sábado, 19 de diciembre de 2015
TANGOMÁN de Kepa Murua en DLibros, Torrelavega
Esta tarde, en DLibros, Torrelavega, con Adolfo, Kepa, Javier, y los amigos que quieran acercarse a la librería.
martes, 8 de diciembre de 2015
SALIR DE LA CUEVA en El Mundo-Cantabria
Salir de la cueva
Con frecuencia
subestimamos la lengua que nos sirve para comunicarnos porque la consideramos como
propia, sin tener en cuenta que ya existía mucho antes de nacer nosotros y por lo tanto contiene en su interior el
esquema moral de nuestros antepasados. Por eso seguimos llamando maricón al débil de carácter, nenaza al pacifista, o puta a la mujer que se resiste al acoso
machista. Si además tenemos un arrebato emocional, echamos mano de las frases hechas y de los refranes, con fama
de contener una sabiduría popular que no suele ser más que el acatamiento
servil de las injusticias de la vida. De hecho, el refranero de un pueblo es el
compendio de sus miserias.
Pero la lengua
pertenece a la comunidad y la bondad o maldad de las cosas la determina el
tiempo presente. Un caballero de antaño puede ser un baboso de ahora, una madraza
sería una controladora o castradora, y un hombre culto: un pedante. Nada
bueno permanece, la maldad es más longeva, y los jueces se aburren intentando
armonizar lo ancestral con lo nuevo a base de condenas ejemplarizantes. Dentro
de poco habrá más gente en la cárcel por maltrato a sus semejantes que por
tráfico de drogas. Y en muchos casos será maltrato verbal. Recordemos al actor
de la popular serie Anatomía de Grey que perdió los papeles frente a un
compañero de reparto, le llamó maricón
por ser homosexual, le denunciaron y, a pesar de su indudable atractivo, sus
dotes dramáticas y su rentabilidad, fue despedido por la productora y su
brillante carrera terminó en el acto. Lo mismo que podría sucederle al alcalde
de Carboneras (Almería), que mandó callar a una concejala con la afirmación
arcaica de que Las mujeres deben cerrar
la boca cuando habla un hombre. Ahora
piden su dimisión y, como la ley española persigue a los cargos públicos con
discurso incendiario, podría costarle algo más que su poltrona.
Las palabras pueden
traicionarnos, lo hacen a menudo, sobre todo si eliminamos la barrera de la
buena educación. Pensamos con palabras, nos forjamos con ellas, y cuando las
pronunciamos nuestro pensamiento queda al descubierto. La lengua puede ser
torpe, inexacta, incompleta, pero es un espejo que nos refleja, y la fidelidad
de la imagen proyectada depende del dominio que tiene cada individuo sobre su
discurso. Una mala expresión suele
coincidir con un mal pensamiento, aunque luego la persona se deshaga en
disculpas para encubrirlo. Se lo permitimos a los niños, a los analfabetos o
poco cultivados, pero jamás debemos consentirlo a representantes públicos porque
un micrófono mal utilizado es el arma ideal para la apología de la barbarie. La
palabra amplificada conlleva una enorme responsabilidad, y dejar que ciertas
personas hablen en público es como darle el mando de la tele al perro.
No por ello debemos
tener miedo a la lengua, si nos desnuda es porque nos ama, y del mismo modo que
nos pone en evidencia también habla en nuestro favor. Si nos encontramos en
apuros, la búsqueda de la palabra exacta será determinante en nuestra salvación.
Nadie grita mandarina cuando se está
ahogando o será eso lo que le lancen en vez de un flotador. Y tampoco llamas casa a un piso escuálido cuyo alquiler
ya no puedes pagar después de que te hayan cortado la luz y el agua. En rigor,
porque intentas definirlo con exactitud, lo llamas cueva. La cueva. Asumes
tu situación vital al decirlo. Y si al atardecer sales a tomar el aire, porque
no tienes dinero para otra cosa, dices: salgo
de la cueva; y cuando regresas taciturno: regreso a la cueva. El vocabulario te pone en tu lugar. Y le das
las gracias porque cueva es una
palabra dura pero mucho peor es intemperie.
