martes, 30 de diciembre de 2014

REGRESO DE LA MEMORIA


 
           Es lamentable que nosotros, campesinos amantes de la tierra, forzados por las adversas circunstancias, hayamos terminado esperando con ilusión la llegada de la sequía. Aunque nuestras cosechas, lo poco que podemos sacar de los exiguos terrenos donados por el gobierno, se marchiten bajo el sol ardiente, esperando una lluvia que no llega, no podemos evitar alegrarnos. Y cuanto más pertinaz es la sequía más aumenta nuestro gozo. Si no llueve  no hay arroyos, los ríos bajan lamiendo las piedras y dejándose la sustancia en el camino, la humedad desaparece del ambiente y, entonces, el pantano comienza a retroceder. Cuando esto sucede, nos trasladamos a la orilla y allí ponemos nuestras tiendas de campaña, preparamos la fiesta y nos sentamos a esperar.

            El pantano suele retroceder muy deprisa. La alarma provocada por la sequía hace que la gente, allá lejos, en la ciudad donde viven nuestros hijos, sienta un apetito voraz de agua y los efectos en el pantano se dejan sentir de inmediato. Una mañana, de pronto, alguien avista la punta del pararrayos surgiendo de entre las aguas y ésa es la señal para el inicio del festejo. Se sirven bebidas, se prepara comida y la gente va sacando de los baúles sus mejores galas. Todavía pasarán varios días hasta que logremos ver el campanario de nuestra iglesia, tal vez dos o tres semanas hasta que podamos caminar de nuevo por nuestro pueblo, pero tenemos paciencia porque es una oportunidad que quizá no se repita en una década. Somos viejos y para muchos puede ser la última vez.

            Merece la pena esperar porque al bajar las aguas la vida vuelve a tener sentido. Los caminos absurdos que ahora terminan ahogados en el pantano recuperan de repente su utilidad, nos conducen en direcciones posibles, vivas, y recobran sus nombres propios sin que los preceda el título "antiguo camino de..." Muchos preferirían que se arrancaran de cuajo las piedras y el asfalto, que el pueblo se demoliera para ayudar al olvido, y así no pasarían tanta vergüenza. Pero todo vuelve a resurgir, aunque lleno de barro, recordándonos que ese cieno sepulta  nuestro miedo, el valor que no tuvimos para enfrentarnos al gobierno, y también funciona como una metáfora de la podredumbre que generan las decisiones de los gobernantes sobre sus débiles súbditos, que no tiene otro remedio que acatar sus órdenes. Y cuando el cieno se seca, viene el polvo, y el polvo siempre te arrastra hacia el pasado.

            Si la sequía es determinante, al fin podemos caminar en dirección al pueblo y solazarnos en la memoria. La iglesia, las casas, las cercas de piedra, algunos aperos de labranza, todo está allí como lo dejamos. Sin embargo el agua no es como el viento, que borra las cosas ráfaga a ráfaga y atrapa en sus remolinos las voces y puede convertir un pueblo deshabitado en un pueblo de fantasmas. El agua el lenta y silenciosa, sepulta los objetos en tu ausencia, no eres un pez para presenciarlo, y cuando te vuelves a encontrar con tu pueblo te niegas a reconocerlo. Si evoca recuerdos es porque los llevas encima, porque su poder de evocación es casi nulo. No quiero decir que la presencia física del pueblo no suscite la aparición de pasajes de la memoria que no recuperaríamos si el pueblo hubiera desaparecido, no, no es eso, ocurre que todo está teñido del color del lodo y hay que arañar ese lodo para llegar a la substancia de cada lugar. Eso requiere bastante esfuerzo, no físico, ya que no limpiamos el pueblo, sino esfuerzo mental. Tan duro como desenterrar personas. Por eso cada vez que el pueblo emerge de las aguas es mayor la sensación de estar presenciando un pasado amortajado e inasequible. Una batalla perdida. Somos de aire, el agua nos echó de nuestras tierras.

