sábado, 26 de julio de 2014

ENTRE LOS JUNCOS


Entre los juncos,
cabizbajo,
un petirrojo le pregunta al agua:
¿Chúi?

de Palabras dactilares, pag. 9

viernes, 25 de julio de 2014

PALABRAS GASOLINAS


 
                                                                                  Entre las luces atardecidas

                                                                                  crecían en la carretera

                                                                                  palabras gasolinas.

 

            Aparecieron de pronto en el cambio de rasante, como un espejismo de asfalto. En cabeza iba un chaval con una varita blanca, descortezada y brillante, jugando a hacerse el ciego. Con una mano golpeaba el suelo siguiendo un ritmo acompasado, que sonaba como el morse, y con la otra sujetaba la correa de un lazarillo imaginario. Detrás de él, una niña intentaba distraer al perro diciendo: Busca, Pincho, busca. Una voz, que todavía no tenía figura, les dijo que no se alejaran demasiado. Se detuvieron los dos y esperaron hasta que llegó el grupo; eran una veintena, todos adultos menos ellos. Parecían viajeros que se han apeado del autobús en mitad del campo y caminan hasta una propiedad fuera de ruta. Algunos llevaban mochila, otros arrastraban enormes maletas con ruedas, pero al final iban dos hombres, con sendos carritos de la compra cargados de verduras, delatando al grupo. El encargado de la gasolinera, que los estaba viendo llegar, se preguntó en voz alta: “Qué hacen éstos en mi Entornaje”. Palabra embreada que significa entorno sucio, deteriorado y a un pie de lo salvaje.

            La mayoría de los campos de alrededor estaban abandonados y crecía en ellos una hierba alta, feraz, entretejida con zarzas y poblada de ruidos animales: roedores e insectos; alguna serpiente. Allí no había cultivo intensivo de ninguna empresa, ni naves industriales en el horizonte. La naturaleza al barbecho se había comido hasta el cementerio, y hacía ya dos generaciones que no vivía nadie en la zona. La ley establecía una gasolinera cada cincuenta kilómetros, sólo por eso aquel hombre hacía guardia junto a los surtidores. No tenía cara ni expresión, pasaba el tiempo esperando que se acabara su turno y llegara el relevo. Cuando el grupo entró en la gasolinera, abrió un botellín de agua, derramó un chorro en el suelo de la entrada de la tienda y puso un cartel amarillo: Atención. Suelo resbaladizo. No pasar. La verdad, no tenía nada en contra ni a favor de los Arceneros,  desahuciados de la cuidad que caminan por los arcenes buscándose la vida, pero pensaba que un turno sin incidentes era un buen turno. Y eso eran puntos, y los puntos se traducían en dinero. Cerró la caja registradora, se guardó la llave en el bolsillo y abrió la tapa del botón de emergencia, pero no llegó a pulsarlo. Eso sí, miró a la cámara de vigilancia y se bajó el párpado con el dedo para indicarles que estuvieran atentos. Ojo.

            El grupo de arceneros se acomodó en una esquina de la gasolinera. Los niños se metieron en el entornaje, pero la voz de su madre, ahora visible, alta, esbelta, con el pelo negro y grasiento sujeto en un moño prieto, les llamó de nuevo la atención. Ellos respondieron con gritos, pero sin obedecer. Ella se sentó en el borde de su maleta, cansada, y comenzó a soltarse los botones de la blusa. El sujetador apareció sucio, raido, un poco vacío, y, cuando ya se disponía a quitarse los pantalones, los dos hombres de los carros de verdura dijeron al unísono: ¡Espera! Ella se detuvo, esperó. Pero el resto del grupo se fue quitando la ropa sin quitársela, desabrochando y abriendo cremalleras pero dejándosela puesta. Los dos hombres hablaron con el encargado de la gasolinera. Dijo que No, pero le enseñaron las monedas, se encogió de hombros y les dio una ficha. Ellos la mostraron al grupo, y al incorporarse a él ya estaban todos desnudos. Los niños regresaron del entornaje y también se quitaron la ropa. Hay que decir que la ropa sólo tenía de ropa la apariencia: trajes con hombreras, pero sin forro ni bolsillos: jersey de ochos, rojo y amarillo, sin cuello ni color;  pantalón de pata ancha, porque está descosido hasta media pierna; gorra con visera rígida y el resto a punto de desintegrarse; zapatos y deportivas, todos, sin excepción, de color gris polvo. Desnudos estaban más vivos. Uno a uno, se metieron en el túnel lavacoches y se abrazaron para darse una buena Duchadera. Ducha grupal en lavacoches de gasolinera, que incluye lavado, secado y también cera.

