscerales, a un paso del animal que no pierde de vista lo que le rodea porque espera un ataque inminente. Como el resto de la población, estaba harto de manipulaciones, de mentiras, de fraudes, de estafas, de la proliferación alarmante de hijos de la chingada que de humanos solo tienen la ropa. No debía culparme a mí mismo, yo no albergaba motivos ocultos para reaccionar como lo había hecho, el origen era un titular dudoso, amarillo, algo impropio de un periódico en el que antes confiaba. Puede que con mala fe, o tal vez no, pero habían conseguido que me cuestionara mi capacidad para analizar una simple noticia. Ese es el sistema contemporáneo de control, que tú mismo demuelas tu pensamiento porque te convencen de que eres estúpido, escaso e irrazonable. Acabar con nosotros de uno en uno, con el Caballo de Troya de sus ideas tóxicas apacentando tranquilo en nuestras cabezas. Qué asco.
Como estaba enfrente de Astillero, recordé la novela de David Leavitt, El lenguaje perdido de las grúas, donde cuenta el caso de un niño, desatendido por su madre, que desarrolla un lenguaje propio reproduciendo los movimientos y los ruidos de las grúas que ve por la ventana. Acaba loco, por falta de interlocutores. Pensé que tal vez yo mismo, como otros muchos detrás de las pantallas o pegados a los móviles, cada cual capeando el temporal con sus propios medios, estábamos desarrollando un lenguaje personal tan solitario y desesperado que pronto sería intransferible. Lo peor es que no supe decir si eso era positivo, o negativo, o neutro, o qué. Y me entró hambre de nuevo.


