sábado, 26 de julio de 2014
ENTRE LOS JUNCOS
Entre los juncos,
cabizbajo,
un petirrojo le pregunta al agua:
¿Chúi?
de Palabras dactilares, pag. 9
viernes, 25 de julio de 2014
PALABRAS GASOLINAS
Entre
las luces atardecidas
crecían
en la carretera
palabras
gasolinas.
Aparecieron de pronto en el cambio
de rasante, como un espejismo de asfalto. En cabeza iba un chaval con una varita
blanca, descortezada y brillante, jugando a hacerse el ciego. Con una mano
golpeaba el suelo siguiendo un ritmo acompasado, que sonaba como el morse, y
con la otra sujetaba la correa de un lazarillo imaginario. Detrás de él, una
niña intentaba distraer al perro diciendo: Busca, Pincho, busca. Una voz, que
todavía no tenía figura, les dijo que no se alejaran demasiado. Se detuvieron
los dos y esperaron hasta que llegó el grupo; eran una veintena, todos adultos
menos ellos. Parecían viajeros que se han apeado del autobús en mitad del campo
y caminan hasta una propiedad fuera de ruta. Algunos llevaban mochila, otros
arrastraban enormes maletas con ruedas, pero al final iban dos hombres, con
sendos carritos de la compra cargados de verduras, delatando al grupo. El
encargado de la gasolinera, que los estaba viendo llegar, se preguntó en voz
alta: “Qué hacen éstos en mi Entornaje”. Palabra embreada que significa entorno
sucio, deteriorado y a un pie de lo salvaje.
La mayoría de los campos de
alrededor estaban abandonados y crecía en ellos una hierba alta, feraz,
entretejida con zarzas y poblada de ruidos animales: roedores e insectos; alguna
serpiente. Allí no había cultivo intensivo de ninguna empresa, ni naves
industriales en el horizonte. La naturaleza al barbecho se había comido hasta
el cementerio, y hacía ya dos generaciones que no vivía nadie en la zona. La
ley establecía una gasolinera cada cincuenta kilómetros, sólo por eso aquel
hombre hacía guardia junto a los surtidores. No tenía cara ni expresión, pasaba
el tiempo esperando que se acabara su turno y llegara el relevo. Cuando el
grupo entró en la gasolinera, abrió un botellín de agua, derramó un chorro en
el suelo de la entrada de la tienda y puso un cartel amarillo: Atención. Suelo
resbaladizo. No pasar. La verdad, no tenía nada en contra ni a favor de los
Arceneros, desahuciados de la cuidad que
caminan por los arcenes buscándose la vida, pero pensaba que un turno sin
incidentes era un buen turno. Y eso eran puntos, y los puntos se traducían en dinero.
Cerró la caja registradora, se guardó la llave en el bolsillo y abrió la tapa
del botón de emergencia, pero no llegó a pulsarlo. Eso sí, miró a la cámara de
vigilancia y se bajó el párpado con el dedo para indicarles que estuvieran
atentos. Ojo.
El grupo de arceneros se acomodó en
una esquina de la gasolinera. Los niños se metieron en el entornaje, pero la
voz de su madre, ahora visible, alta, esbelta, con el pelo negro y grasiento
sujeto en un moño prieto, les llamó de nuevo la atención. Ellos respondieron
con gritos, pero sin obedecer. Ella se sentó en el borde de su maleta, cansada,
y comenzó a soltarse los botones de la blusa. El sujetador apareció sucio,
raido, un poco vacío, y, cuando ya se disponía a quitarse los pantalones, los
dos hombres de los carros de verdura dijeron al unísono: ¡Espera! Ella se
detuvo, esperó. Pero el resto del grupo se fue quitando la ropa sin quitársela,
desabrochando y abriendo cremalleras pero dejándosela puesta. Los dos hombres
hablaron con el encargado de la gasolinera. Dijo que No, pero le enseñaron las
monedas, se encogió de hombros y les dio una ficha. Ellos la mostraron al grupo,
y al incorporarse a él ya estaban todos desnudos. Los niños regresaron del
entornaje y también se quitaron la ropa. Hay que decir que la ropa sólo tenía de
ropa la apariencia: trajes con hombreras, pero sin forro ni bolsillos: jersey
de ochos, rojo y amarillo, sin cuello ni color;
pantalón de pata ancha, porque está descosido hasta media pierna; gorra
con visera rígida y el resto a punto de desintegrarse; zapatos y deportivas,
todos, sin excepción, de color gris polvo. Desnudos estaban más vivos. Uno a
uno, se metieron en el túnel lavacoches y se abrazaron para darse una buena Duchadera.
