lunes, 29 de mayo de 2017

TEMPORADA DE PATOS, TEMPORADA DE CONEJOS en ELDIARIO.ES Cantabria



Temporada de patos, temporada de conejos


Cuando yo era niño tuve un amigo socialdemócrata. Después de la escuela, nos arrojaban a los dos a la calle con un trozo de pan y una onza de chocolate, no daba para más. Él llevaba el pan en una mano y la onza en la otra, yo enterraba la onza en el pan. Él dosificaba el chocolate y le daba pequeños mordiscos, yo comía el pan en seco y esperaba con emoción la llegada del mordisco que incluía chocolate. La diferencia entre nuestras caras es que la suya era serena, equilibrada, mientras que la mía ostentaba unos ojos deslumbrados, ansiosos, ilusionados.

Esto sucedía a mediados del siglo pasado, en plena dictadura, y éramos tan pequeños que no teníamos ni pensamiento propio. Cuando íbamos a jugar, a mi amigo su madre siempre le decía “no te hagas mucho daño” mientras que a mí me decían “diviértete, pásalo bien”. Vivíamos en un barrio obrero, soñábamos con neveras llenas de comida y con el futuro, aunque no sabíamos lo que eso significaba. Todo era presente inmediato y había que sacarle rendimiento a la infancia. Regresar a casa ilesos era un deshonor, en la mía no te daban de cenar si no estabas herido; en la suya sí.

Recuerdo en particular una tarde en que fuimos a unas casas abandonadas. Para entrar había que encaramarse a un muro muy alto y desde éste saltar al borde de otro muro. La distancia era considerable, la hostia segura. Éramos nueve chavales. Mi amigo dijo que no iba a saltar, que no quería hacerse sangre, y le mandamos a la mierda porque la gracia estaba precisamente en sangrar. Uno a uno volamos por el aire, lo logramos, pero con el resultado de un labio partido, dos codos desgarrados y en general las rodillas hechas polvo, las mías por ejemplo, con regueros de sangre hasta los tobillos. Cuando regresamos al barrio, machacados como héroes milenarios, mi amigo nos estaba esperando, impoluto y bien peinado. Los otros le despreciaron, pero yo le acompañé hasta su portal y, para mi sorpresa, antes de entrar se despeinó y se tiró al suelo rodando como una croqueta hasta quedar presentable. Entonces supe que era socialdemócrata, aunque todavía no conocía esa palabra.

Años después dejamos de tener relación, la dictadura comenzó a venirse abajo y muchos del barrio nos metimos en la izquierda natural, por simple genética. Alfonso, sin embargo, se dejaba ver por ahí en alguna asamblea pero sin ganas de comprometerse en nada. Luego oímos decir que andaba con los socialistas, que entre nosotros tenían muy mala fama. Cuando Felipe González renunció al marxismo, me dijeron que Alfonso empezaba a destacar entre la militancia. Y le perdí la pista.

Nos encontramos por casualidad el sábado pasado en Aranda de Duero. Nosotros íbamos en un pequeño autobús alquilado a la concentración de la Puerta del Sol. Uno de la cuadrilla me lo señaló y fui a saludarle. Después del preceptivo ‘cómo te va la vida, la pareja, los hijos’, me comentó que era compromisario socialista y que iba a Madrid a la votación del Secretario General. Le felicité por el cargo, soy de buen talante, pero él me miró con el desdén y la soberbia característicos de los suyos y me espetó: “Ya te vale, con los podemitas, a tu edad…” No le dije nada, me quedé cortado. Lo peor es que añadió: “Nosotros, los de la izquierda, vamos a impedir que sigáis haciendo el payaso. Sois una vergüenza.”

No voy a describir la mirada que le eché, el equivalente a mandarle a la mierda cuando de niño no quiso saltar el muro. Su poca educación me recordó a la bancada del PP, gente sin capacidad alguna para el diálogo. Le deseé buena suerte en la votación y me fui con los míos. Mas tarde, en el autobús, comenté el encuentro con mi compañero de asiento, uno de la cuadrilla de siempre. Le escandalizó que Alfonso se considerara de izquierdas y dijo: “Para ser de izquierdas hay que aceptar riesgos y ése no se ha arriesgado en su puta vida”. Luego se burló de él: “¿Te lo imaginas detrás de un micrófono?: Compañeras, compañeros, mascotas y toros de la dehesa, he venido a pedir vuestro voto para hacer con él lo que le dé la gana al Ibex 35… Sociata de los huevos…”.