martes, 13 de septiembre de 2016

ANCHOAS EN EL JACUZZI en ELDIARIO.ES Cantabria

Colaboración del 12 de septiembre 2016





Anchoas en el jacuzzi


El video dura cuarenta segundos. La imagen es nítida, el sonido limpio y claro. Vemos  en primer lugar un ventanal abierto con las cortinas corridas y, reflejado en un cristal lateral, un pequeño dron totalmente silencioso. De pronto un golpe de viento agita las cortinas, una de ellas se queda enganchada en el respaldo de una silla, se abre un hueco, y tenemos acceso a un lujoso cuarto de baño de mármol negro, donde hay un hombre alto, fuerte, desnudo. Tiene en la palma de su mano izquierda un objeto brillante que el zoom de la cámara se apresura a enfocar: Anchoas de Santoña, Gran selección, Hermanos San Emeterio. En su mano derecha, un tenedor de oro con el que va sacando de la lata los filetes y los deposita con ternura en el jacuzzi. Nadad, nadad, pececitos, dice, con un hilo de voz cercano al llanto. Y el video se corta.
Aplaudimos todos. Es el mejor proyecto de anuncio que hemos visto en toda la mañana. Y también el último, estamos agotados. Merecemos un buen almuerzo a costa del anunciante. Los miembros del jurado somos cinco, nos conocemos de otros concursos, compartimos el gusto por la buena mesa. Mientras comemos lo mejor de los alrededores, hablamos en serio de ese anuncio como el posible ganador. Después de lo visto en cuatro jornadas, dudamos mucho que en la sesión de la tarde aparezca otro que esté a su altura. Hacemos una ronda de opiniones. Se menciona la pureza de la imagen, esa nitidez casi dañina que le confiere un aire futurista. También la inquietante invasión de la intimidad que nos desvela un ritual privado que conduce al producto en segundos, sin transición emocional, con eficacia: viejo en el concepto pero moderno en la realización. Como escritor del grupo, elogio su narrativa, su riesgo, la elección de un disparate oscuro como motivo central. Mientras estoy hablando, el presidente del jurado recibe un mensaje, pone mala cara, me deja acabar y nos comenta que tenemos un problema. Debemos regresar a la agencia de publicidad, no es un tema para comentar en un restaurante.
De nuevo en la sala de proyecciones, pedimos que nos pasen internet a la pantalla y que alguien localice cuanto antes a los autores del proyecto. Desde hace una hora, Anchoas en el jacuzzi circula por la red. Nosotros no lo hemos subido, estábamos comiendo, la agencia se cierra a mediodía. El dueño, y presidente del jurado, se toma seguidos tres cafés de la máquina, lo cual nos indica la gravedad del asunto. Hay en juego mucho dinero, a corto plazo, y prestigio profesional, que es dinero a largo plazo. Seis meses de trabajo, y un error que mencionarán durante años sus competidores cuando le disputen un contrato. Para los demás miembros del jurado será algo más leve, un borrón que disminuirá las posibilidades de volver a ser contratados en otros concursos, al menos durante un tiempo. Pérdida de ingresos: señal de alarma.
La especialista en búsquedas de la agencia nos va mostrando en la pantalla los progresos del desastre. Después de la primera hora, se nota un incremento substancial de las visitas, que pasan de cientos a miles. El video se muestra tal cual, como si fuera real, como un robado, sin más explicaciones. Desde el principio ha tomado dos caminos, uno basado en la palabra desnudo y otro en el sector conservero. Los primeros títulos son: Hombre desnudo en extraña ceremonia de baño y Vegano loco contra la Anchoa de Santoña. Apenas tiene comentarios, solo una rectificación interesante, de un animalista que reivindica el mensaje y pide libertad para los peces. Le contestan de coña que también un entierro digno para el pescado y que no hay mejor ataúd que una buena lata. Como la cosa va lenta, decidimos retomar el trabajo para ir ganando tiempo. Es conveniente completar el visionado de todas las propuestas.
Terminamos a media tarde, de mala manera, nerviosos y sin hacer comentarios entre un video y otro. No es fácil olvidarse cuando una de las bases del concurso es que aparezca la lata de anchoas y su nombre perfectamente legible. Como es la costumbre, por seguridad, la marca es ficticia, sólo sirve como ejemplo para los concursantes. Aun con todo, un directivo y el abogado de la conservera anuncian que van de camino a la agencia, llegarán en minutos. ¡Soluciones!, nos grita el dueño, desesperado, mientras comprobamos la evolución de Anchoas en el jacuzzi en internet. La buscadora nos advierte que en pocas horas la cosa se ha desmadrado. Cientos de páginas han replicado el video añadiendo de su cosecha todo tipo de curiosidades. Los hay del tipo cómico, con Nadad, nadad, pececitos sincopado, o con música de ópera y a cámara lenta, pero también los hay que toman un rumbo siniestro, fetichista, morboso, incluso satánico, esto último sin razonar. El video ha sido calificado como una rareza y está estallando en la red. Lo peor es que una de sus ramificaciones sube en audiencia peligrosamente. Muchas personas lo ven como una burla de mal gusto, una herejía, una blasfemia, un ataque directo contra uno de los símbolos de la tierruca. Hay cientos de comentarios indignados de cántabros y de asociaciones de cántabros en defensa de Cantabria, del propio presidente de la comunidad, adalid de la anchoa de Santoña, que en plena efervescencia discursiva llega al extremo de acusar en Twitter a los servicios secretos vascos de haberlo maquinado todo para hundir económicamente a la región, aunque se retracta un minuto más tarde, porque los servicios secretos vascos no existen, sólo estaba mal informado. El verdadero presidente añade una nota, diciendo que él no ha dicho eso, que alguien usurpa su nombre. Empiezan a correr las amenazas de denuncia. Hay que pararlo como sea. Necesitamos asesoramiento legal.
Llegan casi a la vez el directivo de la conservera con el abogado y los autores del video. Son dos chavales muy majos y dispuestos a colaborar. Reconocen su culpa, no le pagaron suficiente al actor por enseñar el culo, pidió más, hubo bronca después del rodaje y no saben cómo se hizo con una copia. Asumirán lo que les caiga, aparte de un futuro lejos de la publicidad. Algunos reímos, porque no entienden nada. El dueño de la agencia comenta en su despacho con el abogado y el directivo las soluciones encontradas. Les parecen idóneas. Se acuerda que los autores subirán a la red por su cuenta el video con la indicación de que es un proyecto de anuncio y que ha sido robado. Son los ganadores del concurso, el rodaje del anuncio definitivo comienza a la mañana siguiente y se emitirá en televisión y en las redes esa misma semana. No se lo pueden creer. Firman tantos papeles que acaban mareados.

En la cena de despedida del jurado, esa misma noche, le damos vueltas a la capacidad que tiene la casualidad para trazar el destino de un buen anuncio. Sabemos que Anchoas en el jacuzzi va a ser un éxito rotundo, viene precedido de una polémica, se nos va a acusar de haberla generado, de no tener escrúpulos a la hora de vender un producto. Brindamos por ello. Para algunos de nosotros representa una carta de presentación ante el futuro incierto. De madrugada, en la cama del hotel, antes de dormir releo los Cuentos reunidos de Sherwood Anderson, que también se enfangó en el mundo de la publicidad antes de lograr alimentarse gracias a su literatura. En una carta admite que manipular a la gente, lograr que hicieran lo que él quería, lo convirtió durante años en un taimado hijo de perra. Eso a principios del siglo XX, debería ver cómo hemos evolucionado.