Ducha grupal en lavacoches de gasolinera, que incluye lavado, secado y también cera.
El ciclo de lavado se desarrolló con
normalidad, entre risas y llantos. Una mezcla de gracias al cielo y maldito el
firmamento. Todos callaron en el encerado, normal, y cerraron los ojos.
Salieron relucientes. Guapos. Frescos como bebés. Y abrieron sus maletas y sus
mochilas y se pusieron ropa limpia, sin planchar pero limpia. Y se peinaron sus
cabellos encerados. Luego, juntaron la calderilla para comprarles a los niños
un paquete de patatas fritas, pero no les llegaba y se pusieron en marcha. Al desaparecer
el último, las luces de la gasolinera parpadearon y se encendieron, inaugurando
la Nonoche. Que es una noche sin luna y sin estrellas, sólo frío y oscuridad.
publicado en Revista Cantárida Nº 376-377 Julio-Agosto 2014
miércoles, 23 de julio de 2014
Volver a Matar
Volver a Matar
Hoy he vuelto a Matar, y les he pedido a
los vecinos que le cambien el nombre a mi casa. Comprendo que para ellos es
algo tradicional, que a este sitio se le llama Matar desde hace ya tanto tiempo
que pretender cambiarlo es un atentado contra la cultura. Pero a mí no me
gusta. He buscado la genealogía de la palabra Matar y no he encontrado nada
bueno. Sólo gritos. No se ajusta a mi carácter, y prefiero que mi casa no tenga
ese nombre. Llevo todo el verano insistiendo en el tema: en otoño me voy a
trasladar aquí y no quiero vivir en un sitio que se llama Matar. Es incluso de
mal gusto. ¿Se supone que en septiembre debo mandar a los chiquillos al colegio,
y que les pregunten, y que tengan que decir: Yo vivo en Matar? Parece mentira
que esta gente no caiga en la cuenta de la cantidad de combinaciones que se
pueden hacer con la palabra Matar. Cuando tengo nostalgia de este sitio, digo:
Pienso en Matar. Cuando el transportista me pregunta dónde vamos con tanto
bulto, le digo: Vamos a Matar. Y si estoy aquí, estoy en Matar, algo que me
horroriza porque parece que ya estoy casi matando. La mala influencia de este
nombre ha contaminado mi lenguaje y el de mi familia. Soy buena gente, tengo
buena voluntad, si es preciso iré al Ayuntamiento y pediré papeles, meteré
cartas por los buzones, hablaré persona a persona con todos los que insisten en
seguir llamando a mi casa Matar. A mí y a mi familia nos encantan las gardenias,
hemos plantado gardenias, han crecido gardenias, ¿no pueden llamar a este lugar
tan hermoso: Campo de Gardenias?
Día veintitrés de julio del año dos mil catorce de la era de Dios
viernes, 27 de junio de 2014
ENTRE LOS ESCOMBROS-La cosecha
Una mano asoma
entre los escombros. Los dedos sienten el aire fresco, se estiran, se agitan, y
tantean alrededor hasta detenerse en el hocico de un perro. La mano retrocede
asustada. Se escucha un silbato poderoso. Luego, voces urgentes que corren en
esa dirección.
El
equipo de rescate rodea a la mano. Un bombero le habla como si fuera una oreja
sorda y le pregunta a gritos por el estado del cuerpo. La mano se cierra en un
puño rabioso y golpea el suelo. Alguien pregunta: podemos hacer algo, qué
podemos hacer. La mano se abre, con resignación, y pide un bolígrafo. Un
policía le entrega un rotulador, y pone debajo un cuaderno de notas.
