martes, 13 de septiembre de 2016

ANCHOAS EN EL JACUZZI en ELDIARIO.ES Cantabria

Colaboración del 12 de septiembre 2016





Anchoas en el jacuzzi


El video dura cuarenta segundos. La imagen es nítida, el sonido limpio y claro. Vemos  en primer lugar un ventanal abierto con las cortinas corridas y, reflejado en un cristal lateral, un pequeño dron totalmente silencioso. De pronto un golpe de viento agita las cortinas, una de ellas se queda enganchada en el respaldo de una silla, se abre un hueco, y tenemos acceso a un lujoso cuarto de baño de mármol negro, donde hay un hombre alto, fuerte, desnudo. Tiene en la palma de su mano izquierda un objeto brillante que el zoom de la cámara se apresura a enfocar: Anchoas de Santoña, Gran selección, Hermanos San Emeterio. En su mano derecha, un tenedor de oro con el que va sacando de la lata los filetes y los deposita con ternura en el jacuzzi. Nadad, nadad, pececitos, dice, con un hilo de voz cercano al llanto. Y el video se corta.
Aplaudimos todos. Es el mejor proyecto de anuncio que hemos visto en toda la mañana. Y también el último, estamos agotados. Merecemos un buen almuerzo a costa del anunciante. Los miembros del jurado somos cinco, nos conocemos de otros concursos, compartimos el gusto por la buena mesa. Mientras comemos lo mejor de los alrededores, hablamos en serio de ese anuncio como el posible ganador. Después de lo visto en cuatro jornadas, dudamos mucho que en la sesión de la tarde aparezca otro que esté a su altura. Hacemos una ronda de opiniones. Se menciona la pureza de la imagen, esa nitidez casi dañina que le confiere un aire futurista. También la inquietante invasión de la intimidad que nos desvela un ritual privado que conduce al producto en segundos, sin transición emocional, con eficacia: viejo en el concepto pero moderno en la realización. Como escritor del grupo, elogio su narrativa, su riesgo, la elección de un disparate oscuro como motivo central. Mientras estoy hablando, el presidente del jurado recibe un mensaje, pone mala cara, me deja acabar y nos comenta que tenemos un problema. Debemos regresar a la agencia de publicidad, no es un tema para comentar en un restaurante.
De nuevo en la sala de proyecciones, pedimos que nos pasen internet a la pantalla y que alguien localice cuanto antes a los autores del proyecto. Desde hace una hora, Anchoas en el jacuzzi circula por la red. Nosotros no lo hemos subido, estábamos comiendo, la agencia se cierra a mediodía. El dueño, y presidente del jurado, se toma seguidos tres cafés de la máquina, lo cual nos indica la gravedad del asunto. Hay en juego mucho dinero, a corto plazo, y prestigio profesional, que es dinero a largo plazo. Seis meses de trabajo, y un error que mencionarán durante años sus competidores cuando le disputen un contrato. Para los demás miembros del jurado será algo más leve, un borrón que disminuirá las posibilidades de volver a ser contratados en otros concursos, al menos durante un tiempo. Pérdida de ingresos: señal de alarma.