Le reí la gracia, pero se me quedó en la cara un gesto amargo. ‘Qué pena’, pensé. Y justo en ese momento, alguien del autobús propuso ponerles una de dibujos animados a los críos, que llevábamos media docena de chavalines bastante aburridos con el viaje. El conductor puso una vieja cinta de Merrie Melodies, ésa en la que Bugs Bunny y el Pato Lucas intentan engañar a Elmer, que hace de cazador, alternando carteles que ponen: ‘Temporada de patos, temporada de conejos’. Todos la recordábamos y aplaudimos al final cuando Elmer reconoce que a él le da igual patos o conejos, que solo caza para divertirse porque en realidad es vegetariano. Alguien dijo: “Elmer es del PP, así que temporada de Elmer”.

Luego los kilómetros fueron pasando por esa España vacía y ya cerca de Madrid repasamos nuestras aportaciones para la concentración de Sol. La más votada fue: ‘La calle es mi institución y el móvil es mi urna’. Nada más llegar compraríamos unos palos, un plástico grande y rotuladores. Nos rascamos el bolsillo y pusimos un escote.

viernes, 12 de mayo de 2017

EL HOMBRE QUE MATÓ A MARIANO RAJOY en ELDIARIO.ES Cantabria


El hombre que mató a Mariano Rajoy


Como en ‘El hombre que mató a Liberty Valance’, de John Ford, la política española se ha convertido en una disparatada película del oeste donde el latrocinio es el protagonista indiscutible y cada día nos sorprende con nuevos y más descarados chanchullos hasta el punto de plantearnos si gobernar es sinónimo de delinquir.  El PP lleva demasiado tiempo pasándose de la raya pero sigue gobernando con la ayuda de otros partidos cómplices y España se parece cada vez más al pueblo de la peli, Shinbone, que significa tibia, y dos tibias cruzadas son una bandera pirata. Veamos el reparto de papeles.

Mariano Rajoy es como Liberty Valance (Lee Marvin), ese forajido que va con sus ladrones malencarados robando a todo el mundo y aterrorizando al pueblo con el lema cutre: ‘La vida es así, no la he inventado yo’. Representa al mundo incivilizado, inmovilista, el de los ganaderos desaprensivos que quieren un territorio franco para hacer lo que les venga en gana, como siempre se ha hecho. Es el malo de la peli.

Pablo Iglesias es el abogado-friegaplatos Random Stoddard  (James Stewart), cuyo único objetivo es traer la civilización a una tierra salvaje donde rige la ley del más fuerte, la ley del revólver, y reina el miedo y el analfabetismo. Representa la cordura, la sensatez, la justicia, en fin, el idealismo. El bueno de la peli.

Pedro-Susana-Patxi, o triceversa, son el criador de caballos Tom Doniphon (John Wayne, al que nosotros de críos llamábamos Juan Vainas, y viene a cuento). Representa la valentía, el coraje, ya que es el único capaz de plantarle cara a Liberty, pero tiene el inconveniente de que acepta el statu quo como un mal menor: le gustaría que las cosas cambiaran pero ya se ha resignado a que no sea así. En la peli es el amigo del bueno y los dos se disputan a la chica.

La chica es la Señorita Hallie (Vera Miles), camarera guapa, amable, acogedora, como una madre para todo el mundo, pero ingenua y analfabeta. Representa a la democracia, al futuro, a la esperanza de la clase humilde que sueña con librarse de la injusticia ancestral. Comprende, como nosotros, que los ricos existen para que sepamos quién nos roba, pero cree que todo tiene un límite y sobrepasarlo merece una respuesta. No puede hacer nada porque el pueblo acata la sinrazón de tipos como Liberty Valance. Los numerosos votantes de Rajoy, para entendernos.

El quinto personaje es el periodista Dutton Peabody (Edmond O’Brian), borrachín pero honesto, convencido de la necesidad de informar al pueblo para no mantenerlo en la ignorancia. Representa la libertad de expresión. 

Todo esto lo sabemos en los primeros minutos de la película y digamos que la acción comienza con un reto a duelo entre el bueno y el malo (véase Moción de censura). El bueno acepta, es algo insensato, suicida, propio de un payaso que va a conseguir que lo maten. Así sucede en la peli y así está sucediendo con Pablo Iglesias. Por lo visto, en su cobardía, todos olvidan el carácter épico del héroe, cuál es su cometido, cuál el único sentido de su presencia. ¿Acaso no sería el Parlamento español una reunión de lacayos del poder si no estuviera allí Unidos Podemos? Sí, es evidente, por eso están, para intentar evitarlo, con el respaldo de cinco millones de votantes, personas tan acostumbradas a perder que les parece indecente que se diga que no es la forma ni  el momento, que mejor otro día,  que ahora toca repartirse el botín de los Presupuestos.

Una moción de censura no tiene por qué ser un acto inteligente sino visceral, algo impulsado por el asco y la rabia, como vomitar cuando te revuelven el estómago. ¿A qué hay que esperar, a que el PP salga a la calle navaja en mano y nos robe hasta la cartera vacía? ¿Cuántas conversaciones telefónicas pasándose el estado de derecho por el forro hacen falta para que alguien diga basta? Algunos merecen que los cuelguen con su propia corbata. La política española está cambiando, lo tienen delante de sus ojos y son incapaces de verlo. Nada va a ser igual a partir de ahora.