Cada vez se emplean
más palabras rupestres como signo de la involución humana actual. Tenemos jefes
trogloditas, políticos cuaternarios, empresarios velociraptores, tribus urbanas… dicen que se han visto lobos en Chernobil. Antes de
lograr civilizarnos del todo, ya regresamos a la caverna de los ancestros. La
diferencia con la vez anterior, es que ahora los animales del exterior serán de
nuestra propia especie. La lengua nos avisa, nos alerta, intenta despertar
nuestra conciencia porque estamos desmadrados, como borrachos de soberbia. Con lo
que cuesta una bala de fusil se hace un guiso de lentejas, y no es por citar la
Biblia. Somos dioses tecnológicos pero demonios morales, como nos llamaba Lewis
Mumford. Adoramos al Becerro de Oro en el glorioso Black Friday y así le reducimos el sueldo de un euro al día al esclavo
de turno. ¿No vendrá después Moisés con las tablas de la ley y las cámaras de
vigilancia? ¿Nadie te ha llamado primitivo
por no tener una pegatina tapando la cámara del ordenador? ¿Qué te preocupa
más, que te vigilen o no ser vigilado?
En los años setenta,
que fueron para la sociología como la ciencia ficción para la literatura, hubo
una película visionaria que convendría revisar. Se titulaba Themroc, dirigida por Claude Faraldo,
con Michel Piccoli como protagonista. En ella, un ciudadano normal se encierra
en su piso, tapia con ladrillos la entrada, tira la pared exterior y se
convierte a grito pelado en un cavernícola urbano. Fue calificada como
subversiva, irreverente, inmoral y pasada de rosca. Había incesto, pecado,
revolución interior. En la escena culminante, Piccoli sale de noche a buscar
alimento, caza un policía y se lo come asado en su cueva. Estaba cargada de
simbolismo, en un desolador blanco y negro, pero ayudaba a pensar, condición
necesaria entonces para rodar una película.
Es normal ser cenizo
en las primeras décadas de un siglo. La gente alberga esperanzas de cambio y
baja las defensas. Los poderosos aprovechan para reducirnos la cuota de
plátanos, para enfrentarnos en guerras simiescas entre adoradores del sol o de
la luna. El aire huele a caos cuando todo el mundo tiene la razón. La gente no
sabe hacia dónde correr, salvo hacia sí misma. Entonces la cueva se convierte en un espacio físico y emocional necesario. Porque
te sientes animal, animal acorralado. Ya lo canta Vetusta Morla: No hay timón en la deriva, tendremos que
inventar una guarida.
Si los fanáticos no logran
de nuevo retorcer el curso de la historia, encontraremos una solución, una vía
de escape hacia la mejora humana. No hay por qué hacer que todo salte en
pedazos, como en 1914, 1936, 1939… La sociedad terminará implosionando,
espachurrando sus defectos, tratándolos como virus y exterminándolos. En nosotros
está la enfermedad y la cura. Cualquier iniciativa que intente flexibilizar la
vida, que permita una mayor inclinación de las ideas nobles antes de que se
vengan abajo, que aumente el margen de posibilidades de la realidad, nos
ayudará a salir de la cueva. O al menos a no dirigirnos a zancadas hacia ella.
Publicado en El Mundo-Cantabria
7-12-15
miércoles, 25 de noviembre de 2015
NIEBLA ELECTORAL en El Mundo-Cantabria
Niebla electoral
La niebla es un
fenómeno natural inocente que por su aspecto algodonoso suele aparecer en los
cuentos infantiles asociada a la magia y el misterio, pero a 120 por hora, de
improviso, en una vaguada de la autovía, representa un peligro incuestionable:
o reduces la velocidad o te la pegas.