            El ciclo de lavado se desarrolló con normalidad, entre risas y llantos. Una mezcla de gracias al cielo y maldito el firmamento. Todos callaron en el encerado, normal, y cerraron los ojos. Salieron relucientes. Guapos. Frescos como bebés. Y abrieron sus maletas y sus mochilas y se pusieron ropa limpia, sin planchar pero limpia. Y se peinaron sus cabellos encerados. Luego, juntaron la calderilla para comprarles a los niños un paquete de patatas fritas, pero no les llegaba y se pusieron en marcha. Al desaparecer el último, las luces de la gasolinera parpadearon y se encendieron, inaugurando la Nonoche. Que es una noche sin luna y sin estrellas, sólo frío y oscuridad.

                                  
publicado en Revista Cantárida Nº 376-377 Julio-Agosto 2014
 

miércoles, 23 de julio de 2014

Volver a Matar


Volver a Matar

 

       Hoy he vuelto a Matar, y les he pedido a los vecinos que le cambien el nombre a mi casa. Comprendo que para ellos es algo tradicional, que a este sitio se le llama Matar desde hace ya tanto tiempo que pretender cambiarlo es un atentado contra la cultura. Pero a mí no me gusta. He buscado la genealogía de la palabra Matar y no he encontrado nada bueno. Sólo gritos. No se ajusta a mi carácter, y prefiero que mi casa no tenga ese nombre. Llevo todo el verano insistiendo en el tema: en otoño me voy a trasladar aquí y no quiero vivir en un sitio que se llama Matar. Es incluso de mal gusto. ¿Se supone que en septiembre debo mandar a los chiquillos al colegio, y que les pregunten, y que tengan que decir: Yo vivo en Matar? Parece mentira que esta gente no caiga en la cuenta de la cantidad de combinaciones que se pueden hacer con la palabra Matar. Cuando tengo nostalgia de este sitio, digo: Pienso en Matar. Cuando el transportista me pregunta dónde vamos con tanto bulto, le digo: Vamos a Matar. Y si estoy aquí, estoy en Matar, algo que me horroriza porque parece que ya estoy casi matando. La mala influencia de este nombre ha contaminado mi lenguaje y el de mi familia. Soy buena gente, tengo buena voluntad, si es preciso iré al Ayuntamiento y pediré papeles, meteré cartas por los buzones, hablaré persona a persona con todos los que insisten en seguir llamando a mi casa Matar. A mí y a mi familia nos encantan las gardenias, hemos plantado gardenias, han crecido gardenias, ¿no pueden llamar a este lugar tan hermoso: Campo de Gardenias?
 
Día veintitrés de julio del año dos mil catorce de la era de Dios
 
 