Vivimos un momento histórico, aquí y en todo el mundo, y la democracia se va a redefinir ineludiblemente. O eso o se suprime, que hay mucha gente interesada en ello. Ocurre como en la película de Ford, donde Liberty Valance se ríe del abogado, le humilla, igual que hace Juan Vainas, pero el duelo se lleva a cabo y Valance muere de un disparo. El detonante es la paliza que le pega Valance al periodista, a la libertad de expresión. Al final sabemos que el responsable ha sido Juan Vainas, escondido en un callejón, pero la gloria y la chica se las lleva James Stewart, como ocurrirá aquí si el PSOE no se une a la propuesta y deja pasar su última oportunidad de hacer algo digno por nuestra democracia. Si no lo hace, en las próximas elecciones, anticipadas, no sacará ni un escaño ni una banqueta.

‘El hombre que mató a Liberty Valance’ es un clásico porque contiene un modelo humano intemporal que aplicado a la realidad española se vuelve profético. Son demasiadas semejanzas: los abusos del PP en mayoría generaron el 15-M, éste dio a luz a Pablo Iglesias, a Podemos, a Unidos Podemos, y ahora se llevará por delante a Mariano Rajoy, el símbolo de la degradación institucional de este país, algo que ni los poderosos se pueden permitir. No es casualidad es el destino.  Porque a veces la realidad es tan plana que todo se reduce a buenos y malos.

domingo, 30 de abril de 2017

LA REALIDAD DESACREDITADA en ELDIARIO.ES Cantabria


La realidad desacreditada


Al hilo de la reciente Semana Santa, las banderas a media asta y la megabomba de Donald Trump, viene bien recordar la cita bíblica de Mateo 6:3 donde dice “que la mano izquierda no sepa lo que hace la mano derecha”, pero no aplicado a la limosna sino al hecho de que mientras el gobierno está de vacaciones cantando saetas su ejército de consejeros trabaja a jornada completa para implementar en nuestro país el vergonzoso ‘diccionario universal de la infamia’ que hace poco nos castigó con el término posverdad y ahora nos agrede con el ‘relato’.

Si bien la posverdad es una máscara burda de la mentira, un sinónimo tosco fácil de comprender, el ‘relato’ ha incorporado una nueva acepción muy sutil que lo convierte en una herramienta peligrosa. Cuando antes significaba: Narración, cuento; conocimiento que se da, generalmente detallado, de un hecho (RAE), ahora también significa: constructo de la mente para dar sentido a una experiencia. En teoría ‘cuento’, entendido como relato de ficción, ya recoge esa posibilidad, pero en la práctica la nueva acepción le añade una duda razonable y viene a decir que todo relato puede ser pura ficción, lo cual no es cierto. Si por ejemplo a mí me atropella un coche, en el hospital puedo contar varias versiones de ese hecho y más tarde escribir un relato donde un personaje es atropellado, pero si me caigo por las escaleras y digo que he sido atropellado ni los médicos ni el lector del relato tendrán un atropello como origen o base de la narración. No me creerán o no les resultará convincente mi relato porque estoy mintiendo, ya que no he sido atropellado: ni mis fracturas ni mi memoria avalarán mis palabras. Un hecho no deja de serlo por una mala narración, ni un buen relato fabrica hechos.

Sin embargo la ciencia no está de acuerdo. Hasta finales del siglo pasado creíamos que un in-dividuo no se podía dividir, de ahí su nombre, pero como nos explica Y. N. Harari en ‘Homo deus’ diversos experimentos científicos nos han hecho dudar de esa certeza. Pensábamos que nuestros dos hemisferios cerebrales, al estar albergados en un mismo cerebro, trabajaban juntos para entender la realidad, pero no siempre es así. El hemisferio derecho, no verbal, se encarga de recoger la experiencia y el izquierdo, verbal, nos la cuenta. Hay un yo de la experiencia y un yo narrativo. En algunos tipos de epilepsia o en personas que han sufrido una apoplejía y se produce la  desconexión entre ambos hemisferios, el Nobel de Fisiología y Medicina Roger Wolcott Sperry y su alumno Michael S. Gazzaniga comprobaron que los relatos que  cuentan estos pacientes son con frecuencia fantasías sin relación alguna con la realidad. En casos extremos todos lo hacemos, por ejemplo después de una agresión violenta, y la justicia tiene problemas cuando una víctima reconoce a su agresor aun existiendo pruebas irrefutables de que se encontraba a mil kilómetros del lugar de los hechos.