Los depredadores
utilizan la confusión que proporciona la niebla para cazar, aunque sólo un león
de dibujos animados tendría un cañón de teatro para fabricar niebla artificial;
un león de melena lo consideraría indigno, pensando con razón que si lo hace
las gacelas pondrán en su lugar muñecos de trapo. Resumiendo, si basas tu
campaña electoral en fabricar niebla para los críos, no te extrañe acabar en la
cuneta con los neumáticos girando hacia el cielo. La gente está de fantasmadas
hasta el gorro. Lo expresaba con elocuencia un joven agarrado a una cerveza el
otro día en el bar: ¡Que se dejen de
tonterías, queremos programas electorales detallados, con presupuestos reales y
plazos de realización, en archivo PDF, en la red, ya!
Son muchos siglos arrastrándonos por los
suelos para no ser expertos en creadores de niebla. Sabemos que nos mienten por
sistema, que si no nos roban más es porque no saben cómo hacerlo, que el
árbitro está comprado aunque no le paguen. Si lo que pretenden los políticos
actuales es que votemos al tacto, de acuerdo, pero entonces tendrán que
acercarse más, con la yugular a la distancia de un mordisco. Son tiempos
feroces, nuestra vida no es un juego retórico.
Por desgracia, este
siglo ha caído sobre nosotros como una losa y lo primero que ha sepultado ha
sido la confianza en nuestros dirigentes. Pasan por la cárcel tantos
testaferros y por los consejos de administración tantos políticos, que cada vez
que uno de ellos abre la boca el instinto de conservación nos cierra los oídos.
Digan lo que digan no les vamos a escuchar, lo saben, por eso gritan vacuidades
y en los mítines se rodean de globos de colores como en el cumpleaños de un
niño. Nos regalan promesas como piruletas. La culpa es nuestra, por votarles,
que esto es una democracia y no vale mirar hacia otro lado.
Llevamos demasiado
tiempo permitiendo que lo más turbio de nuestra naturaleza nos gobierne, que
otros hagan lo que nosotros no nos atrevemos a hacer, pero somos tan cínicos de
echarles la culpa de nuestras desgracias, como el que entrega un fusil a
alguien para que mate por él y luego le llama asesino. Hay que asumir
responsabilidades, salvo el que tenga una bula católica de exculpación perpetua
o el carnet marxista sin espejo, porque la parte sumergida del iceberg de la
corrupción somos nosotros. Ellos solos no pueden hacerlo, necesitan cómplices,
una legión ya que los delitos son tantos. Los implicados llegan hasta el
horizonte. Nos hacemos un flaco favor si no tiramos de la manta, aunque
acabemos desnudos y al descubierto.
El día siguiente a
las elecciones generales comienza oficialmente el invierno. Muchos van a pasar
frío. Supongo que la fecha de los comicios la escogió aquella diputada popular,
cuyo nombre no merece ser recordado, al
grito de: ¡Ahora se van a enterar esos muertos de hambre!
Cuatro millones de
parados que siguen siendo cuatro millones de parados, una deuda que pasa en una
legislatura del 70 al 97% del PIB, más del 25% de la población en riesgo de
pobreza y exclusión social… Eso es levantar el país, sabemos a costa de quién;
nos hemos enterado, gracias. No hacía falta que nos lo explicaran con un vídeo
en el que unos tipos disfrazados de médicos secuestran a una mujer, la torturan
con descargas y le pintan una bandera de España en la cara. Pobre chavala, sus
ojos de castaña asada recuerdan al hambre de los cómicos; seguro que sabe
bordar a Shakespeare y ahora acepta cualquier papel si le adelantan un
bocadillo. Ser actriz y tener que trabajar para el partido que cierra los
teatros requiere coraje, lágrimas amargas en el camerino, espero que no la
obliguen a aceptar la cruz de hierro, que van pasados de rosca.
El PP merece perder
el Gobierno por su zafiedad y su mala gestión, pero sobre todo por reírse de
nosotros a la cara. En particular Rajoy, el Ausente, que ni los suyos saben
dónde se ha metido durante toda la legislatura. En los mandos del país no
estaba, desde luego, ni en las colas generosas de los bancos de alimentos, para
más inri desvalijadas por alguno de su cuadrilla. Son insaciables, como corleones. Y no sigo, que hay una ley
Mordaza y la puerta de mi casa vale un sueldo.