            Supongo que hubiéramos preferido un pueblo en ruinas y que el tiempo y las lagartijas lo borraran ante nuestros propios ojos. Pero nuestro pueblo se mantiene en conserva, como dormido, y es insólito que pueda sobrevivir a nuestra memoria. Se puede cimentar una leyenda en base a un pueblo desaparecido, porque son necesarias las contradicciones y los diferentes puntos de vista de los que forjan ese mito, pero no se puede hacer nada cuando la leyenda sale de las aguas para llamarte mentiroso. No puedes ni desvirtuar los recuerdos a tu antojo, así nadie se atreve a contar nada, espera a que sus oyentes puedan verlo con sus propios ojos, y de esta forma todo se olvida y el pueblo se muere mucho más rápido que si se lo hubiera tragado la tierra. De ahí nuestro rencor y nuestra furia.

            Los pantanos son falsos y dañan el alma. A nosotros éste nos arruinó la vida. Nos robó nuestras casas, nuestros campos, nuestra iglesia, el paisaje de la infancia, los árboles de los enamorados, las tumbas de nuestros muertos… Por eso, el último día de la fiesta, cuando vuelve la lluvia y las aguas comienzan a subir de nuevo, sacamos los palos. Nos reunimos todos en la plaza y, después de la bendición del cura, nos liamos a garrotazos los unos con los otros. Sin ley y con saña, como merecemos, hasta que ninguno queda en pie.  Hay mucha sangre, huesos rotos, y algún herido grave que morirá en el invierno. Uno menos, decimos. Cuanto antes acabemos, mejor.

 
publicado en Revista Cantárida
 

miércoles, 17 de diciembre de 2014

FRISONAS EN EL JARDÍN-La cosecha

 

Mientras echaba la siesta en el jardín, un petirrojo vino a beber al cenicero y murió nicotinizado. Estaba tieso junto al paquete de tabaco, tenía una pata levantada, como si estuviera pidiendo un último cigarrillo. Fui a enterrarlo en la jardinera grande, la que tengo junto al muro, pero me dio mucho asco porque estaba llena de babosas todavía vivas que se retorcían entre los granos azules del veneno de los caracoles. Entonces vi una topera reciente, ensanché la boca con la mano, enterré al petirrojo, y de paso le cambié la pila gastada al ahuyentador ultrasónico de topos. En lo alto de la loma se escuchó un cencerro ancestral: tolón. Luego otros tres tolones, perfectamente sincronizados. Eran las cuatro de la tarde.

A eso de las seis, cuando estaba fumigando el jardín con veneno selectivo de hoja ancha, llegaron a la puerta de mi casa las frisonas. Aparcaron a lo largo de la cerca, en doble fila. Esperé los cinco minutos acordados, para ver si se estaban quietas, y luego les abrí la cancela. Entraron primero las de una fila y detrás las de la otra, con medio metro exacto de separación entre ellas. Recorrieron juntas el perímetro del jardín y luego se quedaron dos vacas en cada punto cardinal. Estuvieron de perfil un rato, marcando postura, y a continuación se pusieron todas a la vez mirando hacia la casa. Quedaban perfectas: una rosa de los vientos al estilo rural. Como aquello sólo era un ensayo, transcurridos un par de minutos levanté el brazo y lo hice girar en el aire. Claudio me estaba vigilando desde la loma con los prismáticos, recibió la señal, emitió la orden con el aparato y las vacas se reagruparon al instante. Luego abandonaron la propiedad, ordenadamente. Llegaron al borde de la carretera, esperaron delante del paso de cebra y, cuando los coches dejaron un hueco, cruzaron con rapidez, empujándose unas a otras como colegialas. Sonreí. Me parecieron graciosas, hermosas… ¡el futuro!