La especialista en búsquedas de la agencia nos va mostrando en la pantalla los progresos del desastre. Después de la primera hora, se nota un incremento substancial de las visitas, que pasan de cientos a miles. El video se muestra tal cual, como si fuera real, como un robado, sin más explicaciones. Desde el principio ha tomado dos caminos, uno basado en la palabra desnudo y otro en el sector conservero. Los primeros títulos son: Hombre desnudo en extraña ceremonia de baño y Vegano loco contra la Anchoa de Santoña. Apenas tiene comentarios, solo una rectificación interesante, de un animalista que reivindica el mensaje y pide libertad para los peces. Le contestan de coña que también un entierro digno para el pescado y que no hay mejor ataúd que una buena lata. Como la cosa va lenta, decidimos retomar el trabajo para ir ganando tiempo. Es conveniente completar el visionado de todas las propuestas.
Terminamos a media tarde, de mala manera, nerviosos y sin hacer comentarios entre un video y otro. No es fácil olvidarse cuando una de las bases del concurso es que aparezca la lata de anchoas y su nombre perfectamente legible. Como es la costumbre, por seguridad, la marca es ficticia, sólo sirve como ejemplo para los concursantes. Aun con todo, un directivo y el abogado de la conservera anuncian que van de camino a la agencia, llegarán en minutos. ¡Soluciones!, nos grita el dueño, desesperado, mientras comprobamos la evolución de Anchoas en el jacuzzi en internet. La buscadora nos advierte que en pocas horas la cosa se ha desmadrado. Cientos de páginas han replicado el video añadiendo de su cosecha todo tipo de curiosidades. Los hay del tipo cómico, con Nadad, nadad, pececitos sincopado, o con música de ópera y a cámara lenta, pero también los hay que toman un rumbo siniestro, fetichista, morboso, incluso satánico, esto último sin razonar. El video ha sido calificado como una rareza y está estallando en la red. Lo peor es que una de sus ramificaciones sube en audiencia peligrosamente. Muchas personas lo ven como una burla de mal gusto, una herejía, una blasfemia, un ataque directo contra uno de los símbolos de la tierruca. Hay cientos de comentarios indignados de cántabros y de asociaciones de cántabros en defensa de Cantabria, del propio presidente de la comunidad, adalid de la anchoa de Santoña, que en plena efervescencia discursiva llega al extremo de acusar en Twitter a los servicios secretos vascos de haberlo maquinado todo para hundir económicamente a la región, aunque se retracta un minuto más tarde, porque los servicios secretos vascos no existen, sólo estaba mal informado. El verdadero presidente añade una nota, diciendo que él no ha dicho eso, que alguien usurpa su nombre. Empiezan a correr las amenazas de denuncia. Hay que pararlo como sea. Necesitamos asesoramiento legal.
Llegan casi a la vez el directivo de la conservera con el abogado y los autores del video. Son dos chavales muy majos y dispuestos a colaborar. Reconocen su culpa, no le pagaron suficiente al actor por enseñar el culo, pidió más, hubo bronca después del rodaje y no saben cómo se hizo con una copia. Asumirán lo que les caiga, aparte de un futuro lejos de la publicidad. Algunos reímos, porque no entienden nada. El dueño de la agencia comenta en su despacho con el abogado y el directivo las soluciones encontradas. Les parecen idóneas. Se acuerda que los autores subirán a la red por su cuenta el video con la indicación de que es un proyecto de anuncio y que ha sido robado. Son los ganadores del concurso, el rodaje del anuncio definitivo comienza a la mañana siguiente y se emitirá en televisión y en las redes esa misma semana. No se lo pueden creer. Firman tantos papeles que acaban mareados.

