domingo, 10 de agosto de 2014
DE DÓNDE VIENE EL FRÍO
DE DÓNDE viene el frío
por qué no se incendian estas palabras
y me calientan, ahora mismo,
con lo avanzado que está el invierno
de Palabras dactilares, pag. 17
lunes, 4 de agosto de 2014
CONTRADICCIONES de Kepa Murua
Texto
leído en la presentación del Museo de Bellas Artes de Álava (Vitoria-Gasteiz) el 19 de Junio de 2014
(Ante todo
debo agradecer a Kepa Murua que me haya incluido en la nota final de este
libro, ya que uno de los ensayos se basa en la presentación que él hizo en Bilbao de mi libro de poemas Palabras
dactilares. Un honor.)
En 1734 el poeta inglés Alexander Pope
escribió su “Ensayo sobre el hombre” y de él dijo Thomas De Quincey que era un texto
tan personal y sesgado que no contenía la verdad sino: “Un modo de verdad,
no la verdad coherente y central, sino una verdad oblicua y astillada”,
cita que hizo famosa Borges para recordarnos, una vez más, que la existencia de
una mirada particular, en concreto una mirada poética, abre caminos nuevos incluso
para la Verdad, ese ideal humano en peligro de extinción. En su libro Contradicciones,
Kepa Murua nos presenta 113 ensayos breves que, como él dice: “Son
ensayos a tumba abierta…Ensayos con una corriente filosófica que sostiene una
voz lírica de fondo…Soy un poeta anómalo porque escribo y hablo, como si lo
hiciera en voz alta, del oficio de la escritura. Quiero conocer el mundo e
intento explicarme por qué escribo.” Continúa por tanto su trayectoria
literaria, que en los últimos años nos ha ofrecido novela, memorias y poesía.
Una obra exigente caracterizada por una ineludible vocación de transparencia.
Con la mente al descubierto. Permitiéndonos acceder a su interior con cada uno
de sus libros.
Contradicciones es, en este
sentido, un nuevo desvelamiento. Capa a capa, texto a texto, vamos llegando al
centro del autor, que es el Dudar. Dudas y más dudas enfrentadas a deseos de
certeza. Se puede escuchar el crujido del pensamiento en cada ensayo. Hay un
mapa cerebral, mental, desplegándose ante nosotros. Es personal. Íntimo. Lo que
dice, le atañe. Se nota la pasión por la búsqueda, la tensión gramatical, la
sintaxis torturada por un deseo de verdad que en muchos casos no es otro que el
simple desenvolvimiento. El disfrute de la palabra en movimiento. Decir para
respirar. El pensamiento como un acto. Cada ensayo como un hecho físico de la
vida del escritor. Un libro poblado por una vasta cultura, bien actualizada en
música, política, arte, y humanismo en general; todo expuesto con los necesarios
toques autocríticos y con algunos relatos de irónico buen humor. Contiene una
verdad, la de Kepa Murua, un humano, escrita en estos tiempos, y, al reflejarse
él, refleja lo que somos. No es autocomplaciente, ni cínico, ni lagrimero, algo
de agradecer dadas las circunstancias.
Dicen que si llegas a una cierta
edad y no tienes cara de amargado es porque eres un irresponsable, por ello es lógico
que los textos de Contradicciones dejen un regusto amargo. Como si las miserias
actuales contaminaran incluso los procedimientos de la mente. Como si la única
imagen de la vida fuera un espejo destrozado, herido, y pegado con trozos de
esparadrapo. La primera conclusión que se saca después de leerlo es de Alejamiento.
De
imposibilidad de comunicación. De impotencia. De buena fe, obligatoria, pero
improcedente. De que la cultura y la realidad se están divorciando a una
velocidad tan insólita que vamos a terminar todos apaleados. De un escritor, Kepa
Murua, que ve la demolición de las ideas y con ella de las palabras que las
componen. (Ideas oxidadas, viejas y abandonadas, que una vez derraparon de la
carretera general y han quedado en la cuneta, a la intemperie en mitad de
ninguna parte, como bien refleja la foto de la portada de DAVID F. BRANDON). No
es el Kepa furibundo de sus memorias de editor, ni el poeta irreductible que se
empeña en reflejar la luz de cada instante, sino un pensador que empieza a
sentirse viejo y cansado de predicarle al desierto. Hay momentos en Contradicciones
en que el pensamiento está tan desolado que renuncia al grito, luego a la voz y
por fin incluso al eco. No hay nadie por ninguna parte. Sólo escucha el tiempo.