viernes, 27 de junio de 2014

ENTRE LOS ESCOMBROS-La cosecha


Una mano asoma entre los escombros. Los dedos sienten el aire fresco, se estiran, se agitan, y tantean alrededor hasta detenerse en el hocico de un perro. La mano retrocede asustada. Se escucha un silbato poderoso. Luego, voces urgentes que corren en esa dirección.
            El equipo de rescate rodea a la mano. Un bombero le habla como si fuera una oreja sorda y le pregunta a gritos por el estado del cuerpo. La mano se cierra en un puño rabioso y golpea el suelo. Alguien pregunta: podemos hacer algo, qué podemos hacer. La mano se abre, con resignación, y pide un bolígrafo. Un policía le entrega un rotulador, y pone debajo un cuaderno de notas.
            La mano escribe una serie de números, separados por espacios en blanco, con varias letras intercaladas. A continuación, una flecha y otra serie de números. El grupo, cada vez más numeroso, duda de la cordura de la mano y hace un silencio incómodo. Entonces el guía del perro comenta que se trata de cuentas bancarias. Que la última voluntad del moribundo es una transferencia. Todos miran al policía.
            El policía toma las riendas de la situación. Le pide a la mano su nombre y su número de identidad, y la mano los escribe. Luego ordena a los presentes que no se muevan de allí, en calidad de testigos, y deja la escena en suspenso. Camina ligero hasta su coche, habla por la radio, informa, espera, y más tarde escucha con atención las recomendaciones del abogado de su comisaría: saca de la guantera una carpeta, escoge un impreso con el borde negro, y un tampón de tinta, también negra. De regreso, pide a los testigos que firmen de su puño y letra haber presenciado cómo aquella mano, cuyas huellas dactilares procede a tomar ahora, ha manifestado su deseo de hacer aquella transferencia bancaria. Enseña a los presentes, uno a uno, el papel con  los números de cuenta escritos por la mano, y todos asienten con la cabeza. Aunque sólo se necesitan dos testigos, se forma una cola de veinte personas.
Es difícil presenciar esta escena sin echarse a llorar. Casi todos lo hacen, unos  mientras esperan, otros al estampar su firma, o al marcharse cabizbajos de la zona. Yo me contengo por oficio, para seguir escribiendo, y me digo que la muerte forma parte de la vida, vana paradoja que no consuela a nadie.
Cuando firma el último testigo, hay en este lugar demasiada muerte y huele a soledad. El perro de salvamento está nervioso, tira con fuerza en otra dirección. El guía lleva un rato sujetándolo, para no faltar al respeto. Se ponen en marcha. El equipo de rescate se aleja veloz, sin dar voces.
El policía se queda hablando con la mano, que una vez cumplido su deber comienza a rendirse. Le gustaría tocarla, estrecharla, pero no se atreve; en cambio le dice que tenga valor, que tenga coraje, que tenga fe, templanza hasta el final, amigo mío.
El policía y la mano pasan juntos minutos dolorosos. Las palabras son apenas un sonido que acompaña. Voz humana.
Con gran esfuerzo, la mano pide de nuevo el cuaderno. Escribe el nombre de su mujer y, a continuación, letra a letra, temblando, el de sus cinco hijos, pero no llega a completar el último, tal vez Cristina, que se queda en Crist, como una invocación, una plegaria.
            La mano ya no tiene fuerzas para sostener el rotulador y lo deja caer al suelo.
El policía lo recoge. Luego masculla un lamento, y estrecha con firmeza la mano.
Se despiden con un apretón.
El policía se aleja unos pasos y guarda silencio.
Un instante después, la mano tiembla, cae de lado, y queda abierta hacia el cielo, como un cuenco pidiendo lluvia.
 

 

martes, 24 de junio de 2014

PRESAGIOS


            Notaba el paso de los años por la obediencia de sus gestos. Los días habían pulido  sus aristas hasta domesticarlo y acoplarlo a la realidad. Cada movimiento cuadraba consigo mismo como el fondo y la forma en un poema perfecto. Se rascaba una ceja, se ajustaba el cinturón, se peinaba los rizos del pelo con los dedos, se sentaba en el sillón y estiraba las piernas, y todo parecía exacto a como debía ser. ¿Puedo rascarme mejor una ceja? ¿Existe un modo más correcto de ajustarse el cinturón? ¿Hay algún peine que supere a los dedos para el pelo rizado? ¿Quién sería capaz de sentarse en mi sillón y estirar mis piernas  como lo hago yo? Estaba orgulloso de sí mismo. Convencido de que cualquier otro en su lugar lo hubiera hecho muchísimo peor.