  Estoy encantado, ya se lo he dicho a Claudio. La boda de mi hija Rosa merece lo mejor, y de todo lo contratado por un dineral que no puedo ni declarar lo suyo con las frisonas es lo que voy a pagar más a gusto. Va a ser la sensación de la fiesta: vacas radio controladas. Y de paso le daré en los morros a Agustín por llamarme palurdo caótico. Todavía va diciendo por ahí que mi hija pescó a su hijo, y fastidiando con eso de que su almacén de construcción le da cien mil vueltas a mi granja. Es un chulo miserable, en plena crisis no vende un saco de cemento pero no falta al vermut de los domingos. Quiero que vea, que compruebe de cerca, lo que es la tecnología aplicada a la vaca. ¡Aplicada, albañil! Ese tipo se piensa que todavía vamos por ahí interrumpiendo el tráfico con nuestro ganado. Él tiene cuatro ordenadores en la oficina de su almacenucho y cree que nosotros no hemos modernizado a nuestros animales. Tenemos las vacas monitorizadas, las manejamos a distancia. Hacen lo que queremos, como queremos, cuando queremos, todo inalámbrico, onda corta, GPS. Pero si ahora están cambiando las campanas de la iglesia y mientras duran los arreglos hasta el cura le ha confiado la señal horaria a Claudio. Tres meses ya y ni un solo fallo. Un reloj con toques de cencerro. En fin.

Cuando pienso que mi Rosa se va a casar con el hijo de ese depredador... Yo soy Peatón Costas, el alcalde, yo he cambiado Cifuentes y tengo ganadería puntera, y él no es más que vendedor de arena y cemento. Por culpa de la avaricia de tipos como ése, esta región está sembrada de chalés. Casitas de juguete que quieren imitar lo tradicional pero en realidad nos insultan a todos. Sobra hormigón y faltan frisonas. El futuro está en la vaca. Para vivir en esta tierra hay que tener estiércol en el alma. Dios, se me enciende la sangre: voy a perder a mi Rosa... Debo pensar en otra cosa. Debo centrarme.

Hay halcones en el aire, y también he visto un gavilán y un aguilucho, creo que son demasiados pajarracos encima de la boda. La niña quiere decir el Sí y que lancemos a su espalda brazadas de palomas. Un capricho que dice mucho de su clase. Yo hubiera lanzado gallinas albinas, de las que cría Fulgencio, pero la que se casa es ella. Si quiere palomas blancas las tendrá, y podrán volar sin ser molestadas. Menos mal que ayer compré munición para la escopeta. Hay que limpiar el cielo.


 
en La cosecha, pag. 69
 

jueves, 11 de diciembre de 2014

MODUS OPERANDI en Espacio Luke


 
            Mi ensalada lleva rúcula, espárragos y pasas de Corinto. No es nada excepcional, pero utilizo como aliño una porción de queso de cabra diluido en vinagre de Módena y así el plato adquiere una potencia sorpresa. Será difícil ganar el concurso, he visto a mi vecino manejar aguacates como un malabarista, aunque espero llamar la atención y que se hable de mi plato. Hablar es lo único que importa, pasar las estrechas vacaciones comunicándose con personas sensibles e inteligentes que saben sacarle el jugo a la vida. Los que sabemos, por ejemplo, que este domingo las fiestas patronales atraerán demasiada gente a la isla y conviene buscarse una actividad privada lejos del bullicio. Un grupo de apartamentos como éste, con aire acondicionado que funciona y piscina de dos cuerpos, es el lugar ideal para disfrutar de esos placeres sencillos, siempre que no venga un imbécil a fastidiarlo.  

            Es la una y cuarto, quince familias llevamos media mañana preparando nuestras ensaladas de exhibición y el energúmeno del apartamento Siete sigue tirado en su tumbona roncando a pierna suelta. Lo de este tipo es increíble, llegó casi al amanecer, cantando como un coyote, tuvo un bronca con su mujer, que estaba en la cama, lo echó a la calle, y ahí se tiró a dormir la mona. Ella se marchó a primera hora y no se molestó ni en mirarle. No es que se avergüence, es de su misma catadura, pero al menos no le enseñó el dedo medio y le dijo palabra por palabra, vocalizando, Que te den mucho por el culo, como lleva diciendo desde hace ya nueve días. Son gente ordinaria, insufrible. Hay muchas quejas. El responsable de la agencias de viajes tendrá que dar algunas explicaciones.

