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miércoles, 8 de agosto de 2012

EL BAÚL


El baúl


            De la llave cuelga la lista con los objetos que hay en el interior del baúl. Desde el día que lo llené la lista no ha cambiado. Son cosas inútiles, y cuando abro el baúl me pregunto por qué no lo vacío de una vez y pongo en su lugar algo digno de ser conservado. Sin embargo, nunca saco nada, y la lista sigue intacta. Antes de cerrar me limito a añadir un palote, o una línea que tacha un grupo de nueve, en la hoja que registra las veces que busco, desesperada, después de revolver por toda la casa, algo que sé que no puede estar allí.

                                                                               de Mercedes Cancelo

miércoles, 11 de julio de 2012

LUCÍA


Lucía


            Hacía tiempo que no pensaba en Lucía. Me ayudó a cambiar el escaparate y a ordenar los libros aquella navidad en la que tuve el brazo escayolado. Era una chica servicial en exceso, familia de un amigo, y apenas la vi manejarse comprendí que el calificativo `sencilla´ empleado para definirla resultaba por benevolente inadecuado.
            Mi amigo no conocía bien a su sobrina. Lucía podía ser retrasada, lenta, ralentizada, pero en modo alguno sencilla. Su mente era compleja, se notaba en sus preguntas, pero también muy acomplejada desde la infancia, muy dañada, y cada vez menos eficaz. Imagino que en un mundo no dirigido por los relojes, ni sobrecargado de recuerdos de insuficiencia, Lucía nos hubiera dejado pasmados con su versión alternativa. Lucía temblaba por culpa de la ignorancia. En los descansos que le obligaba a tomar, abría un libro, leía en alto un fragmento, con mucha calma, saboreando las palabras, y luego se llevaba el libro al pecho como una romántica gordita. Entonces le notabas el temblor. Comenzaba con una pérdida de color en la cara, como un frío o la corriente de una puerta lejana, seguía con un estremecimiento descendente que le golpeaba las caderas y terminaba con una leve, casi delicada, flojera de piernas.
            Lucía no entendía casi nada de lo que leía, pero cuanto menos entendía más sentía la ausencia de comprensión y eso repercutía directamente en su cuerpo. Era conveniente mantenerla alejada de ciertos libros, la mayoría clásicos. De igual modo que un libro mediocre, alimenticio para su autor y para mis estanterías navideñas, no provocaba en Lucía más que un simple alzamiento de hombros, un libro de los Grandes, en particular si era de poesía, podía tirarla de la impresión al suelo. La aparente insuficiencia de su vida tenía una compensación en hermosura, el alma que la sostenía no echaba callo con el paso del tiempo. Yo envidiaba su intensidad, su permanente desbordamiento, que reconocía como una facultad perdida en mí. En nosotros. Que siempre nos pasamos de listos.

                                                                                               de Mercedes Cancelo

sábado, 7 de julio de 2012

A CAUSA DE ALGO


A causa de algo


            El muchacho cierra la puerta, y se asegura de que está bien cerrada. Sus movimientos parecen dirigidos únicamente a controlar un temblor, un titubeo. Se detiene en la sección de poesía. Yo me pongo tensa. Es miércoles, media mañana, lluvia, nadie en la calle, y un extraño cargado de recelo husmea en mi librería.
            Vigilo sus pasos. Libro que toca, libro que busco en el archivo mental. El título, el modo de abrirlo, las palabras casuales que pueden decidirle a ponerse en acción y convertirme en su víctima. Si tropieza con Hojas de Hierba de Whitman, estaré salvada. O tal vez no, su mente simple puede desviarse hacia el aspecto desparramado y desparramármelo todo. Viene hacia mí.
             —Perdone, es para una amiga, un buen libro de poesía.
            —¡Hojas de Hierba, de Walt Whitman!
            Le sorprende mi entusiasmo. La rapidez del ir y volver con el libro en las manos. Y luego el descuento agradecido que le aplico. Me mira con atención mientras lo envuelvo. Busca indicios, entorna los ojos, sonríe con cautela. Paga y, antes de salir, me observa un momento, como si hubiera olvidado decirme algo. No se decide. Lo deja. El eco de la campanilla es breve, seco.

