miércoles, 29 de mayo de 2013

PAÑUELO DE CUERNOS


           Juan es grande y bastante bruto, tira de pico mucho más que yo y por eso se considera mi superior. Cuando estoy sacando con la pala material de la zanja me machaca la cabeza  y si quiero que se calle tengo que darme prisa o de lo contrario me lanza el pico, me llama vago, y ahora te toca picar a ti. Entonces descansa y tengo que aguantarle su cháchara otro cuarto de hora más. Es incansable. Todo lo dice, todo lo comenta, como una radio con piernas. Una vez se entrevistó a sí mismo durante toda la mañana, a dos voces, daba miedo oírle. Estábamos metidos en una zanja imposible, llena de cantos rodados sujetos por una tierra dura como el hormigón, una condena, al golpear saltaban tantas chispas que parecíamos soldadores: ¿Y dígame, Juan, qué opinión le merece su jefe? Verá usted, yo creo que mi jefe es un auténtico hijoputa, con denominación de origen. ¿Y su mujer? Una hija de puta, ésa entra en un burdel y la echan por golfa. ¿Y el padre de ella, el antiguo jefe? El mayor hijo de puta que ha parido madre. ¿Y el gobierno? No tenemos gobierno, sólo son una cuadrilla de mentirosos hijos de puta. Durante horas, Juan llamó hijos de puta a todos los seres del universo desde el principio de la creación hasta el final de los tiempos. Parecía un reloj que en vez de tic-tac hace hijoputa-hijoputa. La verdad es que aquellos guijarros estaban acabando con nosotros, era difícil tomárselo bien. Cuando nos fuimos a comer, a Juan le hervía la sangre. Recuerdo que repitió patatas con costilla y luego montó un cristo porque el filete era pequeño: No tenéis vergüenza, esto no se le sirve a un hombre, ¡que yo no trabajo en una oficina, coño! No quiso ni café ni copa, por no hacerles gasto, y regresamos al trabajo mucho antes de la hora. A eso de las cuatro de la tarde, encontramos enterrada una superficie granate, casi negra. Juan la golpeó y la piedra le devolvió un trallazo que subió por el mango del pico y le obligó a soltarlo. Un sonido casi metálico. La tapa del infierno, dijo. Una mala señal porque si hay que llamar al jefe la excavadora se come nuestro sueldo. Pensé que entonces perdería definitivamente los nervios, pero ocurrió lo contrario. Al mencionar la excavadora Juan se apaciguó, como si la dificultad extrema lo suavizara, lo templara, lo volviera más inteligente. Incluso empleaba otro vocabulario, con palabras robadas de la boca del jefe y pronunciadas con sarcasmo: Esto que tenemos aquí es un serio contratiempo, Juan, hay que ser expeditivo y acabar con ella a la voz de ya, somos profesionales altamente cualificados. Juan estaba cabreado, pero manso. Se escupió en las manos, bajó a la zanja con la barra de hierro larga, golpeó la piedra, tanteando, y luego le habló. Le dijo bonita, guapa, qué haces ahí que no sales a tomar el sol; ven, cariño, ven, que nos vamos a casar y tendremos hijos pedruscos. Yo me reía desde fuera de la zanja, no me dejaba entrar para ayudarle, y si no se lo montó con la piedra fue porque yo estaba delante. Tardó más de una hora en desenterrarla. Luego tuvimos que bailar la piedra entre los dos, meter tierra en la zanja y hacer una rampa. Nos llevó un rato largo sacarla de allí con la ayuda de unas tablas y una soga. Antes de marcharnos, Juan grabó en la piedra, con una docena de golpes de cincel, el nombre de Marta. Fue la primera vez que se lo vi hacer. Luego le he visto poner Rosa, Laura, Juana, y a una gigantesca le puso Margarita. Pero yo creo que la que importa de verdad se llamaba Marta. O se llama, no lo sé, a mí no me gusta preguntar, no sea que me pregunten, he tenido trabajos peores que éste.
                                                                          publicado en Revista Cantárida
 
 

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