Lástima que la
sociedad española se encuentre tan deteriorada y deba enfrentarse al hecho
triste de haber generado un panorama político tan chusco. Cuando la ciudadanía
tiene que agruparse para tomar las riendas de la nación, está gritando bien
alto que el sistema no funciona. No nos
representan, sentenciaban los Indignados, y su clamor llegó hasta las
universidades y hace un año se materializó en Podemos. A falta de soluciones
prácticas, mejor fundamentar teóricamente la revolución inmediata. Fue la
bomba, el asalto a la Moncloa, la cosa pintaba tan bien que no se notaban los
brochazos. Hasta los bancos europeos temblaban imaginando a un presidente con
coleta. Les entró un miedo filibustero a que unos descontrolados metieran sus
uñas sucias en el cofre del tesoro. Entonces, como son unos clásicos, aplicaron
a este proceso la paradoja hispana, de manera que el impulso irrefrenable hacia
la izquierda potenciara a la derecha. A día de hoy, Ciudadanos ha capitalizado
los esfuerzos de Podemos, añadiendo más confusión y logrando que las esperanzas
de muchos regresen al punto anterior, donde todo importaba un pimiento. Eso sí,
el PSOE va a liderar a la izquierda, siempre que sea capaz de definirla a
tiempo.
Esto no es un país, es un disgusto. Hay que
abandonar la introspección del móvil, en la realidad llueve, no caen rayitas,
debemos guarecernos. Es un mal momento para que nuestras carencias nos dejen
indefensos ante los expertos en manipulación. Hay personas que se sientan
delante de una pizarra que contiene nuestra vida, deciden a primera hora
inclinar hacia un lado el voto de los ancianos y antes del almuerzo lo tienen
hecho. Se equivocan, claro, pero en un porcentaje no significativo. Si fuera
por ellos, se eliminaban las elecciones y gobernaba directamente el Ibex-35.
Para qué perder el tiempo, la democracia es un estorbo, a fin de cuentas
evolucionamos hacia un homo economicus
que avergonzaría al mismo Adam Smith.
Nunca hemos sido tan
vulnerables. Igual que los fines de semana se advierte a los automovilistas de
los riesgos de la carretera, sería de utilidad pública informar a la gente de
los peligros de unas elecciones generales. Al menos decirles que consigan un
Diccionario de Falacias, el que sea, hay versiones desde Aristóteles, para así
detectar el engaño, saber Cómo lo hacen
y el 20-D actuar en consecuencia.
Publicado en EL MUNDO-Cantabria 24 noviembre 2015
viernes, 20 de noviembre de 2015
UN ÁNGEL DE BEICON en Revista Cantárida
Un ángel de beicon se posa sobre mis zapatillas azul celeste. Sus alas de
lonchas veteadas salpican gotas de grasa minúsculas que brillan un instante y
desaparecen. Me da la espalda, con los brazos en jarras. Tiene el cabello de
fino cuero blanco y los pies con cascos de potrillo. No me muevo. Ni pestañeo. Miro
de reojo a la cámara que me está grabando e imagino la cara de capullo que
tendrá el médico que toma notas detrás del monitor. Otra vez se han pasado con
la medicación. Miserables.
—Hay que tener cuidado con las alucinaciones, abundan por estos lares…
El enfermero Marcos es tan ocurrente que dan ganas de crucificarlo en una
torre de alta tensión. Sin preguntarme si deseo compañía, aparca a mi lado a
una señora. No la conozco. Sus ojos y su boca me sonríen. Lleva el pelo blanco
cortado a lo Joan Báez. Me recuerda a mi profesora de griego, una feminista
declarada que comenzaba sus clases escribiendo en la pizarra un poema de Safo,
uno nuevo cada día.
—Parecemos geranios al sol… —su voz es firme, pero acogedora—. También
pasajeros que esperan su vuelo… definitivo.
