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martes, 26 de diciembre de 2017

RESEÑA de DE TEMBLORES de Kepa Murua en ESPACIO LUKE


DE TEMBLORES de Kepa Murua

            De temblores es una novela de amor. Un texto breve pero intenso que ahonda en la problemática tratada por Kepa Murua en sus novelas anteriores y que en cierto modo serviría de conclusión o final de ciclo. Una suerte de epílogo sobre el tema del amor enfrentado a la libertad del individuo o, dicho de otra manera, el amor y sus consecuencias para un hombre contemporáneo que es algo más que un mero receptor pasivo, una víctima propiciatoria del único tema que al parecer nos interesa. Porque la cuestión a tratar, la pregunta que se intenta responder, es si somos algo más que personas que aman y son amadas. Si hay algo además o por encima del amor. Si la vida sin amor tiene algún sentido. Demasiados impedimentos que concluyen con la certeza de somos incapaces de amar, porque el amor ha cambiado tanto en los últimos tiempos que resulta irreconocible.
Para abordar el tema del amor, Kepa Murua utiliza en su obra diferentes estrategias narrativas. En su primera novela, Un poco de paz, asistimos al amor fundacional mediatizado por la historia familiar del personaje, dependiente todavía de la figura paterna. El método utilizado es la parodia, con el descubrimiento de un manuscrito revelador al estilo de los best-sellers. En la segunda novela, Tangoman, vivimos la peripecia de un hombre feo pero dotado para el baile y el amor circunstancial, un trípode humano que consuela a mujeres mayores y que se enfrenta a su propia desdicha y marginalidad: toda una sátira con momentos cómicos y delirantes. En esta tercera, sin embargo, emplea un método más sutil: la confesión, con un enrevesado paralelismo con su propia biografía. En De temblores, el protagonista es un escritor, de 50 años, con el pelo rapado, que usa sombrero, que viaja con frecuencia al continente americano… y si nos dejamos engañar por las apariencias, o si hemos leído las dos primeras entregas de sus Diarios, podríamos concluir que se trata del mismo Kepa Murua. Sin embargo, el protagonista se llama Rubén, no es el autor, no es un álter ego, sino esa máscara que con frecuencia utilizan los escritores, ese juego tan suculento de la falsa-biografía, donde se usan datos verdaderos mezclados con otros que no lo son, un tour de force en el que se confunden deliberadamente las cosas para comprometer e implicar tanto al que escribe como al lector que conoce en parte su obra. Un método arriesgado, duro, que Kepa Murua sabe resolver con gran maestría narrativa.
Formalmente hablando, De temblores no es una novela que huye hacia otro texto como en el caso de Un poco de paz, ni tampoco contiene un personaje estrambótico que se traslada a su propio interior a modo de refugio estilístico, como en Tangomán, sino que es un ejercicio de desnudez total, con un estilo contundente, basado en capítulos cortos con un enunciado orientativo, con párrafos muy breves, de un solo golpe de voz, alternados con diálogos de una crudeza tal que impide cualquier desvío. Lo que hay es lo que hay. El texto ha sido pulido hasta la exasperación. Si en vez de leerlo lo escucháramos grabado pensaríamos que estamos asistiendo a la declamación del alma de una persona, y digo declamación porque hay una evidente intención musical y poética en el texto. No solo por los ritornelos empleados, que se repiten a lo largo de la novela, en especial ese: “De temblores está hecho el amor”, que aparece en lugares clave en diferentes capítulos, sino también por los bucles en los que la memoria regresa a un punto anterior, a un texto ya mencionado, para darle un nueva lectura, para avanzar en su interpretación. Un estilo dinámico que impide que las palabras se solidifiquen, de manera que si al principio esos temblores son los propios del sexo, a continuación serán los de la indecisión y el miedo de los amantes, y más adelante los de un terremoto emocional que todo lo transforma. Es el mismo temblor evolucionando y dimensionándose según nos vamos adentrando en la novela. Una novela con mucha más complejidad de la que aparenta y que, al final, contiene una vuelta de tuerca muy eficaz que nos permite reinterpretar lo leído.
La historia de amor que nos cuenta De temblores no es una historia de amor al uso. No es nada convencional. Contiene todos los elementos de las historial de amor, por supuesto, pero debajo de su aparente simplicidad esconde una reflexión más profunda y necesaria: ¿Qué le hemos hecho al amor, en qué lo hemos transformado, por qué sentimos que se nos escapa de las manos? Estamos hablando de un amor idealizado, sublime. Ese es el tipo de amor que busca Rubén a lo largo de toda la novela, porque, como decía Auguste Comte: “Si el amor no pude dominar, ¿cómo va a hacerlo el espíritu? Si no entendemos el amor, ¿de qué sirve entender todo lo demás?”
En este sentido De temblores entronca con la mejor literatura europea de los últimos tiempos. En lo fundamental, no dista mucho de las preguntas que se hace Michel Houellebecq en Plataforma: “¿Los europeos del Viejo Continente hemos perdido la capacidad de amarnos entre nosotros y necesitamos buscar o recuperar el amor en otras latitudes?¿Tanto ha cambiado nuestra sociedad para que seamos incapaces de amar y ser amados?” La respuesta es obvia: sí. Por una parte, las religiones puritanas y controladoras de nuestro pensamiento han perdido su fuerza a lo largo del último siglo, y los sistemas políticos y las trasformaciones sociales han dotado el individuo de un poder decisorio que antes no tenía. Por otra parte,  el surgimiento de los métodos anticonceptivos ha liberado al sexo de la esclavitud de los matrimonios forzados, y la progenie abundante y encadenadora. Y en tercer lugar, la liberación femenina ha convertido a uno de los dos elementos del amor heterosexual, la mujer, en alguien activo, cuando antes era casi siempre pasivo. Marxismo, anticoncepción y feminismo dieron un giro copernicano al amor, y el capitalismo actual ha terminado por liquidarlo, al menos en su sentido más puro. Nos encontramos por tanto en una era de re-definición de uno de los conceptos vitales del ser humano.