En la cena de despedida del jurado, esa misma noche, le damos vueltas a la capacidad que tiene la casualidad para trazar el destino de un buen anuncio. Sabemos que Anchoas en el jacuzzi va a ser un éxito rotundo, viene precedido de una polémica, se nos va a acusar de haberla generado, de no tener escrúpulos a la hora de vender un producto. Brindamos por ello. Para algunos de nosotros representa una carta de presentación ante el futuro incierto. De madrugada, en la cama del hotel, antes de dormir releo los Cuentos reunidos de Sherwood Anderson, que también se enfangó en el mundo de la publicidad antes de lograr alimentarse gracias a su literatura. En una carta admite que manipular a la gente, lograr que hicieran lo que él quería, lo convirtió durante años en un taimado hijo de perra. Eso a principios del siglo XX, debería ver cómo hemos evolucionado.

lunes, 12 de septiembre de 2016

LABERINTO AHORA, estreno en ELDIARIO.ES Cantabria

Mi primera colaboración en ELDIARIO.ES. Con foto de Paula Arranz.

http://www.eldiario.es/norte/cantabria/primerapagina/Laberinto-ahora_6_553354664.html



Laberinto ahora


Lo pone bien grande en la fachada: Laberinto de los Diputados. Es un edificio de un tamaño descomunal, como impuesto a la realidad en tiempos salvajes, da un poco de miedo. Según entras hay una flecha dorada que señala hacia la derecha, otra de chapa reciclada hacia la izquierda y en el centro un banco largo, para los indecisos, los turistas y los cansados en general. Una inscripción en latín  advierte que nos encontramos en un lugar destinado a perderse, perder el tiempo de los demás y hacer que la historia pierda la paciencia. No me fío del traductor del móvil, pero entiendo que ésa es la esencia de un laberinto político y decido entrar.
Voy a la taquilla, la máquina me lee la cara y me obliga a escoger entre dos opciones: Si a uno le sobra es porque a otro le falta, o bien, Lo mío es lo mío. No tengo muy arraigado el sentido de la propiedad, quizá por falta de bienes raíces y solvencia económica, pagar la entrada a un edificio público ya me parece un disparate, pero tampoco quiero compartir lo poco que tengo con otra persona que tenga menos que yo, así que sostengo un debate moral en mi interior durante los veinte segundos que me concede la máquina. Me decido por la primera opción, me parece más justa, o no tan mezquina como la otra. La máquina escribe con láser en la piel de mi muñeca derecha la palabra: Izquierda.
Un poco a desgana, sin sentirme del todo identificado, entro en el lado izquierdo del laberinto. Camino por un pasillo estrecho hasta llegar a un viejo escáner antiterrorista, que me deja pasar, aunque me clasifica como peligro potencial en grado medio, ya que el año pasado estuve siete meses en el paro y podría albergar sentimientos de venganza. Por si acaso, me asigna un acompañante. Espero cinco minutos en la jaula de acceso. El muchacho llega corriendo, se llama Rogelio, es becario, sus únicos ingresos proceden de las entradas y se califica con humor como trotskista remasterizado. Me confiesa que ha trucado el escáner para que sospeche de todo el mundo y garantizar así su trabajo. También vende autógrafos de los líderes más carismáticos, calentitos, de hoy mismo, a cinco euros la unidad. ¿Le importa el cinismo?, me pregunta, como si pidiera permiso para fumar.
Comienza la visita guiada con un recorrido por los despachos, donde hay un ajetreo enorme porque hace dos horas ha llegado una nueva partida de ideas de izquierdas. Proceden de un servidor que las recolecta en la red y se las entrega clasificadas según su relevancia. Las mejores son las utópicas, irrealizables desde su misma concepción, pero con muchos seguidores. Allí las analizan, las diseccionan, demuestran su inoperancia y, si son descabelladas, le extraen la parte correspondiente a la imagen pública. Las ideas, como las pancartas, me explica Rogelio, solo tienen dos dimensiones, y nos corresponde a nosotros darles cuerpo. La gente quiere que sus ideas se tengan en consideración, que se mencionen, que se aluda a ellas, aunque sea imposible llevarlas a cabo. Somos de izquierdas porque les escuchamos, no porque tengamos capacidad operativa para ponerlas en práctica. Nos faltan votos, la culpa es suya, hacemos todo lo posible por conseguirlos. ¿Y no conseguirían más si se ocuparan de los problemas en vez de preocuparse por los votos? No, responde, tajante. El voto es lo que cuenta, el voto es el pan. La izquierda nació pragmática, evolucionó hacía la abstracción y ahora se encuentra en una fase metafísica. Nada podemos hacer, salvo existir, que ya es mucho. 