—O nobles patricios que se dedican a
no hacer nada —añado, con sequedad. Luego le sonrío a medio labio y observo que
su silla de ruedas es una Splendor 12, con almohadillas antiescaras
incorporadas en asiento y respaldo. Se rumorea que la residencia va a pasar de
pública a privada por el método guarro de extender los privilegios. Son como
alimañas, recortan de todos lados para llenarse los bolsillos, pero nunca es
suficiente. Si además vives mucho tiempo, como yo, te odian. Y te investigan
para fijar patrones que eviten que otros duren tanto… Miro a la mujer con
recelo. Ella lo nota y entorna los ojos.
—Tranquilo. No soy una infiltrada,
soy del Trasvase.
Cierro los puños. Vigilo por encima
de su hombro y ella por encima del mío. Cualquier gesto o contraseña nos
delataría. Nos miramos con los ojos muy abiertos. Dejamos que la transparencia fluya entre
nosotros hasta que las miradas adquieran confianza. Pasado un minuto, le alargo
mi mano.
—Rubén.
—Estela.
—Bienvenida. Os estábamos esperando,
eres la primera. Al final, cómo acabó aquello…
—Mal. Muy mal. Dos años sin el
pantano y no ganaban para antidepresivos. Las familias que pudieron se llevaron
a los suyos, a casa o a la privada. Los demás nos quedamos allí, mirando a una
barranca donde antes había un lago. El primer mes, perdimos a cinco mujeres de
más de noventa años. Pura tristeza… Y así mes tras mes, cada vez más jóvenes,
hasta que reaccionamos. Hubo una petición unánime de traslado. Se negaron.
Entonces organizamos la Resistencia, nos hicimos fuertes en la cocina, nos
redujeron a jeringuillazos. A mí me han tenido dormida casi una semana, no sé
dónde. Luego me trajeron aquí.
—La cárcel de viejos. Felicidades. Esto es tan ultramoderno que da grima.
Es abrumador, sobre todo al principio. Aquí no hay nada que tenga más de dos
años. El centro cuenta con un beneficiario, potentado de la construcción, y
renuevan hasta los pomos de las puertas de un día para otro. Lo que no se vende por extravagante y pasado
de rosca, termina en nuestros salones. ¿Has visto las lámparas del pasillo de
entrada?
—He gritado al verlas.
Sobrecogedoras.
—Así se vengan de nosotros. De
nuestra rebeldía. No hay nada a que afianzarse…
—Y además muchas pastillas.
—Ejercen sobre nosotros un control químico absoluto…—me aproximo a ella y
le hablo entre paréntesis: (—… pero tenemos antídotos. Apoyo químico del exterior.)
—Los nietos.
—Los nietos… Sólo ellos impiden que acabemos siendo unos zombis.
Estela y yo cerramos los ojos. Cada uno piensa en su legado. Hijos y
nietos que no se han arrodillado jamás. Resistentes de raza.
—Si tenéis alguna acción inmediata, contad conmigo.
—Te veo rígida. No tienes mucha movilidad…
—Todavía puedo sujetar una espumadera con los dientes. Pero lo mío es la
intendencia. Les puedo robar cualquier cosa delante de sus narices.
—Perfecto. Andamos escasos de algunos suministros y solma… red… mesta…
La cara de Estela se divide en dos pedazos, luego en cuatro y se pliega
sobre sí misma. Me sube un colocón tremendo de la última pastilla. ¡Miserables!
—Me fas a disculpar, Eftela. El enemigo ataca… desde el interior. Hasta
el cambio de turno… no llega el antídoto…
La cara de Estela se materializa de nuevo. Asiente con la cabeza,
comprende. Hace calor. Y frío. Escucho un suave aletear cerca de mi hombro
derecho. El ángel de beicon extiende sus alas entre nosotros. Algo me dice,
pero no le entiendo.
Publicado en
Revista Cantárida
Foto Paula
Arranz
lunes, 2 de noviembre de 2015
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