Sin interlocutor, o esperando a que aparezca uno. Y mientras tanto las palabras
se suceden. No cesan. Con un ritmo de lectura rápido. Sin tregua. Que el
pensamiento no se detenga. Como Fassbinder cuando decía: ya descansaré
cuando esté muerto. Una búsqueda, en fin, con la palabra como único
testigo. Pura poesía. El eje, precisamente, de la Contradicción. Porque para
girar sobre uno mismo hay que aceptar un punto de pérdida, de desconcierto, en
blanco, donde sólo importa no perder el equilibrio. La palabra te sostiene.
Por lo tanto, es inevitable que el método utilizado
por Kepa Murua para este libro sea la contradicción. De no serlo caería en la
trampa del escritor concluyente, tan necesitado de solidez, que convierte su
literatura en una mentira muy bien organizada. El autor lo sabe, y al hablarnos
de la idea de la que surge Contradicciones, declara sus intenciones, y dice: En
realidad, la idea del libro es muy sencilla: nos levantamos con una idea –o con
una sensación– y nos acostamos con otra bien diferente; y no por eso nos
mentimos ni somos otro ni somos falsos ni somos distintos. Y al decir
esto, al manifestar su temor y hacerlo nuestro, engarza con el pensamiento más
contemporáneo en su búsqueda de nuevos métodos para los nuevos tiempos, con un
sujeto implicado racional, emocional y
éticamente con sus conocimientos, dispuesto a modificarse a sí mismo durante su
tarea investigativa, renunciando a las certidumbres, y logrando al hacerlo una
Modificación en la percepción. Modificación que permite ver en cada realidad todas
sus realidades, toda su potencialidad, algo que amplía el abanico de
posibilidades del significado, único modo de atrapar aunque sea por
aproximación una realidad múltiple y compleja como la presente. A este nivel,
la contradicción deja de ser un mal a evitar para convertirse en una simple
herramienta. Simple en el sentido de elemental. Basarab Nicolescu, físico cuántico, defensor a
ultranza de la transdisciplinaridad, en un encuentro de impacto con el poeta
Roberto Juarroz, ideó lo que luego serían sus Teoremas poéticos, donde expone
la necesidad de coexistencia de los opuestos: El loco acepta las
contradicciones sin comprenderlas, mientras que el sabio acepta a los
contradictorios teniendo a la vez la visión encarnada de su unidad. Se
comprende así por qué la visión contradictoria es percibida con frecuencia como
un pensamiento desestabilizador. Sin embargo: ¿Hay barbarie peor que la
no-contradicción?
Llegados a este punto, es pertinente preguntarse si este
indeterminismo del pensamiento no conduce a una cómoda pérdida de substancia,
si rebaja su valor por acumulación de imprecisiones y deseo de no concluir.
Kepa Murua nos demuestra en Contradicciones que ese escollo se salva con rigor
analítico, no bajando el listón sino subiéndolo, no haciéndole al lector
ninguna concesión que no se haría a sí mismo, con dolor si no hay otro remedio,
en defensa de una Verdad no monolítica, de museo del pensamiento, sino una
Verdad activa, una Verdad con la consistencia del horizonte, que se aleja
cuando avanzamos hacia él. Esta actitud le acerca más a un renacimiento de las
ideas que a un declive de éstas. Un conjunto de reflexiones que demuestran de
un modo práctico y directo, ya que tenemos la sensación de estar escuchando al
autor en nuestra cabeza, que el lenguaje bien utilizado es todavía una garantía
que permite una relación fiable con la realidad. Que las únicas batallas que
merecen ser libradas se dan en el campo del pensamiento. Que nuestros deseos de
certezas son mayores que las posibilidades de vivir en ellas y, en
consecuencia, toda palabra que no fluya en libertad se estanca y se corrompe, y
lo que es peor: no dice nada. Lógica
difusa y amor a la palabra, lo propio de un poeta, de un pensador
contemporáneo.
Y termino este breve comentario regresando al principio,
a Alexander Pope, su Ensayo sobre el hombre, y a unos versos escogidos de su
Epístola Segunda, que a mi entender resumen el espíritu de Contradicciones:
El hombre, eso es lo que
debe estudiar la humanidad.