Consecuente con su razonamiento, tomamos un atajo hacia el corazón del ala izquierda de ese sofisticado castillo de naipes: la sala de comunicaciones. Es un hervidero de gente. Hay un centenar de personas distribuidas por secciones controlando todo tipo de aparatos electrónicos. Es difícil de describir, salvo mezclando un estudio de televisión con el parquet de la bolsa y un centro de alto rendimiento deportivo. Se puede oír el sudor, los dientes del esfuerzo. Una banda continua rodea el techo e informa puntualmente del grado de aceptación popular de las ideas puestas en el mercado. En una esquina, un grupo de negociadores colorados teclea en sus móviles mientras se prueba modelos de ropa de marca que parecen de hipermercado. Veo un perchero de la colección Indigente, de Marina Santaclara. Rogelio me informa de que sus vaqueros raídos le quedan muy bien al nuevo líder carismático. Yo pensaba que no lograría verlo, pero él me lo señala, al fondo, dentro de una habitación acristalada.
Nos acercamos para contemplar de cerca al joven buda. Es alguien tan próximo que nos saluda con la mano. Según un monitor, la temperatura de la habitación es de un grado bajo cero, pero el líder está en mangas de camisa, tan tranquilo, no tiene ni la piel de gallina. Aprovechando que estamos allí, nos pide que le aconsejemos, nosotros, las bases. Adopta sobre una banqueta de formica diferentes posturas: con la pierna cruzada, con una mano en la cadera, frotándose reflexivamente la mejilla, y luego coge un libro y lee, con mucho engolamiento: Somos los hombres huecos/ somos los hombres rellenos/ apoyados unos en otros/ con la mollera llena de paja. Nos pregunta si hundir los dedos en sus cabellos mientras recita a T.S. Eliot queda molón. Asentimos, claro, y le mostramos los pulgares: Mola, Jefe, dice Rogelio. Yo me pongo colorado, es un privilegio tratar con una persona de esa talla. Rogelio aprovecha para venderme un autógrafo del elegido para la gloria, que compro sin rechistar.
De la sala de comunicaciones pasamos directamente a la antesala del hemiciclo. Huele a talco y a maquillaje. Me sorprende reconocer la cara de todos los presentes. Son las estrellas de la tele, los diputados propiamente dichos, los que aparecen en los noticiarios. Algunos hacen gárgaras con vodka, otros recitan textos ante el espejo, varios miembros de partidos enfrentados ensayan juntos sus intervenciones. El Ministro del Interior alecciona al jefe de la oposición: Yo te llamo rojo intempestivo y tú me llamas facha cuaternario, pero me dejas continuar hasta que diga circunstancialmente… Hay nervios en el ambiente, faltan diez minutos para el Pleno de la Cámara y será televisado. A Rogelio se le iluminan los ojos imaginando que algún día pueda estar allí, con mariposas en el estómago, esperando a que se levante el telón. Me invita a quedarme al pleno, aunque no he pagado por ello, si a cambio le compro dos entradas para un concierto solidario con los pueblos del extrarradio. Están lejos del centro, dice para ablandarme, pero no cuela.
Lo que si logra es sacarme otros cinco euros para salir por la derecha del laberinto, en vez de retroceder por el camino correcto. Como me ve dudar, saca un láser de su bolsillo y cambia la marca de mi muñeca por otra que dice: Derecha. Así de fácil. Me aconseja, para evitar que salte la alarma, que introduzca en mi conversación expresiones como: Por mis cojones, Me sale de los huevos, y otras que el decoro me impide reproducir. Es el lenguaje de la derecha, me aclara Rogelio, una paradoja democrática, para que la gente crea que son de colegio público.  No lo son, todo el mundo lo sabe, pero tampoco tienen estudios, ni ideas ni cultura, eso los desprestigia entre los suyos. El dinero y cómo conseguirlo es su único tema de conversación.
No me apetece cruzarme con ellos, así que le pido a Rogelio un itinerario alternativo y entramos a gatas en el conducto del aire acondicionado. Con sigilo, nos situamos encima del pasillo de entrada al hemiciclo y asistimos al lento peregrinar de los diputados de la derecha. En efecto, son unos malhablados, y tienen el tic de frotarse el dedo índice con el pulgar. Llega hasta nosotros un olor detergente, como de persona que se lava en exceso, y el sonido inconfundible del que lleva los bolsillos llenos de monedas. Suenan igual que el ganado, son avaros, acaparadores de céntimos, dice Rogelio, con los ojos inyectados de odio proletario. Temo que su furia acabe costándome otro suplemento y le pido que me saque ya del laberinto. Él comprende mi desazón, a fin de cuentas soy un contribuyente.