            No era una persona fácil, lo había tenido muy duro. De niño había sufrido acoso de los adultos por negarse a evolucionar. No veía ventaja alguna en abandonar la infancia alucinante, las explicaciones mágicas, las aventuras oceánicas en la bañera, la intimidad con tus juguetes, la certeza de que si saltas al vacío te crecen alas… Y, sobre todas las cosas, su enfrentamiento surgía de una pregunta constante y atenazadora: ¿por qué tengo que ser yo mismo? Su madre se desesperaba cuando le veía cambiarse la cuchara de mano aun sabiendo que con la otra derramaría la sopa, sólo porque odiaba las repeticiones, los afianzamientos. Si tenía que escoger entre moras silvestres negras, rojas o verdes, pocas veces escogía las negras, por evidentes, o las verdes, por insuficientes, siempre eran las rojas, dada su indeterminación, su estar a medio camino pero siempre en un punto diferente y sorpresivo. Po eso no abandonó la infancia hasta que lo hizo su cuerpo, hasta que creció lo suficiente para que el suelo quedara allá abajo, demasiado lejos para dejarse caer en él, y sin posibilidades de goma que te permitan rebotar. Un acatamiento por supervivencia física. Pero su pensamiento permaneció a resguardo, agazapado, sin renunciar en absoluto a todo lo que había descubierto por no rendirse voluntariamente. Le ganaron porque eran más y más grandes, no porque tuvieran la razón. Como todo niño que se precie, juró que jamás se convertiría en un adulto. Fuera lo que fuera, no quería Llegar a Ser.

            Pero el destino ineludible de ser él mismo, no se eludía eludiéndolo sin más; aunque la pubertad y la juventud son el gerundio por excelencia, el reino de Hacer. No le quedó otra alternativa biológica que ponerse en movimiento. Fueron los años de la iniciación al sexo, el alcohol, las drogas, los coches, los accidentes, las resacas, los arrepentimientos, y la certeza de estar echando su vida a perder. Exceso de sensaciones. Desbordamiento. En esa edad piensas tanto que no piensas nada, sólo gastas ropa y procuras darle a la selección natural una oportunidad para aniquilarte. Si sobrevives, no has ganado tú, dejas a tu espalda tu cadáver. En teoría, es el Paraíso para alguien que no quiere ser él mismo. Para él, fue una oportunidad de no definirse. Y lo hizo a conciencia. Podemos localizar el fin de su juventud una tarde de agosto, en la penumbra, desnudo ante el espejo, con un rayo de sol escaneando su cuerpo: los brazos extendidos, las manos abiertas, los hombros encogidos,  preguntando: ¿Y tú quién eres?

            Fue algo parecido a la Felicidad. Logró entrar en la adultez desconociéndose por completo a sí mismo. Algo elevado, trascendente. Tan joven y ya había llegado a la meta. Por desgracia, la realidad está aquí para jodernos la vida, y un día fue a renovar el carnet de conducir, se sacó las fotos de rigor y no se parecía a sí mismo. El fotógrafo tardó una eternidad en encontrar su retrato, y lo hizo por pura eliminación, descartando el cincuenta por cien de mujeres, luego los rubios, los de nariz prominente, orejas de soplillo o labios abultados. Él era normal, corriente, anodino, sin nada que lo diferenciara del común denominador de rasgos físicos de la zona. Aceptaron que era él por la ropa, ni un primo lejano se le parecería menos. Repitieron las fotos, con idéntico resultado. Al llegar a casa, extendió sobre la cama todos sus documentos y, siendo suyos, parecían falsificados. Como la colección de carnets de un espía tonto que no cambia de nombre. Entonces comenzó el drama. Los presagios. El miedo cerval a la disolución. A la inexistencia. La enajenación.