La ciencia nos ha puesto en tela de juicio en los últimos tiempos y si ya era grave que neurocientíficos como Martin Conway afirmaran que nos inventamos parte de nuestros recuerdos o nos atribuimos experiencias ajenas, flaco favor nos hacen ahora al decirnos que todo lo que contamos es dudable, un ficción conveniente, una falacia que manejamos a nuestra conveniencia. De este modo la realidad queda desacreditada y para invalidarla basta con esgrimir la palabra relato en su nueva acepción, con el respaldo de la ciencia. Así Donald Trump puede bombardear Siria sin necesidad de pruebas, ya que diga lo que diga al-Ásad será su ‘relato’, o la Ministra Cospedal poner las banderas a media asta identificando tradición con ley porque lo contrario es el ‘relato’ de la izquierda atea, aunque tengamos, de hecho, una Constitución aconfesional.  Aquello de ‘Me queda la palabra’ de Blas de Otero ha pasado a la historia.

El origen del problema habría que buscarlo en la irrupción de Internet y en el uso masivo de las redes sociales. Tuvo que ser muy traumático para el Poder comprobar que el control de la información se le iba de las manos y ante la imposibilidad de recuperarlo su primera reacción fue negar la fiabilidad de la red. Recordemos que al principio todo lo que aparecía en Internet se tachaba de acientífico, fantasioso y sin base alguna. Sin embargo la red se consolidó, hubo una incorporación masiva de diccionarios, textos científicos y filosóficos, y al final los mismos periódicos se trasladaron a la realidad virtual, de modo que al Poder no le quedó otro remedio que negar la realidad real. Una maniobra genial, hay que reconocerlo. Ahora ya no distinguimos qué es verdadero y qué es falso, qué ha sucedido y qué ha sido inventado, incluso si nos ponen delante una imagen, que antes valía más que mil palabras, basta con que nos digan que ha sido manipulada para que dudemos de ella. Hasta hay chiflados que creen que vivimos en Matrix, que ya es decir.

Lo peor de todo, es que la perversión de la palabra va a continuar adelante y después de la posverdad y el relato le toca a la democracia y al libre albedrío, porque no son nada convenientes ni rentables. ¿Acaso tienen libre albedrío los ignorantes que han votado a Trump? Hay estudios sociológicos que lo niegan. ¿Acaso los países que se llaman demócratas lo son de hecho? Mi banco opina que no.

sábado, 15 de abril de 2017

PODEMOS, EL RUISEÑOR Y EL SINSONTE en ELDIARIO.ES Cantabria



Podemos, el ruiseñor y el sinsonte

Creer o no creer, esa es la cuestión. O crees en la democracia, o crees que la democracia es un impedimento para lograr tus mezquinos objetivos. O crees que en el Parlamento debe estar representado el pueblo en su conjunto, o crees que el pueblo debe estar trabajando para ti mientras tú ocupas el escaño, te sueltas el botón de la americana y observas con desidia como te cuelga entre las piernas el pico de la corbata. Porque no se puede ser creyente y no creyente a la vez sin resultar sospechoso, al menos de tener dos caras o una del tamaño de la espalda.

En el fondo todo se reduce a esa certeza: no es compatible la soberanía popular con el gobierno de unos pocos. No se puede afirmar tajantemente que Podemos no va a gobernar bajo ningún concepto, por encima de tu cadáver, sin delatar que eres partidario de una dictadura mamarracha donde los de siempre se comen el bacalao para que a los demás les toque solo la raspa. Si encima le añadimos el agravante de nula capacidad para disimular un pensamiento necio, clasista y oligárquico, acabas como Villalobos diciendo que estos tipos huelen mal, no se duchan a diario, son unos guarros. Cómo se nota que su madre no le golpeaba los domingos la puerta del cuarto de baño para que no consumiera ella sola la bombona de butano.

Del mismo modo, si Pablo Iglesias hubiera reaccionado ante la proverbial indiferencia de Rajoy cuando ya veía aprobados sus Presupuestos diciendo, con el verbo florido del añorado Anguita: “Se le ve cómodo y despreocupado al señor Presidente mientras la procelosa miseria se abate cuan tifón sobre el pueblo famélico”, seguro que le hubieran aplaudido sus señorías y el mensaje se perdería precisamente  con esos aplausos. Sin embargo, como dijo que al presidente se la traía floja y le importaba un huevo, todos se echaron las manos a la cabeza y terminó acaparando titulares: ¡Qué escándalo, un doctor en políticas expresándose como un estibador, y para más inri lo llevaba escrito, con premeditación y alevosía!