Situado en ese istmo de
un estado medio,
Un ser oscuramente sabio
y rudamente grande:
Demasiado sabio para el
juicio del escéptico,
Excesivamente débil para
el orgullo del estoico,
Se halla en medio, duda
entre la acción y el reposo;
Duda si tomarse a sí
mismo por un dios o por un animal;
Duda si dar preferencia
a su mente o a su cuerpo;
Nacido nada más que para
morir, razona nada más que para errar;
Tanto si piensa por
exceso como por defecto;
Caos de pensamiento y
pasión, todo es confuso;
Engañado por él mismo, o
desengañado,
Creado mitad para
ascender, mitad para caer;
Gran señor de todas las
cosas, pero víctima de todas;
Juez único de la verdad,
perdido en el error interminable;
Gloria, hazmerreir, y
enigma de este mundo
Gracias por escucharme.
Francisco Taboada
publicado en Espacio Luke
publicado en Espacio Luke
sábado, 26 de julio de 2014
ENTRE LOS JUNCOS
Entre los juncos,
cabizbajo,
un petirrojo le pregunta al agua:
¿Chúi?
de Palabras dactilares, pag. 9
viernes, 25 de julio de 2014
PALABRAS GASOLINAS
Entre
las luces atardecidas
crecían
en la carretera
palabras
gasolinas.
Aparecieron de pronto en el cambio
de rasante, como un espejismo de asfalto. En cabeza iba un chaval con una varita
blanca, descortezada y brillante, jugando a hacerse el ciego. Con una mano
golpeaba el suelo siguiendo un ritmo acompasado, que sonaba como el morse, y
con la otra sujetaba la correa de un lazarillo imaginario. Detrás de él, una
niña intentaba distraer al perro diciendo: Busca, Pincho, busca. Una voz, que
todavía no tenía figura, les dijo que no se alejaran demasiado. Se detuvieron
los dos y esperaron hasta que llegó el grupo; eran una veintena, todos adultos
menos ellos. Parecían viajeros que se han apeado del autobús en mitad del campo
y caminan hasta una propiedad fuera de ruta. Algunos llevaban mochila, otros
arrastraban enormes maletas con ruedas, pero al final iban dos hombres, con
sendos carritos de la compra cargados de verduras, delatando al grupo. El
encargado de la gasolinera, que los estaba viendo llegar, se preguntó en voz
alta: “Qué hacen éstos en mi Entornaje”. Palabra embreada que significa entorno
sucio, deteriorado y a un pie de lo salvaje.
La mayoría de los campos de
alrededor estaban abandonados y crecía en ellos una hierba alta, feraz,
entretejida con zarzas y poblada de ruidos animales: roedores e insectos; alguna
serpiente. Allí no había cultivo intensivo de ninguna empresa, ni naves
industriales en el horizonte. La naturaleza al barbecho se había comido hasta
el cementerio, y hacía ya dos generaciones que no vivía nadie en la zona. La
ley establecía una gasolinera cada cincuenta kilómetros, sólo por eso aquel
hombre hacía guardia junto a los surtidores. No tenía cara ni expresión, pasaba
el tiempo esperando que se acabara su turno y llegara el relevo. Cuando el
grupo entró en la gasolinera, abrió un botellín de agua, derramó un chorro en
el suelo de la entrada de la tienda y puso un cartel amarillo: Atención. Suelo
resbaladizo. No pasar. La verdad, no tenía nada en contra ni a favor de los
Arceneros, desahuciados de la cuidad que
caminan por los arcenes buscándose la vida, pero pensaba que un turno sin
incidentes era un buen turno. Y eso eran puntos, y los puntos se traducían en dinero.
Cerró la caja registradora, se guardó la llave en el bolsillo y abrió la tapa
del botón de emergencia, pero no llegó a pulsarlo. Eso sí, miró a la cámara de
vigilancia y se bajó el párpado con el dedo para indicarles que estuvieran
atentos. Ojo.