La
mano escribe una serie de números, separados por espacios en blanco, con varias
letras intercaladas. A continuación, una flecha y otra serie de números. El
grupo, cada vez más numeroso, duda de la cordura de la mano y hace un silencio
incómodo. Entonces el guía del perro comenta que se trata de cuentas bancarias.
Que la última voluntad del moribundo es una transferencia. Todos miran al
policía.
El
policía toma las riendas de la situación. Le pide a la mano su nombre y su
número de identidad, y la mano los escribe. Luego ordena a los presentes que no
se muevan de allí, en calidad de testigos, y deja la escena en suspenso. Camina
ligero hasta su coche, habla por la radio, informa, espera, y más tarde escucha
con atención las recomendaciones del abogado de su comisaría: saca de la
guantera una carpeta, escoge un impreso con el borde negro, y un tampón de
tinta, también negra. De regreso, pide a los testigos que firmen de su puño y
letra haber presenciado cómo aquella mano, cuyas huellas dactilares procede a
tomar ahora, ha manifestado su deseo de hacer aquella transferencia bancaria.
Enseña a los presentes, uno a uno, el papel con
los números de cuenta escritos por la mano, y todos asienten con la
cabeza. Aunque sólo se necesitan dos testigos, se forma una cola de veinte
personas.
Es difícil
presenciar esta escena sin echarse a llorar. Casi todos lo hacen, unos mientras esperan, otros al estampar su firma,
o al marcharse cabizbajos de la zona. Yo me contengo por oficio, para seguir
escribiendo, y me digo que la muerte forma parte de la vida, vana paradoja que
no consuela a nadie.
Cuando firma
el último testigo, hay en este lugar demasiada muerte y huele a soledad. El
perro de salvamento está nervioso, tira con fuerza en otra dirección. El guía
lleva un rato sujetándolo, para no faltar al respeto. Se ponen en marcha. El
equipo de rescate se aleja veloz, sin dar voces.
El policía se
queda hablando con la mano, que una vez cumplido su deber comienza a rendirse. Le
gustaría tocarla, estrecharla, pero no se atreve; en cambio le dice que tenga
valor, que tenga coraje, que tenga fe, templanza
hasta el final, amigo mío.
El policía y
la mano pasan juntos minutos dolorosos. Las palabras son apenas un sonido que
acompaña. Voz humana.
Con gran
esfuerzo, la mano pide de nuevo el cuaderno. Escribe el nombre de su mujer y, a
continuación, letra a letra, temblando, el de sus cinco hijos, pero no llega a
completar el último, tal vez Cristina, que se queda en Crist, como una invocación,
una plegaria.
La
mano ya no tiene fuerzas para sostener el rotulador y lo deja caer al suelo.
El policía lo
recoge. Luego masculla un lamento, y estrecha con firmeza la mano.
Se despiden
con un apretón.
El policía se
aleja unos pasos y guarda silencio.
Un instante
después, la mano tiembla, cae de lado, y queda abierta hacia el cielo, como un
cuenco pidiendo lluvia.
martes, 24 de junio de 2014
PRESAGIOS
Notaba el paso de los años por la
obediencia de sus gestos. Los días habían pulido sus aristas hasta domesticarlo y acoplarlo a
la realidad. Cada movimiento cuadraba consigo mismo como el fondo y la forma en
un poema perfecto. Se rascaba una ceja, se ajustaba el cinturón, se peinaba los
rizos del pelo con los dedos, se sentaba en el sillón y estiraba las piernas, y
todo parecía exacto a como debía ser. ¿Puedo rascarme mejor una ceja? ¿Existe
un modo más correcto de ajustarse el cinturón? ¿Hay algún peine que supere a
los dedos para el pelo rizado? ¿Quién sería capaz de sentarse en mi sillón y
estirar mis piernas como lo hago yo? Estaba
orgulloso de sí mismo. Convencido de que cualquier otro en su lugar lo hubiera
hecho muchísimo peor.