En De temblores, Kepa Murua, a través de los pensamientos y conversaciones del personaje central con sus diferentes amantes, nos aproxima al amor actual. En la novela aparecen al menos seis mujeres, destacando Dacia, de origen indio pero adoptada y educada por occidentales, una mezcla de amante, madre y refugio, y Rosale, suramericana, bastante más joven que el escritor, la otra protagonista del libro, que representa el amor crepuscular, la oportunidad tardía de afirmar o negar el amor, un nuevo comienzo y en cierto modo una involución. Entre todas ellas forman el currículum amoroso de Rubén, una experiencia en principio desencantada pero que busca su redención, porque en el fondo desea amar, desea reafirmarse como individuo a través del amor. De este modo retrata lo que es el amor actual, no exclusivo, que reside en diferentes personas, una por cada fase o etapa del individuo. Es por tanto un amor de duración limitada, que se consume con intensidad y luego se desecha.
Sobre todo ello se interroga a lo largo de la novela el escritor protagonista debatiéndose entre el deseo antiguo y la realidad contemporánea. Y cree que el motivo de sus desvelos reside en el hecho de ser diferente, ser escritor, someter la realidad a un exceso de observación y cuestionamiento. A eso juega con Rosale, su nueva y joven amante, a la demolición del amor y de sus posibilidades por el eficaz método de querer afirmar su existencia. Comienzan a amarse poniendo en tela de juicio si el amor es posible, posible para ellos y posible en sí mismo. Y la pregunta que se hace el lector es si existe algo capaz de soportar semejante escrutinio, porque los personajes no se entregan a ese sentimiento, sino que lo analizan y así lo destruyen, socaban sus posibilidades naturales, lo falsean a través de la mente. Si hicieran lo mismo con el sexo, no llegarían ni a la cama. El amor no se piensa, se hace. Intelectualizarlo es un error. Y nunca se debe oponer el amor a la libertad individual.
A lo largo de toda la novela diferentes mujeres acusan al protagonista de ser una persona egoísta, alguien incapaz de amar, porque sólo se ama a sí mismo. Sin embargo, Rubén se defiende constantemente y al hacerlo se delata. Además utiliza a su nueva amante, Rosale, para esconderse y refugiarse en una sospechosa autocomplacencia. Quizás en eso reside el problema de Rubén, y por extensión de todos nosotros: demasiado individualismo, demasiado narcisismo, demasiadas corazas para los sentimientos, cuando el amor requiere un cierto abandono, la aceptación de la dependencia, la debilidad, la posibilidad de perderse, de alienarse sin miedo en brazos de otra persona. Y para eso es necesario ser adulto, no esperar siempre una retribución, una recompensa. Como decía Erich Fromm en El arte de amar: “En una cultura en la que prevalece la orientación mercantil y en la que éxito material constituye el valor predominante, no hay en realidad motivos para sorprenderse de que las relaciones amorosas humanas sigan el mismo esquema de intercambio que gobierna el mercado de bienes y de trabajo.” Sin embargo, “en el amor es fundamental dar, no recibir”, “aunque existe el malentendido común de suponer que dar significa renunciar”, “que dar sin recibir es una estafa”, cuando “el acto mismo de dar, es una prueba de mi fuerza, mi riqueza y mi poder”.
En De temblores, a pesar de los esfuerzos del Rubén por ser empático con las mujeres, el punto de vista es siempre masculino. Siempre está a la defensiva, como el hombre actual que teme perder sus privilegios y que jamás admitiría que no sabe cómo desenvolverse en un terreno de igualdad anímica y sexual. No quiere ceder terreno sino aprovecharse de las circunstancias para mejorar su posición. En el fondo, comete el mismo error que Freud con su materialismo fisiológico, al ver en el amor exclusivamente la expresión o la sublimación del instinto sexual. El amor dura para Rubén lo que dura el deseo, nada más. Si alguien le exige otra cosa, esa persona no es conveniente. No parece saber que el amor comienza a desarrollarse cuando amamos a quienes no necesitamos para nuestros fines personales. Rubén no sabe amar porque tampoco sabe vivir. No es extraño que piense que el amor es la unión de dos soledades, cuando en realidad es el antídoto contra la soledad. Como hombre contemporáneo, que no comprende que los tiempos han cambiado, no ha sabido superar la pérdida de la polaridad sexual, que sirve para el erotismo pero que no sirve para la vida fuera de la cama, donde hay dos personas, dos seres humanos que buscan juntos un sentido a la existencia. Rubén es tan inmaduro como nuestra sociedad, y representa sus contradicciones a la perfección.
Si algo nos aporta De temblores es un retrato descarnado de cómo se va desarrollando esa evolución, ese acercamiento entre los sexos, visto desde el interior de un hombre y algunas mujeres que buscan una salida al laberinto sentimental en el que seguimos encerrados desde el principio de los tiempos. Una novela valiosa, que también incluye una crítica feroz de la situación lamentable de los inmigrantes, y que se disfruta mejor con los precedentes de Un poco de paz y Tangoman. Literatura contemporánea, buena literatura, que formula muchas preguntas y nos deja a nosotros, los lectores… seguir haciendo más preguntas.