Estas cosas no sucederían si la política no se hubiera convertido en un apéndice infectado de la economía, dejando a las personas y a sus necesidades al margen de cualquier consideración, como ceros a la izquierda. Se pueden comprar barcos de guerra que nadie necesita a cambio de trigo que todavía no ha sido plantado, pero no se le puede subir el salario mínimo a un trabajador porque eso sería una locura, un lujo impensable. Así el presupuesto para Defensa aumenta en un 32% y se escatiman 22 millones para Valdecilla, que si se mueren los pobres no tendremos que matarlos. Dicen que ha sido un olvido, que lo van a arreglar, pero como mienten más que hablan es imposible creerles.

Nuestros políticos dan lástima. Mientras el PP está a punto de abrir una línea regular de autobuses para trasladarlos desde el Parlamento a pernoctar a la cárcel, el PSOE se monta una presentación de candidata tirititrán cuya consigna oculta es: Venceremos a Podemos, nuestro enemigo natural. La derecha mafiosa y la antigua izquierda haciendo causa común para abaratar la democracia hasta dejarla irreconocible. No es extraño que los que vivimos la Transición embargados de felicidad veamos ahora cómo nos embargan la felicidad y acabemos pensando que aquella fue la operación de maquillaje mejor orquestada de la historia de España. La versión callejera lo resumía gritando: ¡Le llaman democracia y no lo es!

Esto recuerda a la conocida anécdota del best-sellers de Harper Lee, To Kill A Mockingbird  (Matar a un sinsonte). Como se trataba de vender libros y aquí nadie sabía lo que era un sinsonte, con la habitual chapucería nacional se tradujo como Matar a un ruiseñor, tergiversando gravemente el título y de paso el significado de la obra.  Porque un sinsonte es un pajarillo sin canto propio, que imita el de cualquier otro que haya cerca de él, de manera que cuando el abogado Atticus Finch les dice a sus hijos que condenar al negro Tom Robinson sería como matar a un sinsonte, no se refiere a matar a un ruiseñor de hermoso canto sino matar el canto de todos los pájaros, el canto mismo, o sea, la libertad.

En un país acostumbrado a la dictadura, nos vendieron una mala traducción de la democracia y como estábamos desesperados aceptamos la Transición sin rechistar. Pero ha pasado el tiempo y volvemos a verle las orejas al lobo. Mientras las cunetas de España siguen repletas de cadáveres sin identificar y los responsables se han ido muriendo como Franco tranquilos en sus camas, sus herederos tienen el coraje de sentenciar a un año de prisión a Cassandra Vera por hacer chistes sobre Carrero Blanco, que era un facha no un angelito. Acabaremos volviendo al Nihil Obstat Imprimatur.

Que a nadie le extrañe por tanto si un día Pablo Iglesias aparece en el Congreso en bicicleta y tocando el timbre para pedir un aumento del ancho del carril bici, porque a la gente ya no llega ni para gasolina, o que se masturbe en el hemiciclo reivindicando el onanismo, la única práctica sexual que le queda a una generación que morirá estéril por falta de presupuesto incluso para condones. ¿Acaso merece algo más este erial de infames charcuteros, ladrones impresentables, vagos de mierda que solo saben poner el cazo? La grieta enorme que nos separa la han abierto ellos, que se atengan a las consecuencias.

Enlace:http://www.eldiario.es/norte/cantabria/primerapagina/Podemos-ruisenor-sinsonte_6_631746862.html

                         

sábado, 1 de abril de 2017

EL ACUSADO CADÁVER en ELDIARIO.ES Cantabria


El acusado cadáver



Me encuentro de madrugada con J.F. en un bar de Santander y, quizá porque se le está yendo la mano con los gintonics, me confiesa que últimamente se encarga de avejentar a un empresario denunciado por corrupción. Tiene problemas con su cliente porque se niega a caminar arrastrando los pies y a llevar una chaqueta de lana como un líder sindicalista cualquiera al que han pillado con las manos en la caja. Teme que se ponga chulo ante el tribunal, que confiese que el juego sucio es condición sine qua non para ser respetado en los negocios.

Me cuenta J.F. que su cliente es un perfecto caballero, lo que le obliga a reconocer sus errores, en particular no haber sido capaz de crear un equipo de encubridores más competente. Siempre ha tenido dos testaferros, uno de su familia y otro de la de su mujer, pero no comparte la nueva tendencia en el gremio de mentirle hasta al polígrafo, lo que ha motivado un cambio de estrategia. Han seleccionado a dieciocho posibles testigos y están manipulando sus declaraciones para que nadie se aclare de lo que ha sucedido con la contabilidad. Me dice, entre risas, que han preparado hasta balances contables en braille y facturas en servilletas de papel.  

No le veo muy preocupado y le digo que si necesita inspiración revise la película ‘B (Bárcenas)’ de David Ilundáin, con el espléndido Pedro Casablanc en el papel protagonista. Es una comedia desternillante de 2015 basada en las declaraciones del tesorero del PP ante el juez Ruz. “Te partes de risa”, le digo, “porque acusa a Rajoy, a Cospedal y a la plana mayor del partido de haber aceptado más sobres que un buzón de correos y resulta tan convincente que no le cree ni dios”. Le comento que además la peli se financió en parte por el sistema crowdfunding, con 597 mecenas cuyos nombres aparecen al final, y exclama: “¡Que insensatos, a esos la declaración de la renta en vez de a devolver les sale a vomitar!”

