miércoles, 11 de julio de 2012

LUCÍA


Lucía


            Hacía tiempo que no pensaba en Lucía. Me ayudó a cambiar el escaparate y a ordenar los libros aquella navidad en la que tuve el brazo escayolado. Era una chica servicial en exceso, familia de un amigo, y apenas la vi manejarse comprendí que el calificativo `sencilla´ empleado para definirla resultaba por benevolente inadecuado.
            Mi amigo no conocía bien a su sobrina. Lucía podía ser retrasada, lenta, ralentizada, pero en modo alguno sencilla. Su mente era compleja, se notaba en sus preguntas, pero también muy acomplejada desde la infancia, muy dañada, y cada vez menos eficaz. Imagino que en un mundo no dirigido por los relojes, ni sobrecargado de recuerdos de insuficiencia, Lucía nos hubiera dejado pasmados con su versión alternativa. Lucía temblaba por culpa de la ignorancia. En los descansos que le obligaba a tomar, abría un libro, leía en alto un fragmento, con mucha calma, saboreando las palabras, y luego se llevaba el libro al pecho como una romántica gordita. Entonces le notabas el temblor. Comenzaba con una pérdida de color en la cara, como un frío o la corriente de una puerta lejana, seguía con un estremecimiento descendente que le golpeaba las caderas y terminaba con una leve, casi delicada, flojera de piernas.
            Lucía no entendía casi nada de lo que leía, pero cuanto menos entendía más sentía la ausencia de comprensión y eso repercutía directamente en su cuerpo. Era conveniente mantenerla alejada de ciertos libros, la mayoría clásicos. De igual modo que un libro mediocre, alimenticio para su autor y para mis estanterías navideñas, no provocaba en Lucía más que un simple alzamiento de hombros, un libro de los Grandes, en particular si era de poesía, podía tirarla de la impresión al suelo. La aparente insuficiencia de su vida tenía una compensación en hermosura, el alma que la sostenía no echaba callo con el paso del tiempo. Yo envidiaba su intensidad, su permanente desbordamiento, que reconocía como una facultad perdida en mí. En nosotros. Que siempre nos pasamos de listos.

                                                                                               de Mercedes Cancelo

0 comentarios:

Publicar un comentario