DE TEMBLORES
Autor: Kepa Murua
Editorial: El Desvelo
Colección: El legado del Barón
Ilustración portada: Andrea Conde
PVP: 19 €

Enlace: http://www.espacioluke.com/2017/Noviembre2017/taboada.html


lunes, 13 de febrero de 2017

LA ESQUINA DE WRÓBLEWSKI en ESPACIO LUKE



     Quedamos en el Retiro, junto a la entrada de la exposición de Andrzej Wróblewski. Hacía una temperatura insólita para un mes de enero madrileño, casi quince grados, pero él profesor apareció con guantes gruesos y bufanda de dos vueltas, como si acabara de nevar. Dijo que estaba resfriado. Nos dimos la mano y entramos en el Palacio de Velázquez.
La retrospectiva del pintor polaco se titulaba Verso/reverso. Mostraba bastantes cuadros dobles, con escenas de realismo socialista por un lado y abstracciones geométricas por el otro. Estaban colocados sobre paneles que había que rodear, lo cual obligaba a los guardas de seguridad de la exposición a pedir a los visitantes que llevaran sus mochilas y bolsos bien sujetos delante, para evitar dañar las obras. A Santiago Valcárcel lo amonestaron por no controlar su bufanda, que una vez desenrollada le llegaba a las pantorrillas y a punto estuvo de engancharse en un bastidor. Ese control de los guardianes del arte encajaba con la obra expuesta, llena de fusilados, hombres desmembrados, espirales y círculos toscos, todo con una crudeza desalentadora. La brutalidad  de la invasión de Polonia por los alemanes en la Segunda Guerra Mundial y luego el estalinismo feroz narrados por una de sus víctimas. Una pintura plana y cadavérica.
Nos detuvimos al fondo de la sala central, junto a la flecha que nos conducía hacia la segunda época de ese pintor desastroso venido del telón de acero. Daban ganas de marcharse, de no perder allí mucho más tiempo. Me gustaba tan poco que pensé que el profesor me estaba sometiendo a alguna prueba: si ese pintor había llegado hasta allí no podía ser desconocido para él, ni tampoco un cualquiera. Me lo tomé con paciencia.   
—Durante mi infancia —dijo Valcárcel, como si vinera a cuento— yo vivía recluido en los rincones. Sobre todo en un rincón de la cocina. Allí me entretenía con los cuatro objetos casuales que me arrojaban los adultos, ya sabe, pinzas de la ropa, un lapicero, un trozo de tela para domesticar los dientes… Supongo que me gustaban los rincones porque allí me sentía protegido, con las espaldas a cubierto, dominando siempre el panorama. Podía mirar a los demás, ver sus evoluciones, aprender. Además en los rincones se está más calentito, lejos de las corrientes, sin estorbarle el paso a nadie. Fue determinante en mi vida abandonar esa actitud y alejarme del amparo de los rincones infantiles.
Entendí que tampoco le agradaba la exposición, y que se refería al régimen comunista como un arrinconamiento humano de trágicas consecuencias, lo que le llevaría a denostar la obra de Wróblewski por primitiva, superada, anodina y testimonial. O eso pensaba yo. Con las prisas, no habíamos mirado la hoja que nos entregaron en la entrada y lo hicimos ahora. Valcárcel señaló la foto de presentación, cuyo cuadro teníamos justo delante, pero en posición vertical, con el título Chofer azul. Aquello era otra cosa, nada que ver con la obra expuesta en la sala anterior. La soledad férrea de ese cuadro te helaba la sangre. Había un grave despojamiento de las formas que achicaba el ánimo. Wróblewski había pasado de los cuerpos rotos a la anulación espiritual del conjunto, de la comunidad. Por ejemplo, un grupo de peces verdes cortados por la mitad representaba mejor la atrocidad de los muertos de la guerra que cualquier escena con cadáveres grandilocuentes. Un hombre observando sus propias vísceras mostraba la huida hacia adentro como única vía de escape. Un hombre atravesado por el rojo sangre del fondo parecía el retrato definitivo de todo lo humano. Costaba creer que un autor había evolucionado tan rápido y que era capaz de mostrarlo: te acercabas al cuadro y veías lo anterior, te alejabas unos pasos y podías sentir los brochazos del futuro. Una visión perturbadora, como todo lo que se hace a corazón abierto.
—¿Se da cuenta, profesor, que este hombre lo pintó todo en solo diez años? Doscientos cuadros y ochocientos trabajos en papel…  
A Santiago Valcárcel le gustaba hablar de sí mismo cuando había que hablar de otro. A ser posible más grande que él. Y caminar mientras hablaba. Mover las manos. Disertar.
—Un caso singular, qué duda cabe. Pero no todos los que salen del rincón acaban en la esquina. A mí me sucedió… hace ya mucho tiempo… Porque hay un tránsito obligado que te hace cruzar por la escena pública, cuando eres reconocido y dejas de ser invisible. Es fácil entonces perderse y que la imagen que los otros tienen de ti se imponga a la tuya propia. Entonces tu rincón y su rincón se unen y forman una caja que te aprisiona dentro. Error. Grave error para un artista. Por eso cuando sales de tu rincón y te muestras a los demás lo mejor es convertirte en una punta de flecha. No comunicarte, sino atravesarlos con tu determinación. De ese modo tu rincón trasciende, supera el espacio personal y colectivo para llevarte un poco más allá, donde eres como una sombra inquieta que espera en una esquina a la intemperie. Hay que llegar a ese lugar como sea. Rincón, flecha y esquina. Ése es el camino del genio.
Otros profesores nos hablaban de la luz, pero Santiago Valcárcel todo lo remitía a la geometría, al control formal y espiritual del espacio. Para seguir sus disertaciones era mejor cerrar los ojos, plegarse a esa concepción de líneas sentimentales y conceptuales que se cruzar y tensan el espíritu hasta crear un obra única. Afirmaba, y en sus clases no dejaba de insistir en ello, que se había exagerado el papel del espectador y muchas obras no iban más allá de un juego de ping-pong entre dos conciencias que se mueven en ámbitos diferentes. “El amanecer es implacable” solía decir, “nunca nos ha pedido permiso”. Él mismo había tenido una carrera notable como pintor en su juventud, con mucho éxito de crítica y público, pero lo había abandonado todo sin dar explicaciones. Llevaba veinte años sin tocar un pincel, dedicado solo a la enseñanza.
—Y ahora viene lo mejor  —dijo Valcárcel el entrar en la tercera sala, la más amplia—. La mayoría de estos cuadros sólo los he visto en foto. Para mí es todo un acontecimiento.
Yo me paré en seco. Se me escapó un silbido de asombro. Lo que había allí, incluso de lejos, era incomprensible. El impacto visual te dejaba anonadado. Como encontrar en una sola muestra un Bacon, un Picasso, un Mondrian, un Chagall o un Klee, sus mejores cuadros, compartiendo un mismo espacio. Era excesivo, sublime, de una belleza casi brutal. Yo tenía entonces veinte años escasos y no estaba preparado para aquello. El profesor me empujó suavemente con los brazos, me alejó de él, quería que lo viera solo, ya hablaríamos más tarde.
No sé cómo hablar de ello sin emocionarme. Cualquiera que dude sobre las posibilidades del género humano o los límites del arte debería ver una exposición de Wróblewski. Si el salto de la primera a la segunda época había sido enorme, la tercera resultaba sobrenatural. En solo dos o tres años, se había merendado el siglo XX, lo anterior y lo que vendría después. Una esponja de lo esencial, de la substancia, del eje sobre el que giraba y seguirá girando la vida.  “Madre con niño muerto” podía ser un icono de la pintura del siglo. Igual que “Sala de espera I. La cola continúa”. Cada uno de aquellos cuadros era único, excepcional, de gran relevancia para la historia del arte. Estar presenciando aquello hacía que te sintieras importante, privilegiado, humano, como un espectador de auroras polares, si en tu alma hubiera tal cosa.
El profesor Valcárcel me tocó el hombro, sacándome de la ensoñación. Me enseñó el reloj, como si se hubiera terminado la clase. Llevábamos en aquella sala casi una hora. Al verme tan emocionado, sonrió y me dio un abrazo.
—Este hombre murió a los 29 años. En un accidente, en las montañas Tatra. Recuerde siempre que hay gigantes que pasan a nuestro lado y apenas percibimos de ellos la sombra.
—¿Cómo es tan desconocido?
—Para usted ya no lo es, joven amigo. Tiene suerte, yo lo descubrí cuando ya era demasiado tarde para mí. Cuando el exceso de interpretación me dejó inválido.
—Yo nunca tendré una obra tan importante, profesor. Mis cuadros…
—¿Y usted qué sabe? ¿Cómo puede decir eso, si al entrar ya quería marcharse de esta exposición? ¿Qué siente ahora?
—Ganas de correr a mi estudio y…
—Y pintar un cuadro para el Museo del Prado…
—Como mínimo.
—¿Y a qué espera? No se preocupe, le subiré la nota para que no pierda la beca. Es más, le compro la mitad del cuadro que va a pintar antes que acabe esta semana. Le quedan cinco días.
Acepté y nos dimos la mano. El profesor Valcárcel me pagó el taxi y utilizamos la trasera del folleto de presentación de la exposición de Wróblewski para formalizar el acuerdo. Él quería poner mil euros, pero yo le dije que no exagerara y acordamos quinientos. De ese modo tan increíble se hizo con la mitad de los derechos de “Hombre seco en el páramo”. Cada vez que lo pienso…


Foto: Paula Arranz
Detalle de Sala de espera I. La cola continúa, de Andrzej Wróblewski.

Andrzej Wróblewski: Vilna (Lituania, antigua Polonia) (1927-1957). Exposición Verso/reverso. Parque del Retiro. Palacio de Velázquez. 17 noviembre 2015-28 febrero 2016.

Enlace: http://www.espacioluke.com/2017/Enero2017/taboada.html


martes, 27 de septiembre de 2016

LOS SENTIMIENTOS ENCONTRADOS en ESPACIO LUKE



¿Quién ve lo que desaparece detrás de una montaña?
sobre Los sentimientos encontrados, de Kepa Murua.

