miércoles, 21 de marzo de 2012

HOMENAJE PRIVADO

                                                   


HOMENAJE PRIVADO

                                                      La silla rueda.
                                                      Junto al abedul caído,
                                                      crece mi sombra.


—Vamos a ver. No tiene ninguna relación con su familia: con su mujer, su hija, sus hijos, sus hermanos ni ningún otro pariente...
—¡No! —gritó Miguel, enfadado de veras.
            —Pero es importante —aseveración estúpida, ya que si no lo era en un principio ahora se estaba convirtiendo en algo vital.
            —¡Sí! —tajante.
            Detuve la marcha. Abandoné la parte trasera de la silla, puse un freno, Miguel puso el otro y nos encaramos.
            —Vayamos por partes —dije—. Sacar lo vamos a sacar, así que paciencia y buen humor. Se trata de algo que está allí, en la ladera, en segunda línea de playa, porque en la primera están los bares y el aparcamiento y de eso no estábamos hablando.
            —¡Sí!
            —No son árboles, luego son casas.
            —Sí.
            —Una a una, hacia la derecha, hacia las escaleras. ¿La casa de piedra con palmeras en el balcón?
            —No.
            —La siguiente... la siguiente... la siguiente... vamos ya por la de color azul. ¿Sigo?
            —Sí.
            —¿No será la de color ocre, casi naranja?
            —Sí.
            —Vaya, me alegro. Probemos: esa casa es la que más le gusta de todas...
            —Sí.
            No podía ser tan fácil.
            —Pero además hay algo en esa casa que ha dado pie a esta conversación. ¿Es el estilo arquitectónico? No llama especialmente la atención, será otra cosa. ¿Conoce a su dueño?
            —Sí.
            —Es amigo suyo...
            —No.
            —Le gusta la casa, conoce a su dueño pero no es amigo suyo. ¿La cosa va de amigos o conocidos?
            —Sí —nervioso.
            —¡Ya lo tengo! Usted conoce a Julio, el hombre que arregla los setos de la entrada, desde aquí se le ve, con un buzo color pistacho, la espalda encorvada, lejanos los tiempos en que se ocupaba del jardín de los padres de usted; y él le contó que una vez había encontrado en la calle un billete de lotería premiado y que al ir a cobrarlo llamaron por teléfono y se presentó el verdadero propietario, que tenía testigos y hasta fotos de la fiesta de celebración del premio, y entre todos le quitaron su suerte y desde entonces no levanta cabeza sabiendo que nunca será otra cosa que un jardinero pobre.
            Miguel se tronchó de risa. Yo respiré, satisfecho.
            —Sigamos —dije—. La casa naranja, a cuyo dueño conoce y que ahora no es amigo pero lo fue en el pasado...
            —Nooo...
            —Me desvío de nuevo. Juguemos. Caliente y frío. Es una casa y está de pie, no parece antigua, tampoco moderna, encaja bien en el ambiente, el que la hizo...
            —¡Sí!
            —¿Caliente?
            —¡Sí!
            —¿Usted conoce al que hizo esa casa?
            —Sí.
            —Aparejador...no, arquitecto. ¿Es usted amigo del arquitecto que hizo esa casa? ¿Lo es?
            —Pequeñas cosas.
            —Joder.
            Respiré aliviado. Luego, cumpliendo el ritual, humillé la cabeza de puro cansancio, encorvé la espalda y dejé que Miguel me diera una ración de palmadas acariciadoras. Había tardado exactamente cuarenta minutos en averiguar qué era lo que me quería decir. Habíamos estado detenidos en mitad del paseo obligando a los transeúntes y corredores a esquivarnos, muchos lo hicieron a la ida y también a la vuelta, y nos miraban con asombro o enfado, según el caso. Habíamos aparcado a veinte escasos metros de allí: sacar la silla, el cojín de gelatina, la bolsa con el conejo, sentar a Miguel, cerrar el coche, subir y bajar aceras, un tramo de doce escalones hasta el paseo... Casi habíamos consumido nuestra hora de salida. Teníamos que regresar a casa antes de que comenzara el programa de Arguiñano. Hoy no habría ni vinito de rioja de marca mirando al mar, ni pincho de langostino con huevo, ni nada; como mucho nos quedaba tiempo para atragantarnos. No sabía si enfadarme o enfadarme de veras o ponerme directamente de mala hostia. Cuando esto ocurre, no me hago ni caso a mí mismo y procuro huir hacia adelante.
            —Bien, volvemos a casa.
            —Sí —dijo Miguel, con levedad.
            —Y ese amigo, ¿es muy amigo?
            No contestó.
            —¿Fue?
            No contestó.
            Con firmeza, acaricié el hombro de Miguel e hice una leve presión.
            —Tranquilo, Miguel, puede estar seguro de que le hemos rendido a su amigo un esforzado homenaje.
—Sí —dijo Miguel, emocionado, y me indicó con la mano que me diera prisa por llevarle al coche.

0 comentarios:

Publicar un comentario