No era una persona fácil, lo había
tenido muy duro. De niño había sufrido acoso de los adultos por negarse a
evolucionar. No veía ventaja alguna en abandonar la infancia alucinante, las
explicaciones mágicas, las aventuras oceánicas en la bañera, la intimidad con
tus juguetes, la certeza de que si saltas al vacío te crecen alas… Y, sobre
todas las cosas, su enfrentamiento surgía de una pregunta constante y
atenazadora: ¿por qué tengo que ser yo mismo? Su madre se desesperaba cuando le
veía cambiarse la cuchara de mano aun sabiendo que con la otra derramaría la
sopa, sólo porque odiaba las repeticiones, los afianzamientos. Si tenía que
escoger entre moras silvestres negras, rojas o verdes, pocas veces escogía las
negras, por evidentes, o las verdes, por insuficientes, siempre eran las rojas,
dada su indeterminación, su estar a medio camino pero siempre en un punto
diferente y sorpresivo. Po eso no abandonó la infancia hasta que lo hizo su
cuerpo, hasta que creció lo suficiente para que el suelo quedara allá abajo, demasiado
lejos para dejarse caer en él, y sin posibilidades de goma que te permitan
rebotar. Un acatamiento por supervivencia física. Pero su pensamiento
permaneció a resguardo, agazapado, sin renunciar en absoluto a todo lo que
había descubierto por no rendirse voluntariamente. Le ganaron porque eran más y
más grandes, no porque tuvieran la razón. Como todo niño que se precie, juró que
jamás se convertiría en un adulto. Fuera lo que fuera, no quería Llegar a Ser.
Pero el destino ineludible de ser él
mismo, no se eludía eludiéndolo sin más; aunque la pubertad y la juventud son
el gerundio por excelencia, el reino de Hacer. No le quedó otra alternativa
biológica que ponerse en movimiento. Fueron los años de la iniciación al sexo,
el alcohol, las drogas, los coches, los accidentes, las resacas, los
arrepentimientos, y la certeza de estar echando su vida a perder. Exceso de
sensaciones. Desbordamiento. En esa edad piensas tanto que no piensas nada, sólo
gastas ropa y procuras darle a la selección natural una oportunidad para
aniquilarte. Si sobrevives, no has ganado tú, dejas a tu espalda tu cadáver. En
teoría, es el Paraíso para alguien que no quiere ser él mismo. Para él, fue una
oportunidad de no definirse. Y lo hizo a conciencia. Podemos localizar el fin
de su juventud una tarde de agosto, en la penumbra, desnudo ante el espejo, con
un rayo de sol escaneando su cuerpo: los brazos extendidos, las manos abiertas,
los hombros encogidos, preguntando: ¿Y
tú quién eres?
Fue algo parecido a la Felicidad. Logró
entrar en la adultez desconociéndose por completo a sí mismo. Algo elevado,
trascendente. Tan joven y ya había llegado a la meta. Por desgracia, la realidad
está aquí para jodernos la vida, y un día fue a renovar el carnet de conducir,
se sacó las fotos de rigor y no se parecía a sí mismo. El fotógrafo tardó una
eternidad en encontrar su retrato, y lo hizo por pura eliminación,
descartando el cincuenta por cien de mujeres, luego los rubios, los de nariz
prominente, orejas de soplillo o labios abultados. Él era normal, corriente,
anodino, sin nada que lo diferenciara del común denominador de rasgos físicos de
la zona. Aceptaron que era él por la ropa, ni un primo lejano se le parecería
menos. Repitieron las fotos, con idéntico resultado. Al llegar a casa, extendió
sobre la cama todos sus documentos y, siendo suyos, parecían falsificados. Como
la colección de carnets de un espía tonto que no cambia de nombre. Entonces
comenzó el drama. Los presagios. El miedo cerval a la disolución. A la
inexistencia. La enajenación.