                                                                                               de Mercedes Cancelo


jueves, 28 de junio de 2012

FLAMANTE CORCEL


Flamante corcel

            El día de la inauguración, organicé en la librería una sesión de cuentacuentos y una maestra logró que un niño se meara de la emoción escuchando Juan Sinmiedo. Era una mujer pequeñita, bailarina, sabía atrapar a los niños danzando con el libro abierto entre ellos. Muy gesticulante, como si fuera la primera sorprendida por lo que estaba leyendo. Me explicó la importancia de no cambiar una sola palabra del cuento o los niños se sublevan y entonces la narración avanza a trompicones y pierde el interés. Eso sin mencionar que hay que respetar al autor, sobre todo si es anónimo, y ciertas barbaridades como decir `hermoso caballo´ por `flamante corcel´ pueden acabar con una generación, y de paso con los flamantes corceles, que ya sólo viven en los cuentos. Respecto a los ojos, me pidió que me fijara en su mano derecha mientras leía, y comprobé que al pasar sobre cada niño daba un ligero golpecito en el aire con el dedo índice, a modo de varita mágica, y depositaba en aquel par de asombros una estrella que brillaba hasta el final del cuento, y un poco más allá.

                                                                        de Mercedes Cancelo



lunes, 18 de junio de 2012

TODA MI TRISTEZA


Toda mi tristeza


            A mitad de la gestación, el médico me comunicó que mi niño estaba triste. Yo ignoraba que una ecografía pudiera reflejar los estados de ánimo, pero el ginecólogo me señaló el cordón umbilical, afirmó que era demasiado grueso y que esa circunstancia sólo se daba en mujeres con un grave padecimiento moral. Vino a decir que mi hijo recibía por ese conducto, además del alimento, un exceso de lágrimas.
            No quise hablarle al médico de las dificultades de una pareja compuesta por una persona y la ausencia de la otra. No quise sentirme patética reivindicando la soledad como una conquista. No quise decir nada de Él, porque de él no había nada que decir, y menos a un extraño. No quise, sobre todo, que mi niño estuviera triste por mi culpa, y acepté los consejos del médico.
            La prescripción facultativa me obligaba a tomar dosis masivas de alegría, y me dejé arrastrar por mis amigos a las fiestas, bailé como una peonza cada vez más grávida mientras les contaba libros enteros de chistes, y ante la puerta del quirófano exhibía una sonrisa tan excesiva que parecía un injerto. Mi hijo nació, como predijo el médico, risueño y jovial, predispuesto genéticamente a salir de farra. Es un chico muy gracioso. No quise tener más, ni hijos ni maridos, no hubiera soportado cargar de nuevo con toda mi tristeza.

                                                                                          de Mercedes Cancelo

domingo, 3 de junio de 2012

EL BILLETE DE METRO


El billete de metro


            Durante la cena Alberto se puso muy ocurrente estableciendo paralelismos entre el sexo y los medios de transporte. Le tuvimos que pedir que cambiara de tema porque Valerio se atragantó de la risa y expulsó por la nariz, qué daño, un pedazo de coliflor.
            A las doce, la hora de la Cenicienta, Alberto se me subió encima como quien toma un autobús, con la firmeza que da el hábito y el modo gentil de un buen conocedor de las normas de urbanidad. Superadas las torpezas iniciales se comportó con alegría, en ningún momento puso cara de estar a punto de morirse o de ir a tener una revelación. Supo claudicar en el momento justo, sin parecer afectado, como si aparte de ese generoso paréntesis tuviera otras cosas en la cabeza. Hacía años que no practicaba el sexo con otra `persona´. Lo importante es que se lo pasó bien, y además conmigo.
            Al despedirse, Alberto me regaló un billete de metro con una sola picada. Ha pasado una semana y la contabilidad de mis depresiones es deficitaria por primera vez en mucho tiempo. ¡Cómo no voy a estar contenta si me quedan nueve viajes!

                                                                                    de Mercedes Cancelo

martes, 29 de mayo de 2012

MATERIA RESERVADA


Materia reservada


            Casi todo el amor primero lo hice con Julián. Nos gustaba desnudarnos cuando hacía frío y enredarnos en un abrazo complicado para evitar que el otro se congelara. También sosteníamos charlas en las que estaba permitido preguntarlo todo, pero más adentro, donde sólo se llega cuando los cuerpos están mezclados y acercan los pensamientos como nada puede hacerlo. Él y yo dijimos cosas entonces que sólo se dijeron una vez y no se volverán a repetir. Cosas serias, cosas de adultos.
            La última vez que vi a Julián estaba con su hija. Ella había crecido, ya no miraba como una niña, y cuando él intentó con torpeza recordarle mi nombre, ella lo dijo rápido, con una vaga ternura. Miré a los ojos de Julián para saber qué pasaba. `Acaba de dejar a su primer novio´, me informó. `Haces bien´, le dije, `sabía demasiado´. Ella se echó a reír, y al alejarse Julián le pegó un codazo de curiosidad que, por un momento, sentí en mi propio costado.