Los sentimientos encontrados es una buena novela. Nadie lo diría tratándose de un diario, ya que la vida normal aburre a cualquiera. Sin embargo hay personas dotadas del don de la singularidad y si se toman la molestia de narrar su existencia con pelos y señales les sale un drama memorable, clásico. Algo digno de ser narrado porque contiene un héroe intrépido, unas circunstancias adversas, un camino esforzado y tortuoso, y un desenlace no por esperado menos sorprendente. Este diario se lee con interés, curiosidad, aprovechamiento óptimo de la lectura y la sensación final de haber adquirido una mejor comprensión del ámbito literario visto por uno de sus protagonistas. Un libro atractivo para todos los lectores, aunque no les atraiga en particular el mundo de la edición. Y mejora si conocemos el libro anterior.  
Recordemos que en la primera parte, Los pasos inciertos (Memorias de un poeta metido a editor 1996/2004), el protagonista fabricaba una trampa y se encerraba en ella. Pretendía la quimera de ganarse la vida en el proceloso mundo de las editoriales independientes, se lanzaba a ello con más corazón que cabeza y al encontrarse con la cruda realidad surgía la trama. Nos contaba entonces sus desvelos ante un hatajo de escritores borrachos y pagados de sí mismo, unos editores avezados en la rapiña y el juego sucio, un sistema de distribución mezquino, una intelectualidad indigna de tal nombre por su escasa altura de miras.  Los ponía a todos a caldo, con nombres y apellidos, para así demostrar su propia valía, la claridad ética de su propósito frente a la turbiedad de los suyos, el inconmensurable poder de un poeta para iluminar aquella oscuridad siniestra. Como San Jorge contra el dragón o Jesucristo echando a los mercaderes del templo. Pero su exceso de pasión le cegaba, impidiéndole ver lo evidente: ser poeta y editor en este país es una paradoja, algo que hace de reír, porque según una encuesta reciente uno de cada cinco españoles piensa que el sol gira alrededor de la tierra (me dicen que es al revés).  Margaritas a los cerdos, era la conclusión de Los pasos inciertos.
 Todo hacía presumir que en la segunda parte el héroe se quedaría solo, enfrentado al espejo de sus limitaciones. Que la editorial Bassarai fracasaría y le arrastraría en la caída. Que sería capaz de sacrificarlo todo con tal de sacar adelante una cabezonería. Que se iba a arruinar sin ser una persona arruinable. Kepa Murua no es rico, ni lo ha sido nunca. No tiene una abuelita maja que le dejó unos bonos canjeables, ni una mujer que puede llamar a papuchi y pedirle lo que sea, ni mucho menos amigos que naden en la abundancia. Perderlo todo significaba para él perderlo todo. Hablo de comer el día siguiente. Y encima su socia en la editorial era su propia mujer. Con un niño pequeño. Sólo un milagro podía haberlo salvado del desastre inminente. Y lo sabía. Y lo dice. Y todo se derrumba a su alrededor sin que pueda hacer nada para evitarlo. Los sentimientos encontrados es la crónica de esa  demolición. Tres años muy largos, duros, tristes; acorralado por las facturas, al borde de un fracaso sentimental y con menos futuro que el presente actual. De hecho, sus páginas anticipan o retratan al sujeto contemporáneo, que huye hacia sí mismo porque ya no queda hacia dónde correr. Eso en los que nos hemos convertido en la última década: estéril y desesperada. Es destacable el episodio de su viaje a Canadá y New York, cuando el autor intenta recuperar su libertad de acción, la juventud despreocupada, pero se escucha entre frase y frase, con nitidez, el sonido de las cadenas. Entonces empieza el dolor.
Hay un punto en este diario en el que Kepa Murua debería haberse detenido. Hacer un paréntesis, dejar un largo espacio en blanco, varios meses. Quizá por pudor, para no ocasionar daños colaterales, proteger su intimidad o no mostrar su lado más implacable. Cuando el barco hace agua, toca el sálvese quien pueda, no hay chalecos para todos y apenas tiene fuerzas para salvarse a sí mismo. Pero no calla, no lo hace, da testimonio de lo alto y de lo bajo. Justo en ese momento  recordamos que lo que estamos leyendo le ha sucedido a alguien, que se basa en hechos reales, es una true story. Seguir escribiendo en esas condiciones es meritorio, nuestra faceta de lectores sádicos se lo agradece, consigue que sintamos una oscura empatía. Nos lo pone fácil porque él mismo se llama ingenuo, tonto, ególatra, soberbio y pasado de rosca. La furia y la ira dirigida en la primera parte hacia los demás, la dirige ahora hacia sí mismo. Reconoce con pesar que sobrevaloró sus fuerzas, que se equivocó en el análisis de mercado, que ser editor independiente es un lujo que no se puede permitir. El miedo a fracasar es superior al fracaso mismo. Y duele tanto que su expresión alcanza en este punto un alto nivel poético. Kepa Murua acepta su destino, el desierto que le corresponde.  Bassarai dejará de ser real, pero no morirá, tendrá una segunda vida, pasará a ser un mito en parte gracias a sus diarios. Aquí precisamente el Diario alcanza la mayúscula, es autoconsciente, sabe o decide que va a ser publicado. Adquiere presencia, entidad, e influye en lo narrado.
            Es una disciplina extraña terminar los días con un balance escrito de lo vivido. Lo mismo que hacemos todos antes de irnos a la cama, pero registrado, anotado, fijado en palabras para siempre. Someterse a la esclavitud de lo dicho, de la huella pronunciada, y que sea ella con sus limitaciones la que marque todo el trayecto. Un riesgo enorme. Sobre todo cuando el autor se aferra a su memoria, se disocia y se convierte ya en el narrador de pleno derecho de su propia historia. Entonces se gana el rango de novela, una novela con forma de diario, algo más que el mero registro de los hechos. Kepa Murua enfrentado al abismo de no distinguir al creador de lo creado. El punto crítico de su drama personal. Ser la representación fiable de sí mismo. Como volverse esquizofrénico y amar al Otro. Reivindicarse al completo. Saber que con esas ruinas está construyendo una obra, adquiriendo entidad de ficción mientras se aleja de lo humano. Gana el poeta, pierde el editor. Y aceptarlo los une a ambos. Porque si los poetas están locos, los editores independientes están completamente chiflados. Aunque uno no haya escrito jamás un verso, hay que ser un pedazo de poeta para mirar las cifras de ventas de tus libros y que no se te caiga el alma al suelo. Cuando veo a un editor, siempre le doy el pésame, y siempre viene a cuento.
            También hay amor en estos diarios. Amor en retroceso. Amor que se pierde. El precio a pagar por la obcecación de ser poeta y editor sin saber que la rutina de un editor no es nada lírica. Un amor desdichado que recuerda a Suave es la noche, de Fitzgerald, con sus personajes femeninos descontrolados, mentalmente frágiles, al borde de la cornisa. Ser imán de mujeres desequilibradas también lo desequilibra a él, algo que debe cambiar si quiere sobrevivir. Le espera una soledad desoladora. El tiempo de crear un escudo impenetrable que le permita madurar sin pudrirse. La mutación.
Queda por preguntar después de la lectura, si un hombre inteligente escoge un sueño imposible para así fracasar y tener algo de qué quejarse. ¿No es esta actitud victimista un reflejo de los tiempos vividos por el personaje? ¿No es el mal de occidente la queja continuada, nuestra válvula de escape? Un oriental lo llevaría mucho mejor, con un sano estoicismo. Por eso es predecible que en la próxima entrega el personaje redima su fracaso con un intento de alcanzar el vacío, en plan zen. Orientalismo y redención. Abandonar la edición y regresar a la arcadia del verso como única patria posible. Salvarse. Memorias, al fin y al cabo, de un hombre vivo que puede demostrarlo. Muy de agradecer. 

Enlace:
http://www.espacioluke.com/2016/Septiembre2016/taboada.html

domingo, 31 de mayo de 2015

TANGOMÁN de Kepa Murua



TANGOMÁN, superhéroe de esquina.

 

            Hay varias clases de superhéroes: los universales tipo Superman, los locales como Spiderman, los de barrio como Superlópez y los de esquina, como Tangomán, cuyas hazañas no son del dominio público, suceden en la intimidad, las conocen cuatro monos y tres van a callar la boca por simple pudor. Es el antihéroe por excelencia, feo, solitario, despreciado por todos, se sabe muy poco de él, y nacerá y morirá en el anonimato salvo que escriba sus memorias.

            En esta novela de Kepa Murua, Tangomán nos cuenta en primera persona sus recuerdos, comenzando por el momento en que descubre sus habilidades ocultas, los superpoderes. Se llama Pedro Muros, es un oficinista de mediana edad, amargado por su fealdad, depresivo, hasta que un día se apunta a un curso de bailes de salón y lo hace tan bien que sus compañeros lo bautizan como Tangomán. Necesita tanto despojarse de su ingrata identidad que se aferra a esta última esperanza que le ofrece la vida, se entrega por completo y entonces el baile lo transforma todo. El narrador comparte con nosotros la creación de Tangomán, su criatura, transportado por la música, invadido por el ritmo, desbordado por sus nuevas posibilidades.  Pero la cosa se complica porque Tangomán no es Peter Parker utilizando su sentido arácnido para ayudar al prójimo, sino que es un tipo oscuro, rencoroso, misógino, y se aprovecha del baile para seducir a las mujeres y vengarse por el poco caso que le han hecho. Ahora es un trípode humano, y aunque no crea en el amor encuentra consuelo en el sexo desenfrenado y promiscuo y constante, todo el rato, sin parar, hasta la extenuación. En cierto modo, a lo largo de la primera parte, titulada Una música diferente, todo nos conduce a querer a Tangomán. A envidiarle aunque sea tan feo. A sentirnos identificados cuando se esfuerza por ser alguien significativo, por hacerse un nombre, y como lectores le agradecemos la acción incesante, las novedades y las aventuras entretenidas. Lo estamos pasando bien, es divertido. Pero el azar, el autor,  no está de acuerdo, fuerza la situación y entonces entramos en las tinieblas del libro.