Como se pone tan graciosillo, le recuerdo que los jueces están hasta el gorro de abogados como él, capaces de retorcer la verdad, ensalzar la mentira, tergiversar… Me detiene con las dos manos abiertas, llama al camarero y le pide que me retire la cerveza. Pide para mí una botella de Moët, nos vamos a una mesa apartada, me sonríe con ojos de congelador y me exige que ponga el móvil apagado encima de la mesa. Obedezco, tengo familia.

Debo decir por si acaso que J.F. no se llama así, ni esas son sus iniciales, ni estamos en Santander. Como bien explica mi interlocutor, hoy en día vivimos inmersos en una niebla tan espesa que cualquier afirmación sobre la realidad es pura fantasía. Luego me echa la broca por haberle llamado la atención, por ser tan arrogante, por compartir alma mater en una universidad privada en la que yo al parecer no aprendí nada. “Si te consuela escribir una columna en un periódico zurdo a mí me parece bien”, me dice con sarcasmo, “pero recuerda que esa columna solo sostiene la carpa del circo enorme que a todos nos cobija: si haces de payaso no intentes domar leones”. Debería replicar, pero me callo y bebo.

A continuación J.F. se explaya sobre la actualidad inmediata: la Infanta lista y tonta a la vez, Urdangarín en Suiza a costa del erario público, Rodrigo Rato que no verá la cárcel ni en pintura, el impuesto al sol en el país más soleado de Europa, los 60.000 millones que nos deben los bancos que aun así declaran beneficios, el futuro de los españoles camareros y las españolas jineteras en las playas que nos alimentan… Si no fuera por el estilismo, diría que estoy con Pablo Iglesias contándome la Trama. No sé a dónde quiere ir a parar.

“Hay una sola cosa cierta, lo que tanto le cuesta entender a mi cliente cuando se niega al envejecimiento prematuro: el sistema es perfecto porque el círculo ya se ha cerrado y nada puede salir de su interior. Ni una revolución ni una guerra mundial podrían cambiar lo inexorable de nuestra naturaleza. Ahora la maldad lleva las riendas sin molestarse en disimular, a la cara, ya era hora, joder. ¿Debemos avergonzarnos de ser como somos o es mejor asumirlo con entereza?”

Está muy borracho y yo me he metido tres copas seguidas de Moët, no me lo vayan a quitar. Me viene a la cabeza el ‘Breviario de podredumbre’ de Cioran, que casi acaba conmigo cuando era joven y creía en algo. Mientras pienso qué decir, J.F. le guiña un ojo al camarero, que se acerca y nos saca una foto con el móvil del abogado. Si se me va la mano con esta historia, seguro que encuentra en el código penal algún artículo con el que rebanarme el pescuezo. “¿Sabes?”, le digo, “déjale claro a tu cliente que es mejor ser un testigo viejo que un testigo cadáver”. Lo leí en un libro sobre la Mafia y a J.F. le encanta la idea. Es adecuado a su código odontológico, como dice mostrando los dientes.

Más tarde, en casa, le explico a mi perro que lo importante en la vida son los hechos, que yo puedo pegarle pero lo que vale es que le acaricie. Aunque nunca le he pegado, se aleja, porque no le gusta el olor del alcohol.

Enlace:http://www.eldiario.es/norte/cantabria/primerapagina/acusado-cadaver_6_625797432.html



miércoles, 15 de marzo de 2017

EL ALGORITMO EXPIATORIO en ELDIARIO.ES Cantabria


El algoritmo expiatorio


Ahora nos parece una tontería, pero cuando se extendió por el planeta el reloj de pulsera muchos pensaron que era la personificación del mal, lo peor que le podía suceder a un ser humano, el control llevado al extremo del autocontrol. Algunos presumían de ser libres porque no llevaban reloj, no estaban esposados al tiempo, pero los demás se sometieron a sus dictados y ya nadie volvió a tener justificación para llegar tarde a ninguna parte. Desde entonces se pudo despedir al trabajador por irresponsable, al novio por capullo o  a cualquiera por no respetar lo suficiente a los demás. Así la puntualidad se convirtió en un signo de distinción, un rasgo de nobleza, aunque en principio surgió de una esclavitud impuesta e indeseada.