                                                                                      de Mercedes Cancelo

martes, 15 de mayo de 2012

MURALLAS


Murallas

            En las horas tranquilas disfrutaba observando a la gente que pasaba por la calle, sobre todo los días de lluvia y frío, cuando todavía me maravillaba el privilegio de tener una librería que me alejaba de la intemperie. No sospechaba que acabaría leyendo buena parte de aquellos libros, que convertiría el escaparate en una cinta sin fin que avanzaba a mi ritmo de lectura y me delataba. Hice amigos entonces, era fácil saber de mí fijándose en el escaparate, pero leía sin tregua y pronto una fila de libros fue insuficiente para reflejarme y llegó la segunda. Hace ya varios años que los libros ocultan casi por completo la calle, como una persiana de palabras, una muralla de conocimiento, una soledad ilustrada.

                                                                                         de Mercedes Cancelo

martes, 8 de mayo de 2012

LUNA DE LOS PIES DESCALZOS

Luna de los pies descalzos

             Se llama Luna, es una perrita mil razas con la cabeza enorme, vive en el ático de enfrente y a sus dueños sólo los conozco de rodillas para abajo. No vivimos en el mismo edificio, nuestras calles tampoco se comunican, y como el patio es grande y de aromas suculentos, hay un obrador en el bajo, Luna no podría reconocerme lejos de aquí, sin esta máscara de olor a pan con ciruelas o pan con sésamo y finas hierbas.
            En la ventana de Luna sólo caben Luna y su pelota. Cuando Luna no está, a veces, vienen sus dueños y se quitan los calcetines a empujones, como dando pedaladas, y se suben el uno encima del otro. Allí empiezan sus juegos amorosos, y luego se retiran, o tengo que retirarme yo, pero al regresar encuentro a Luna con su pelota.
            Cuando Luna me mira siento que no entiendo a los perros, y me da la impresión de que para ella soy apenas una sombra, un borrón cuya mirada se pierde fuera de su alcance. Luna prefiere mirar al cielo y en los días claros puedo ver en sus ojos el reflejo de lo que ella ve por encima de mi tejado. No es nada concreto, sólo un toque de rojo, una pincelada de azul, o la estela de una nube que un momento después cruza por la ventana celeste del patio.

                                                                       de Mercedes Cancelo

sábado, 5 de mayo de 2012

ARCO IRIS

Arco iris


            Voy a tender la ropa y al abrir la ventana me encuentro un arco iris en el patio. Se me abre la boca, no es para menos, y una vez superado el impacto inicial distingo al otro lado de la franja de colores a mi vecina con su hija pequeña en los brazos. La niña da saltitos y señala con el dedo un punto en lo alto. La llave de paso del sexto piso tiene un escape, es algo insignificante, apenas un poro abierto que difunde en el aire una lámina de gotitas de agua que los rayos del sol evaporan y dan color. Es algo prodigioso, y mientras pienso que resulta esperanzador que existan arco iris tan accesibles, tan cotidianos, el vecino del sexto abre la ventana para averiguar qué sucede. La vibración del marco hace que algo en el interior de la llave encuentre de nuevo acomodo, se cierra el paso del agua y el arco iris desaparece. Bruto, dice la niña. Su madre la baja al suelo, la pone a correr por el pasillo y cierra la ventana. Yo empiezo a tender la ropa y cuelgo con cada prenda una sonrisa.

                                                                                      de Mercedes Cancelo


sábado, 28 de abril de 2012

PERIQUITO GUAPO

Periquito guapo


            Cuando la señora Justina murió, Periquito Guapo era todavía muy joven pero había dado muestras de bondad suficientes para ganarse el aprecio de toda la comunidad. La hija de la señora Justina no quiso llevárselo y, en una reunión improvisada junto al camión de la mudanza, decidimos encargarnos juntos de su cuidado. En otros portales se pasaban de piso en piso una urna con un santo, nosotros la jaula de Periquito Guapo y la caja con su herencia.
            Periquito Guapo era libre, o al menos su jaula no tenía puerta, y había vivido desde siempre en el patio. Solía posarse entre las prendas de la ropa, nunca encima, y utilizaba la jaula como lugar de aseo y para dormir. Lo que más le gustaba a Periquito Guapo era cantar, hacer posturitas con la mirada insinuante y presumir de su belleza. Y, lo más increíble, Periquito Guapo vigilaba el tendido de la ropa, recogía las pinzas caídas y se las entregaba en la mano a su dueña.
            Periquito Guapo vivió con nosotros muchos años y nadie se negó jamás a tenerlo en el enganche de su ventana. Disfrutaba mucho cuando poníamos música en el patio, así podía renovar su repertorio, y sólo una vez mostró una manía, que era su debilidad, Carlos Gardel. Le gustaba tanto que se mareaba, se caía de las cuerdas y luego se iba a su jaula a llorar. En esos momentos tan delicados, había que entregarle la herencia de la señora Justina, su tesoro, el espejo de mano que le servía para comunicarse con otro de su especie.