            Desde que llegaron ya se veía que iban a causar problemas. Estaban demasiado gordos, vestían demasiado hortera, hablaban demasiado alto, hacían demasiados gestos, decían demasiados tacos,  y todo el rato se estaban atacando, como dos incultos que se han creído lo de la lucha de sexos.  En un solo día ya tenían cosas suyas tiradas por todas partes. Se hicieron los dueños de la piscina a base de mala educación. Ella se lanzaba siempre a lo bomba, se le salían las tetas del paracaídas que lleva como sujetador,  y se las guardaba diciendo Que no mire nadie. Él nadaba a lo tarzán, antes de que Tarzán aprendiera a nadar, desalojando agua de la piscina, con un braceo enérgico y un pataleo desesperado totalmente ineficaces ya que no avanzaba nada. Viéndolos, daba lástima de las focas en cautividad. Al día siguiente a su llegada, la mayoría nos fuimos a leer a la playa. Y al siguiente, a primera hora, se presentaron las primeras quejas en recepción. La respuesta llegó a las diez de la mañana, cuando el Director les llamó al orden en su apartamento, del que salió una voz: Mis cojones y otra: Que les den por culo a esos estirados de mierda. A continuación, él salió y comenzó a caminar con energía alrededor de la piscina. Llevaba una mirada feroz, asesina, que recorría terrazas y balcones como buscando alguna actitud crítica que le permitiera desplegar y justificar cualquier tipo de acto violento. Con los puños cerrados. Los dientes apretados. Como nadie se atrevió a salir, regresó a su apartamento, abrió todas las ventanas que daban a la piscina y puso la música a tope. Era una música digna de Guantánamo, tan estridente y brutal, tan a mala idea, y tan descoordinada en su selección, que los oídos eran sometidos a un continuo sobresalto sonoro que dañaba hasta la conciencia. A mediodía, ella apagó la música y él se fue. Volvió a las dos, con dos pollos asados, y se comió uno sentado junto a la piscina, con las manos, directamente de la bandeja y tirándole los huesos a ella, que se zampaba en la cocina el otro pollo y le lanzaba por la ventana los huesos a él, como trogloditas enamorados.

            El caso es que sus ronquidos nos están fastidiando el concurso de ensaladas, y su mujer no regresa, y tal vez no lo haga, cerca de la playa hay hamburgueserías cada veinte metros y puede quedar varada en la arena hasta el atardecer. Hace un sol de venganza, nuestras creaciones culinarias descansan ahora en las neveras y algunos hacemos un conclave para decidir sobre el gordo de la tumbona. Apenas nos reunimos y el tipo deja de roncar. Comienza un cabeceo al principio acelerado pero poco a poco más lento, como si luchara por despertarse y al final desistiera. Tiene un color rojo intenso, como el paquete de tabaco arrugado que yace a sus pies. A la hora del almuerzo, reina una calma paradisíaca y se escuchan de nuevo en los apartamentos risas de niños, risitas de enamorados y comedidas carcajadas de amigotes. De vez en cuando, uno que otro todos miramos hacia la tumbona y con gestos nos vamos indicando el grado de cangreja que está pillando el animal dormido. Y sucede, sí señor.

            A las tres en punto soy proclamado ganador del concurso de ensaladas. No hay duda de que el sabor se ha impuesto a la presentación. Nos sacamos una foto de grupo, sonrientes, rodeados de nuestros platos artísticos y deliciosos. Alguien observa que el gordo ha pasado de rojo paquete de tabaco a rojo cereza madura. A las cuatro ya está un poco morado. A las cinco cruza por allí el recepcionista, lo zarandea, y corre a llamar a una ambulancia. Hay unos minutos de desconcierto, y tal, pero yo no puedo permitir que un gordo a la plancha se lleve el protagonismo e informo al personal de que tengo enfriando dos botellas de champán para celebrar mi éxito. Es curioso, todos tienen dos botellas a enfriar. Somos unos optimistas.