            La segunda parte, De una esquina a otra, es dura, obsesiva, repetitiva, angustiosa, el discurso es el único campo de batalla. Es normal, algo que les sucede con frecuencia a los superhéroes, en esos capítulos en que se vuelven malos, o raritos, y reniegan de sí mismos y se pasan al lado oscuro. Ahora Tangomán ya no quiere ser más Tangomán y se hace boxeador. Si ya empezaba a estar un poco esquizofrénico, lo empeora creando un personaje dentro de su personaje: Chiquito de Mariturri, un boxeador bajito al que da pena soltarle un guantazo y que se pelea con su sombra. La sombra de Tangomán. Es el doloroso peregrinar por el desierto de nuestro superhéroe, un lacerante combate donde no acaba de sonar la campana. Por pura desesperación, surge entonces en su mente golpeada la temeridad de aspirar a algo tan glorioso, ideal e inalcanzable como es el amor, el amor verdadero. Ésa es la única redención posible, la curación poética, el sentido último y elevado que justifica la existencia de Tangomán. Sólo le falta olvidar.

            Pero tarde o temprano todos los caminos conducen a la infancia, y la tercera parte, titulada democráticamente Será lo que quieras que sea, nos restituye a la ilusión, al argumento, a la narrativa que ajusta cuentas con el tiempo pasado para pronosticar un futuro esperanzador, desmemoriado quizás. La historia la ha contado él, luego Tangomán vive para contarlo, y con gran estilo da por concluido su lamentable tango arrabalero, y el cuento ceniciento del hombre feo al que no quería ni dios, y al fin el torrente de palabras que le ha servido como escudo para justificar sus actos llega a una acertada conclusión. Y colorín colorado, este cuento se ha acabado.

            Porque Tangomán, de Kepa Murua, es un cuento. Un cuento sofisticado que encierra un profundo homenaje hacia la narrativa que ha configurado nuestra manera de contar y entender las historias.  Un artefacto muy bien montado que utiliza con soltura esquemas de pensamiento clásico, reconocibles, pero sometiéndolos a un cuestionamiento tan incesante que los desmenuza, los pervierte y finalmente los agota. Por ejemplo el tango, ese pensamiento triste que se baila, se convierte aquí en un mecanismo iniciático que inaugura el tiempo del héroe y lo impulsa hacia adelante, hacia la transformación. Se puede escuchar perfectamente, en el modo de respirar del texto, ese fuelle del bandoneón que da oxigeno a la historia en todo momento. En este tango no vence la melancolía sino que es una fuerza generadora que atrae al amor en vez de llorar por él. Del mismo modo, su Ceniciento, rebelde y descreído, renuncia al éxito entendido como venganza y envía al mundo de los recuerdos desechados a esa especie de madrastra y hermanastras que le han tocado en desgracia. El olvido y salirse por la tangente como recurso. Y otro tanto su criatura Frankenstein, atormentado y solitario, pero que prefiere ser deforme a no tener forma.

            Tangomán tiene ese carácter depredador de las novelas actuales, que devoran todo lo que se pone en su camino dejando un cadáver casi pelado para el buitre-lector. Si quiere sacarle algo más a la historia debe roer el hueso y leer a varios niveles. En este caso, basta con seguir las indicaciones del autor. El referente más inmediato de Tangomán, declarado con reiteración a lo largo de la novela, es El hombre sin atributos, de Robert Musil, y eso dota al texto de una dolorosa tensión moral que enjuicia a la sociedad como generadora de un excedente de seres fracasados y sin rumbo cuya única alternativa es hacer de sí mismos una ficción. Se nota el poder del discurso contemporáneo para paralizar a los individuos, ofreciéndoles como meta la imagen del espejo en vez del sujeto que la proyecta. Por eso, en sus momentos más penosos, es cuando Tangomán se parece más a todos nosotros, instaurados en la queja y el lamento, paralizados, considerando que un pensamiento es un hecho, un sueño un acontecimiento, como panchovillas haciendo la revolución delante de la tele, y además con la disculpa de ser más feos que el demonio para odiar a todo cristo.  Tan débiles de carácter como hace cien años, a las puertas del nazismo, cuando Musil escribió El hombre sin atributos.

            Alguien dijo que los poetas nos indicarían el camino, y Kepa Murua sabe sacar a nuestro héroe del atolladero de pensamiento estéril y universalizar el mensaje para indicar una dirección. Su Hombre sin atributos no queda inconcluso sino que concluye en nosotros. Y se puede escarbar mucho más en esta novela, una tragicomedia casi cotidiana que nos plantea si debe existir una distancia entre la cara y la máscara, entre el ojo y la mirada, entre ser y estar, entre desear y querer, entre amar y eso que es lo contrario… Pero es mejor leerla, lo demás son teorías.

 


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miércoles, 18 de febrero de 2015

FRONTERA DE CARNE en Espacio Luke



            Es muy difícil resumir el aliento. El aire que entra en mi cabeza desde que tengo pensamiento. Ese torrente de ideas que ha dejado a su paso la huella de un cauce. El sueño de un río. Un paisaje interior que para ser visto, entrevisto, vislumbrado, aunque sólo sea intuido como una presencia, necesita palabras. Y el modo que tienen las palabras de ordenarse para ser eficaces, dado que el interior es algo sólo expresado, sin ubicación exacta, dependiente de la razón pero no su esclavo, es la poesía. La poesía ilumina el pensamiento, lo despierta, lo excita, siembra en él preguntas, dudas, y hace crecer nuevo pensamiento. Sólo el amor tiene un poder equivalente. Sólo ambos comparten el misterio, desafían el tiempo, logran detenerlo. Pero el precio a pagar es la fragilidad. Por eso Frontera de carne es como un junco de cristal al viento. Sus poemas son las esquirlas del esfuerzo. Y las fotos de Paula Arranz, gracias, amor, un esclarecimiento. 

Texto completo en  http://www.espacioluke.com/2015/Febrero2015/taboada.html
 

sábado, 10 de enero de 2015

MÓDULOS PREFABRICADOS en Espacio Luke


  
          —Te voy a explicar la teoría del martillo. Un buen martillo, de los de toda la vida, con mango de madera y pata de cabra, sirve para clavar clavos y para sacarlos. Cuando sacas un clavo, primero lo sujetas entre las uñas de la pata de cabra, después apoyas en la tabla la parte maciza y, por último, haces fuerza en el extremo del mango y arrancas el clavo. Sencillo, verdad, una simple palanca. En teoría debe funcionar siempre. Pero en la práctica sólo funciona si el martillo es nuevo, el clavo pequeño y la madera blanda y delgada. En caso contrario hay muchas posibilidades de romper el mango. Lo cierto es que la mayoría de los mangos se rompen así. Pues bien, para que eso no ocurra, los profesionales sacan los clavos inclinando el martillo hacia un lado y con la mano a media altura en el mango. De esa forma tienen que hacer más fuerza y desprecian en parte las leyes de la palanca, pero salvan el martillo. ¿Lo entiendes? Las teorías sólo son fórmulas. La realidad está llena de martillos con el mango de madera.