De ese modo, al borde de la pérdida,
asumió que tenía que ser él mismo. Comenzar a definirse, a identificarse. Y a
repetir y a repetir cada gesto reconocido como propio hasta conseguir un
individuo sólido. Bien pensado, la vida es más cómoda replicando lo que
sabes que funciona, aunque falte el riesgo, y el doble beneficio que con
frecuencia emana de un error, pero eso son cosas de críos, se decía… Hablaba
solo, con frecuencia, desde que había madurado. Ya se estaba haciendo viejo. Su
mirada era opaca. Uno de sus ojos estaba triste, como aburrido; el otro
desdeñoso. Porque hay en el equilibrio, como en la sabiduría, algo de muerte y
rendición.
publicado en Revista Cantárida
martes, 20 de mayo de 2014
SEBASTIÁN EN EL TIEMPO
Algunas
personas lo tienen difícil desde el principio.
Cuando
Sebastián era un niño pequeño y le llamaban Sebín, por lo gordo que estaba, se
lanzaba contra las paredes convencido de que podía atravesar la materia. El
golpe era siempre brutal, perdía el conocimiento, y al recuperarlo afirmaba
haber estado en el Otro Lado. Se consideraba invulnerable, su voluntad era más fuerte
que la realidad, su inteligencia estaba más allá de la lógica, nunca se rendía
a la evidencia. Una fractura de cráneo a los ocho años dio por concluida su
infancia exacerbada. Tener que aceptar la solidez de la materia fue su primer
trauma, la primera depresión que lo dejó en los huesos.
A
los catorce años Sebastián era delgado como la aguja del minutero. Vivía
enfrentado con el tiempo de un modo salvaje. Vestía de negro y sus pensamientos
eran siniestros hasta el escarnio. Haber perdido la batalla con la materia no
le había enseñado nada, salvo a tener mal perder, a ser feroz e insensato. Su
rebelión era visceral, incontrolada. Se negaba a consentir los hechos de forma
consecutiva. Siempre que pensaba en continuar adelante con una acción se
atascaba, se quedaba paralizado como si de pronto comprendiera la falta de
interés que tienen los acontecimientos cuando se suceden los unos detrás de los
otros. Odiaba la sincronía, y en cuanto detectaba un patrón, una secuencia, se
lanzaba con desesperación a romperla con excentricidades. Sólo le servía lo
imprevisible. Cada segundo desafiaba al segundo siguiente, le retaba a ser
cualquier cosa con tal de no ser lo esperado. Algo agotador. Intenso hasta la
implosión. Los propios intestinos suplicaban
abandonar el cuerpo de Sebastián. Una semana antes de su dieciséis
cumpleaños sufrió el primer colapso. Dejó de vivir, sin más: pesaba cuarenta
kilos.
Estuvo
muerto setenta y dos horas. Luego volvió a la vida del mismo modo inexplicable
que se había ido. Los médicos detectaron entonces una peculiaridad difícil de comprender,
o de aceptar. Sebastián era un laboratorio químico autónomo. Su cuerpo era
capaz de sintetizar un sinnúmero de sustancias por voluntad propia, ajeno a lo
exterior, por deseo, no por necesidad. Todo un privilegio para cualquier
humano, pero una gran desgracia para una mente tan caótica y obcecada en nadar
contra corriente. El tiempo es un concepto y cualquier desafío no conceptual está
destinado al fracaso. Sebastián lo
comprendió, se estabilizó, engordó, y durante varios años vivió una tregua
prometedora. Se acostumbró a la rutina de los días y las noches. Al paso de las
estaciones. A inyectarse desde su propio interior el producto químico concreto que
necesitaba para estar equilibrado. A los veinte años todo el mundo lo confundía
con una persona normal.
Pero la vida cotidiana del héroe le usurpa la gloria, y Sebastián no se rendía a ser humillado por la materia y después por el tiempo, de modo que mezcló en un revoltijo todas sus perturbaciones y se enfrentó a pecho descubierto contra el espacio. De alguna manera ordenó a su cuerpo que no fabricara substancias químicas para protegerlo. Ser yonqui de sí mismo lo debilitaba, lo mantenía en un plácido aturdimiento, en una cobardía vital. Tenía un sino, y a todo le añadía un sin embargo.