Como Rogelio no tiene nuevas visitas esperando, se demora conmigo en la puerta de salida. ¿No me pregunta usted quien gobierna aquí, dónde está el famoso Minotauro? Me lo pienso. Es gratis, dice, y me señala la base de una máquina de refrescos. ¿Ve usted en aquel agujero de la pared un manojo de cables y uno que brilla? Es la fibra óptica que llega directa del ordenador del Banco Central. Proporciona los datos referentes a la deuda nacional, de dónde se sacarán los fondos para pagar y cuál es el modelo retórico adecuado para explicárselo a los ciudadanos. Su fiabilidad es del 99’8 por cien. ¿No es genial? Por supuesto… tecnología del país, supongo. No somos tan suicidas. Algo es algo. Ricardo y yo sonreímos a la vez, con ancestral resignación, y damos por concluida la visita. En total, han sido veinte euros con cincuenta. Ellos sí que son unos genios. Los primeros de la clase. 
                                                                                                                                                               



miércoles, 18 de mayo de 2016

ENTREVISTA EN TV con Roberto Lastre y Joseba Cabezas 10-5-16


En 2.5 Gasteiz, la primera vez que salgo en la tele, un poco agobiado al principio pero muy a gusto después, sobre todo porque mi editor Roberto Lastre me pone por las nubes y Joseba Cabezas es tan próximo, hace que te sientas tan cómodo, que te expresas como eres y la cosa queda de lo más natural. Gracias a los dos, y al grupo de gente impecable que estaba alrededor controlándolo todo. Hablo de mi obra, que me aspen.





Enlace: https://www.youtube.com/watch?v=jibOy0dpwGU&feature=youtu.be




jueves, 5 de mayo de 2016

PHOTOWRITING en LITERAKTUM Donostia 2016

Photowriting en Okendo



En el pasillo de entrada a la biblioteca, lugar ideal para la lectura.




Con Paula Arbide




Con Paula Arranz



El relato escogido La piel del rinoceronte, con su foto.




domingo, 1 de mayo de 2016

POESÍA EN LA PINTURA-Museo de Bellas Artes de Álava 21 abril 2016

'Poesía en la pintura' es un recital de poemas inspirados en obras de la colección del Museo de Bellas Artes de Álava.
Participan Catalina Garces, José Antonio Martín, Eneko Martínez Goikolea, Ernesto Susana, Ana Sánchez Serrano, Francisco Taboada, Pedro Tellería, Rikardo Arregi, Blanca Uriarte y Mary Zurbano.

Selección a cargo de Ángela Serna, Juan L. de la Cruz y Roberto Lastre.




El día de los hechos




Mi lectura




El cuadro escogido





LA FÁBRICA. Enrique Suárez Alba. Óleo sobre lienzo. 1960-69. Museo de Bellas Artes de Vitoria-Gasteiz
   
LA FÁBRICA

Ahora que el paisaje hostil
se encarga de la memoria,
que sobre el escenario de mi infancia
cruza veloz una autovía,
puedo ver aún el hilo oscuro
de la chimenea incansable
que soldaba los esfuerzos
a la vida escasa, doce horas,
de sombra a sombra,
mientras crecían los hijos
hacia este futuro escueto.

Al alba llegábamos helados,
la tropa de la tartera,
con el cocido frío, el tocino blanco
y una rebanada de hogaza prieta.
También nos alzamos, y nos tumbaron,
y nos alzamos de nuevo. Prohibido creer,
escribió con tiza,
junto al horno,
el incendiado turno de noche.