             —¿Me estás diciendo que las paredes modulares no funcionan en el mundo real? No fastidies, Gerardo, América está llena de paredes de ese tipo...

            —Cierto, pero ellos tienen una tradición de construir casas de madera, y la madera les llevó a los paneles y los paneles a los módulos prefabricados. Pero hay que tener en cuenta que mientras esto sucedía tuvieron tiempo para crear una mano de obra especializada.

            —O sea, el factor humano, el mango de madera...

            —No, no acabas de entenderlo. El trabajador es la parte dura, el hierro, el hierro que golpea o saca el clavo. El mango de madera, lo que se rompe, es la realidad, este país, aquí, ahora. Si lo piensas bien, tú puedes vender módulos prefabricados y adiestrar gente que los monte, el paro está lleno, te saldría barato, pero lo que no puedes hacer es ir en contra de la tradición. Aquí se construye con piedra, ladrillo, y últimamente con bloque aglomerado... avanzamos a nuestro ritmo, seguimos nuestra propia trayectoria. Si una pared se agrieta, silbamos por la ventana y viene alguien y la repara, o si es preciso la tira y la vuelve a levantar. Y no hace falta que sea la misma persona que hizo la pared, ése puede estar muerto, quizás venga su hijo o su nieto o un albañil asentado en la zona. Eso es la tradición.

             —Una tradición un tanto chapucera que se opone al progreso...

            —¡A su progreso! No confundas su progreso con nuestras necesidades. Nosotros llevamos aquí miles de años, y ellos allí sólo cientos. Un gran territorio todavía a medio poblar, gente llegando de todas partes, el mismo espíritu y la prisa que en la época de los pioneros. Sólo que ahora aquellos pioneros son como los bisontes y los indios, y serán exterminados por la nueva hornada de conquistadores. El mundo latino, el relevo. Se van a quedar hasta sin idioma, que tampoco es suyo, que es prestado.

            —Entonces, resumiendo, según tu experiencia de constructor, no debo invertir en módulos prefabricados.

            —Ni un euro. No, señor. Olvida el tema, deja de imaginarte camiones que traen la casa dividida en galletas y la montan en una semana y tú recoges beneficios. La teoría funciona pero en la práctica... Pregúntate para qué necesitamos correr tanto. En este país las casas aguantan en pie siglos, pasan de una generación a otra, y no nace gente suficiente para que tengamos que hacerles una vivienda en media hora.

            —O sea, me arruinaría mientras los paneles se incorporan a nuestra tradición.

            —Por fin lo entiendes... Ojo, también podrías ganar mucho dinero. Pero yo te aconsejaría que dejaras ese riesgo para otros.

            —Entonces, ¿en qué invierto? Porque cada vez que hablo contigo me destrozas los esquemas...

            —En seguros. Están en alza, y mucho. Piensa que la gente está más acojonada que nunca y según las estadísticas lo que más les aterra es pensar en un futuro sin techo. Es fácil de comprender, mira la rueda, tú mira la rueda. Éramos esclavos, deseábamos la libertad, tuvimos la libertad, nos dieron trabajo, sudamos, llegamos al bienestar social, y ahora que estamos en crisis nos van a cobrar, y muy caro, nuestro miedo a perder los privilegios. Hazme caso, invierte en seguros porque ellos están en vanguardia, minimizan riesgos y capitalizan la incertidumbre, algo que hasta hace cuatro días sólo la religión sabía hacer… Cambiando de tema, ¿tú crees que ese tipo encaja con este sitio?

            —¿Quién, el peludo? Ya me había fijado en él, llama bastante la atención.

            —No me gusta, es desagradable. Incita.

            —Cómo que incita. ¿A qué?

            —Al mal gusto. Parece desaseado, troglodita, agresivo...

            —Por Dios, Gerardo, sólo es una característica física. Ese hombre lo único que tiene es mucho pelo por todo el cuerpo.

            —Apariencia, y ya sabes lo que son las apariencias. Detrás se esconde la brutalidad, la tortilla de patatas grasienta, el mal uso de las instalaciones, y de ahí a pensar en mi hija, sola, desamparada y frágil... No me importaría pagar un plus  y así evitarme la presencia de esa bestia.

            —Genial. Y a partir de mañana que para entrar en el club nos hagan a todos la prueba del ADN. No sea que parezcamos blancos y tengamos el corazón más negro que Machín.

            —Es una posibilidad. Cuestión de buen gusto.

            —¡Buen gusto! El buen gusto es la última dictadura.

            —Entonces... recapitulemos.

            —¡Qué!

            —Cuándo yo he cambiado bruscamente de tema y te he mencionado al hombre peludo, ¿qué es lo primero que has dicho tú?

            —Que te jodan...

            —No seas pardillo, Agustín. Céntrate.

            —¡Qué he dicho, a ver!

             —Que te habías fijado en él. Y yo he utilizado ese detalle para montar un discurso que te ha hecho reaccionar. ¿Lo coges? Esa es otra gran inversión, hacer reaccionar a la gente.

            —O sea, invertir en cinismo. O en odio, directamente.

            —Por ahí va la cosa. El odio es como el oro, siempre se revaloriza, es un valor seguro. Y la mejor cortina de humo para hacer buenos negocios.

 
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jueves, 11 de diciembre de 2014

MODUS OPERANDI en Espacio Luke


 
            Mi ensalada lleva rúcula, espárragos y pasas de Corinto. No es nada excepcional, pero utilizo como aliño una porción de queso de cabra diluido en vinagre de Módena y así el plato adquiere una potencia sorpresa. Será difícil ganar el concurso, he visto a mi vecino manejar aguacates como un malabarista, aunque espero llamar la atención y que se hable de mi plato. Hablar es lo único que importa, pasar las estrechas vacaciones comunicándose con personas sensibles e inteligentes que saben sacarle el jugo a la vida. Los que sabemos, por ejemplo, que este domingo las fiestas patronales atraerán demasiada gente a la isla y conviene buscarse una actividad privada lejos del bullicio. Un grupo de apartamentos como éste, con aire acondicionado que funciona y piscina de dos cuerpos, es el lugar ideal para disfrutar de esos placeres sencillos, siempre que no venga un imbécil a fastidiarlo.  

            Es la una y cuarto, quince familias llevamos media mañana preparando nuestras ensaladas de exhibición y el energúmeno del apartamento Siete sigue tirado en su tumbona roncando a pierna suelta. Lo de este tipo es increíble, llegó casi al amanecer, cantando como un coyote, tuvo un bronca con su mujer, que estaba en la cama, lo echó a la calle, y ahí se tiró a dormir la mona. Ella se marchó a primera hora y no se molestó ni en mirarle. No es que se avergüence, es de su misma catadura, pero al menos no le enseñó el dedo medio y le dijo palabra por palabra, vocalizando, Que te den mucho por el culo, como lleva diciendo desde hace ya nueve días. Son gente ordinaria, insufrible. Hay muchas quejas. El responsable de la agencias de viajes tendrá que dar algunas explicaciones.