 
                                                            publicado en Espacio Luke

viernes, 5 de diciembre de 2014

EL LADRILLAZO-La cosecha


             Benito caminaba por la alameda con las manos embutidas en las mangas de la camisa. Su paso era resuelto, vivaz, y la expresión de su cara hablaba de una ilusión, una esperanza, tal vez una cita. De pronto, se escuchó un siseo que se convirtió en ladrillo y le acertó de lleno en la cabeza.

            Benito cayó al suelo, se llevó las manos a la cabeza y entre los dedos comenzó a salir la sangre a borbotones. Varias personas corrieron hacia él, pero se detuvieron a su lado sin decidirse a actuar. Se cruzaron algunos comentarios y exclamaciones de horror. Una mujer palideció y estuvo a punto de desmayarse. La sangre comenzó a formar un charco de considerables dimensiones. Ahora, todas las miradas se dirigieron hacia el ladrillo.

             ¿Quién ha sido?, pregunté yo, que iba impecablemente vestido, con una bolsa de deporte que no encajaba para nada con mi estilo.

             ¿Quién ha sido?, repetí, y la pregunta corrió de boca en boca y docenas de ojos otearon la alameda infructuosamente. No había nadie a la vista que demostrara con su actitud ser el culpable. Era evidente que el responsable había abandonado la escena. Sin embargo, toda la gente de la alameda estaba ahora rodeando a Benito, inmóvil en el suelo, y los murmullos dijeron que no se había visto a nadie alejándose de la zona, ni corriendo... Además, un simple vistazo al ladrillo dejaba claro que no pertenecía a los elementos constitutivos de la alameda. Tampoco había obras o reparaciones a la vista, luego el agresor lo había traído de otro lugar y, probablemente, con la intención de convertirlo en arma arrojadiza. Hubo un entornamiento general en las miradas, recelo, escrutinio avieso, y cada cual intentó imprimir en su cara los signos de la inocencia mientras buscaba en los de los demás los de la culpabilidad.

            ¿Quién ha sido?, volví a preguntar, y en esta ocasión mis palabras iban dirigidas a los presentes. Todos comprendieron que el culpable era uno de ellos. Nadie se atrevía a moverse, no fuera que los demás interpretaran sus movimientos como el inicio de una huida. Se hizo un silencio apropiado y, durante unos instantes, por el mero hecho de ser sospechosos todos parecieron compartir la culpa.

            ¿Qué pasa, mamá?, preguntó una niña tirándole de la falda a una mujer obesa que no apartaba la mirada del creciente charco de sangre y olisqueaba el aire como si intentara acordarse de algo.

            ¿Habrá que llamar a una ambulancia, no?, dijo un joven. Y a la policía, añadió una mujer.

            Yo me agaché, separé la mano ensangrentada de la cabeza de Benito, le tomé el pulso y solté inmediatamente la mano, que golpeó contra el suelo y dejó caer un medallón con una C pequeña encerrada en un círculo.

             Está muerto, dije.

            Como si acabara de mencionar el sida, la gente se dispersó en todas direcciones sin preocuparse de volver la vista atrás. En menos de dos minutos la escena quedó desierta.

             Sólo yo permanecí junto al cadáver, como si meditara petrificado. Luego, me sacudí un polvo invisible de encima de los hombros, dejé la bolsa de deporte en el suelo, la abrí y saqué una toalla blanca. Giré la cabeza en todas direcciones y, cuando me aseguré de que nadie observaba mis actos, golpeé suavemente el cuerpo de Benito con el dorso del zapato y le tiré la toalla encima.

            —¿Cuántas veces más tendremos que repetirlo para que lo comprendas, hijo?

            Benito me miró con ojos apagados. Pero no dijo nada. Sollozaba su última rabieta abrazado al ladrillo de cartón.