Pero la vida cotidiana del héroe le usurpa la gloria, y Sebastián no se rendía a ser humillado por la materia y después por el tiempo, de modo que mezcló en un revoltijo todas sus perturbaciones y se enfrentó a pecho descubierto contra el espacio. De alguna manera ordenó a su cuerpo que no fabricara substancias químicas para protegerlo. Ser yonqui de sí mismo lo debilitaba, lo mantenía en un plácido aturdimiento, en una cobardía vital. Tenía un sino, y a todo le añadía un sin embargo.
Yo
fui su noveno psiquiatra. Llegó a mis manos con veintisiete años y
completamente destrozado. Pesaba cincuenta kilos escasos. Se entretenía dejando
de respirar en mi presencia, llegando al desmayo. Casi nunca sabía dónde se
encontraba, describía paisajes espeluznantes, sostenía que viajaba con
facilidad entre las diferentes dimensiones de la realidad. En su cabeza sólo
quedaba de la razón una sombra indigente, un algo desgarrado y lleno de niebla. Un torpe
balbuceo. Me costó meses llegar hasta él, y si me permitió la entrada fue
porque se encontraba solo, necesitaba un amigo. Con el corazón en la mano, le
puse delante dos pastillas diarias y un somnífero de impacto para ir a la cama.
Poco a poco logró coordinarse con el tiempo y dejar de viajar por el espacio. “Tiene
que haber una vida para mí”, me dijo en una sesión, “me conformaría con poca
cosa”. Ese día lloramos con ganas.
Sebastián
lleva ya tres años trabajando como jardinero y ayudante de mantenimiento en
este psiquiátrico, del que nunca sale. No toma medicación, salvo la que se
proporciona desde dentro y cuya fórmula es personal e intransferible. Está tan
escandalosamente cuerdo, y tiene tanta capacidad para no estarlo, que con
frecuencia le pido consejo para acceder a algún paciente cuya perturbación no
alcanzo a comprender hasta que él me la explica. A fin de cuentas, ha sido explorador de la
mente, estuvo perdido, venció y fue derrotado, pero vive para contralo. Ayer
mismo me comentó que todavía conserva el don de la adivinación. Tuvo que
desarrollarlo para encontrar el camino de regreso. Por demencial que fuera el
estado en que se encontraba, buscaba entenderlo, poder describirlo, encerrarlo
en palabras. Escribía estas palabras en su cabeza, las recordaba, las pulía
como poemas y la evocaba como ensalmos. Logró saber siempre lo que sucedería
mañana. Se volvió muy diestro en las predicciones, que le ocupaban todo el día.
Al principio se equivocaba con frecuencia, acertaba por casualidad, por suerte
y por simple chiripa, y sufría pensando que el tiempo que había dedicado a formular
una previsión no cumplida era tiempo baldío, perdido. Por simple
perfeccionismo, para obtener mejores resultados, comenzó a ajustar sus actos a
sus predicciones hasta obtener un cien por cien de aciertos. Ahora vive
anticipándose a sí mismo. Sólo es libre de diseñar futuros posibles,
realizables, ajustados como una cadena a su persona. Igual que cualquiera de
nosotros.
publicado en Revista Cantárida
miércoles, 14 de mayo de 2014
JORNADAS SOBRE GESTIÓN FORESTAL en Cabezón de la Sal
Jornadas sobre
Gestión Forestal, organizadas por la Revista Cantárida y el Centro de Estudios
Rurales de la Universidad de Cantabria en Cabezón de la Sal.
Se aborda, en primer lugar, la necesidad de analizar el
significado de los conceptos básicos relacionados con el tema para poder
establecer los instrumentos de gestión sostenible de los recursos forestales
con una visión integral, transversal y multidisciplinar que permita,
simultáneamente, tratamientos diferenciados en función de los ámbitos
concretos, de los ecosistemas y especies afectados, y de los intereses de las
comunidades rurales y la compatibilidad entre las políticas económicas,
sociales y ambientales.