            Desde que llegaron ya se veía que iban a causar problemas. Estaban demasiado gordos, vestían demasiado hortera, hablaban demasiado alto, hacían demasiados gestos, decían demasiados tacos,  y todo el rato se estaban atacando, como dos incultos que se han creído lo de la lucha de sexos.  En un solo día ya tenían cosas suyas tiradas por todas partes. Se hicieron los dueños de la piscina a base de mala educación. Ella se lanzaba siempre a lo bomba, se le salían las tetas del paracaídas que lleva como sujetador,  y se las guardaba diciendo Que no mire nadie. Él nadaba a lo tarzán, antes de que Tarzán aprendiera a nadar, desalojando agua de la piscina, con un braceo enérgico y un pataleo desesperado totalmente ineficaces ya que no avanzaba nada. Viéndolos, daba lástima de las focas en cautividad. Al día siguiente a su llegada, la mayoría nos fuimos a leer a la playa. Y al siguiente, a primera hora, se presentaron las primeras quejas en recepción. La respuesta llegó a las diez de la mañana, cuando el Director les llamó al orden en su apartamento, del que salió una voz: Mis cojones y otra: Que les den por culo a esos estirados de mierda. A continuación, él salió y comenzó a caminar con energía alrededor de la piscina. Llevaba una mirada feroz, asesina, que recorría terrazas y balcones como buscando alguna actitud crítica que le permitiera desplegar y justificar cualquier tipo de acto violento. Con los puños cerrados. Los dientes apretados. Como nadie se atrevió a salir, regresó a su apartamento, abrió todas las ventanas que daban a la piscina y puso la música a tope. Era una música digna de Guantánamo, tan estridente y brutal, tan a mala idea, y tan descoordinada en su selección, que los oídos eran sometidos a un continuo sobresalto sonoro que dañaba hasta la conciencia. A mediodía, ella apagó la música y él se fue. Volvió a las dos, con dos pollos asados, y se comió uno sentado junto a la piscina, con las manos, directamente de la bandeja y tirándole los huesos a ella, que se zampaba en la cocina el otro pollo y le lanzaba por la ventana los huesos a él, como trogloditas enamorados.

            El caso es que sus ronquidos nos están fastidiando el concurso de ensaladas, y su mujer no regresa, y tal vez no lo haga, cerca de la playa hay hamburgueserías cada veinte metros y puede quedar varada en la arena hasta el atardecer. Hace un sol de venganza, nuestras creaciones culinarias descansan ahora en las neveras y algunos hacemos un conclave para decidir sobre el gordo de la tumbona. Apenas nos reunimos y el tipo deja de roncar. Comienza un cabeceo al principio acelerado pero poco a poco más lento, como si luchara por despertarse y al final desistiera. Tiene un color rojo intenso, como el paquete de tabaco arrugado que yace a sus pies. A la hora del almuerzo, reina una calma paradisíaca y se escuchan de nuevo en los apartamentos risas de niños, risitas de enamorados y comedidas carcajadas de amigotes. De vez en cuando, uno que otro todos miramos hacia la tumbona y con gestos nos vamos indicando el grado de cangreja que está pillando el animal dormido. Y sucede, sí señor.

            A las tres en punto soy proclamado ganador del concurso de ensaladas. No hay duda de que el sabor se ha impuesto a la presentación. Nos sacamos una foto de grupo, sonrientes, rodeados de nuestros platos artísticos y deliciosos. Alguien observa que el gordo ha pasado de rojo paquete de tabaco a rojo cereza madura. A las cuatro ya está un poco morado. A las cinco cruza por allí el recepcionista, lo zarandea, y corre a llamar a una ambulancia. Hay unos minutos de desconcierto, y tal, pero yo no puedo permitir que un gordo a la plancha se lleve el protagonismo e informo al personal de que tengo enfriando dos botellas de champán para celebrar mi éxito. Es curioso, todos tienen dos botellas a enfriar. Somos unos optimistas.

 
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miércoles, 1 de octubre de 2014

TÚ SERÁS MI ENEMIGO


 

            ¡Tenía tanta necesidad de un enemigo!

            Venía a mi puerta con la soberbia estropeándole la sonrisa. Con los ojos inyectados de conflicto. Las manos tanteando golpes. Los músculos del pensamiento listos para el salto y la garra.

            No recibirlo hubiera sido el primer motivo de pelea. No abrirle la puerta, una afrenta. Te obligaba a estar en su presencia, a escuchar todo su odio desplegado como el tenderete de un vendedor de hachas. Cada palabra lista para cortar.

            Sus ojos rasgaban el aire. Quería hacer sangrar al viento. Las gotas de sudor que resbalaban por su cara, siempre congestionada, pudrían la hierba con solo tocarla. ¡Un enemigo, dadme un enemigo! Era trágico verlo así. Saber que era así. Que su esencia dependía de hacer daño. Del daño que quería hacer con sus propias manos. No herir a alguien constantemente le resultaba impensable. Contrario a la vida, que daba asco.

            Nunca se planteó que la vida era asquerosa gracias a las personas de su especie. De humano tenía poco más que la ropa. Era como un trozo de carne que los gusanos se disputan estando aún vivo. No entendía el equilibrio de fuerzas, sólo la ley del más fuerte. Corriendo desnudo por el campo apenas sería un animal exótico que escapó de la clasificación definitiva. Una curiosidad antropológica, o zoológica.

            Olía su propio miedo y te decía que estabas asustado. Y asustaba.     

            Como odiaba tanto, le regalaron una bandera. Otros más listos que él le señalaron al enemigo. Le dijeron que la muerte era una causa, que matara para ellos y sería bendecido para siempre, y el muy bendito lo creyó. Retorcieron la gramática como una cuerda alrededor de su ignorancia. Lo encadenaron a la casa, pusieron un cartel: Cuidado con el perro.

            Le gusta que le llamen perro. Perro fiero.

            Tiene a su alrededor perrillos ladradores que también defienden la casa. Juntos hacen un buen equipo. No necesitan responder jamás a pregunta alguna. Llevan todas las respuestas troqueladas en su collar. Algún día se darán cuenta de que el enemigo habita en la casa que defienden.

            Pero en la casa, no hay nadie.

            No puede haberlo.

            Sólo hay un espejo. Con el azogue eterno de las horas.

            Y un arroyo cristalino colgado de un clavo.

            El arroyo primordial que miró el primer humano antes de serlo. El test de inteligencia que no superó al crear en su mente el primer instante de tiempo. Pudo, como cualquier animal, reconocerse, y luego evolucionar desde el desconcierto. Pero aspiraba a ser el peor de los animales, el más imperfecto, el virus suicida que se mira a los ojos.

            En realidad todo comenzó cuando el primer ser humano vio su propia cara reflejada en el río y dijo: Tú serás mi enemigo.

            Por eso, como yo soy humano, no le permito a este hombre, que odia tanto, que se adentre en mi casa. No quiero que me contamine. Que me contagie la rabia.

            ¿Me estás llamando perro?, pregunta.

            No le digo nada. Al enemigo ni agua.
 

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lunes, 4 de agosto de 2014

CONTRADICCIONES de Kepa Murua


CONTRADICCIONES de Kepa Murua

Texto leído en la presentación del Museo de Bellas Artes de Álava (Vitoria-Gasteiz)  el 19 de Junio de 2014


(Ante todo debo agradecer a Kepa Murua que me haya incluido en la nota final de este libro, ya que uno de los ensayos se basa en la presentación que él hizo en  Bilbao de mi libro de poemas Palabras dactilares. Un honor.)



            En 1734 el poeta inglés Alexander Pope escribió su “Ensayo sobre el hombre” y de él dijo Thomas De Quincey que era un texto tan personal y sesgado que no contenía la verdad sino: “Un modo de verdad, no la verdad coherente y central, sino una verdad oblicua y astillada”, cita que hizo famosa Borges para recordarnos, una vez más, que la existencia de una mirada particular, en concreto una mirada poética, abre caminos nuevos incluso para la Verdad, ese ideal humano en peligro de extinción. En su libro Contradicciones, Kepa Murua nos presenta 113 ensayos breves que, como él dice: “Son ensayos a tumba abierta…Ensayos con una corriente filosófica que sostiene una voz lírica de fondo…Soy un poeta anómalo porque escribo y hablo, como si lo hiciera en voz alta, del oficio de la escritura. Quiero conocer el mundo e intento explicarme por qué escribo.” Continúa por tanto su trayectoria literaria, que en los últimos años nos ha ofrecido novela, memorias y poesía. Una obra exigente caracterizada por una ineludible vocación de transparencia. Con la mente al descubierto. Permitiéndonos acceder a su interior con cada uno de sus libros.