El grupo de arceneros se acomodó en
una esquina de la gasolinera. Los niños se metieron en el entornaje, pero la
voz de su madre, ahora visible, alta, esbelta, con el pelo negro y grasiento
sujeto en un moño prieto, les llamó de nuevo la atención. Ellos respondieron
con gritos, pero sin obedecer. Ella se sentó en el borde de su maleta, cansada,
y comenzó a soltarse los botones de la blusa. El sujetador apareció sucio,
raido, un poco vacío, y, cuando ya se disponía a quitarse los pantalones, los
dos hombres de los carros de verdura dijeron al unísono: ¡Espera! Ella se
detuvo, esperó. Pero el resto del grupo se fue quitando la ropa sin quitársela,
desabrochando y abriendo cremalleras pero dejándosela puesta. Los dos hombres
hablaron con el encargado de la gasolinera. Dijo que No, pero le enseñaron las
monedas, se encogió de hombros y les dio una ficha. Ellos la mostraron al grupo,
y al incorporarse a él ya estaban todos desnudos. Los niños regresaron del
entornaje y también se quitaron la ropa. Hay que decir que la ropa sólo tenía de
ropa la apariencia: trajes con hombreras, pero sin forro ni bolsillos: jersey
de ochos, rojo y amarillo, sin cuello ni color;
pantalón de pata ancha, porque está descosido hasta media pierna; gorra
con visera rígida y el resto a punto de desintegrarse; zapatos y deportivas,
todos, sin excepción, de color gris polvo. Desnudos estaban más vivos. Uno a
uno, se metieron en el túnel lavacoches y se abrazaron para darse una buena Duchadera.
Ducha grupal en lavacoches de gasolinera, que incluye lavado, secado y también cera.
El ciclo de lavado se desarrolló con
normalidad, entre risas y llantos. Una mezcla de gracias al cielo y maldito el
firmamento. Todos callaron en el encerado, normal, y cerraron los ojos.
Salieron relucientes. Guapos. Frescos como bebés. Y abrieron sus maletas y sus
mochilas y se pusieron ropa limpia, sin planchar pero limpia. Y se peinaron sus
cabellos encerados. Luego, juntaron la calderilla para comprarles a los niños
un paquete de patatas fritas, pero no les llegaba y se pusieron en marcha. Al desaparecer
el último, las luces de la gasolinera parpadearon y se encendieron, inaugurando
la Nonoche. Que es una noche sin luna y sin estrellas, sólo frío y oscuridad.
publicado en Revista Cantárida Nº 376-377 Julio-Agosto 2014
miércoles, 23 de julio de 2014
Volver a Matar
Volver a Matar
Hoy he vuelto a Matar, y les he pedido a
los vecinos que le cambien el nombre a mi casa. Comprendo que para ellos es
algo tradicional, que a este sitio se le llama Matar desde hace ya tanto tiempo
que pretender cambiarlo es un atentado contra la cultura. Pero a mí no me
gusta. He buscado la genealogía de la palabra Matar y no he encontrado nada
bueno. Sólo gritos. No se ajusta a mi carácter, y prefiero que mi casa no tenga
ese nombre. Llevo todo el verano insistiendo en el tema: en otoño me voy a
trasladar aquí y no quiero vivir en un sitio que se llama Matar. Es incluso de
mal gusto. ¿Se supone que en septiembre debo mandar a los chiquillos al colegio,
y que les pregunten, y que tengan que decir: Yo vivo en Matar? Parece mentira
que esta gente no caiga en la cuenta de la cantidad de combinaciones que se
pueden hacer con la palabra Matar. Cuando tengo nostalgia de este sitio, digo:
Pienso en Matar. Cuando el transportista me pregunta dónde vamos con tanto
bulto, le digo: Vamos a Matar. Y si estoy aquí, estoy en Matar, algo que me
horroriza porque parece que ya estoy casi matando. La mala influencia de este
nombre ha contaminado mi lenguaje y el de mi familia. Soy buena gente, tengo
buena voluntad, si es preciso iré al Ayuntamiento y pediré papeles, meteré
cartas por los buzones, hablaré persona a persona con todos los que insisten en
seguir llamando a mi casa Matar. A mí y a mi familia nos encantan las gardenias,
hemos plantado gardenias, han crecido gardenias, ¿no pueden llamar a este lugar
tan hermoso: Campo de Gardenias?
Día veintitrés de julio del año dos mil catorce de la era de Dios
viernes, 27 de junio de 2014
ENTRE LOS ESCOMBROS-La cosecha
Una mano asoma
entre los escombros. Los dedos sienten el aire fresco, se estiran, se agitan, y
tantean alrededor hasta detenerse en el hocico de un perro. La mano retrocede
asustada. Se escucha un silbato poderoso. Luego, voces urgentes que corren en
esa dirección.