 
                                               de La cosecha, pag. 149

viernes, 28 de noviembre de 2014

CEBO DE ANTOJO en Photowriting de Paula Arbide


    Estaba harto de oír la misma historia. Sus padres eran unos románticos empalagosos y a la menor oportunidad le daban alas al amor contando con detalle los preámbulos de su nacimiento.  En su primera cita habían ido a ver “En el estanque dorado” porque a Ella le gustaba Henry Fonda, y a la salida del cine, para impresionarla, Él le dijo que pescaba, que luego soltaba a los peces y que conocía uno tan viejo como la mítica trucha Walter que aparecía en la película. No es verdad, le dijo ella, picando el anzuelo, y al día siguiente estaban los dos apretados en una barca en mitad del pantano. Cebaron el agua con pan untado en mantequilla y Él lanzó el sedal sólo con la cucharilla reluciente. Minutos después apareció un lucio de medio metro que con su boca de pato se merendó el pan y luego jugó con la cucharilla como si supiera que no corría peligro. Y entonces se acercó hasta la barca, le contaba su madre, y pudimos tocar su lomo y ver la marca que tenía en la cabeza, y después naciste tú y, como tenías en la pierna un antojo igualito, te pusimos de nombre Lucio. A él esta historia le parecía un cuento, y el amor una horterada.

     Lucio cumplió diecinueve años hace dos meses. Hace uno se enamoró como un tonto de un compañero de su clase, que le corresponde como un bobo, y se cogen de la mano y se besan como idiotas, hasta marearse. No se lo creen ni ellos, y quieren comprometerse. Por eso han ido este hermoso atardecer al pantano, Lucio ha lanzado el sedal sólo con la cucharilla y se ha remangado el pantalón corto para utilizar como cebo su antojo. Y espera que acuda el pez a certificar su amor. Y su novio, sentado en la orilla, está mirando en internet y dice que un lucio puede medir hasta un metro ochenta y vivir más de treinta años. Luego es posible.

 

martes, 25 de noviembre de 2014

EL BUSCADOR DE ESPEJOS-La cosecha


Empiezo a estar viejo y tengo vértigo. Mis socios lo saben y cuando cambiamos de obra procuran allanarme el camino, alejan de mí los obstáculos para protegerme y de paso no dar mala imagen ante los clientes. Nadie quiere encima de su tejado un instalador de paneles solares que mira a un vacio de diez metros como si estuviera en lo alto del Himalaya, y menos si ha olvidado sacar el permiso en el ayuntamiento. Tengo vértigo, pero lo extraño es que no me dan miedo las alturas. Dice Quelo, el fontanero del equipo, que quizá no tengo miedo a caer sino ganas de saltar. Espero que no esté en lo cierto, por si acaso me encargo de la parte superior de los paneles, lejos del canalón, como decimos nosotros.

Todo esto comenzó por tener ojos, hará cosa de un año, durante una temporada muy estresante en la que dormía fatal. Demasiados clientes pero mal pagadores, había que estar todo el día detrás de ellos, y encima aguantando sus impertinencias y malas caras, como si la deuda fuera nuestra. Yo tengo mucha labia, sé calar a los listos, casi siempre me tocaba a mí dar la cara ante los morosos. Sólo mido un metro sesenta y soy flaquito, de modo que no les podía cobrar por la fuerza y prácticamente los hipnotizaba. Miraba con intensidad a los ojos de la gente, entraba a través de ellos en su economía y acertaba su saldo mejor que un cajero automático. Me gustaban sobre todo las conversaciones tensas, crudas, en las que flotaba la amenaza de denuncia, pero empleando siempre palabras de seda hasta minarles la moral y lograr que al menos me fueran pagando a plazos. Sin embargo, perdía demasiado tiempo charlando, se me iba lo comido por lo servido, no soy un ejecutivo, y exponerme a la mezquindad de algunos morosos forrados de pasta terminó desequilibrando mi mirada.