Como el olvido fuimos humo
eternos de pico y pala
sordos de troqueladora
destemplados por la fragua
entre charcos de gasolina
y tierra quemada
de grasa consistente.

En estos tiempos aciagos
de ideas recauchutadas,
cuando las mentes despiertas
duermen satisfechas en el limbo,
¿quién se acuerda ya
del polvo sucio
que sepultó nuestras cosechas,
renegados del campo
persiguiendo el canto del acero,
el rígido cemento
y la plácida Seguridad Social?

Las naves abandonadas
gritan hoy sus ecos
desde nuestros cuerpos de carne
al corazón eléctrico de los autómatas.
La fábrica fue la matriz
del asfalto que nos cobija,
ahora es aire esterilizado
donde sueñan las máquinas
con un aumento de lubricante.

Mi memoria es un cementerio
de bloques de hormigón
tejados de uralita
brillantes raíles
potentes diferenciales
y la sirena implacable
que cortaba las horas.

F.T. 21-4-16


domingo, 20 de marzo de 2016

LA TEMPESTAD en Photowriting de Paula Arbide


Todo iba bien. Irene se había estabilizado. A principios de julio sacó el título de Arte Dramático, durante el  verano afianzó la relación con su novio, Román, buscaban casa, y a finales de octubre los contrataron juntos para hacer de Miranda y Fernando en La tempestad, de Shakespeare.  Los ensayos fueron perfectos. Sin problemas.
La noche anterior al estreno, Irene y Román estaban tan nerviosos que practicaron el sexo hasta caer rendidos. Al despertar, ella se encontraba demasiado calmada. Cuando llegaron al teatro, su aplomo llamó la atención del director, que alabó su actitud madura y profesional. Los dos primeros actos fueron brillantes: cuando Irene salía a escena representaba una Miranda tan alucinada e ingenua que el patio de butacas crujía con ganas de aplaudirla. En el tercer acto, sin embargo, hubo una trasformación, se la veía oscura y enfrentada a su papel. Entre bastidores se preguntaban qué le estaba sucediendo. Llegó el momento en que Fernando le declaraba su amor y le pedía la mano: He aquí mi mano. Ella debía responder: Y la mía, con el corazón dentro. Pero Irene no dijo nada. Se quedó quieta, como sorprendida, enfadada, pensando. Después de cinco segundos eternos dijo:
—Pero eso no puede ser… ¿No ves que estoy enferma?
Román enmudeció. No sabía de qué le estaba hablando. Tardaba en reaccionar, se saltó su frase, tuvo que salir en su ayuda el actor que hacía de Próspero: Ella enferma de amor y él mudo al saberlo, ¿quién puede entenderlo?, dijo antes de recitar apresuradamente el último fragmento de la escena para que cayera el telón. Román y un miembro de la compañía se llevaron a Irene al camerino. El médico no tardaría en llegar.