            De ese modo, al borde de la pérdida, asumió que tenía que ser él mismo. Comenzar a definirse, a identificarse. Y a repetir y a repetir cada gesto reconocido como propio hasta conseguir un individuo sólido. Bien pensado, la vida es más cómoda replicando lo que sabes que funciona, aunque falte el riesgo, y el doble beneficio que con frecuencia emana de un error, pero eso son cosas de críos, se decía… Hablaba solo, con frecuencia, desde que había madurado. Ya se estaba haciendo viejo. Su mirada era opaca. Uno de sus ojos estaba triste, como aburrido; el otro desdeñoso. Porque hay en el equilibrio, como en la sabiduría, algo de muerte y rendición.
                                                                          publicado en Revista Cantárida
 

martes, 20 de mayo de 2014

SEBASTIÁN EN EL TIEMPO

           
             Algunas personas lo tienen difícil desde el principio.
            Cuando Sebastián era un niño pequeño y le llamaban Sebín, por lo gordo que estaba, se lanzaba contra las paredes convencido de que podía atravesar la materia. El golpe era siempre brutal, perdía el conocimiento, y al recuperarlo afirmaba haber estado en el Otro Lado. Se consideraba invulnerable, su voluntad era más fuerte que la realidad, su inteligencia estaba más allá de la lógica, nunca se rendía a la evidencia. Una fractura de cráneo a los ocho años dio por concluida su infancia exacerbada. Tener que aceptar la solidez de la materia fue su primer trauma, la primera depresión que lo dejó en los huesos.
            A los catorce años Sebastián era delgado como la aguja del minutero. Vivía enfrentado con el tiempo de un modo salvaje. Vestía de negro y sus pensamientos eran siniestros hasta el escarnio. Haber perdido la batalla con la materia no le había enseñado nada, salvo a tener mal perder, a ser feroz e insensato. Su rebelión era visceral, incontrolada. Se negaba a consentir los hechos de forma consecutiva. Siempre que pensaba en continuar adelante con una acción se atascaba, se quedaba paralizado como si de pronto comprendiera la falta de interés que tienen los acontecimientos cuando se suceden los unos detrás de los otros. Odiaba la sincronía, y en cuanto detectaba un patrón, una secuencia, se lanzaba con desesperación a romperla con excentricidades. Sólo le servía lo imprevisible. Cada segundo desafiaba al segundo siguiente, le retaba a ser cualquier cosa con tal de no ser lo esperado. Algo agotador. Intenso hasta la implosión. Los propios intestinos suplicaban  abandonar el cuerpo de Sebastián. Una semana antes de su dieciséis cumpleaños sufrió el primer colapso. Dejó de vivir, sin más: pesaba cuarenta kilos.
            Estuvo muerto setenta y dos horas. Luego volvió a la vida del mismo modo inexplicable que se había ido. Los médicos detectaron entonces una peculiaridad difícil de comprender, o de aceptar. Sebastián era un laboratorio químico autónomo. Su cuerpo era capaz de sintetizar un sinnúmero de sustancias por voluntad propia, ajeno a lo exterior, por deseo, no por necesidad. Todo un privilegio para cualquier humano, pero una gran desgracia para una mente tan caótica y obcecada en nadar contra corriente. El tiempo es un concepto y cualquier desafío no conceptual está destinado al fracaso.  Sebastián lo comprendió, se estabilizó, engordó, y durante varios años vivió una tregua prometedora. Se acostumbró a la rutina de los días y las noches. Al paso de las estaciones. A inyectarse desde su propio interior el producto químico concreto que necesitaba para estar equilibrado. A los veinte años todo el mundo lo confundía con una persona normal. 