Un día cometí el error de analizar a un cliente desde lo alto de un tejado. Nos miraba desde abajo con ojos inquietos y me daba mala espina. No nos va a pagar, le había dicho a Esteban antes de desembalar los paneles y bajarlos de la furgoneta, pero esa misma semana nos llegaba una letra de la lonja nueva y tampoco teníamos otra opción. Así que subimos los tres al tejado y, según estábamos poniendo los anclajes, volví a mirar al tipo aquél. Sus ojos reflejaron un momento el sol y, a pesar de la distancia, pude verme a mí mismo perfilado en el fondo de sus pupilas. Moví una mano en el aire para ver si era yo y el reflejo me lo confirmó. Me asusté. Por vez primera en mi vida eché mano del cinturón de seguridad y me sujeté a la cumbre. Quelo se rió porque pensaba que era una broma, para tomar el pelo al cliente y que se quitará de debajo. Pero yo estaba temblando, había dejado de ver el volumen de las cosas y cuanto más miraba aquellos ojos como espejos más me aferraba a las tejas. Comencé a marearme y tuve que bajar. Una vez en el suelo, todas las miradas, incluso las de mis socios, me hacían daño. No veía sus ojos, sólo mi reflejo en ellos. Y no lo podía soportar.

Hay que asumirlo con entereza, en tiempos de crisis los hombres con defectos somos los primeros en caer. Ahora que me dan vértigo las alturas, y más aún la mirada de la gente, no le sirvo de nada a la empresa. Esteban y Quelo deben buscar un nuevo socio para sustituirme. No soy rentable, doy demasiados problemas, así se lo he dicho esta mañana, sentado bien firme sobre la cumbre de un chalet. Tenía un frío espantoso, podía ver las capas de aire barriendo mi cara.   Deberías saltar, Fernando, no tengas miedo me ha dicho Quelo. Esteban ha protestado con un joder, pero Quelo ha seguido: No me refiero al tejado,  sino a la vida. Con lo que saques de esta empresa, cómprate una barca. La barca de la que tanto hablas. Tú naciste cerca del puerto, ¿no? En el Puerto Nuevo todavía hay trabajo. Y peces. No tendrás que mirar a los ojos de la gente, el mar es un espejo,  luego ha hecho un silencio y ha repetido: el mar es un espejo. Esteban y yo hemos asentido con la cabeza, sin dudarlo. Luego hemos sonreído los tres, levemente. Quelo ya sabe hablar y convencer, me sustituye con los clientes desde que sufrí el primer vértigo, tiene un estilo diferente al mío, los asusta con sus vaguedades mentales pero es eficaz. El tema de la venta lo dejo en vuestras manos, les he dicho, agarrándome al aire, y me han ayudado a bajar del tejado. En un instante he recuperado el color, la sangre ha vuelto a circular. Ahora te toca cambiar de vida, ha dicho Quelo, seguir adelante y desembocar en el mar.
 
                                      de La cosecha, pag. 141
 

jueves, 20 de noviembre de 2014

LOS MECANISMOS DEL ODIO-La cosecha


Ya son las cuatro de la tarde. Tengo que tomar una decisión. Dentro de unos instantes María Soto aparecerá por el fondo del atajo, se colará en mi casa y me desgraciará la vida. Seré el amante ocasional de una de las mujeres más guapas que he conocido. Hará conmigo lo que quiera hasta que todo termine, como terminan siempre estas cosas, en desastre. O muerto o en la cárcel. Y no quiero. Me niego. Me queda media hora escasa para llamar a la Guardia Civil, o a la Policía, no lo sé muy bien, debe ser cuestión de competencias, porque la asesina y su víctima viven en este pueblo pero el muerto está en el depósito de cadáveres de la ciudad. Y no es una coña metafísica. Si no llamo ahora mismo para comunicarlo, me convertiré en cómplice y víctima. Han pasado varias horas desde el asesinato, no debí regresar a casa. Estos momentos de peligrosa indecisión le pertenecen a esa mujer enferma.