Publicado en Photowriting
Foto Paula Arbide


martes, 1 de marzo de 2016

ELEMENTOS DE CONQUISTA en Revista Cantárida


     
Alberto tenía entonces diez años y estaba pasando unas vacaciones horrorosas en el pueblo de sus padres. La culpa era de los suspensos y de su inmediata consecuencia: los trabajos de verano. Cinco cartillas gruesas  que le obligaban a repasar el programa completo de cada asignatura. El estudio le ocupaba la mayor parte de la mañana, pero no cumplía, y después de dos semanas buscando disculpas para mirar por la ventana su madre le había castigado a no salir si no terminaba todos los ejercicios correctamente. Se los revisaba a diario, le reñía, le decía que debería darle vergüenza repetir el curso por ser tan vago y distraído.  Llegó el día de la Feria y el castigo quedó lógicamente suspendido.
            La Feria era la única fiesta en sesenta días de vacaciones y en otros tantos kilómetros a la redonda. Estaban en la casa de los abuelos, en una aldea remota, a una hora de autobús del festejo. Era el acontecimiento familiar del verano. Poco antes de salir, sólo por llevar la contraria, Alberto comenzó a protestarle a su madre diciendo que a él el gasoil le mareaba, que a él tanta vaca, y tanto cerdo, y tanto queso...
            —¿Te importa que no vaya?
            —¿No quieres ir?
            —Estoy cansado de estudiar. Si descanso un poco... en la Feria hay mucha gente.
            Era la primera vez en su vida que Alberto pedía quedarse solo. Su madre le preguntó si se encontraba bien, pero le dijo que no había ningún problema porque su tía se quedaba en casa. Unos minutos más tarde, se marcharon todos. Su tía fue muy escueta:
            —Eres libre, haz lo que te dé la gana. Pero luego no te quejes.
            —No lo haré. ¿Me puedes cortar un poco de jamón?
            Su tía le preparó un bocadillo enorme con un cuarto de hogaza de pan. Alberto se alejó de la casa trotando y pegando alaridos. Llevaba caminando un buen rato cuando le entró el hambre. Decidió sentarse a comer. Estaba entre árboles y buscó un claro. Desde allí no se veía ya la casa, ni ninguna otra alrededor. Comió la mitad del pan y una loncha de jamón. Luego corrió sin dirección, saltando ramas, arroyos, charcas fantásticas que no habían sido holladas por las omnipresentes vacas. Pasó el día como un pionero feliz al que espera por delante todo un continente. Cuando el sol comenzó a caer se sentía lejos, más lejos que nunca en su vida. Y no quería volver.
Alberto tenía una gran memoria y, mientras pensaba en no volver, en abandonar a sus padres, a sus hermanos y tirarse a la bartola por el ancho mundo, sus pies le conducían de regreso a casa. Lo sabía, pero no se resistía ni le extrañaba porque nunca obedecía órdenes, tampoco las suyas. Había sin embargo algo nuevo, inaudito para él. Durante el regreso estaba escogiendo los caminos fáciles: la parte más estrecha del río, la bajada razonable entre dos rocas, el árbol sólido y fiable en vez del traidor que se cubre de maleza. Tenía cuidado de no hacerse daño, que al menos esta vez no hubiera peligro, ninguna novedad que contar. No había nada más emocionante que hacerse cargo de sí mismo.  
            Llegó a las proximidades de la casa cuando empezaba a anochecer. Se oía el bullicio de la gente que regresaba de la Feria. Se sentó a esperar, escondido entre los alisos, en una curva del río que delimitaba la propiedad. Esta vez no buscó ranas, no tiró piedras a los peces, no importunó a nadie con su presencia. Se limitó a mirar cómo pasaba el agua y a ver cómo iban llegando a la casa los miembros de su familia. Venían cargados de regalos para los abuelos: gallinas nuevas, varios conejos, una tinaja grande y dos cestas con cosas envueltas en papel de periódico. Su madre también entró, pero salió un minuto más tarde y gritó su nombre. Cuatro o cinco veces.
Alberto salió de la espesura y caminó sin prisa hacia ella. Le costaba moverse, se sentía más alto, la ropa más estrecha, como si acabara de pegar un estirón. No echó a correr como era habitual. Saludó de lejos, con la mano. Al llegar a su altura, antes de que ella dijera nada, preguntó:
            —¿Qué tal en la Feria, lo habéis pasado bien?
            —Sí, estupendo. ¿Y tú?¿Qué has hecho?
            —Estar solo.
            Su madre sonrió, feliz.
—Ya era hora.
Alberto pensó que iba a abrazarlo, pero se quedó mirándolo con curiosidad:
—Pareces más alto.
—Sí.
—Tendrás hambre… voy a hacer tortilla de patata. Hay que ir al gallinero.
Ella entró en casa y le entregó la cesta de los huevos. No le dijo cuántos. No le dijo que tuviera cuidado de no romperlos.


publicado en Revista Cantárida
foto Paula Arranz