Lo mismo está sucediendo hoy en día con los algoritmos. En teoría son tan mecánicos como un reloj, solo siguen una secuencia de órdenes prefijadas para obtener el resultado previsto, sin embargo aumenta el número de personas que se resisten a su implantación generalizada argumentando que son ellos los que controlan nuestras vidas en vez de servirnos para llevar nosotros el control. Sin ir más lejos, este año son populares los teléfonos arcaicos que solo sirven para llamar y recibir mensajes de voz, sin injerencias personales ni intentos de venderte una lavadora cada vez que conectas con tus amigos. Yo mismo compré en una librería virtual un libro de metafísica hace dos años y desde entonces su algoritmo intenta encasquetarme las reflexiones del Papa Francisco y los desvelos de Santa Teresa.

Pero un algoritmo no es un reloj, es algo más complejo. Nadie duda de que este mundo informatizado dejaría de funcionar si se suprimieran los algoritmos, lo cual no significa que sean inteligentes ni mucho menos inocentes.  Detrás de su diseño hay ideología, pensamiento tendencioso y en muchos casos simple conservadurismo. Aunque Facebook afirme que el suyo no influye en nuestras opiniones, es un hecho que sigue la tendencia infantiloide de ‘ni teta ni pito ni culo’, y suprime tanto estatuas griegas desnudas como la prevención del cáncer de mama, donde una mujer debe dar instrucciones empleando el cuerpo de un hombre porque el suyo está prohibido. Quizá por eso es más que sospechosa la asociación entre el algoritmo y el chivo expiatorio. Se usa en expresiones como ‘no convirtamos el algoritmo en un chivo expiatorio’, que es como decir: ‘no nos toques los algoritmos’.

En ‘Homo deus (Breve historia del mañana)’, Y.N. Harari nos previene contra la tendencia de proporcionarle demasiados datos personales al ordenador porque acabará sabiendo sobre nosotros más que nosotros mismos y llegará un día en que el microondas se niegue a calentarte el café porque eres hipertenso y tendrás que conformarte con la tila con azahar que te prepara tan diligentemente. De este modo tendremos individuos solo informados de lo que quieren saber dentro de su burbuja de opinión, cómodos en su cámara de eco y subyugados por el sesgo de confirmación que los convierte en consumidores pasivos de publicidad descarada. Idiotas, en suma, cuya única capacidad será mover la cabeza como perritos de salpicadero mientras fluyen los anuncios.

Ha llovido mucho desde que Ada Lovelace ideó el primer algoritmo en 1841, y era fácil prever lo que sucedería al pasarlo por el filtro implacable del capitalismo, que todo lo pervierte hasta pudrirlo. Lo que iba a ser una solución para alejar a las masas del trabajo duro en condiciones insoportables ha generado una sociedad en la que las máquinas nos han robado el futuro porque ya no somos necesarios como mano de obra.  Sobran mujeres-coneja que llenen el mundo de niños y sobran hombres soberbios que exijan alimentos: hay que proporcionarles armas para que se maten entre ellos y de paso liquiden a las mujeres. La culpa antigua la tuvo Eva por enrollarse con la serpiente y la moderna la tiene Ada por soñar un futuro más humano.      

Esta mañana me he despertado paranoico perdido porque soñé que a Donald Trump lo había puesto ahí el listo de Mark Zuckerberg como preludio de su próxima campaña electoral a presidente de los USA. Soñé que ricitos de azabache se miraba en el espejo y se decía ‘me gusto’ y ‘me encanto’ y su algoritmo le decía a través del azogue que debía regir el destino de la humanidad por mandato de dios. Estaba tan guapo como un césar romano al trasluz de la historia y nosotros (yo estaba en segunda fila con una toga del Athletic de Bilbao), le vitoreábamos con un sonido electrónico que no logré identificar pero tenía algo de hormiga o de abeja o de carcoma comiéndose las vigas de la casa, no sé, algo chungo.

La pregunta es siempre la misma: ¿Qué podemos hacer?, y la respuesta es evidente: exigir más transparencia. Que se sepa al menos cómo nos joden la vida, aunque sea un consuelo vano. Poder llevarlos ante los tribunales para que ellos y los jueces se nos rían a la cara y de este modo verle el careto al enemigo. Si la policía nos va a moler a palos, tener una consigna rabiosa que gritar, algo un poco más sustancioso que los resultados del fútbol del fin de semana. Y poder quitarle la pegatina a la cámara del ordenador, que necesitamos que Elon Musk nos reconozca y nos seleccione para el próximo viaje a Marte, el único futuro que nos queda.

lunes, 6 de marzo de 2017

¿PODEMOS AMARNOS BAJO ESTAS CONDICIONES LABORALES? en ELDIARIO.ES Cantabria



¿Podemos amarnos bajo estas condiciones laborales?