El
equipo de rescate rodea a la mano. Un bombero le habla como si fuera una oreja
sorda y le pregunta a gritos por el estado del cuerpo. La mano se cierra en un
puño rabioso y golpea el suelo. Alguien pregunta: podemos hacer algo, qué
podemos hacer. La mano se abre, con resignación, y pide un bolígrafo. Un
policía le entrega un rotulador, y pone debajo un cuaderno de notas.
La
mano escribe una serie de números, separados por espacios en blanco, con varias
letras intercaladas. A continuación, una flecha y otra serie de números. El
grupo, cada vez más numeroso, duda de la cordura de la mano y hace un silencio
incómodo. Entonces el guía del perro comenta que se trata de cuentas bancarias.
Que la última voluntad del moribundo es una transferencia. Todos miran al
policía.
El
policía toma las riendas de la situación. Le pide a la mano su nombre y su
número de identidad, y la mano los escribe. Luego ordena a los presentes que no
se muevan de allí, en calidad de testigos, y deja la escena en suspenso. Camina
ligero hasta su coche, habla por la radio, informa, espera, y más tarde escucha
con atención las recomendaciones del abogado de su comisaría: saca de la
guantera una carpeta, escoge un impreso con el borde negro, y un tampón de
tinta, también negra. De regreso, pide a los testigos que firmen de su puño y
letra haber presenciado cómo aquella mano, cuyas huellas dactilares procede a
tomar ahora, ha manifestado su deseo de hacer aquella transferencia bancaria.
Enseña a los presentes, uno a uno, el papel con
los números de cuenta escritos por la mano, y todos asienten con la
cabeza. Aunque sólo se necesitan dos testigos, se forma una cola de veinte
personas.
Es difícil
presenciar esta escena sin echarse a llorar. Casi todos lo hacen, unos mientras esperan, otros al estampar su firma,
o al marcharse cabizbajos de la zona. Yo me contengo por oficio, para seguir
escribiendo, y me digo que la muerte forma parte de la vida, vana paradoja que
no consuela a nadie.
Cuando firma
el último testigo, hay en este lugar demasiada muerte y huele a soledad. El
perro de salvamento está nervioso, tira con fuerza en otra dirección. El guía
lleva un rato sujetándolo, para no faltar al respeto. Se ponen en marcha. El
equipo de rescate se aleja veloz, sin dar voces.
El policía se
queda hablando con la mano, que una vez cumplido su deber comienza a rendirse. Le
gustaría tocarla, estrecharla, pero no se atreve; en cambio le dice que tenga
valor, que tenga coraje, que tenga fe, templanza
hasta el final, amigo mío.
El policía y
la mano pasan juntos minutos dolorosos. Las palabras son apenas un sonido que
acompaña. Voz humana.
Con gran
esfuerzo, la mano pide de nuevo el cuaderno. Escribe el nombre de su mujer y, a
continuación, letra a letra, temblando, el de sus cinco hijos, pero no llega a
completar el último, tal vez Cristina, que se queda en Crist, como una invocación,
una plegaria.
La
mano ya no tiene fuerzas para sostener el rotulador y lo deja caer al suelo.
El policía lo
recoge. Luego masculla un lamento, y estrecha con firmeza la mano.
Se despiden
con un apretón.
El policía se
aleja unos pasos y guarda silencio.
Un instante
después, la mano tiembla, cae de lado, y queda abierta hacia el cielo, como un
cuenco pidiendo lluvia.
martes, 24 de junio de 2014
PRESAGIOS
Notaba el paso de los años por la
obediencia de sus gestos. Los días habían pulido sus aristas hasta domesticarlo y acoplarlo a
la realidad. Cada movimiento cuadraba consigo mismo como el fondo y la forma en
un poema perfecto. Se rascaba una ceja, se ajustaba el cinturón, se peinaba los
rizos del pelo con los dedos, se sentaba en el sillón y estiraba las piernas, y
todo parecía exacto a como debía ser. ¿Puedo rascarme mejor una ceja? ¿Existe
un modo más correcto de ajustarse el cinturón? ¿Hay algún peine que supere a
los dedos para el pelo rizado? ¿Quién sería capaz de sentarse en mi sillón y
estirar mis piernas como lo hago yo? Estaba
orgulloso de sí mismo. Convencido de que cualquier otro en su lugar lo hubiera
hecho muchísimo peor.