Cuando mi abuela Amelia me dejó como herencia en vida esta finca, y una renta modesta, ya me advirtió que tuviera cuidado con el tiempo libre. No hacer nada te ablanda, y si careces de aficiones absorbentes acabas considerando la vida como un juguete muy caro cuya única finalidad es mitigar el aburrimiento. De no haber pasado las horas muertas mirando por el ventanal, no hubiera visto a María Soto en el atajo que cruza esta propiedad, un camino curioso que los vecinos tomaron por la fuerza hace cien años, para no perder el tren, y que ahora es privado de uso público. Desde mi traslado no había visto a nadie por allí, hoy en día todo el mundo tiene coche, y por eso me llamó la atención que ella comenzara a utilizarlo a diario.  Yo la conocía, cómo evitarlo, es una mujer de bandera, llama la atención en todo Cifuentes. Durante un par de semanas, la vi pasar a la misma hora, casi corriendo. Cogía el tren  siempre en el último momento, como si evitara encontrarse con alguien. Decidí seguirla, por pura desidia, no tenía nada mejor que hacer. Separarme de Marina, tener a mis hijos lejos y una larga temporada en el paro, me habían dejado débil, como sin carácter.

Una mañana cogí el mismo tren que María Soto, pero cuidando de ir en diferente vagón. Nos bajamos en la ciudad junto a los demás viajeros. María caminó sin detenerse desde la estación hasta la plaza del Ayuntamiento, se sentó en un banco y permaneció allí dos horas. Yo la vigilaba desde una cafetería cercana. Ella buscaba personas, en concreto hombres, con ansia en la mirada, y después regresaba al pueblo. Repetimos esa operación durante más de una semana, siempre con idéntico resultado, hasta que un día ella siguió a un hombre fuerte y desgarbado, con rasgos campesinos pero sin serlo. Le seguimos a una distancia prudencial durante horas. Al final el hombre regresó a la plaza, entró en un parking, y ella apuntó la matrícula de su coche. María trabaja en una gestoría del pueblo, supongo que hizo sus averiguaciones, y a partir de entonces cambiamos los horarios. En días sucesivos, coincidimos con el hombre en un bar cercano a su trabajo, en la plaza que había junto al portal de su casa, en su tienda habitual, y en poco tiempo nos movíamos por los lugares que él solía frecuentar. A esas alturas, María ya debía saber que yo la vigilaba, vigilar a otro te vuelve vigilante, y pensé que sólo quería un testigo. Por morbo.

 Esa misma semana coincidí con su marido en un acto social en el pueblo. Ya lo conocía pero no había reparado en él, y ahora me llamó la atención su enorme parecido con el hombre al que seguíamos. Al verlo más tarde junto a María, era evidente que al matrimonio le iba fatal, habían llegado al odio sin disimulos. Él le hablaba con desprecio, y ella tenía un mecanismo automático de afirmación: le decía que sí a todo, y si era que no, de entrada también asentía. Me disgustó aquel hombre, lo confieso, y las dos semanas siguientes participé calladamente con María en aquella sutil venganza, en el establecimiento de las rutinas de aquel extraño de la ciudad.

Juro por lo más sagrado que pensé que como mucho se liaría con él. Que engañaría a su marido con otro, idéntico, pero otro. No niego que pensé beneficiarme de ello, pero juro que no lo sabía. No sabía, hasta hace tan solo dos horas, cuando por fin María iba a tomar contacto con aquel hombre, convencido de que en la pesada bolsa llevaba preparada alguna disculpa para facilitar el acercamiento, que ella sacaría una piedra enorme, le hundiría la cabeza y seguiría caminando tan tranquila. Me sentí tan… sorprendido, tan aterrorizado, que no supe hacer otra cosa que seguirla. Cuando pasé junto al cuerpo ensangrentado todavía se movía, pude ayudarle pero no lo hice, yo sólo quería preguntarle a María porqué, y cuando arrojó la piedra a la ría porqué, por qué me había implicado en semejante barbaridad. Yo sólo estaba mirando, era simple curiosidad. Sin embargo, regresé a este maldito pueblo en el mismo tren que ella. El uno sentado al lado del otro. En silencio, muy cerca. Y aquí estoy, encerrado en mi casa, esperando lo que sea. Debería marcharme de Cifuentes y no regresar jamás. Pero estoy excitado, encoñado, estoy perdido. Y María ya sabe que no tengo fuerza de voluntad.
 
                                                   de La cosecha, pag. 125