            Contradicciones es, en este sentido, un nuevo desvelamiento. Capa a capa, texto a texto, vamos llegando al centro del autor, que es el Dudar. Dudas y más dudas enfrentadas a deseos de certeza. Se puede escuchar el crujido del pensamiento en cada ensayo. Hay un mapa cerebral, mental, desplegándose ante nosotros. Es personal. Íntimo. Lo que dice, le atañe. Se nota la pasión por la búsqueda, la tensión gramatical, la sintaxis torturada por un deseo de verdad que en muchos casos no es otro que el simple desenvolvimiento. El disfrute de la palabra en movimiento. Decir para respirar. El pensamiento como un acto. Cada ensayo como un hecho físico de la vida del escritor. Un libro poblado por una vasta cultura, bien actualizada en música, política, arte, y humanismo en general; todo expuesto con los necesarios toques autocríticos y con algunos relatos de irónico buen humor. Contiene una verdad, la de Kepa Murua, un humano, escrita en estos tiempos, y, al reflejarse él, refleja lo que somos. No es autocomplaciente, ni cínico, ni lagrimero, algo de agradecer dadas las circunstancias.

            Dicen que si llegas a una cierta edad y no tienes cara de amargado es porque eres un irresponsable, por ello es lógico que los textos de Contradicciones dejen un regusto amargo. Como si las miserias actuales contaminaran incluso los procedimientos de la mente. Como si la única imagen de la vida fuera un espejo destrozado, herido, y pegado con trozos de esparadrapo. La primera conclusión que se saca después de leerlo es de Alejamiento. De imposibilidad de comunicación. De impotencia. De buena fe, obligatoria, pero improcedente. De que la cultura y la realidad se están divorciando a una velocidad tan insólita que vamos a terminar todos apaleados. De un escritor, Kepa Murua, que ve la demolición de las ideas y con ella de las palabras que las componen. (Ideas oxidadas, viejas y abandonadas, que una vez derraparon de la carretera general y han quedado en la cuneta, a la intemperie en mitad de ninguna parte, como bien refleja la foto de la portada de DAVID F. BRANDON). No es el Kepa furibundo de sus memorias de editor, ni el poeta irreductible que se empeña en reflejar la luz de cada instante, sino un pensador que empieza a sentirse viejo y cansado de predicarle al desierto. Hay momentos en Contradicciones en que el pensamiento está tan desolado que renuncia al grito, luego a la voz y por fin incluso al eco. No hay nadie por ninguna parte. Sólo escucha el tiempo. Sin interlocutor, o esperando a que aparezca uno. Y mientras tanto las palabras se suceden. No cesan. Con un ritmo de lectura rápido. Sin tregua. Que el pensamiento no se detenga. Como Fassbinder cuando decía: ya descansaré cuando esté muerto. Una búsqueda, en fin, con la palabra como único testigo. Pura poesía. El eje, precisamente, de la Contradicción. Porque para girar sobre uno mismo hay que aceptar un punto de pérdida, de desconcierto, en blanco, donde sólo importa no perder el equilibrio. La palabra te sostiene.

            Por lo tanto, es inevitable que el método utilizado por Kepa Murua para este libro sea la contradicción. De no serlo caería en la trampa del escritor concluyente, tan necesitado de solidez, que convierte su literatura en una mentira muy bien organizada. El autor lo sabe, y al hablarnos de la idea de la que surge Contradicciones, declara sus intenciones, y dice: En realidad, la idea del libro es muy sencilla: nos levantamos con una idea –o con una sensación– y nos acostamos con otra bien diferente; y no por eso nos mentimos ni somos otro ni somos falsos ni somos distintos. Y al decir esto, al manifestar su temor y hacerlo nuestro, engarza con el pensamiento más contemporáneo en su búsqueda de nuevos métodos para los nuevos tiempos, con un sujeto  implicado racional, emocional y éticamente con sus conocimientos, dispuesto a modificarse a sí mismo durante su tarea investigativa, renunciando a las certidumbres, y logrando al hacerlo una Modificación en la percepción. Modificación que permite ver en cada realidad todas sus realidades, toda su potencialidad, algo que amplía el abanico de posibilidades del significado, único modo de atrapar aunque sea por aproximación una realidad múltiple y compleja como la presente. A este nivel, la contradicción deja de ser un mal a evitar para convertirse en una simple herramienta. Simple en el sentido de elemental.  Basarab Nicolescu, físico cuántico, defensor a ultranza de la transdisciplinaridad, en un encuentro de impacto con el poeta Roberto Juarroz, ideó lo que luego serían sus Teoremas poéticos, donde expone la necesidad de coexistencia de los opuestos: El loco acepta las contradicciones sin comprenderlas, mientras que el sabio acepta a los contradictorios teniendo a la vez la visión encarnada de su unidad. Se comprende así por qué la visión contradictoria es percibida con frecuencia como un pensamiento desestabilizador. Sin embargo: ¿Hay barbarie peor que la no-contradicción?

            Llegados a este punto, es pertinente preguntarse si este indeterminismo del pensamiento no conduce a una cómoda pérdida de substancia, si rebaja su valor por acumulación de imprecisiones y deseo de no concluir. Kepa Murua nos demuestra en Contradicciones que ese escollo se salva con rigor analítico, no bajando el listón sino subiéndolo, no haciéndole al lector ninguna concesión que no se haría a sí mismo, con dolor si no hay otro remedio, en defensa de una Verdad no monolítica, de museo del pensamiento, sino una Verdad activa, una Verdad con la consistencia del horizonte, que se aleja cuando avanzamos hacia él. Esta actitud le acerca más a un renacimiento de las ideas que a un declive de éstas. Un conjunto de reflexiones que demuestran de un modo práctico y directo, ya que tenemos la sensación de estar escuchando al autor en nuestra cabeza, que el lenguaje bien utilizado es todavía una garantía que permite una relación fiable con la realidad. Que las únicas batallas que merecen ser libradas se dan en el campo del pensamiento. Que nuestros deseos de certezas son mayores que las posibilidades de vivir en ellas y, en consecuencia, toda palabra que no fluya en libertad se estanca y se corrompe, y lo que es peor: no dice nada.  Lógica difusa y amor a la palabra, lo propio de un poeta, de un pensador contemporáneo.

            Y termino este breve comentario regresando al principio, a Alexander Pope, su Ensayo sobre el hombre, y a unos versos escogidos de su Epístola Segunda, que a mi entender resumen el espíritu de Contradicciones:


El hombre, eso es lo que debe estudiar la humanidad. 

Situado en ese istmo de un estado medio, 

Un ser oscuramente sabio y rudamente grande: 

Demasiado sabio para el juicio del escéptico, 

Excesivamente débil para el orgullo del estoico, 

Se halla en medio, duda entre la acción y el reposo; 

Duda si tomarse a sí mismo por un dios o por un animal; 

Duda si dar preferencia a su mente o a su cuerpo; 

Nacido nada más que para morir, razona nada más que para errar; 

Tanto si piensa por exceso como por defecto; 

Caos de pensamiento y pasión, todo es confuso; 

Engañado por él mismo, o desengañado, 

Creado mitad para ascender, mitad para caer; 

Gran señor de todas las cosas, pero víctima de todas; 

Juez único de la verdad, perdido en el error interminable; 

Gloria, hazmerreir, y enigma de este mundo 


             Gracias por escucharme.

                                                                                                                                     Francisco Taboada

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