El amor es un sentimiento necesario y el modo que tenemos de ganarnos la vida es determinante para su existencia. Cuantos más impedimentos le pongamos mayor será la posibilidad de que no surja, se desarrolle mal o se convierta en lo contrario. Detrás del fracaso amoroso de muchas personas están unas malas condiciones laborales, que en los casos leves provocan inestabilidad emocional o separaciones traumáticas y en los graves malos tratos e incluso la muerte. No es por tanto un tema que se deba eludir escudándonos en que no hay un método para objetivarlo y en que es imposible presentar una estadística veraz que confirme que nos amamos poco y mal en correspondencia con el empleo escaso y de mala calidad. 

Para no ponernos muy elevados, digamos que el amor requiere presencia y la ausencia del ser amado ocasiona dolor. Bien sea tu pareja, tus parientes, tus amistades, tu mascota o el mar Cantábrico, si amas a alguien quieres estar a su lado: todo el rato si amas mucho, a ratos si amas regular y pocas veces si tu amor es intermitente y fugaz. Lo que no harás nunca es estar lejos, no de un modo permanente, porque el amor a distancia desaparece ya que se alimenta del contacto, del tiempo compartido. Por eso el amor es tan implacable, es lo más real que tenemos: o amas o no amas, lo demás son argumentos consoladores.

Pensemos por ejemplo en el medio millón de jóvenes que han abandonado a la fuerza el país en los últimos años en busca de trabajo. Están preparados, tienen futuro, pero el amor es un lujo que no se pueden permitir. Han dejado atrás a sus seres queridos, el paisaje donde se han criado, viven en el extranjero, siete en un piso, ahorran lo que pueden, el tiempo pasa. Si entonces surge el amor lo hará en un lugar equivocado, en un momento de tránsito, y muchos lo recibirán como un golpe de mala suerte. Han tenido la desgracia de enamorarse lejos de casa, piensan volver, y las probabilidades de que la otra persona sea compatible con el regreso son escasas. Muy pocos lo tirarán todo por la borda, la mayoría creará una coraza y no superará la fase del enamoramiento pasional: sexo sin promesas ni demasiadas explicaciones. No van a llegar a amarse, se quedarán a mitad de camino, la unión sentimental con su país es demasiado poderosa. Y el amor no se puede dejar para más tarde.

Tampoco los que se quedan lo tienen mejor. Aquí el mercado de trabajo ha empeorado tanto que bordea la esclavitud, se le roba a la gente su vida con horarios infames bajo amenaza de despido procedente y el único valor apreciado en un currículum es la obediencia ciega. Salvo cuatro privilegiados, a la mayoría les llega justo para sobrevivir, alimentarse mal y pagar el alquiler de un chamizo miserable. Eso por no mencionar a la cuarta parte de trabajadores en paro indefinido que no tienen otro futuro que esperar una renta social básica que les impida comer de la basura. ¿Qué amor pueden darles a sus hijos, si no los ven casi nunca, o están tan agotados y deprimidos que no tienen ni para levantarse ellos mismos el ánimo? ¿Y sus hijos, qué amor pueden desplegar en la escuela o con sus amigos que no sea la bronca continuada, si ni tan siquiera sus profesores pueden demostrarles que lo que se hace allí sirva para algo, porque ellos ven a diario que nada sirve para nada, solo ser un gánster famoso, solo gobernar corrompiendo y luego ir de vacaciones a la cárcel? El amor no sobrevive en la desesperanza. Los parias no se aman, es publicidad engañosa, en la realidad todo son reproches, gritos, mala hostia y te voy a partir la cara. 

Habría que plantearse por tanto si se le puede llamar amor al ejercido por seres condenados al egoísmo por pura supervivencia. Cuando hay poco le acabas robando al otro hasta el amor, y lo destruyes, lo conviertes en odio. Entonces surgen las malas interpretaciones y se mezcla amar con ser amado, algo muy peligroso. La gente no mata por amor, sino por error, porque confunde ambas cosas y su incapacidad para amar la proyecta en la otra persona, consiguiendo un cadáver que ya no le va a corresponder. Nadie que ame haría eso, es absurdo, salvo que haya sido educado tendenciosamente para alimentar esa confusión y no sea capaz de distinguir el amor del odio. Amar es dar, desprenderte de ti mismo en favor de lo amado, luego no buscas su destrucción sino que velas por su bienestar. Lo importante es amar, que te amen será en todo caso la consecuencia. El amor no es una propiedad privada y menos pública.

Todo el que ha gobernado el mundo ha tenido el amor bajo control, por medio de la religión o de las leyes, y el amor, con el tiempo, se ha deteriorado. No es que antes hubiera más amor o de mejor calidad, sino que han disminuido las posibilidades de que exista. No podemos amarnos bajo estas condiciones laborales porque han sido diseñadas para lograr el efecto contrario: un mundo inestable, cargado de miedo, con el futuro incierto, donde los individuos solo aspiran a beneficiarse y no a beneficiar, lo cual nos degrada no ya como humanos sino como seres vivientes.