                                                                       de Mercedes Cancelo

lunes, 16 de abril de 2012

MERCURIO

Mercurio


            Sólo me gustaba correr. Recuerdo la infancia distorsionada por la prisa, por querer llegar la primera a todas partes, sobre todo si corría sola. Mi padre decía que estaba loca. Mi madre había sido salvaje como yo y me comprendía. Ella me hizo un disfraz que no ganó el concurso pero nos convirtió en cómplices de por vida.
            Yo le enseñé el tebeo, señalé la viñeta y dije: éste. Era Mercurio, el mutante rebelde amigo de los Cuatro Fantásticos, un héroe con los nervios alterados incapaz de pararse quieto. En todos los dibujos aparecía con las rayitas características de los tebeos para indicar velocidad extrema. Mi madre lo vio y supo captar la esencia.
            El traje se componía de una sábana ajustada al cuerpo, unas deportivas con alitas de rotulador en los costados y un centenar de tiras de raso negro cosidas a la espalda. En el patio de la escuela, los chicos de la clase me pedían que echara a correr y afirmaban que era idéntica al Mercurio de los tebeos. Y lo era.

                                                                                                    de Mercedes Cancelo

miércoles, 4 de abril de 2012

AZUL


Azul

            En mi familia tenemos la piel muy fina. Las venas de la cara se transparentan y mi madre, origen de esta característica, es azul. Mi hermana tira a violeta, yo recuerdo a un folio escrito con un bolígrafo gastado, y mi padre es normal, color carne, y además médico.
            Mi padre lleva toda la vida intentando que mi madre deje de ser azul, el mismo tiempo que lleva ella reprochándole que la quisiera por azul y luego pretenda cambiarla. Las disputas cromáticas son la salsa de los almuerzos familiares. Por supuesto, ni mi hermana ni yo queremos dejar de ser azules, pero al tener un interés de segunda generación, un tanto deslavado, procuramos evitar la contienda.
            Durante la cena de anoche, mi padre puso sobre la mesa un frasco de pastillas. No era un experimento más, sus ojos decían `eureka´, daba miedo. Le suplicamos las tres que nos permitiera seguir siendo azules, pero nos obligó a tomar una dosis doble, por el retraso. Nos hemos despertado esta mañana y mi padre, al vernos, se ha echado a llorar.

                                                                                de Mercedes Cancelo

sábado, 31 de marzo de 2012

MERMELADA DE CIRUELA

Mermelada de ciruela


            Me despierto en el alféizar de mi ventana. Tengo las manos cubiertas de rocío. Anoche comenzó de improviso la muda de piel, la más dolorosa que recuerdo: cada paso era un desmayo. Llamé a Cristina pero estaba fuera de cobertura, y mi madre no entiende de estas cosas, o no habla de ellas. Me tengo yo sola.
            Voy a pasar la mañana entera quitándome tiras de piel vieja. Luego me frotaré sobre la carne viva aceite de caléndula y  le pediré al aire que apenas me roce. Mañana, quizás pueda salir a la calle y brillar durante un par de semanas.
            He de aprovechar ese tiempo, pero sin agobios, sin dejar que la ansiedad decida por mí. No quiero volver a equivocarme por confiar en las miradas. Esta vez voy a tocar, voy a lamer, voy a pedir caricias de viento. Esta vez quiero alguien de pura seda y, si puede ser, con sabor a mermelada de ciruela.

                                                                                                    de Mercedes Cancelo

viernes, 30 de marzo de 2012

AZAHAR

Azahar



      Llegué a casa muy preocupada. En contra de lo habitual no le conté a mi madre las incidencias escolares, merendé en silencio y luego me fui a mi cuarto a jugar con las muñecas. Ella vino más tarde, cerca de la hora de cenar, con el sacacorchos afilado bajo una capa de voz melosa. Acabé confesando que al día siguiente le tocaba a mi clase el examen médico anual y que el médico era joven y que algunas niñas y yo le habíamos visto llegar al colegio desde la galería del patio y brillaba, mamá, en serio, como un ángel.
      Esa noche, a punto de dormirme, mi madre entró de puntillas en mi cuarto, abrió el cajón de las braguitas y dejó caer sobre ellas una gota de esencia de azahar.
      De cerca, el médico brillaba todavía más, lo mirabas y no podías pestañear. Yo estaba la segunda en la fila, cubriéndome el pecho con la camiseta, y cuando la anterior se retiró sentí cómo se me erizaba la piel de los muslos. Apreté fuerte las piernas, cerré los ojos, y al tocarme con el fonendoscopio el aroma de azahar ya subía por mi barriga y formaba un halo a mi alrededor. `Qué bien huele esta niña´, afirmó el molde de mis futuros desvelos. Luego me preguntó mi nombre y yo le dije que me llamaba igual que mi mamá.

                                                                                       de Mercedes Cancelo