miércoles, 23 de mayo de 2012

ABRAXAS


            Estaba yo pensando que le vendría bien una mano de pintura a la pasarela, desconchada por el salitre, cuando se forma un barullo de gente al fondo de la cala. La señora Maldonado, que veranea como quien dice a mi vera, y me atraviesa con la mirada cada vez que pierdo de vista a sus hijos, criaturas irremediables, se quita las gafas de leer y gira su escote hacia mí. No necesita ni decir mi nombre, su orden llega a mi pecho como una lanza. Salto al instante de la silla de vigilancia, cojo el flotador californiano y corro entre las tumbonas procurando no levantar demasiada arena. Con estilo, pero sin forzar la cámara lenta. Tampoco es cosa de ponerse a sudar como un ordinario. Sin embargo, cuando llego al lugar de los hechos se me quita la tontería de cuajo. Sigo la dirección que indican las manos enjoyadas. Sobre la pasarela hay un hombre, grande y flaco, completamente vestido, mirando al mar con aparente despreocupación. Lleva en la cintura un hacha pequeña. La gente empieza a retroceder, de modo que yo tengo que avanzar. Camino hacia él hombre procurando que no se me arrugue el pecho depilado. A mí me contrataron porque estoy bueno y sé nadar, yo no tengo la culpa de que un analfabeto no sepa leer el cartel que dice Prohibido el paso, o que se lo acabe de pasar por el forro. No me gustan las peleas. Mientras me acerco, no dejo de mirar sus manos y el hacha. Podría lanzarla de pronto hacia la playa. Me fijo bien y creo reconocer el modelo: Arregui de 300 gramos, como el hacha de la leña que usaba mi abuelo. Mi abuelo, que era un pedagogo, me explicaba con frecuencia las ventajas de un hacha pequeña y afilada a la hora de cargarte a alguien. Subo a la pasarela y de reojo miro con nostalgia mi silla de socorrista, con su teléfono móvil y la posibilidad de llamar a la policía. No es la primera vez que me enfrento a un resentido estival. Normalmente son tipos de ciudad obligados a trabajar en verano, albañiles y gente por el estilo que se acercan a la playa a la hora del almuerzo para faltarles al respeto a mis clientes. Suelen llamarles ricos de mierda, parásitos, o se agarran el paquete y hacen gestos obscenos. Pero nunca van armados. Procuro apretar el paso, hago ruido al caminar sobre la pasarela y cuando me estoy acercando al hombre por la espalda, se gira bruscamente. Le pregunto qué pasa alzando la cabeza. Él me pregunta qué dices adelantando la cara. Entonces me fijo en su cintura, y no hay nada. Quiero decir que el hacha está dibujada, trazada, pero no existe. El efecto óptico lo produce un pañuelo color madera, enroscado con arte, y un adorno singular en una camisa minuciosamente escogida. Esta cala es privada, le digo. Ya, responde él. El hombre me mira de un modo brutal y a la vez contenido. Señalo con dedo firme a su cintura. Es un hacha Arregui de trescientos gramos, le digo, para que vea que tengo conocimientos ferreteros. El hombre hace una mueca parecida a una sonrisa. Luego se ajusta con brusquedad la camisa, golpea con un dedo el pañuelo, y el hacha desaparece por completo.    

                                                                               publicado en Revista Cantárida
   


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