En segundo lugar, se trata de precisar las funciones que
el bosque debe desempeñar y las interacciones o compatibilidades entre las
funciones ambientales, las recreativas o culturales y las productivas para
garantizar su conservación y renovación, mantener o aumentar las superficies
forestales, reforzar la calidad de sus valores ecológicos y paisajísticos,
potenciar los usos y conductas sociales relacionadas con la investigación, la
lucha contra el cambio climático, y la educación ambiental con sus
posibilidades didácticas, y rentabilizar
los recursos turísticos, agroganaderos y
madereros con técnicas y planteamientos que eviten los impactos, desarrollen sistemas de explotación y
aprovechamiento, manuales, blandos o extensivos, y contribuyan, entre otros
fines, a la prevención de riesgos en materia de incendios, inundaciones, erosión,
pérdida de fertilidad, degradación de
los paisajes…, y a dinamizar las economías rurales.
Y en tercer lugar, se analiza una serie de propuestas de gestión
de los recursos forestales donde se combinarán las posibles medidas jurídico-políticas – la PAC, las leyes
estatales, sectoriales o autonómicas del Suelo, Montes, Aguas, Costas…, el
PROT, los PORN, los PORF, las Ordenanzas Forestales, las Certificaciones
Forestales…., impulsadas o protagonizadas por las distintas Administraciones –
Unión Europea, Gobierno Central y Autonomías, Confederaciones Hidrográficas,
Ministerios y Consejerías, Ayuntamientos, Juntas Vecinales…–, la participación pública y social de las
poblaciones afectadas o de las organizaciones y entidades implicadas o
interesadas, la generalización de
prácticas económicas y productivas que tengan que ver con la diversificación,
la transformación, la naturaleza y el funcionamiento de los mercados, los
vínculos entre la oferta y la demanda o el reparto de beneficios, las compensaciones o los
regímenes de ayudas y subvenciones a las repoblaciones, la creación de un Banco
de Crédito Forestal par las especies autóctonas, el tratamiento específico de los espacios protegidos, la
posible resolución de los conflictos sobre la titularidad de fincas o
roturaciones de montes o el futuro de los Montes de Utilidad Pública y la
propiedad comunal, la reforma de las bases de las concentraciones parcelarias….
En esta ocasión
intervendrá Emilio Carrera, de la Revista Cantárida y Ecologistas en Acción,
que hablará sobre "Las funciones del bosque y criterios para su
gestión sostenible". La conferencia, a la que seguirá un coloquio con el
público asistente, tendrá lugar este viernes 16 de Mayo, a las 12,30 del
mediodía, en el Centro de Estudios Rurales, sito en el barrio de La Pesa de
Cabezón de la Sal.
Convocatoria dirigida al público en general; a investigadores y
especialistas en las áreas rurales, asociaciones ecologistas y en defensa del
medio ambiente, a estudiantes universitarios de Geografía y Economía; a los
alumnos de Bachillerato y Formación Profesional de la comarca; a ganaderos,
sindicatos, propietarios y empresarios forestales; ya responsables
institucionales o miembros de las Corporaciones y Juntas Vecinales de la
comarca Saja-Nansa.
Las
funciones del Bosque y criterios para su gestión sostenible
(Emilio Carrera.
Ecologistas en Acción y Revista Cantárida).
Viernes 16 de Mayo de
2004. En el Centro de Estudios Rurales de la Universidad de Cantabria en
Cabezón de la Sal.
Estas aclaraciones conceptuales pretenden despejar las frecuentes
confusiones o indefiniciones que rodean los términos de montes, bosques, monocultivos arbóreos, sotobosque, vegetación natural, bosques
protectores, estructuras de mosaico, bocage o paisajes de cercas, estratos de vegetación, roquedos, sistemas
dunares, vegetación marismeña, ecotonos, rodales, formaciones de ribera y
bosques de galería, orlas forestales, vegetación relicta, pastizales…., entre
otros, incluida la atención que se debería prestar, también, aunque no sean el
objetivo concreto de estas Jornadas, a los problemas de la reforestación
interna de las tramas urbanas y sus periferias inmediatas, y el diseño de sus
zonas verdes o áreas ajardinadas.
Por la Revista Cantárida: Maribel Gómez DNI 13910791. Apartado
37.29500-Cabezón de la Sal.Tlf 942-701029 Móvil 699-116741
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