No era una persona fácil, lo había
tenido muy duro. De niño había sufrido acoso de los adultos por negarse a
evolucionar. No veía ventaja alguna en abandonar la infancia alucinante, las
explicaciones mágicas, las aventuras oceánicas en la bañera, la intimidad con
tus juguetes, la certeza de que si saltas al vacío te crecen alas… Y, sobre
todas las cosas, su enfrentamiento surgía de una pregunta constante y
atenazadora: ¿por qué tengo que ser yo mismo? Su madre se desesperaba cuando le
veía cambiarse la cuchara de mano aun sabiendo que con la otra derramaría la
sopa, sólo porque odiaba las repeticiones, los afianzamientos. Si tenía que
escoger entre moras silvestres negras, rojas o verdes, pocas veces escogía las
negras, por evidentes, o las verdes, por insuficientes, siempre eran las rojas,
dada su indeterminación, su estar a medio camino pero siempre en un punto
diferente y sorpresivo. Po eso no abandonó la infancia hasta que lo hizo su
cuerpo, hasta que creció lo suficiente para que el suelo quedara allá abajo, demasiado
lejos para dejarse caer en él, y sin posibilidades de goma que te permitan
rebotar. Un acatamiento por supervivencia física. Pero su pensamiento
permaneció a resguardo, agazapado, sin renunciar en absoluto a todo lo que
había descubierto por no rendirse voluntariamente. Le ganaron porque eran más y
más grandes, no porque tuvieran la razón. Como todo niño que se precie, juró que
jamás se convertiría en un adulto. Fuera lo que fuera, no quería Llegar a Ser.
Pero el destino ineludible de ser él
mismo, no se eludía eludiéndolo sin más; aunque la pubertad y la juventud son
el gerundio por excelencia, el reino de Hacer. No le quedó otra alternativa
biológica que ponerse en movimiento. Fueron los años de la iniciación al sexo,
el alcohol, las drogas, los coches, los accidentes, las resacas, los
arrepentimientos, y la certeza de estar echando su vida a perder. Exceso de
sensaciones. Desbordamiento. En esa edad piensas tanto que no piensas nada, sólo
gastas ropa y procuras darle a la selección natural una oportunidad para
aniquilarte. Si sobrevives, no has ganado tú, dejas a tu espalda tu cadáver. En
teoría, es el Paraíso para alguien que no quiere ser él mismo. Para él, fue una
oportunidad de no definirse. Y lo hizo a conciencia. Podemos localizar el fin
de su juventud una tarde de agosto, en la penumbra, desnudo ante el espejo, con
un rayo de sol escaneando su cuerpo: los brazos extendidos, las manos abiertas,
los hombros encogidos, preguntando: ¿Y
tú quién eres?
Fue algo parecido a la Felicidad. Logró
entrar en la adultez desconociéndose por completo a sí mismo. Algo elevado,
trascendente. Tan joven y ya había llegado a la meta. Por desgracia, la realidad
está aquí para jodernos la vida, y un día fue a renovar el carnet de conducir,
se sacó las fotos de rigor y no se parecía a sí mismo. El fotógrafo tardó una
eternidad en encontrar su retrato, y lo hizo por pura eliminación,
descartando el cincuenta por cien de mujeres, luego los rubios, los de nariz
prominente, orejas de soplillo o labios abultados. Él era normal, corriente,
anodino, sin nada que lo diferenciara del común denominador de rasgos físicos de
la zona. Aceptaron que era él por la ropa, ni un primo lejano se le parecería
menos. Repitieron las fotos, con idéntico resultado. Al llegar a casa, extendió
sobre la cama todos sus documentos y, siendo suyos, parecían falsificados. Como
la colección de carnets de un espía tonto que no cambia de nombre. Entonces
comenzó el drama. Los presagios. El miedo cerval a la disolución. A la
inexistencia. La enajenación.
De ese modo, al borde de la pérdida,
asumió que tenía que ser él mismo. Comenzar a definirse, a identificarse. Y a
repetir y a repetir cada gesto reconocido como propio hasta conseguir un
individuo sólido. Bien pensado, la vida es más cómoda replicando lo que
sabes que funciona, aunque falte el riesgo, y el doble beneficio que con
frecuencia emana de un error, pero eso son cosas de críos, se decía… Hablaba
solo, con frecuencia, desde que había madurado. Ya se estaba haciendo viejo. Su
mirada era opaca. Uno de sus ojos estaba triste, como aburrido; el otro
desdeñoso. Porque hay en el equilibrio, como en la sabiduría, algo de muerte y
rendición.
publicado en Revista Cantárida
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