          Pero la vida cotidiana del héroe le usurpa la gloria, y Sebastián no se rendía a ser humillado por la materia y después por el tiempo, de modo que mezcló en un revoltijo todas sus perturbaciones y se enfrentó a pecho descubierto contra el espacio. De alguna manera ordenó a su cuerpo que no fabricara substancias químicas para protegerlo. Ser yonqui de sí mismo lo debilitaba, lo mantenía en un plácido aturdimiento, en una cobardía vital. Tenía un sino, y a todo le añadía un sin embargo.
            Yo fui su noveno psiquiatra. Llegó a mis manos con veintisiete años y completamente destrozado. Pesaba cincuenta kilos escasos. Se entretenía dejando de respirar en mi presencia, llegando al desmayo. Casi nunca sabía dónde se encontraba, describía paisajes espeluznantes, sostenía que viajaba con facilidad entre las diferentes dimensiones de la realidad. En su cabeza sólo quedaba de la razón una sombra indigente,  un algo desgarrado y lleno de niebla. Un torpe balbuceo. Me costó meses llegar hasta él, y si me permitió la entrada fue porque se encontraba solo, necesitaba un amigo. Con el corazón en la mano, le puse delante dos pastillas diarias y un somnífero de impacto para ir a la cama. Poco a poco logró coordinarse con el tiempo y dejar de viajar por el espacio. “Tiene que haber una vida para mí”, me dijo en una sesión, “me conformaría con poca cosa”. Ese día lloramos con ganas.
            Sebastián lleva ya tres años trabajando como jardinero y ayudante de mantenimiento en este psiquiátrico, del que nunca sale. No toma medicación, salvo la que se proporciona desde dentro y cuya fórmula es personal e intransferible. Está tan escandalosamente cuerdo, y tiene tanta capacidad para no estarlo, que con frecuencia le pido consejo para acceder a algún paciente cuya perturbación no alcanzo a comprender hasta que él me la explica.  A fin de cuentas, ha sido explorador de la mente, estuvo perdido, venció y fue derrotado, pero vive para contralo. Ayer mismo me comentó que todavía conserva el don de la adivinación. Tuvo que desarrollarlo para encontrar el camino de regreso. Por demencial que fuera el estado en que se encontraba, buscaba entenderlo, poder describirlo, encerrarlo en palabras. Escribía estas palabras en su cabeza, las recordaba, las pulía como poemas y la evocaba como ensalmos. Logró saber siempre lo que sucedería mañana. Se volvió muy diestro en las predicciones, que le ocupaban todo el día. Al principio se equivocaba con frecuencia, acertaba por casualidad, por suerte y por simple chiripa, y sufría pensando que el tiempo que había dedicado a formular una previsión no cumplida era tiempo baldío, perdido. Por simple perfeccionismo, para obtener mejores resultados, comenzó a ajustar sus actos a sus predicciones hasta obtener un cien por cien de aciertos. Ahora vive anticipándose a sí mismo. Sólo es libre de diseñar futuros posibles, realizables, ajustados como una cadena a su persona. Igual que cualquiera de nosotros. 
                                                                       publicado en Revista Cantárida 

 

miércoles, 14 de mayo de 2014

JORNADAS SOBRE GESTIÓN FORESTAL en Cabezón de la Sal

Jornadas sobre Gestión Forestal, organizadas por la Revista Cantárida y el Centro de Estudios Rurales de la Universidad de Cantabria en Cabezón de la Sal. 

  En esta ocasión intervendrá Emilio Carrera, de la Revista Cantárida y Ecologistas en Acción, que hablará sobre "Las funciones del bosque y  criterios para su gestión sostenible". La conferencia, a la que seguirá un coloquio con el público asistente,  tendrá lugar este viernes 16 de Mayo, a las 12,30 del mediodía, en el Centro de Estudios Rurales, sito en el barrio de La Pesa de Cabezón de la Sal.

 

    Convocatoria dirigida al público en general; a investigadores y especialistas en las áreas rurales, asociaciones ecologistas y en defensa del medio ambiente, a estudiantes universitarios de Geografía y Economía; a los alumnos de Bachillerato y Formación Profesional de la comarca; a ganaderos, sindicatos, propietarios y empresarios forestales; ya responsables institucionales o miembros de las Corporaciones y Juntas Vecinales de la comarca Saja-Nansa.

  

Las funciones del Bosque y criterios para su gestión sostenible

(Emilio Carrera. Ecologistas en Acción y Revista Cantárida).

Viernes 16 de Mayo de 2004. En el Centro de Estudios Rurales de la Universidad de Cantabria en Cabezón de la Sal.

   Se aborda, en primer lugar, la necesidad de analizar el significado de los conceptos básicos relacionados con el tema para poder establecer los instrumentos de gestión sostenible de los recursos forestales con una visión integral, transversal y multidisciplinar que permita, simultáneamente, tratamientos diferenciados en función de los ámbitos concretos, de los ecosistemas y especies afectados, y de los intereses de las comunidades rurales y la compatibilidad entre las políticas económicas, sociales y ambientales.

   Estas aclaraciones conceptuales pretenden despejar las frecuentes confusiones o indefiniciones que rodean los términos de montes,  bosques, monocultivos arbóreos,  sotobosque, vegetación natural, bosques protectores, estructuras de mosaico, bocage o paisajes de cercas,  estratos de vegetación, roquedos, sistemas dunares, vegetación marismeña, ecotonos, rodales, formaciones de ribera y bosques de galería, orlas forestales, vegetación relicta, pastizales…., entre otros, incluida la atención que se debería prestar, también, aunque no sean el objetivo concreto de estas Jornadas, a los problemas de la reforestación interna de las tramas urbanas y sus periferias inmediatas, y el diseño de sus zonas verdes o áreas ajardinadas.

    En segundo lugar, se trata de precisar las funciones que el bosque debe desempeñar y las interacciones o compatibilidades entre las funciones ambientales, las recreativas o culturales y las productivas para garantizar su conservación y renovación, mantener o aumentar las superficies forestales, reforzar la calidad de sus valores ecológicos y paisajísticos, potenciar los usos y conductas sociales relacionadas con la investigación, la lucha contra el cambio climático, y la educación ambiental con sus posibilidades didácticas,  y rentabilizar los recursos turísticos, agroganaderos  y madereros con técnicas y planteamientos que eviten los impactos,  desarrollen sistemas de explotación y aprovechamiento, manuales, blandos o extensivos, y contribuyan, entre otros fines, a la prevención de riesgos en materia de incendios, inundaciones, erosión, pérdida de fertilidad,  degradación de los paisajes…, y a dinamizar las economías rurales.

        Y en tercer lugar,  se analiza una serie de propuestas de gestión de los recursos forestales donde se combinarán las posibles medidas  jurídico-políticas – la PAC, las leyes estatales, sectoriales o autonómicas del Suelo, Montes, Aguas, Costas…, el PROT, los PORN, los PORF, las Ordenanzas Forestales, las Certificaciones Forestales…., impulsadas o protagonizadas por las distintas Administraciones – Unión Europea, Gobierno Central y Autonomías, Confederaciones Hidrográficas, Ministerios y Consejerías, Ayuntamientos, Juntas Vecinales…–,  la participación pública y social de las poblaciones afectadas o de las organizaciones y entidades implicadas o interesadas,  la generalización de prácticas económicas y productivas que tengan que ver con la diversificación, la transformación, la naturaleza y el funcionamiento de los mercados, los vínculos entre la oferta y la demanda o el reparto de  beneficios, las compensaciones o los regímenes de ayudas y subvenciones a las repoblaciones, la creación de un Banco de Crédito Forestal par las especies autóctonas,  el tratamiento  específico de los espacios protegidos, la posible resolución de los conflictos sobre la titularidad de fincas o roturaciones de montes o el futuro de los Montes de Utilidad Pública y la propiedad comunal, la reforma de las bases de las concentraciones parcelarias….

Por la Revista Cantárida: Maribel Gómez DNI 13910791. Apartado 37.29500-Cabezón de la Sal.Tlf 942-701029  Móvil 699-116741